E-Book, Spanisch, 660 Seiten
Costoya La última reliquia
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-07-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 660 Seiten
ISBN: 978-84-10070-07-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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Tras El custodio de los libros (ganadora del Certamen internacional de novela histórica de Úbeda en 2020), Portosanto (2021) y, por último, Hijos de Gael (2022), el autor compostelano se consolida como una de las voces más reconocidas de la narrativa histórica actual con La última reliquia (2024). Profesor en el instituto Rosalía de Castro, ha recorrido en más de treinta ocasiones el Camino de Santiago y es uno de los grandes divulgadores de la teoría del Colón galego, de la historia de Compostela, su ciudad, y del propio Camino. Colaborador en diversos medios de comunicación y activista cultural, ha organizado una gran cantidad de eventos literarios en los últimos años. Después de haber recreado el final de la Edad Media en sus anteriores novelas, en La última reliquia narra algunos de los hechos históricos más trascendentes y al mismo tiempo desconocidos de la historia de Galicia, y vierte luz sobre la verdad que se oculta tras la leyenda jacobea y la supuesta tumba del apóstol Santiago. Este es el relato de unos días que cambiarían por siempre la historia de la humanidad.
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IV
Monxoi (cerca de Compostela), 1 de mayo de 1588
Los pies se hunden en el lodo cuando el camino es incierto.
Ambrosio cabalgaba taciturno con la mirada en la espalda de sus ayudantes. La niebla envolvía a la pequeña comitiva, difuminando el entorno. El camino le resultaba familiar, pero habían pasado quince años desde la última vez.
El nuevo encargo del rey, tan envenenado como el de aquellos días, daba vueltas en su cabeza. No habían adelantado más que a un puñado de peregrinos desperdigados, pero supuso que pronto vislumbrarían las torres de la catedral.
Pese a todo, sonrió al ver cómo Mundo arropaba al pobre Cándido, enfermo otra vez.
Fue cosa de un instante.
Habían pasado tres lustros, pero la tensión seguía palpitando en sus sienes. De la misión de aquellos días se había llevado un equipaje atestado de monstruos domésticos.
Pesadillas que regresaban cada noche para destellar tras sus párpados.
Lo sucedido entonces, sumado a la publicación de su famoso Viage a los Reynos de León y Galicia y Principado de Asturias, había supuesto un seísmo del que seguían llegando réplicas. Desde entonces, una sombra acechaba sus secretos más inconfesables. De ahí que una mano fría lo atenazase cuando el rey le comunicó sus nuevas intenciones.
Había sido en El Escorial apenas dos semanas atrás.
Iglesia vieja de El Escorial, 16 de abril de 1588
—¡Ambrosio, amigo! Disculpad que no me levante, ya veis… Esta maldita gota me tiene postrado en esta silla del demonio, más propia de un lisiado que de un rey. —Ante la reverencia circunspecta del licenciado, Felipe reaccionó cambiando el tono—. Pero dejemos a un lado estas pequeñas contrariedades… Decidme, amigo…, ¿cómo se encuentra el más insigne erudito de todos mis reinos? —sonrió, abriendo los brazos.
El cronista alzó las cejas.
Aquel recibimiento no era propio de un hombre como Felipe.
Su habitual rictus de amargura se había dulcificado en una sonrisilla lisonjera que daba más dentera que otra cosa.
—Me honráis, alteza, mas no creo ser merecedor…
—¡Vamos, vamos, sin remilgos! —lo atajó Felipe con una familiaridad que, nuevamente, no le dio buena espina.
La última vez que lo había halagado de ese modo había acabado por encomendarle un encargo endiablado.
—Nadie sino vos hubiera podido cumplir con tan sagrada misión, Ambrosio. De no ser por vos, este lugar no sería lo que es. —Mediante gestos, el rey señaló hacia los muros de El Escorial—. Creedme; lo tengo presente cada día en mis oraciones.
El licenciado inclinó la cabeza.
Hacía tres años que habían terminado las obras de San Lorenzo, la más imponente construcción que el ser humano había erigido jamás. Y aun así, la monumentalidad no era el motivo que había hecho construir aquel edificio. Ni tampoco las motivaciones diplomáticas o la ostentación con fines políticos, tan habitual en las cortes europeas.
Lo que convertía a aquel lugar en el ombligo del mundo era lo que sus muros guardaban. Y no los libros valiosos, ni las excelsas obras de arte.
Aquello era secundario para el rey.
—Todo esto no sería más que un cascarón vacío —le había dicho entonces.
Habían pasado quince años, pero los recuerdos ardían en su memoria.
—Lo sustancial es lo que los muros de su basílica han de acoger —siguió Felipe—. Además de las tumbas de los reyes pasados y de los que hayan de venir, haremos de este lugar el mayor centro de santidad del mundo. —Ahí, Ambrosio trazó un gesto de perplejidad. ¿No estaban para eso las catedrales y los mausoleos? No obstante, Felipe pasó por alto su desconcierto—. Y para completar tan sagrada misión es para lo que os necesito, licenciado.
Después le había encomendado la ardua tarea de recopilar todas las reliquias sagradas que se custodiaban en cientos de iglesias, colegiatas y monasterios del norte de la Península.
Y a fe que había cumplido.
