E-Book, Spanisch, Band 104, 464 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Craveri Los últimos libertinos
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17454-11-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 104, 464 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-17454-11-1
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Benedetta Craveri (Roma, 1942), nieta del gran filósofo Benedetto Croce, es una estudiosa de la literatura francesa y de la sociedad del siglo XVIII. Siruela ha publicado Madame du Deffand y su mundo (2005), que recibió el premio Viareggio Rèpaci al primer ensayo y fue finalista del premio Giovanni Comisso; María Antonieta y el escándalo del collar (2007) y Los últimos libertinos (2018), finalista del premio Viareggio Rèpaci en 2016. La cultura de la conversación (2007) obtuvo los premios Saint-Simon y Mémorial de la ville d'Ajaccio.
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El vizconde Joseph-Alexandre de Ségur
«Las más bellas, las más atractivas damas de la corte, así como las cortesanas más destacadas, se lo disputaban o se entristecían por sus infidelidades».
CONDE DE ESPINCHAL169
«Ya he dicho […] lo mucho que me han gustado los recuerdos de varios autores […], especialmente los de aquellos con los que hemos compartido la vida, como, por ejemplo, el barón de Besenval, cuyo estilo es tan brillante como él. Sus retratos son completamente verdaderos. No hay uno solo equivocado. Consigue captar cada rasgo, cada mínimo matiz». El entusiasmo manifestado por el príncipe de Ligne —que por entonces se hallaba escribiendo cientos de páginas sobre ese último periodo de la monarquía francesa, tema central también de la obra de Besenval—170 debería haber garantizado la veracidad de las Mémoires del barón suizo. Y, sin embargo, empezando por los familiares del autor, la publicación fue ásperamente criticada, si bien el escándalo que suscitó fue menor del que levantarían quince años después los recuerdos de Lauzun. Al publicar los de Besenval, el vizconde de Ségur era tan consciente de los malestares y de las polémicas que habrían generado171 que sintió la necesidad de justificar su gesto ante los nostálgicos del Faubourg Saint-Germain. Así, en la nota introductoria del libro, el vizconde precisaba que, habiéndose enterado de que la persona a quien había confiado el «precioso» manuscrito durante el Terror había mandado hacer copias del mismo alevosamente, él había querido evitar que editores faltos de escrúpulos lo publicaran de forma incorrecta172. Pero este no era el único motivo de su decisión. Si Ségur, como ejecutor testamentario del barón, consideraba su deber asegurar el futuro de sus memorias, era porque era plenamente consciente de su veracidad y de su importancia como documento histórico, y compartía sus juicios. Por otra parte, algunos le atribuían su paternidad173. En realidad, era su forma de expresar su devoción filial hacia un padre que, pese a haberlo querido profundamente, nunca había podido reconocerlo.
Como Lauzun, Joseph-Alexandre de Ségur era hijo del amor, pero sus afinidades iban más allá. Como Lauzun, el vizconde tenía un apellido ilustre, como él era rico, bien parecido, ingenioso y elegante y gustaba enormemente a las mujeres. Los dos se conocían desde la adolescencia, frecuentaban los mismos ambientes y en los años inmediatamente anteriores a la Revolución compartirían, si bien durante un breve periodo, las mismas ideas políticas. Nueve años menor que Lauzun, el vizconde no ocultaba la admiración que sentía hacia él. Después de su trágico fin, y a pesar de sus diferentes posturas políticas, rendiría tributo a su inimitable arte de contar, en el que reconocía «un no sé qué de indefinible»174. Y, sin embargo, es difícil encontrar dos personalidades, dos temperamentos tan opuestos. Lauzun era caballeroso, sentimental e impulsivo; Ségur, racional, lúcido y calculador; el primero tenía vocación de soldado y la ambición de servir, e ignoraba la prudencia; el segundo había emprendido la carrera militar por obligación y le dedicaba el tiempo estrictamente necesario para ascender de grado. El duque no se cansaba de redactar memorias ni de elaborar audaces proyectos diplomáticos y militares soñando con grandes empresas; el vizconde tenía ambiciones literarias y celebraba, en un sinfín de versos, la alegría de vivir el presente. Ambos, ciertamente, se proclamaban libertinos, pero su comportamiento era muy diferente. Lauzun compartía por igual sus atenciones entre las damas de la alta sociedad y las prostitutas, a las que frecuentaba solo o con sus amigos. Los informes de la Policía señalaban su participación en las orgías organizadas175 por el duque de Chartres y el intenso trasiego de prostitutas en su folie de Montrouge; y, aunque se trataba de costumbres ampliamente compartidas por muchos grandes señores de la época, sus experimentos eróticos (en una ocasión el príncipe de Conti lo había sorprendido en compañía de dos gigantas)176 conseguían, no obstante, que se hablara de ellos. Pero a Lauzun también le gustaba el juego altamente codificado de la galantería y se lanzaba a la conquista de mujeres consideradas inaccesibles con la esperanza de apaciguar, aunque fuera por poco tiempo, su inquietud sentimental. Siempre estaba dispuesto a enamorarse, porque lo que más apreciaba del amor era la magia de los comienzos. Sin embargo, las raras veces en que el hechizo se había prolongado en el tiempo no se había echado atrás, aunque en este caso habían sido las mujeres quienes lo habían abandonado.
