E-Book, Spanisch, 400 Seiten
Crouch Recursión
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-46-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 400 Seiten
ISBN: 978-84-18440-46-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Blake Crouch nació en Carolina del Norte en 1978 y se licenció en Filología Inglesa y Escritura Creativa. Es autor de una docena de libros, varios de ellos adaptados a la televisión, entre los que destaca la trilogía Wayward Pines, cuya adaptación produjo M. Night Shyamalan. Su novela Materia oscura (Nocturna, 2017) se vendió en subastas a una veintena de idiomas y Sony compró sus derechos cinematográficos. Posteriormente publicó Recursión (Nocturna, 2020), que nuevamente obtuvo el respaldo de la crítica y los lectores, y de la que Shonda Rhimes y Matt Reeves están preparando su adaptación para Netflix.
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HELENA
20 de junio de 2009
Día 598
Helena está sentada en el sofá de su apartamento intentando comprender la magnitud de los últimos treinta minutos de su vida. Su primera reacción es de incredulidad, de que debe de haberse tratado de algún truco o ilusión. Sin embargo, sigue viendo el tatuaje acabado de MIRANDA en el hombro del heroinómano; el que aparece inacabado en el vídeo que Slade acaba de enseñarle. Y sabe que, de algún modo, aunque tiene un recuerdo vivo y detallado del experimento de esta mañana —hasta de lo de lanzar una silla contra el cristal— en realidad nada de ello ha tenido lugar. Existe como una rama muerta de recuerdos en la estructura neuronal de su cerebro. Lo único con lo que puede compararlo es con el recuerdo de un sueño muy vívido.
—Dime qué piensas —le pide Slade.
Ella lo mira fijamente.
—¿Este procedimiento, lo de morir en el tanque de aislamiento para reactivar los recuerdos, de verdad puede cambiar el pasado?
—No hay ningún pasado.
—¡Venga ya!
—¿Qué pasa? ¿Que tú puedes tener tus teorías y yo no?
—Pues explícate.
—Tú misma lo dijiste. El «ahora» es solo una ilusión, una consecuencia accidental de cómo nuestros cerebros procesan la realidad.
—La típica chorrada de los de primero de Filosofía.
—Nuestros antepasados vivían en los océanos. Como la luz no viaja por el agua del mismo modo que por el aire, su área sensorial, la región en la que podían buscar a sus presas, se restringía a su área motora, la región en la que realmente cazaban e interactuaban con ellas. ¿Cuál crees que era el resultado?
Ella medita la respuesta.
—Solo reaccionaban a estímulos inmediatos.
—Vale. Ahora dime, ¿qué crees que ocurrió cuando esos peces fueron saliendo del océano hace cuatrocientos millones de años?
—Que su área sensorial aumentó, ya que la luz viaja más rápido por el aire que por el agua salada.
—Algunos biólogos evolucionistas creen que esta disparidad terrestre entre área motora y sensorial preparó el camino para la evolución de la conciencia. Si podemos ver más allá, podemos pensar más allá; podemos planear. Y pensar en el futuro, aunque no exista.
—¿Y tú que piensas?
—Que la conciencia es una consecuencia del entorno. Nuestra cognición, nuestra idea de la realidad, está modelada por lo que percibimos, por las limitaciones de nuestros sentidos. Creemos que vemos el mundo tal como es, pero tú mejor que nadie sabes que… no son más que sombras en la pared de la caverna. Somos tan miopes como nuestros antepasados acuáticos, los límites de nuestro cerebro también son consecuencia de la evolución. Y como ellos, por definición, somos incapaces de ver lo que nos estamos perdiendo. O… lo éramos, hasta ahora.
Helena se acuerda de la misteriosa sonrisa de Slade durante la cena que compartieron hace meses.
—Rasgar el velo de la percepción —rememora.
—Exacto. A un ser bidimensional no solo le resultaría imposible viajar a una tercera dimensión, sino que sería inconcebible para él. Igual que lo es para nuestros cerebros en este caso. Imagínate que pudieras ver el mundo a través de los ojos de un ser más avanzado, en cuatro dimensiones. Podrías experimentar los acontecimientos de tu vida en cualquier orden. Revivir el recuerdo que quisieras.
—Pero eso… es… ridículo. Y rompe el principio de causa y efecto.
Slade vuelve a esbozar esa sonrisa de superioridad. Como si fuera un paso por delante.
—Me temo que la física cuántica está de mi parte en esto. Ya sabemos que, al nivel de las partículas, la flecha del tiempo no es tan simple como el ser humano cree.
—¿De verdad crees que el tiempo es una ilusión?
—Más bien que nuestra percepción de él tiene tantos puntos débiles que podría considerarse una ilusión. Cada momento es real y ocurre en el ahora, pero la naturaleza de nuestra conciencia solo nos permite acceder a un pedacito cada vez. Piensa en nuestra vida real como en un libro. Cada página es un momento distinto. Pero, igual que cuando leemos un libro, solo podemos percibir un momento, una página, cada vez. Nuestra fallida percepción nos niega el acceso a las demás. Hasta ahora.
