E-Book, Spanisch, 128 Seiten
Reihe: El Barco de Vapor
Costas Feriópolis
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-1055-093-3
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 128 Seiten
Reihe: El Barco de Vapor
ISBN: 978-84-1055-093-3
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Me llamo Lola, tengo diez años y no soporto vivir con mis tíos. Pero me encanta ir a la feria con mi mejor amiga, Ruth. Y, sobre todo, montar en el tren de la bruja, que es nuestra atracción preferida. O era, porque no sé si volveré a subir a ella ni si volveré a ver a Ruth. Desde que llegué a Feriópolis, es todo muy distinto, tan fabuloso que no parece real. Y tú, ¿confiarías en el tren de la bruja?
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CAPÍTULO IV
Pensé que iba a abrirse un agujero debajo del tren. Nos masticaría, nos tragaría y nunca se llegaría a saber qué había sido de nosotras. Seríamos una masa de papilla flotando en el infinito para siempre. No creo que mis tíos se hubiesen alegrado, pero sí sé que vivirían más tranquilos sin mí.
Muchas veces en mi vida he tenido miedo de que me tragase la oscuridad; no era la primera. Lo que sentí fue un vuelco, como cuando te subes al Saltamontes y los brazos mecánicos dan una sacudida que te deja sin aliento.
–¿Ruth? ¿Estás bien? –le pregunté.
Pero nadie contestó. Todo estaba en silencio, algo imposible cuando viajas en un tren lleno de niños. Busqué la mano de mi amiga a tientas, pero no la encontré.
–¿Hola? ¿Estás ahí, Ruth? ¿Hay alguien ahí?
Silencio de cementerio. Aquello me puso muy nerviosa. No me gusta la oscuridad porque en ella viven monstruos desconocidos, los que más me asustan. Solo me parece bien que exista la noche cuando estoy a cobijo. Por ejemplo, me gusta ver la luz amarilla de las farolas alumbrando la calle desde la seguridad de mi cuarto. Cuando alguna titila más de la cuenta, siempre pienso que es un espíritu intentando apagarla. Entonces, me levanto rápido y me aseguro de haber cerrado la puerta con pestillo. También me gusta cuando Ruth me invita a merendar en su casa en invierno y oscurece pronto. Escuchamos música, hablamos de asuntos importantes y comemos tarta en su salón mientras el día se va apagando y el viento silba como un cachorro de lobo.
Todavía llevaba en las manos el sombrero de bruja. Miré en su interior y salieron volando insectos fosforescentes, pequeñas bolas de luz rosa y azul que emitían un suave destello. Gracias a su luz, pude comprobar que no había nadie en el tren. Yo era la única viajera.
–De acuerdo. Seréis mi linterna.
No era una pregunta: era una orden. Los necesitaba. Me bajé del tren y eché a andar con la bandada de insectos revoloteando alrededor de mi cabeza, intentando no pensar en que me había quedado completamente sola en medio de la oscuridad.
–¿Cómo os llamáis? –les pregunté; pero no contestaron, solo brillaron con más fuerza–. Vale, pues os llamaré «linternitas».
Eché a andar intuyendo que, cuando consiguiese salir de allí, no me iba a encontrar fuera a las madres y padres comiendo rosquillas y algodón de azúcar mientras les pedían a sus hijos que saludasen y sonriesen para las fotos. Caminé y caminé hasta que me invadió el cansancio. Tenía sed y me dolían las piernas.
–Ojalá pudieseis hablar y decirme cuándo vamos a conseguir salir de aquí.
Las linternitas se agitaron. Volaron más rápido y tuve que correr para alcanzarlas. Entonces vi la boca del túnel con la luz del atardecer abriéndose paso. Corrí más rápido, con los nervios y la emoción enroscándose en mi estómago, y salí del túnel. Me sentí como una ballena que lleva kilómetros nadando bajo el mar y, de repente, da un salto impresionante que la eleva hasta casi tocar el cielo.
Allí fuera se extendía un lago de aguas limpias con un pequeño embarcadero donde habían amarrado un barco adornado con banderitas de colores. Me acerqué para ver si encontraba a alguien que me pudiese explicar dónde estaba, pero no había nadie.
–¿Y ahora qué? –les pregunté a las linternitas, que, con la luz del sol, ya no brillaban tanto.
Pude observar sus alas transparentes, parecidas a las de las libélulas, aunque más cortas y redondeadas, y sus antenas en forma de hoja. Se posaron en mis hombros. Necesitaba descansar, y el único lugar que parecía seguro en medio de aquel lago era el barco, así que no me lo pensé demasiado.
