E-Book, Spanisch, 670 Seiten
Costoya El custodio de los libros
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18491-22-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 670 Seiten
ISBN: 978-84-18491-22-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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Rodrigo Costoya Santos nació en Torrelavega (Cantabria) en 1977. Sus padres, gallegos que habían emigrado en busca de trabajo, decidieron regresar a su tierra en 1981 para que sus dos hijos crecieran y se educaran cerca de Compostela. Rodrigo aprendió a leer de forma autodidacta escuchando a su hermana Laura silabear. Ahí comenzó su pasión por la lectura y su curiosidad por (casi) todo lo que le rodea. Profesor de enseñanza secundaria licenciado por el INEF Galicia, ha desempeñado cargos directivos y ejercido otras funciones dentro y fuera de la educación pública. Ha llegado a ser miembro del staff técnico del CAB Obradoiro en la liga ACB y actualmente desempeña su labor docente en el IES Rosalía de Castro, de Santiago de Compostela. El custodio de los libros, con la que Rodrigo ha ganado el IX Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda (2020) y fue finalista en el Premio de Novela Torrente Ballester (2018), es la segunda novela del autor, tras el éxito inicial de Portosanto. El enigma de Colón.
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VII
Llegó puntual al amanecer.
Cuando fray Luis entró al atrio de la iglesia de Santiago para reunirse con su viejo amigo, el sol ya asomaba tras los montes lejanos que se alzaban en la otra orilla. Tomó aire profundamente. Joam Pastor era el abad del inmenso monasterio compostelano de Antealtares. Hacerlo viajar hasta allí en plena noche era una temeridad.
Sin embargo, no tenía más remedio. Aquel fin justificaba cualquier medio.
«Ni la vida de un hombre, ni la de ciento».
Un par de meses antes, y ante la revuelta que había puesto a Toledo a punto de estallar, un angustiado Ligunde se había dirigido a Joam en busca de ayuda.
«Los últimos tumultos han sido demasiado peligrosos», le contó. El fuego había llegado a cercar el Legado por los cuatro costados.
—No es fácil lo que me pides, Luis. Veamos, me dices que necesitas reubicar la biblioteca en un lugar seguro, y que lo ideal sería una congregación alejada de la civilización. Además necesitas que nadie se entere…
—La situación es desesperada. —Ligunde estaba fuera de sí. El hombre, con sus hombros encorvados por la carga más pesada, se veía por primera vez al borde de la desesperación—. Toledo es un polvorín.
Pastor arqueó las cejas.
—¿Tanto? —Su escepticismo hizo que fray Luis se mordiera el labio hasta sangrar.
—Te lo juro, Joam. El arzobispo de la ciudad, Alonso Carrillo, le ha declarado la guerra al rey Enrique. Al haberse erigido como principal paladín del aspirante Alfonso, ya no se ocupa de los altercados entre muladíes, mudéjares y sefardíes. Unas trifulcas que cada día se hacen más grandes en su ciudad, pero a las que no hace ni caso. Créeme, cualquier día la ciudad entera va a arder. Y si ese día llega, ya nada podremos hacer por salvar los libros.
«No te extrañe que las llamas, como suele suceder, empiecen a arder precisamente en las páginas de un libro».
Pastor miró por la ventana. Era consciente de que Luis llevaba toda la vida custodiando aquella carga. Una biblioteca secreta ubicada en algún escondite recóndito de la ciudad que solo él conocía. Una labor a la que se había entregado por completo, como tantos otros antes que él a lo largo de los siglos. Vidas entregadas al único objetivo de mantener los libros a salvo.
El abad, tras muchas vueltas y vueltas, recordó un lugar. «Un sitio insignificante», asintió. Tanto, que podía ajustarse a las necesidades de Ligunde.
—Escúchame, Luis. De entre todos los pequeños conventos, celdas o eremitorios que dependen de Antealtares —el suyo era el mayor monasterio de cuantos existían en la ciudad sagrada del señor Santiago— solo se me ocurre uno que pueda servir a tu propósito.
Ligunde levantó la cabeza, expectante.
Al menos había una opción. Un resquicio para la salvación del Legado. Tras casi haber perdido irremisiblemente la esperanza, el monje se sintió renacer.
Pastor entrecruzó las manos con aire pensativo.
—Es un pequeño eremitorio al que llaman de la Misarela. Apenas una celda perdida entre montañas. Creo recordar que bajo la advocación de san Juan. En plena sierra del Barbanza, unos montes abruptos que se yerguen a la orilla del mar de Arousa. Son los confines del reino, allí donde el sol muere cada atardecer. Los doce o trece frailes que allí viven fabrican queso, y venden la lana de las ovejas que pastan libres por entre aquellos barrancos. Antaño prestaban ayuda a los caminantes que recorrían el camino antiguo que cruza la sierra, pero hoy ya casi no transita nadie por aquellas alturas.
—¿Crees que podría servir? —La mirada de Luis se iluminó. La descripción se ajustaba como un guante a lo que estaba buscando—. ¿Se encuentra lo suficientemente aislado del mundo?
—No solo eso —sonrió Pastor—. Si no recuerdo mal, el vicario que lo dirige, Alonso de Noia, a fe mía que ha de ser un buen aliado para tu causa. En los años que lleva al frente del convento su máxima obsesión ha sido la de reunir libros para la congregación. Y créeme, no ha dudado en dilapidar los escasos recursos de que disponen esos frailes mendicantes en perseguir tal empeño. Debe de tener ya unos once o doce, y no deja de solicitar fondos de nuestra biblioteca.