Miles de piezas habían sido confiscadas por él, Ambrosio de Morales, en nombre del rey Felipe II. Cabellos sueltos de Cristo, espinas de su corona, miembros incorruptos y hasta cuerpos completos de santos. Unos vestigios que las congregaciones y parroquias que los custodiaban veneraban como tesoros.
El Escorial se convirtió así en el mayor relicario del mundo, con más de siete mil piezas guardadas en su lipsanoteca. Las reliquias eran visitadas a diario por el soberano del imperio donde no se ponía el sol. Aquel soberbio edificio, sin parangón en el mundo entero, había sido concebido como el envoltorio de toda esa santidad.
Así lo había soñado el monarca, y así se había hecho.
Y él, el licenciado Morales, era el artífice de tal hazaña.
Ante los nuevos elogios de Felipe, Ambrosio volvió en sí.
Aquellos recuerdos seguían oprimiéndole el pecho.
—Os lo agradezco, alteza. No será por obra mía, pero lo cierto es que este monasterio de San Lorenzo es una obra magnífica.
Ahora fue el rey quien lo miró con suspicacia.
—Ese trabajo vuestro, querido Ambrosio… Sé que han pasado quince años desde entonces, y aunque cumplisteis con creces lo que os encargué tras la victoria en Lepanto, lo cierto es que aquella misión quedó… Cómo lo diría… ¿Incompleta?
El licenciado arrugó la frente.
Se había pasado todo el año de 1572 trillando los caminos de los reinos de León y Galicia, y las había tenido tiesas con abades malencarados y con hordas de lugareños furibundos. Hasta se había visto obligado a escabullirse en más de una ocasión como un vulgar ladrón de gallinas.
Y después de tantos sacrificios… ¿todo eso había quedado incompleto?
—No me entendáis mal —rogó el rey, conciliador—. Nada tengo que reprochar a aquel trabajo. Si acaso, fui yo… quien no se atrevió a… a pediros que culminaseis la misión.
Ambrosio guardó silencio. Y aquello… ¿qué quería decir, exactamente? ¿Cuál era esa supuesta culminación pendiente?
Un mal presentimiento asomó tras su hombro.
—Sí, licenciado… Vuestro viaje, entonces, finalizó abruptamente en Compostela. Esas cosas que publicasteis sobre el cabildo… El caso es que tuvisteis que abandonar la ciudad por la puerta de atrás justo cuando yo estaba tramitando con la Santa Sede el último encargo. El más importante de todos, por cierto…
El cronista abrió mucho los ojos, pero el rey siguió como si tal cosa.
—Después, unos asuntos y otros acabaron por diluir la ocasión. La dispensa papal no llegaba, vos regresasteis a Alcalá… En fin, que la cuestión fundamental de aquel viage estaba sin completar. El tesoro que hoy acoge nuestro relicario no admite comparanza en el mundo entero, pero… falta en él, por así decirlo, la joya de la corona…
Un gesto significativo confirmó lo que Ambrosio ya había intuido.
—Falta en El Escorial, Ambrosio… La última reliquia.
El licenciado se quedó sin aliento.
—Pero, majestad… —balbució—, no he dudado en jugarme el pellejo por esos reynos de Dios, pero esto, si me lo permitís… ¿La reliquia más sagrada de toda la cristiandad, arrancada de su ubicación originaria? Las consecuencias serían…
Felipe esbozó un ademán displicente, cortando sus reticencias de raíz.
Como si todo aquello no fuera más que un trámite menor.
Y eso, se estremeció Ambrosio, era más preocupante aún. El rey no hacía más que quitarle hierro a la operación cuando podrían estar hablando del mayor latrocinio que jamás se hubiera cometido.
—Descuidad, licenciado; este proyecto mío no es locura ni improvisación. Llevo años preparando el terreno. Monseñor Quiroga está tramitando la dispensa ante la Santa Sede. Ya solo falta que halléis un fundamento jurídico para el traslado de los restos. Nadie mejor que vos podría hallar en esa catedral el argumento que avale nuestra voluntad: que el señor Santiago duerma el sueño eterno aquí, en el mayor centro de santidad del mundo. Además, mi ilustre amigo…, no creeréis que he nombrado arzobispo a Sanclemente por casualidad…
El pulso del licenciado se desbocó definitivamente.
Lo que para el rey parecía ser una estratagema astuta, para él era un clavo de fuego en la tapa de su ataúd.
Juan de Sanclemente y Torquemada era su propio sobrino, y Felipe lo había nombrado arzobispo de Compostela de forma inesperada. Todos los naipes del soberano acababan de quedar boca arriba, y su cariz era aún más desconcertante de lo que Ambrosio había alcanzado a prever.
Felipe no tenía ni idea de las pesadillas que lo asolaban desde su visita a Compostela. No sabía nada de aquel amor proscrito que había terminado en tragedia, ni sobre aquella mujer asesinada ni sobre el purgatorio en el que llevaba quince años asándose a fuego lento.
—Debemos guardar el secreto hasta que la reliquia esté a buen recaudo —indicó el soberano, sacándolo de sus ensoñaciones—. No digáis nada mientras no la tengamos aquí, en El Escorial.
Aunque al borde del colapso, Ambrosio asintió.
—Como ordenéis, majestad —respondió, cabizbajo.
El peso de cien planetas acababa de posarse sobre sus hombros.
Traer a El Escorial aquello que el monarca había denominado «la última reliquia», como si fuera un apero de labranza o un vellón de lana, se le...




