Curarse con los cítricos | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 95 Seiten

Curarse con los cítricos

Los beneficios terapéuticos naturales de la vitamina C
1. Auflage 2016
ISBN: 978-1-68325-159-0
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Los beneficios terapéuticos naturales de la vitamina C

E-Book, Spanisch, 95 Seiten

ISBN: 978-1-68325-159-0
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
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De todos son conocidos los poderes terapéuticos de frutas como la naranja y el limón, pero se carecía hasta ahora de un libro que resumiera en pocas páginas todo lo que la sabiduría popular ha ido experimentando sobre los cítricos. Conocer con exactitud cuáles son las vitaminas y los minerales que contienen los cítricos, conseguir con ellos un bronceado natural, aprender cuáles son los mejores cócteles a base de estas frutas o saber qué propiedades tiene la lima son, entre otros muchos, ejemplos de la información que se obtiene con esta lectura. Esta obra nace con la voluntad de aportar al lector una serie de conocimientos que, sin duda, le serán de gran valor para conservar su salud y mejorar su buen aspecto físico evitando los temidos kilos de más. Una obra ejemplar por su sencillez y concisión que no debería faltar en su hogar.

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Enfermedad y alimentación

Ya hemos dicho que la enfermedad, cualquiera que sea esta y bajo el aspecto que se presente, sólo puede considerarse desde un prisma negativo, como una anormalidad fisiológica. Únicamente podemos expresar su concepto como una carencia, falta de salud, o como un trastorno que afecta el buen funcionamiento de un órgano o sistema.

Toda enfermedad, toda anomalía que repercuta sobre nuestra integridad física, sobre sus funciones o, simplemente, ocasione un malestar, requiere el correspondiente tratamiento. Y, lógicamente, el establecimiento de esta terapéutica corresponde exclusivamente al médico.

La influencia del estado de nutrición ha ido adquiriendo mayor importancia en las últimas décadas y, si en principio se limitó a las enfermedades del aparato digestivo y a los trastornos del metabolismo, cada vez se le atribuye más una marcada influencia en la evolución de otros muchos estados patológicos.

No se puede negar que este factor tiene una destacada influencia —favorable o perniciosa— en la evolución de la dolencia de un enfermo. No se trata, por supuesto, de un factor único y decisivo, pero sí muy importante, puesto que ya sabemos que el alimento, en sus distintas facetas, es el constructor y mantenedor del organismo en todas las edades y situaciones, en la salud y en la enfermedad.

En este último caso, la generalización resulta sumamente difícil ya que, por mucho que pretendamos extendernos y sistematizar, no resulta posible en unas pocas páginas establecer la dieta en las múltiples enfermedades que pueden atacar a un individuo.

Las enfermedades pueden ser crónicas o agudas, ligeras o graves, susceptibles de un tratamiento específico o limitado a lo puramente sintomático, febriles o apiréticas, producidas por agentes externos (microbianos o víricos) o idiopáticas, en las que muchas veces la herencia juega un papel preponderante; unas tienen un largo periodo de latencia durante el cual el afectado no experimenta la menor molestia, otras van insinuándose con una agravación progresiva de la sintomatología, algunas aparecen de forma fulminante. Imposible, por lo tanto, establecer de forma razonable el tipo de alimentación ante la enfermedad.

Como siempre ocurre en cualquier campo científico —y puede asegurarse que el médico terapéutico no es una excepción—, existen las más diversas teorías, muchas veces contrapuestas, cada una de las cuales goza de sus encarnizados detractores y sus defensores a ultranza. Es lamentable tener que reconocer que en el terreno de la terapia existen modas; recordemos la pasión por la extirpación del apéndice, seguida por la furia destructora de las amígdalas —ambas parecen haber remitido— y el auge actual por las cesáreas, que hacen pensar en que las mujeres ya son incapaces de parir de modo natural. Ciñéndonos al capítulo dietético diremos que, en ambos sentidos, tanto en la hiper como en la hipoalimentación de los pacientes se ha llegado a extremos que hoy no solamente nos causan asombro, sino que nos ponen los pelos de punta.

En tiempos no excesivamente lejanos existía entre la clase médica un extendido y riguroso criterio: cuando se daba una enfermedad de curso febril, el enfermo, ya de por sí inapetente, era sometido a una rigurosísima dieta hídrica. Era indiferente que la elevación térmica se debiera a unas viruelas, un tifus, una gripe o una infección posparto. El enfermo no debía ingerir ningún tipo de alimento mientras persistiera la elevación térmica.

Alguien dijo —y, por cierto, se trata de un médico famoso del que ahora no consigo recordar el nombre— que esa drástica dieta a la que era sometido el paciente (aun en el supuesto de que no se sumaran a ella las copiosas sangrías, tan en boga en los siglos anteriores) era responsable de muchas más defunciones que los propios agentes patógenos, que no precisaban luchar pues un organismo ya tan debilitado resultaba incapaz de ofrecer la menor resistencia.