Ségur, en cambio, consideraba los amores mercenarios demasiado fáciles. Su terreno de caza preferido era el de la bonne compagnie. Seductor impenitente, no se cansaba de coleccionar trofeos, ya que para él, como para los libertinos de las novelas de Crébillon, el objetivo principal, disimulado tras un sabio dominio de los usos sociales, era comprobar la infalibilidad de sus métodos en el mayor número posible de mujeres. Esta eterna repetición respondía a su prudente hedonismo y le permitía que su buen humor no dependiera de variables desconocidas ni de los caprichos ajenos.
A diferencia de Lauzun, el vizconde había crecido en una familia que, aunque no menos falta de escrúpulos que la de su amigo, era afectuosa y estaba muy unida. De hecho, la relación de los cónyuges Ségur y Besenval era un ménage à trois tan unido y feliz que suscitaba el estupor de una sociedad habituada, no obstante, a todo tipo de arreglos domésticos. En principio, sin embargo, Philippe-Henri de Ségur no era en absoluto un hombre inclinado a los acuerdos. Descendiente de una familia de origen hugonote que se había distinguido sirviendo a Enrique IV, el marqués había abrazado la carrera militar destacando por su extraordinaria fuerza física y su excepcional valor. En la sangrienta batalla de Rocoux había recibido una herida de bala en el pecho y, durante el asedio de Lawfeld, a pesar de tener un brazo destrozado por un disparo de arma de fuego, había permanecido al frente de su regimiento conduciéndolo a la victoria. La pérdida del brazo no le impidió participar en la guerra de los Siete Años, ser nuevamente herido en la batalla de Clostercamp y acabar como prisionero de los prusianos. Su comportamiento en aquella ocasión podría haber figurado en un poema caballeresco. Diderot contó la escena en una carta a Sophie Volland fechada el 6 de noviembre de 1760: «Los dos ejércitos estaban ahora muy cerca el uno del otro. El marqués de Ségur estaba a punto de que lo mataran. El joven príncipe [prusiano] oye su nombre y corre en su ayuda. Ségur, ignaro, lo ve a su lado, lo reconoce y le grita: “Príncipe, ¿qué hacéis aquí? ¡Mis granaderos se encuentran a veinte pasos y van a disparar!”. “Señor”, le responde el joven príncipe, “he acudido al oír vuestro nombre para impedir que esta gente os mate”. Mientras hablaban, los dos ejércitos entre los que se encontraban hicieron fuego al mismo tiempo. Ségur sale del paso con dos sablazos y queda prisionero del joven príncipe que, mientras tanto, se ha visto obligado a retirarse […]. ¿No os asombra la generosidad de estos dos hombres, cada uno de los cuales ve solo el peligro que corre el otro, y que se olvidan de sí mismos hasta el punto de que si no los matan en ese mismo momento es por puro milagro?»177.
De vuelta en Francia, Ségur pudo finalmente recoger el fruto de veinte años de servicio siendo nombrado inspector general de infantería primero en Hainaut y luego en Alsacia y en Borgoña. Había encontrado la forma de aumentar su modesto patrimonio llevando al altar a una huérfana de quince años con una conspicua dote y heredera de vastas propiedades en la isla de Santo Domingo. Anne-Madeleine de Vernon, que no era bonita, pero sí muy atractiva, demostró ser enseguida una excelente esposa y, al morir su suegro, no dudó en acoger a la madre de su marido, uniéndose estrechamente a ella y animando con su ayuda un salón frecuentado por grandes aristócratas, notables y literatos. La marquesa aseguró así la continuidad de la estirpe trayendo al mundo a dos varones: el mayor, Louis-Philippe, nació en 1753 y el menor, Joseph-Alexandre, tres años más tarde. Pero del marqués de Ségur este solo tenía el apellido.
El padre natural del niño, el barón suizo Pierre-Victor de Besenval, era el mejor amigo del marqués y compañero de armas desde la guerra de Sucesión austriaca. En cuanto al valor, el barón estaba a la altura de Ségur. Habiendo participado también en Clostercamp, había contribuido de forma decisiva a la victoria de Francia, arrastrando a sus hombres al asalto de un puesto enemigo avanzado aparentemente inexpugnable. Después de haber obedecido la orden de poner a cubierto a los guardias suizos diezmados por la artillería prusiana, había vuelto al campo de batalla. Y, ante la sorpresa de sus superiores, se había justificado diciendo que, como en el baile de la Ópera, aunque no le gustara el espectáculo, no se marchaba hasta que los violinistas habían dejado de tocar178. Lo que fraguó la amistad entre ambos fue precisamente la pasión compartida por el oficio de las armas, el respeto por la deontología militar y el desprecio hacia el peligro. Pero Besenval también estaba dotado de un excelente buen humor: mimado por la fortuna, el barón se sentía invulnerable....




