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E-Book, Spanisch, 690 Seiten

Costoya Portosanto

El enigma de Colón
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-49-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

El enigma de Colón

E-Book, Spanisch, 690 Seiten

ISBN: 978-84-18491-49-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Siglo XV. Es el fin de una era. Europa arde por los cuatro costados, inmersa en guerras fratricidas. Una fría sombra extiende sus alas sobre todo el continente, alimentada por el fanatismo y la barbarie. Hogueras, torturas y autos de fe siembran el odio entre los que un día vivieron como hermanos. Además, el avance del Imperio otomano amenaza el corazón mismo de la cristiandad, bloqueando el suministro de los bienes más preciados. Todos los caminos parecen cortados. Una civilización entera se tambalea, y solo un milagro podría salvarla. No hay nadie capaz de encontrar una salida, de darle la vuelta a todo. Porque, a veces, la verdad solo está al alcance de los elegidos. De los que, sobre hombros de gigantes, consiguen ver más allá del horizonte. De hacer que lo imposible se convierta en realidad. Este es el tiempo que le toca vivir a Pedro, un pequeño bastardo nacido en los confines del viejo Finis Terrae. Un niño que crece en la aldea de Portosanto, olvidado por todos y ajeno al trascendental destino que le ha sido reservado. Extender luz sobre las tinieblas. Cambiar el mundo para siempre.

(Torrelavega, Cantabria, 1977). Sus padres, gallegos que habían emigrado en busca de trabajo, decidieron regresar a su tierra en 1981 para que sus dos hijos crecieran y se educaran cerca de Compostela. Rodrigo aprendió a leer de forma autodidacta escuchando a su hermana Laura silabear. Ahí comenzó su pasión por la lectura y su curiosidad por (casi) todo lo que le rodea. Profesor de enseñanza secundaria licenciado por el INEF Galicia, ha desempeñado cargos directivos y ejercido otras funciones dentro y fuera de la educación pública. Ha llegado a ser miembro del staff técnico del CAB Obradoiro en la liga ACB y actualmente desempeña su labor docente en el IES Rosalía de Castro, de Santiago de Compostela. Portosanto. El enigma de Colón es la segunda novela del autor en Pàmies, después del éxito obtenido con El custodio de los libros, obra con la que Rodrigo ganó el IX Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda en 2020 y fue finalista en el Premio de Novela Torrente Ballester en 2018.
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XI


Al día siguiente, el caballero se levantó al canto del gallo.

Se estiró. Había dormido como un bebé. Era la primera noche en semanas en que cenaba y dormía en una casa a la que podría llamarse hogar. Se vistió con calma y salió a la calle con intención de explorar la ciudad portuaria.

Recorrió sus calles flanqueadas de casonas nobles, algunas aún con estructura de madera pero muchas ya de piedra. En la confluencia de las calles solía haber unas plazuelas muy coquetas. En una se vendía leña para abastecer a los hogares. En otra, una docena de aguadoras hacían cola. Vio que llenaban de agua los cántaros, y supuso que sería para repartirla puerta por puerta a cambio de una moneda.

Admiró las iglesias y conventos que se asentaban en la villa. No todos lo hacían en el espacio intramuros, demasiado escaso para aquellas construcciones enormes. Le llamó la atención el monasterio de los franciscanos. Fue ante su fachada cuando recordó haber oído hablar de él en alguna lejana ocasión.

Conque aquí es donde yace para la eternidad el gran Chariño…, se admiró, pensativo.

Pronto se dio cuenta de que la ciudad abrazaba una colina suave rodeada por el río. Las calles subían desde las riberas en las que flotaban los navíos. En un alto sobre el río, dominando los muelles y los astilleros, encontró un lugar especial. Era la pequeña iglesia de Santa María. Aunque era vieja y amenazaba ruina, no pudo evitar admirarla durante casi una hora. La observó con ojos expertos, descubriendo en sus muros detalles que habían dejado allí, como un código, los canteros que la habían erguido cientos de años atrás. Mensajes cifrados en la piedra que solo él y un puñado de eruditos más sabían interpretar.