Ligunde se puso serio de repente. Faltaba el detalle más importante.
—¿Podemos confiar en su discreción?
Pastor esbozó un gesto de displicencia.
—Si a cambio le permites disfrutar de tu biblioteca, no dudes que ese hombre será una tumba.
Luis aún no se sentía del todo seguro. El instinto de protección que había desarrollado a lo largo de tantos años de ocultación se rebelaba en su interior. Los que él precisaba proteger no eran unos simples libros.
El abad pudo leer las emociones que se debatían en su interior a través de sus pupilas huidizas. Al fin y al cabo, se conocían de toda la vida.
—Descuida, Luis. Te aseguro que ese hombre sabrá valorar el Legado. No se trata de ningún fanático al que debas temer, sino más bien todo lo contrario. El vicario es todo un amante de los libros. Respecto a eso, deberías estar tranquilo.
Ligunde reprimió una sonrisa sarcástica.
«“Tranquilo”. No reconozco el sonido de esa palabra, mi buen amigo, pues ni un solo día en toda mi vida he conocido la tranquilidad».
Sin embargo, se dijo a sí mismo, aquel era el peaje que iba a tener que pagar. El tiempo se agotaba en Toledo. Aquel recóndito oratorio que llamaban la Misarela era el clavo ardiendo al que estaba abocado a aferrarse.
O eso, o la probabilidad del desastre.
Y la tragedia ya había rondado su puerta en demasiadas ocasiones. No podía seguir tentando la suerte o se volvería loco de atar.
Ligunde clavó la vista en la pared y se perdió en pensamientos negros.
El abad lo observó con gesto de compasión. La convulsión en Castilla convertía la ciudad en un polvorín. El peligro obligaba a su amigo a lidiar con el trance amargo de huir. De abandonar el reducto, antaño inexpugnable, donde la Orden había protegido durante cientos de años el mayor tesoro que jamás había logrado acuñar el ser humano.
Miró cómo le rechinaban los dientes sin siquiera percatarse. Su amigo Luis, el monje que escondía su tormento tras una inmensa barba negra, se sabía fracasado. Solo iba a poder salvar una parte de la biblioteca. Los otros libros tendrían que permanecer en su escondrijo. A su consternado guardián solo le quedaba cruzar los dedos, y confiar en que resistirían hasta que pudiera volver a por ellos.
Si es que algún día podía.
Pastor le puso una mano sobre el hombro. Cuando Ligunde se volvió, lo miró cara a cara. No cabían más arrugas en aquel rostro angustiado.
Tenía que darle una tregua.
—Yo me encargo de todo. Hablaré con el vicario de Noia y lo pondré en contacto contigo. Tú ve preparando el traslado.
Así se había gestado aquel rescate desesperado. La biblioteca secreta de Toledo, herencia última de la legendaria Escuela de Traductores, se había salvado.
Al menos en parte.
Y ahora, en este amanecer frío, sintiendo la relativa tranquilidad de haber depositado ya los libros en lugar seguro, Luis de Ligunde llegaba al atrio de aquella iglesia ribereña confiando en que Joam Pastor acudiera puntual a la cita.
Tenían mucho de qué hablar. Salvar definitivamente los libros era su única obsesión. Una tarea titánica para la que iba a necesitar todos los recursos de la Orden, antes poderosa y ahora en situación crítica.
Todos los recursos, sí. Y Pastor era uno de ellos.
La mirada distraída del monje paseó sobre la superficie del mar que lamía el atrio. El sol ya asomaba sobre el horizonte. Bajo la luz rojiza del amanecer, el fraile fijó la vista en las aguas oscuras. Sobresaltado, por un instante creyó apreciar que algo raro flotaba cerca de la orilla.
Unas olas sospechosas agitaban la quietud del puerto.
Ligunde trató de fijarse más para intentar averiguar de qué podía tratarse. Una nutria, pensó al principio. Pero no. Sintió que se le paraba el corazón cuando distinguió que aquel objeto extraño era un hombre que, por si fuera poco, parecía estar inconsciente y encadenado.
Todo fue cosa de un momento, porque casi de inmediato aquella visión casi onírica desapareció bajo las aguas.
Con el pulso disparado, se puso en marcha.
Sin pensárselo dos veces, saltó sobre el muro y se sumergió. De inmediato volvió a la superficie, al constatar que hacía pie. De hecho, el agua solo le llegaba a la altura de los hombros. Estremecido por el frío, caminó sobre el lodo hacia el lugar donde se había hundido el encadenado. Allí trató de tantearlo con los pies.
Durante unos segundos eternos no logró encontrar nada. De todos modos, siguió buscando por el fondo mientras la desesperación se iba apoderando de su ánimo.
Por fin, dio con algo. En efecto, se trataba de un cuerpo humano. Se fue al fondo y logró agarrar un brazo. Tiró con fuerza para sacar al hombre a la superficie. Atónito, comprobó que lo que había emergido de las aguas no era un joven con grilletes, sino una muchachita desvanecida que presentaba un labio roto. Desconcertado, caminó con ella en los brazos hasta el recinto del atrio. Quiso dejarla allí a salvo, pero el muro estaba demasiado alto.
No daba crédito. Precisamente cuando más necesitaba pasar desapercibido, se encontraba con semejante entuerto.
Comenzó a desesperar. La joven parecía necesitar...




