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E-Book

E-Book, Spanisch, 380 Seiten

Cruces Amor en juego


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-32-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 380 Seiten

ISBN: 978-84-17683-32-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Dorian Wilson es uno de los mejores y más famosos creadores de videojuegos, pero en los últimos tiempos ha perdido su toque mágico... Su empresa le da un ultimátum: o consigue un nuevo éxito o le despiden. Para ayudarle a centrarse y sacar adelante el proyecto, le envían a Claire Redfern, experta en encauzar la creatividad de genios como él. En el día a día, Dorian y Claire tendrán que aprender a trabajar juntos, a estudiarse, a cooperar... hasta que el amor parece querer entrar a complicarlo todo. Tanto uno como otro deberán enfrentarse a su pasado, a superar antiguas traiciones y engaños, todo para poder sacar adelante su proyecto. Y algo más... Mientras tanto, todo estará en juego.

Marta Cruces nació en Madrid en 1988. Licenciada en Historia del Arte y Máster en Edición literaria por la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido profesora de secundaria y bachillerato, lectora editorial y librera profesional, o, como ella misma dice, 'escritora a tiempo completo, editora cuando me dejan, profe por sorpresa y amante del arte en todas sus variantes'. Amor en juego es su primera novela en nuestro sello Phoebe de novela romántica.
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1


La estruendosa música electrónica le hizo abrir los ojos como platos desde la primera nota. Se abalanzó sobre el móvil y retrasó la alarma. Cuando el silencio regresó a la habitación, dejó escapar un suspiro entre los dientes, y aunque hubiera cerrado los ojos otra vez, ya estaba completamente despierta. Solo necesitaba unos segundos para organizar su mente para un nuevo día.

Como todas las mañanas, lo único que podía espabilar a Claire eran la música electrónica más potente que fuera capaz de encontrar y una taza de café bien cargado. Salió de la cama agarrando el móvil, que era como una prolongación de su mano, y mientras consultaba todo lo que tenía pendiente fue sumergiéndose en la típica rutina de cualquier día.

Puso la cafetera al fuego, dio unos toques firmes en la puerta de Chris y se metió en el baño de inmediato. Salió apenas un cuarto de hora más tarde con una toalla en el pelo húmedo y se sirvió el café recién hecho sin apartar la mirada de la noticia que estaba leyendo sobre su nuevo jefe. Se sentó en el sofá con la tablet en las piernas justo cuando su hermano por fin emergía de su habitación.

—Café —musitó Chris olisqueando el aire mientras se frotaba los ojos.

Claire negó con la cabeza con una sonrisa en los labios. Su hermano se acercó con una taza y encendió la televisión antes de sentarse a su lado. Mientras el programa que había puesto Chris se desarrollaba sin que este le hiciera mucho caso, Claire leía que Dorian Wilson había sido el desarrollador de videojuegos más joven en ser contratado por una multinacional tan grande como Lunz Entertainment, y le habían comprado su primer trabajo por una cantidad exorbitada de dinero. En su mente ya trazaba su perfil profesional y psicológico cuando su despistada mirada se topó con la hora.

—¡Las siete y media! —Claire estuvo a punto de tirar la tablet al suelo al ponerse en pie.

—Pero si entras a las nueve, ¿a qué viene tanta prisa? —preguntó Chris, que ya se había espabilado.

—A que hoy no voy a la empresa. Me han dado un cliente nuevo.

—Eso suena muy poco interesante —le contestó, fingiendo un bostezo.

Claire empezó a secarse el pelo con rapidez y a vestirse mientras metía prisa a su hermano para que se preparara.

—Prefiero quedarme aquí que ir a dar arte con esa dinosauria —se quejó Chris—. Va a acabar consiguiendo que odie pintar por lo estúpido que lo hace parecer.

—Dibujar no es estúpido, ni ella es una dinosauria. Tienes que aprobar esa asignatura con muy buena nota para compensar biología si pretendes entrar en la universidad que quieras.

Chris sacudió el cabello oscuro, color que compartía con su hermana, y entró en su habitación con las manos en alto.

—Ha sacado la carta de la universidad, no se puede continuar la discusión.

—No me seas tonto y vístete. Si no, te dejo que vayas en el autobús del instituto.

Como si fuera una exhalación, su hermano estuvo listo en un par de minutos con los dientes lavados y un aspecto presentable.

Estaba en la dirección que su empresa le había dado y llamó al timbre. Encima del pulsador alguien había hecho un dibujo de una Parca con un bocadillo que decía: «Knock, knock». Estaba a punto de llamar otra vez cuando la puerta se abrió.

Cuando Claire se había documentado para trabajar con Dorian Wilson se había imaginado a un inadaptado con gafas caídas y empañadas, un cuerpo encogido por las horas frente a un ordenador, un tic nervioso en los dedos de quien echa de menos teclear y, en general, un físico no muy agraciado. Para nada se esperaba lo que vio en el marco de la puerta de aquella oficina: un hombre de espalda formada y hombros anchos, no demasiado delgado ni de gran altura, pero sí lo suficientemente alto como para que Claire se viera obligada a mirar hacia arriba aun llevando tacones. Su rostro era anguloso, y tenía unas proporciones armónicas, en las que desentonaban unas cejas demasiado gruesas, y las mejillas y el mentón estaban cubiertos por una fina barba apenas visible. Llevaba el cabello, rizado y de color marrón, despeinado y haciendo ondas en lo alto de su cabeza. Pero lo que más sorprendió a Claire de Dorian a primera vista fueron los ojos, de un azul cielo que tenía un brillo especial y que delataba su inteligencia.