Vio que el ábside estaba a punto de derrumbarse. Sin embargo, con todo y eso, aun transmitía elegancia. Esperemos que no permitan que se venga abajo, pensó, contemplando el pésimo estado de conservación del tejado. Cualquier día se les va a colar alguien por esos agujeros que hay entre las tejas.

Tras pasar por delante de muchas tabernas, y de comercios de telas y vino que tenían su base comercial en el puerto, se dirigió finalmente a la Moureira. El barrio portuario comenzaba junto a los diques, y se extendía tierra adentro por callejuelas estrechas. Todos en aquel burgo eran pescadores, constructores de barcos, mozos de estiba, marineros profesionales, rederas, pescaderas, taberneras, o desempeñaban cualquier otra profesión relacionada con el negocio del mar. En una esquina oscura, incluso, un par de mujeres de mala vida le ofrecieron sin disimulo sus servicios, mostrándole ciertas partes de su cuerpo. Más de las que él hubiera querido, de hecho, habida cuenta su discutible belleza.

Nada nuevo respecto a otros puertos que conocía bien, pensó mientras volvía a casa, salvo la sensación de particular vitalidad que desprendía este.

A media mañana el mozo ya tenía el caballo listo. Se pusieron en marcha hacia la fortaleza de Soutomaior. Pese a poseer inmuebles en Pontevedra, y negocios relacionados precisamente con el comercio marítimo —el gran señor era comerciante, naviero y banquero—, Fernán Eannes siempre recibía a las visitas en su castillo. Como conde de aquellas tierras, sabía que aquel era el emblema de su poderío militar.

Mientras subía el último tramo hacia la puerta principal de la muralla, los vigías dieron orden de dejarlos entrar. A Robert le sorprendió la deficiente defensa de aquel supuesto fortín. De un simple vistazo era fácil apreciar que presentaba demasiados puntos endebles. El muro era atacable desde varios lugares con maquinaria pesada. Catapultas no demasiado grandes tendrían al alcance el patio de armas y la propia torre principal. Dedujo que la guerra nunca había llamado a sus puertas. Si algún día eso sucedía, estimó, aquellas estructuras no iban a resistir mucho. Incluso la muralla estaba en mal estado. Tenía varios boquetes abiertos, y en algún punto presentaba piedras desprendidas.

Estaba claro: aquellos hombres no tenían miedo a ser atacados.

Llegaron antes del mediodía. Un caballero siempre debía ser puntual. La ama de llaves lo acompañó hasta una estancia amueblada con elegancia, aunque muy anticuada para lo que él estaba acostumbrado.

Pasado un rato, por la otra puerta del salón entraron Beltrán, el alcaide a quien había conocido la tarde anterior y un hombre de pelo y barba encanecidos pero de porte señorial, con hombros anchos y mentón erguido. Pudo sentir cómo, de un solo vistazo, el señor se hacía una impresión completa acerca de su aspecto. Involuntariamente, Gwened se estiró y sacó pecho. Así que este era aquel a quien llamaban «el Rey de Galicia»… El gran Fernán Eannes.

Desde luego, su presencia no decepcionaba.

—Mi muy estimado señor de Gwened, nos sentimos honrados por la presencia en nuestra casa de un erudito de vuestra talla. Sabed que los más grandes hombres de este y de otros reinos nos han dado las mejores referencias sobre vos —sentenció con solemnidad.

—Más honrado me encuentro yo al ser recibido en tan noble casa, mi señor.

—Espero que todo fuera dispuesto de vuestro agrado en la morada que, tal y como solicitasteis, os preparamos en Pontevedra. —Diciendo esto, el señor miró al alcaide, como invitándolo a intervenir.

—El noble señor Beltrán, aquí presente, se encargó de todo —contestó enseguida el bretón—. No puedo más que manifestar mi agradecimiento por unas atenciones a las que, sin duda, no creo ser acreedor.