—Pero ¿cómo?
—Una vez me dijiste que los recuerdos son la única manera que tenemos de acceder realmente a la realidad. Creo que tenías razón. Cualquier otro momento, un viejo recuerdo, es tan ahora como la frase que estoy pronunciando en estos momentos, y deberíamos poder acceder a él con la misma facilidad con la que entramos en la habitación de al lado. Solo teníamos que encontrar la manera de convencer de eso a nuestro cerebro. De cortocircuitar nuestras limitaciones evolutivas y expandir nuestra conciencia más allá de nuestra área sensorial.
La cabeza le da vueltas.
—¿Lo sabías? —le pregunta.
—¿Que si sabía el qué?
—Hacia dónde nos dirigíamos desde el principio. Que se trataba de muchísimo más que de la inmersión en los recuerdos.
Slade mira al suelo y luego la mira de nuevo a ella.
—Te respeto demasiado como para mentirte.
—O sea, que sí.
—Antes de que lleguemos a lo que yo he hecho, ¿podemos pararnos un momento a disfrutar de lo que tú has logrado? Ahora eres la mejor científica e inventora de la historia. Eres la responsable del mayor descubrimiento de nuestra época. De todas las épocas.
—Y del más peligroso.
—Si cae en malas manos, sí.
—Por Dios, qué arrogante eres. Si cae en otras manos, las que sean. ¿Cómo supiste lo que podía hacer la silla?
Slade deja el champán en la mesita de café, se levanta y se dirige a la ventana. A varios kilómetros mar adentro se concentra una gran masa de nubes de tormenta que parece aproximarse a la plataforma.
—La primera vez que nos vimos —explica—, liderabas un grupo de I+D para una empresa de San Francisco llamada Ion.
—¿Qué quieres decir con «la primera vez»? Yo nunca he trabajado…
—Déjame acabar. Me contrataste como asistente. Pasaba a máquina informes que tú me dictabas, rastreaba artículos que querías leer. Te llevaba la agenda y los viajes. Te mantenía el café caliente y la oficina limpia. O, al menos, habitable. —Sonríe con una especie de nostalgia—. Creo que mi título oficial era el de chacha de laboratorio. Pero me tratabas bien. Me hacías sentir que era parte de la investigación, parte del equipo. Antes de que nos conociéramos, estaba metido en la droga. Tal vez me salvaras la vida.
»Construiste un microscopio MEG fabuloso y una red de estimulación electromagnética bastante decente. Tenías procesadores cuánticos mucho mejores que los que estamos utilizando aquí, ya que la tecnología cúbit estaba mucho más avanzada. Habías descubierto el tanque de aislamiento sensorial y habías conseguido que el aparato de reactivación funcionara dentro. Pero no estabas satisfecha. Durante todo el proceso mantenías la teoría de que el tanque llevaría al sujeto del ensayo a tal estado de privación de los sentidos que, al estimular las coordenadas neuronales para reactivar un recuerdo, la experiencia de ese acontecimiento sería totalmente inmersiva y trascendental.
—Espera, ¿cuándo ocurrió todo eso?
—En la línea temporal original.
Tarda un instante en asimilarlo, dada la magnitud de lo que está diciendo.
—¿Yo seguía empeñada en lo de la cápsula del tiempo para los enfermos de Alzheimer? —pregunta.
—Creo que no. Que Ion se inclinaba más por el factor entretenimiento, y en eso era en lo que estábamos trabajando. Pero, más o menos como hemos descubierto aquí, lo único que se podía hacer era darle a alguien la posibilidad de experimentar un recuerdo de manera más vívida, sin que tuviera que evocarlo por sí mismo. Aunque invirtieron diez millones, esa tecnología a la que habías dedicado toda tu carrera no se estaba materializando. —Slade se aparta del cristal y la mira—. Hasta el 2 de noviembre de 2018.
—¿Del año 2018?
—Ajá.
—Es decir, dentro de nueve años.
—Correcto. Esa mañana ocurrió algo trágico, casual y sorprendente. Estabas llevando a cabo la reactivación de un recuerdo en un nuevo participante en el ensayo llamado Jon Jordan. El acontecimiento que había que recuperar era un accidente de coche en el que había perdido a su esposa. Todo iba como de costumbre hasta que el tipo sufrió un ataque al corazón en el tanque de aislamiento. Un paro cardiaco fulminante. Mientras el equipo médico corría hasta allí para sacarlo, sucedió algo extraordinario. Antes de que llegaran a abrir el tanque, todos los del laboratorio estábamos en una posición ligeramente distinta. A todos nos sangraba la nariz, algunos tenían un tremendo dolor de cabeza y, en vez de Jordan, en el tanque había otra persona, un tal Michael Dillman. Y todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, como si alguien le hubiera dado a un interruptor.
»Nadie tenía ni idea de lo que había ocurrido. No teníamos ningún registro de que Jordan hubiera puesto el pie en nuestro laboratorio. Estábamos atónitos, intentando encontrarle algún sentido a la situación. Llámalo...