—Perdona, no quiero galletas ni nada por el estilo, soy alérgico —le dijo de repente.

—¿Qué? —Claire frunció el ceño, sorprendida, sin entender qué quería decirle.

—Que no estoy interesado en participar en nada que hayáis preparado en vuestro instituto —contestó con impaciencia.

¿Instituto? Claire sintió que se ruborizaba de rabia. ¿La estaba tomando por una estudiante de la edad de su hermano? Dorian estaba cerrando la puerta, disculpándose una vez más, cuando ella reaccionó y puso la mano en la puerta para detenerle.

—Lunz Entertainment me ha enviado aquí —explicó con la voz más adulta que fue capaz de emplear.

Dorian entornó los ojos, preguntándose quién era aquella chica que le miraba con cara de pocos amigos. Antes de poder darse cuenta, ella le había apartado y había entrado en la sala de estar como si la casa fuera suya. Tardó unos segundos en hilar la conversación que había tenido con Kenny y su visitante. Observó su cuerpo menudo y fibroso: quedaba claro que era una persona poco acostumbrada a estarse quieta. Llevaba el pelo recogido en una tirante coleta e iba vestida con una seria falda de tubo y un jersey de color sobrio. Se preguntó cómo había podido pensar que era una colegiala cuando todo en ella irradiaba madurez. Algo que parecía huir de él. Dejó de valorar su físico y se dio cuenta de que estaba anotando algo en una tablet mientras observaba con avidez a su alrededor.

—Perdona, ¿cómo me has dicho que te llamas? —le preguntó mientras ella paseaba su mirada evaluadora por todos sus estantes.

—No te lo he dicho —contestó sin vacilar.

Dorian cerró la puerta y se adentró en su casa.

—Hola, yo soy Dorian, y esta es mi casa. ¿Tú eres…?

—¿Tu casa? —Claire miró la sala una vez más y luego se volvió a su anfitrión como si no terminara de entender sus palabras—. ¡¿Tu casa?! Pero si Kenny Atkinson me dijo que trabajabas fuera de la empresa…

—Sí, en mi casa.

—¿Pero y todo tu equipo?

—¿Te refieres a mis compañeros o a los ordenadores? —preguntó.

Claire juntó los labios en una fina línea antes de contestar.

—A ambos.

—La casa tiene una parte común, que es por la que entran todos mis chicos, y esta —señaló la puerta por la que Claire había entrado sin ser invitada—, que es la de mi casa privada.

La joven se afanó en apuntar en la tablet aquella información.

—¿Me dices por dónde se entra a esa parte común?

Dorian no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la incomodidad y vergüenza evidentes que estaba pasando Claire. Decidió que ya era suficiente que Kenny no la hubiera avisado de que la oficina y su casa estaban en el mismo sitio. Además, así tendría algo que echarle en cara cuando la llamara esa noche.

—Sigues sin decirme tu nombre —apreció Dorian.

—Perdona, soy Claire Red…

—¿… field? —terminó el joven mientras pensaba en el personaje de Resident Evil y valoraba el parecido entre ambas.

—… fern.

La chica le miró, confusa.

—Cosas mías —dijo Dorian, quitando importancia—. Ven, te enseñaré la oficina.

Claire, sintiéndose aún fuera de contexto, le siguió obedientemente sin poder dejar de prestar atención al nada desdeñable trasero que tenía su anfitrión. En ese momento sintió ganas de abofetearse; ¿qué cables se le habían cruzado desde que había llamado a aquella puerta?

Después de un pasillo corto llegaron a una puerta muy parecida a la de la entrada, y Dorian giró la llave en su interior, para después hacer pasar a Claire antes de él. Al entrar, dos cabezas se volvieron hacia ellos, y el sonido del tecleo cesó como por arte de magia.

—Señor Wilson —saludó un joven que debía de tener pocos años más que Chris.

—Hunter, por favor, ya te he dicho que nada de «señor». El señor Wilson es mi padre, no yo —rezongó el aludido.

—¿Qué haces tú por aquí? Pensaba que después de la reunión con Atkinson ibas a hacer una huelga de hambre o algo así —dijo una chica de pelo rizado encrespado y con expresión somnolienta.

—Sí, nos ha dicho Debbie que te va a colgar a un secretario personal para organizarte —se rio otro chico que no había despegado los ojos de la pantalla.

—Ella es la que me han colgado —indicó Dorian con diversión en la voz.

Aquello ya se parecía más a lo que Claire se había esperado encontrar. Dos chicos y una chica, sentados a una mesa que se sostenía precariamente, en unas sillas que parecían incomodísimas. Cada uno con un portátil de última generación y todo tipo de accesorios tecnológicos a los que ella no era capaz de poner nombre.

El chico que aún no se había fijado en Claire se volvió hacia ella con el rostro enrojecido. Aquella mirada tan franca y joven le recordó a su hermano, y no pudo mantener su fachada seria con él.

—No te preocupes, él me ha querido echar creyendo que quería venderle galletas —le tranquilizó con tacto.

Los tres programadores rompieron a reír mientras Dorian negaba con la...



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