El habitual turno de gentilezas acabó con el agradecimiento mostrado por Beltrán a las palabras de Gwened, mediante un ligero movimiento de cabeza. Después, Fernán fue directo al asunto que les ocupaba.

—Sabéis que la situación de esta casa es delicada, caballero. Y sabéis cuál es el cometido que espero de vos.

—En la carta que me hicisteis llegar a mi retiro en Normandía así lo entendí, señor —Robert hizo una pausa para elegir bien las palabras. Llevaba dándoles vueltas desde el Mont Saint Michel—, mas, si me lo permitís, me cuesta ver esa supuesta gravedad. Aunque tal vez la situación requiera atención, creo que está lejos de comprometer el futuro de vuestra estirpe.

Fernán suspiró profundamente, fatigado. Después lo miró con el gesto muy serio.

—Me gustaría compartir vuestro optimismo, mi noble amigo. Sin embargo, nunca los presentimientos que nacieron del fondo de mis entrañas me han engañado. —Su voz denotaba un tormento antiguo.

—Sin embargo, vuestro hijo Alvar es un hombre joven que disfruta de buena salud, ¿no es cierto? —Robert necesitaba toda la información para ir afianzando la misión que lo había llevado hasta allí.

Un silencio tenso, en el que incluso la respiración acompasada de los tres hombres se podía escuchar, se instauró en el cuarto. El conde midió sus palabras.

—No es posible que podáis conocer a Alvar, caballero. Vuestra presencia aquí debe ser un secreto. Como pretexto, diremos que sois un comerciante franco con el que tenemos interés en iniciar un negocio de exportación de vino. —El conde suspiró de nuevo, esta vez con pesar—. Simplemente, sabed que Alvar no nació para asumir los menesteres propios de un noble. Ni para escudero, diría yo. No digo que no tenga otras cualidades. Es abnegado y laborioso, diligente en todo cuanto se le encarga. Pero su talento no es el mando, ni el carácter lo acompaña. No, al menos, como para incrementar la gloria de una casa como la mía. Ya desde pequeño, cuando jugaba con otros chicos, todos se burlaban de él. Siempre acababa llorando. Hijos de soldados a mi servicio, incluso de menor edad que él. —Movió la cabeza—. No es capaz de manejar una espada con destreza, a pesar de tener los mejores maestros. Se asfixia cuando le encomiendo que tome una decisión respecto a un cobro de impuestos o a un desahucio. Como si cada vasallo mereciera su conmiseración.

Robert sabía de los métodos empleados por los señores de la tierra cuando algún arrendatario no les pagaba los tributos debidos. Desde latigazos hasta cortarles un dedo. O varios. O la mano entera, en los casos más graves, si se interpretaba que equivalía a un robo. Se hacía cargo del suplicio del alma sensible de Alvar, pero podía entender también la ansiedad de su padre.

—Es por esto que nos encontramos en esta situación, que difícilmente puede ir a peor. Mi único hijo no tiene capacidad para asumir tan alta empresa. —Sus ojos indicaban que esta era la de glorificar a uno de los linajes más poderosos de aquel reino—. Y lo peor: está casado con una mujer que, o mucho me equivoco, o nunca le va a dar hijos. Ante esta situación, comprended mi perspectiva: mi casa, este linaje ancestral con posesiones a lo largo y ancho de todo el reino, desaparecerá de las páginas de la Historia como si nunca hubiera existido.

En vista de que la exposición del señor se tornaba dramática, Beltrán tomó la palabra.

—Por esto os reclamamos, señor de Gwened. En previsión de que el panorama no mejore, y con el fin de asegurar la continuidad de la insigne casa de Soutomaior, acordamos buscar a la persona idónea para la misión que ya conocéis. Esa persona sois vos.

—Y evitar así que los Sarmiento de Ribadavia, y otros carroñeros similares, rapiñen lo que quede cuando yo pase a mejor vida —sentenció Fernán, con amargura.

Los dos se quedaron esperando una respuesta.

—Me hago cargo de la gravedad de la situación, mi señor. Tened por...



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