Al exponer este criterio no pretendemos echar por tierra los beneficios que en determinados casos y ante cierto tipo de trastornos puede ofrecer la dieta. Pero siempre ha de ser una dieta ponderada y que guarde un justo equilibrio entre todos los principios que precisa el organismo: hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y sales minerales.

La experiencia clínica ha demostrado que coincidiendo con ciertos regímenes alimenticios muy alejados de los que, teóricamente, son capaces de mejorar el estado de nutrición, han desaparecido las manifestaciones morbosas, unas veces de forma total y en otras disminuyendo de forma sensible. Las explicaciones que se han intentado dar son en algunos casos difíciles de aceptar: algunas dietas carentes de sal han mejorado casos de epilepsia; cantidades mínimas de proteínas (1/8 de huevo duro al día) han sanado tuberculosis pulmonares y se ha llegado a hablar de la curación de un tumor canceroso mediante un régimen de hambre en el que el alimento más sustancioso fueron las pieles crudas de patata.

La opinión actualmente más generalizada es que un buen estado de nutrición es primordial para la evolución favorable de muchas enfermedades. Pero observemos que un buen estado de nutrición no es equivalente ni corresponde a la idea de una superabundancia de grasas.

significa que los protoplasmas celulares disponen de todos los principios necesarios para su perfecto funcionamiento, sin un exceso ni un déficit acusados.

Cualquier enfermedad de cierta importancia y duración perturba el estado de nutrición del afectado. El objetivo que persigue la terapéutica alimenticia es, como factor primordial, intensificar la resistencia orgánica, mejorar o eliminar determinados trastornos relacionados o condicionados por errores dietéticos y, por último, alterar el estado de nutrición, en ocasiones en sentido desfavorable de acuerdo con la opinión común, pero capaz de dificultar la aparición de algunas anomalías o manifestaciones de la enfermedad.

En la alimentación de un enfermo es muy importante recordar que tan perjudicial resulta una hipoalimentación, que deja al paciente muy bajo de defensas naturales, como una hiperalimentación que somete al organismo a un trabajo exhaustivo para su asimilación; trabajo que, en aquellos momentos, representa un esfuerzo para el que no se encuentra capacitado.

Si la ingestión de alimentos desciende bajo el nivel mínimo necesario, aparecen trastornos inmediatos, como son la pérdida de peso, la debilidad muscular, la disminución de la capacidad funcional de los órganos internos. Todos hemos oído ese popular y conocido «si no comes se te hará el estómago pequeño»; tal vez científicamente sea inexacto, pero es real en cuanto a la disminución de la funcionalidad digestiva.

De todas formas, es interesante reconocer y aceptar que la disminución total o parcial de la alimentación durante un tiempo muy breve, en ciertas circunstancias y llevada a cabo sobre un sujeto en buen estado de nutrición y provisto de suficientes reservas, puede resultar muy beneficiosa (Determan, ); en cambio, una hipoalimentación prolongada agota las resistencias orgánicas, acentuándose así los estados patológicos cuanto más precario era el estado anterior del individuo.

«Esto es completamente desconocido para los pacientes y, lo que es peor, parece serlo para muchos médicos, que oponen una resistencia obstinada a la ejecución de una de las llamadas curas de hambre, vigilada y de breves días de duración, mientras prescriben con la mayor desenvoltura un régimen total o parcialmente insuficiente para ser mantenido durante semanas y aun meses, dando lugar en ocasiones a la aparición de auténticas (estados de debilidad suma, originados por una terapia errónea)» ( Publicaciones del Departamento Científico de los Laboratorios Max F. Berlowitz).

Estas líneas, publicadas hace más de cincuenta años, no han perdido vigencia. Por el contrario, diríamos que el problema se ha agudizado a causa de la obsesión de algunas damas por mantener la línea y que, con la complicidad de algunos desaprensivos pseudodietólogos, han seguido durante largas temporadas regímenes de hambre que las han llevado a casos límite, es decir, a la muerte.

Los trastornos de la hipoalimentación pueden presentar dos aspectos: cuantitativo y cualitativo.

En el primer caso, y dado que el organismo humano precisa para su normal funcionamiento una cantidad de principios activos, su déficit conduce al ya citado estado de debilidad generalizada; cuando la hipoalimentación es cualitativa, es decir, se halla privada de determinados elementos, se producen las enfermedades por carencia —especialmente en el caso de vitaminas y sales minerales— que pueden traducirse en dolencias como la pelagra, el beriberi, el escorbuto, la osteoporosis, los edemas, etc.

En resumen, es importante procurar el mantenimiento de una dieta en la que los distintos alimentos se encuentren en proporción armónica, aunque en muchos casos resulte indispensable la disminución de determinados tipos: proteínas en las afecciones renales, hidratos de carbono en la diabetes, grasas en las hepatopatías, especialmente en la ictericia. Pero obsérvese que hablamos de una disminución, no de una eliminación total, que en ningún caso puede ser aceptable, más que en brevísimos periodos de tiempo.

Repetimos que no es fácil —sea cual sea la enfermedad— establecer cuál ha de ser la dieta más idónea para el paciente.

Siguiendo la opinión de expertos...



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