En su interior encontré agua, cebo para peces y mi peluche favorito. Era un conejo blanco que había conseguido hacía cinco años en una caseta de patitos. ¿Pero qué hacía allí? No era uno igual al mío: era el mío. Le faltaba un trozo de oreja que yo misma me había comido de pequeña. No había duda.
Vi la puesta de sol tumbada en la cubierta del barco, abrazada al sombrero de la bruja y a mi conejo de peluche, con las linternitas enredadas en mi pelo. El cielo parecía un batido de naranja y vainilla. Estaba tan cansada que me quedé dormida. Soñé que un león marino con gorra de capitán me arropaba con una manta y luego cogía el timón del barco y me llevaba hasta la otra orilla mientras se comía un perrito caliente.
Me desperté con la luz del sol acariciándome la piel. Aparté la manta que me cubría y enseguida me di cuenta de que estaba al otro lado del lago.
–Así que no ha sido un sueño –murmuré.
Pero allí no había ni rastro del león marino. Me puse el sombrero de la bruja para protegerme la cabeza, me bajé del barco y eché a andar siguiendo el trazado de una vía de tren, hasta llegar a una parada donde había una señora esperando.
–Buenos días –saludé a aquella mujer enorme que iba vestida como para una fiesta, con abalorios y joyas por todas partes y los labios pintados de amarillo–. Me he perdido y necesito volver a casa.
La señora me miró desde debajo del ala de su sombrero. Su cara me resultaba familiar; la había visto antes en alguna parte.
–¿Dónde vives? –me preguntó poniendo boca de pez.
Hablaba colocando los labios como si fuese un besugo o una trucha. Lo sé porque soy experta en peces.
–Vivo en la calle de la Anguila número tres.
–No me suena esa calle. Pero puedo decirte cómo llegar a la avenida de los Patitos. Quizás allí encuentres a alguien que pueda indicarte mejor. Siéntate y espera al tren. Tienes que bajarte en la tercera parada. ¡Qué casualidad, yo también me bajo allí! Te acompañaré.
–Muchas gracias –contesté, aunque su compañía no me hacía mucha gracia.
Nunca había oído hablar de la avenida de los Patitos, pero aquella señora no me parecía una embustera y no tenía por qué mentirme.
–¿Eres una pequeña bruja? –me preguntó.
–¿Una bruja? No, qué va. Lo llevo para protegerme del sol –le expliqué, dando unos toquecitos en mi sombrero.
Me observó de un modo extraño, sin decir palabra, y, de pronto, me sentí un poco incómoda.
–Me gusta tu peluche –dijo por fin.
–A mí también –le contesté, agarrándolo más fuerte.
Entonces, oí el silbido del tren y me puse alerta. Casi empiezo a aplaudir cuando lo vi a lo lejos. El maquinista era un niño y también tenía linternitas sobre los hombros. Aquello me tranquilizó; seguro que él podía ayudarme. Me subí en el primer vagón y le di los buenos días.
–Me llamo Lola, y creo que me he perdido.
–No estás perdida. Has sido elegida, que es diferente.
–¿Elegida para qué?
–Para estar aquí. Bienvenida a este lugar –dijo con una sonrisa gigante.
Hizo silbar el tren y lo puso en marcha. El camino fue agradable porque el paisaje era muy bonito. Durante el trayecto, dejó de importarme no saber dónde estábamos. Cruzamos un puente sobre un río, contemplé las montañas llenas de flores, también un lago con una isla pequeñita en medio donde había una sola casa, aves zancudas, caballos que corrían libres por el campo y rebaños de ovejas y cabras. Donde yo vivía, solo había coches, edificios y mucho ruido. También había tristeza, pero eso no importaba ahora.
–No sé cómo volver a casa –le confesé al maquinista–. Esa señora me ha dicho...
–¡Chssss!, no le hagas ni caso –me interrumpió–. No es una señora: es una oteadora.
–¿Una qué?
–Trabajan para la bruja. Su tarea consiste en buscar a los niños adecuados y no perderlos de vista. Están por todas partes.
–¿Son peligrosas?
–Son inofensivas, pero supercotillas. Saben más cosas sobre ti que tú misma. Recogen toda la información y se la pasan a la bruja. Al principio cuesta un poco reconocerlas, pero aprenderás pronto. A todas les faltan dos dientes y medio.
–¡Como las de la feria de mi ciudad! ¡Por eso habla con boca de pez! ¡Para no ser descubierta!
–Exacto. ¿Ves como se aprende rápido? Y ahora, ¿quieres que te lleve a ver la ciudad?
–Claro.
–¡Pues agárrate!
El maquinista aumentó la velocidad y a la oteadora le salió volando el sombrero. Los dos nos reímos y pensé que quizás acababa de hacer un nuevo amigo, aunque ni...




