E-Book, Spanisch, Band 426, 296 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Crook La encrucijada del roble
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17860-60-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 426, 296 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-17860-60-8
Verlag: Siruela
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Elizabeth Crook (Texas, 1959) ha publicado hasta la fecha cinco títulos con los que ha recibido, entre otros, los premios Spur a la mejor novela del Oeste, el WILLA en la categoría de ficción histórica o el Jesse H. Jones.
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DECLARACIÓN DE BENJAMIN SHREVE
Ante los quince miembros del gran jurado
Residencia de Izac Wronski
Presidido por el juez E. Carlton
18.º distrito
Condado de Bandera
Estado de Texas
25 de abril de 1866
Según el registro de Alfred R. Pittman
Ahora que ha prestado juramento, diga su nombre.
Benjamin Shreve.
Diga su edad.
Diecisiete años, señor.
¿Dónde vive, Benjamin?
Por Verde Creek. Cerca de Camp Verde.
Muy bien. Puede quedarse donde está. Aquí hay mucha gente; le pido disculpas por ello. Soy el juez Edward Carlton, y este es Alfred R. Pittman. Se encargará de anotar lo que diga usted hoy ante el gran jurado. Hable con claridad. Si él le pide que repita algo, repítalo.
Sí, señor.
Puede colgar su sombrero junto a la puerta.
Prefiero tenerlo en la mano, señor.
Está bien. ¿Sabe por qué se le ha pedido que venga?
Por lo de esos hombres que encontré muertos en Julian Creek.
Así es. Creemos que usted fue el primero en ver los cuerpos y que es probable que viera a uno de los hombres que colgaron a esos caballeros. Somos conscientes de que esto ocurrió hace tres años y que la justicia ha tenido que aguardar a que terminase la guerra. De modo que es posible que no recuerde bien los detalles. Limítese a recordar lo que pueda. No invente nada. Si de algo no se acuerda, diga que no se acuerda.
Me acordaré, señor.
Muy bien. En cuanto a los asesinatos, los detalles básicos ya han quedado claros, pero estamos intentando corroborar los nombres de aquellos que tomaron parte en ellos.
Puedo asegurarle que Clarence Hanlin fue uno de los que lo hicieron, señor.
No estoy pidiéndole su opinión, Benjamin. Estoy pidiéndole su testimonio. Con ello quiero decir lo que usted vio, no lo que supone. Responda solo a las preguntas que le formule. Bien. ¿Qué estaba haciendo usted en Julian Creek la mañana en que encontró los cuerpos?
Cazaba, señor.
Julian Creek está a sus buenos kilómetros de Camp Verde. ¿Por qué no fue a cazar más cerca de casa?
No quedaba caza más cerca de casa. Los soldados sesesh1 de Camp Verde habían acabado con toda para colmar sus necesidades y las de los prisioneros del cañón.
Esa mañana, ¿cómo llegó hasta Julian?
A caballo, señor.
¿Estaba usted solo?
Sí, señor.
¿A qué hora salió de casa?
Supongo que una hora antes del amanecer más o menos. Recuerdo que cabalgué a la luz de la luna.
¿Y su intención era cazar en Julian Creek?
Mi intención era cazar la primera pieza que me saliese al paso. Resultó ser un ciervo, cerca del Julian. Disparé y fallé.
¿Qué sucedió después?
Me pillé un buen berrinche, señor. Desmonté y me puse a maldecir. Enseguida me arrepentí de haberme comportado de esa manera.
¿Por miedo de asustar a la caza?
Por miedo de los indios y de los sesesh y de los exploradores y de los vigilantes y qué sé yo. Era un comportamiento peligroso y llamaba mucho la atención, señor.
Benjamin, los hombres que hay en esta sala, algunos de los cuales probablemente conozca, mantienen opiniones diversas sobre la pasada guerra. Haría bien en evitar los insultos.
Sí, señor, conozco a uno... dos... tres... cuatro... cinco de los que están aquí, mi padre y yo les vendíamos tejas. Ese que hay junto a la puerta...
No saque a colación la política.
No, señor, no iba a hacerlo. Pero fue un sesesh el que asesinó a los hombres que encontré muertos.
Es verdad que al mayor del Ejército Confederado William J. Alexander, de Camp Verde, cuyo paradero es desconocido, se lo acusa actualmente de asesinato y de actuar como salteador de caminos. Lo que tratamos de determinar es cuáles de sus hombres tomaron parte en el ahorcamiento de los ocho viajeros que usted encontró muertos.
Clarence Hanlin era uno de ellos, señor.
Sé que esa es su declaración. Pero si tal cosa es cierta, debemos llegar hasta ella por medio de la lógica. Limítese a responder mis preguntas.
Sí, señor.
Así que disparó al ciervo, y falló, entonces se pilló un buen berrinche. ¿Qué ocurrió después?
Escuché ulular a unos coyotes y pensé que eran los comanches. Até mi yegua a la maleza y me alejé un poco y me tendí bocabajo en la hierba donde nadie pudiera verme. Pero cuanto más permanecía a la escucha tendido allí, más pensaba: «Esos no son indios; lo que son es coyotes». Me figuré que quizá había acertado al ciervo y lo había herido, y que el ciervo había escapado y bajado por allí y ahora los coyotes lo habían rodeado y estaban devorándolo. Así que pensé en aproximarme y echar un vistazo a ver qué hacían. Me acerqué a rastras por si acaso eran en verdad comanches y no coyotes. Así fue como me encontré con lo que vi.
Intente describirnos lo que vio tan detalladamente como pueda.
Clarence Hanlin y una manada de coyotes bajo un espeso grupo de robles rojos, señor. A cierta distancia del arroyo. Les daba algo de la luz de la mañana allá donde estaban, que era un pedregal entre chumberas, y los coyotes huían a la carrera porque Clarence Hanlin los azuzaba con un palo y les ululaba con esos ululatos como si también fuera él uno de ellos. Los estaba asustando. Me parecía muy extraño que no les disparase si tanto le molestaban. Tenía una pistola. Pero parecía que...
Por aquel entonces, usted no había visto nunca al señor Hanlin... ¿Es esto correcto?
No del todo correcto, señor. Había visto soldados ir y venir por los caminos próximos a Camp Verde, y creo que había visto a Clarence Hanlin entre ellos, pues me fijé en que tenía un ojo caído. Tenía una mirada que llamaba la atención, señor. No era una mirada agradable. No es que fuera feo, pero su facha no le hacía ningún favor.
Caballeros, ¿podríamos, por favor, dejar las risitas? Alfred, espero que lo estés anotando todo. Quiero cada detalle por escrito. De acuerdo, Benjamin, vio usted una manada de coyotes y a un hombre quien a su entender se trataba de uno de los soldados confederados destacados en Camp Verde, pero al cual, en aquel momento, no conocía por su nombre y con el que jamás había hablado, azuzando con un palo a los coyotes con la intención por lo visto de asustarlos. ¿Es así?
Sí, señor. Y les lanzaba ululatos, señor. Era muy raro, a mi entender. Había algo perruno en ello, señor.
¿Está insinuando algo con ello?
Si se refiere a si estoy insultando a ese hombre, no, señor. Supongo que igual podría decir que también sonaba un poco como un cerdo, señor, si pretendiera hacer lo que usted dice. Insinuar algo. No estaría muy fuera de lugar. Lo diré de otro modo. Hacía un ruido muy raro para ahuyentar a los coyotes. Me asustó bastante. Después lo vi ponerse de cuclillas como si se dispusiera a recoger leña o algo así. Había por el suelo un montón de ramas rotas. Pero lo que recogió no fue leña, sino un brazo. Y entonces vi que estaba unido a un cuerpo. Y entonces vi otros cuerpos.
Un momento. ¿Dónde estaban los cuerpos?
A su alrededor, por todas partes. Desperdigados, diría yo. Quizá habría una docena.
Para que conste, había ocho cuerpos.
A mí me parecieron más de ocho, por como estaban desparramados. Pero si usted lo dice serían ocho. Me encontraba a unos veinte metros, si no más. Había poca luz, puesto que el sol todavía no estaba en lo más alto. Y, ahora que lo pienso, supongo que lo primero que se me pasó por la cabeza fue que los cuerpos serían maderos y ramas, y que no había nada raro en aquello. Así que no me paré a pensar en ese momento en cuántos de ellos habría.
Había ocho muertos exactamente. Sabemos sus nombres. A algunos de los hombres que se encuentran en esta sala se les pidió que fueran desde el pueblo para ayudar a enterrarlos. Bien, prosiga. ¿Qué hizo usted cuando vio los cuerpos?
Intenté figurarme qué había pasado y pensé: están esos cuerpos y esos coyotes y Clarence Hanlin con su palo y su ululato. Así que...
Clarence Hanlin, a quien usted aún no conocía como Clarence Hanlin, pero con quien más tarde usted, presumo, llegó a mantener algún trato...
Así es, señor. Por entonces lo conocía como el hombre del ojo caído, vestido con ropas sesesh, a quien creía haber visto ya en el camino que había cerca de Camp Verde. Así que me figuré que los coyotes estaban tratando de comerse los cuerpos y que el señor Hanlin, el sesesh, los estaba ahuyentando. Así es como vi aquello, hasta donde pude entender. Pero entonces me vino a la cabeza que tenía que haber algo más, pues ¿qué hacían los cuerpos allí? Pensé que a lo mejor los comanches andaban por la zona y habían matado a los hombres que los coyotes intentaban comerse, y que este sesesh llegó y, aunque tenga una cara difícil de mirar, estaba protegiendo los cuerpos. Pero quieto ahí, pensé. Porque entonces lo vi coger un objeto de la chaqueta de uno de los que estaban en el suelo. Lo cogió de uno, y dio un paso, y pinchó a otro con el palo, y se acuclilló y cogió también de aquel un objeto. Estaba saqueando a los muertos, señor. Estaba cogiendo cuanto encontraba. Fue de bolsillo en bolsillo, buscando cosas valiosas que rebañar. Llevaba un zurrón atado con una correa al costado, y allí metía las cosas....




