E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Cyrulnik Cuando un niño se da muerte
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18525-96-4
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
¿Cómo entender el suicidio en la infancia?
E-Book, Spanisch, 144 Seiten
ISBN: 978-84-18525-96-4
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) es uno de los grandes referentes en la psicología moderna. Neurólogo, psicoanalista, psiquiatra y etólogo de formación, está considerado como uno de los padres de la resiliencia. Es profesor de la Universidad de Var en Francia y responsable de un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon. Gedisa ha publicado en castellano la mayor parte de sus obras.
Autoren/Hrsg.
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Título original en francés:
Quand un enfant se donne «la mort»
© Odile Jacob, 2011
© Boris Cyrulnik
Traducción: Alfonso Díez
Diseño de cubierta: Juan Pablo Venditti
Preimpresión: ebc, serveis editorials
Fotocomposición: Montserrat Gómez Lao
Primera edición: febrero de 2014, Barcelona
Segunda edición: septiembre de 2021, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
http://www.gedisa.com
eISBN: 978-84-18525-96-4
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada de esta versión en castellano o en cualquier otro idioma
Índice
¿Cómo es cuando uno está muerto?
La adopción lleva a cabo una especie de experimentación cultural
El mundo mental de los suicidas
El compromiso impide el suicidio
Carencias sensoriales y autoagresión
Dilución cultural e ideas suicidas
Prevención en torno al nacimiento
Prevención en torno a la familia
Prevención en torno a la escuela
Prevención en torno al suicidado
Prefacio
Pensar lo impensable o Comprender lo incomprensible hubieran podido ser los títulos de este estudio inédito sobre el suicidio de los niños. Nuestras sociedades contemporáneas apenas empiezan a entrever la sombría tragedia que tiene lugar bajo nuestros ojos desde hace ya algunos años. No podía ser de otro modo, pues ¿cómo imaginar, cómo concebir, cómo empezar incluso a pensar o a esbozar una teoría sobre este homicidio de sí mismos, este autoasesinato en pequeños de sólo 7, 8 o 9 años? Estos niños tienen, por definición, toda la vida por delante. Y, sin embargo, deciden poner fin a sus días.
En estas últimas semanas, los diarios lo han puesto en primera plana. Empieza a caer un tabú. Es imposible ignorar que el suicidio, esa plaga que se instala solapadamente en la vida psíquica de los individuos, es la segunda causa de mortalidad entre los jóvenes de 16-25 años, inmediatamente después de los accidentes de circulación. Pero hasta ahora, nadie había osado abordar, ni siquiera tocar superficialmente, esta triste realidad del suicidio de los niños, optando a menudo por negarla, disimulándola detrás de «juegos peligrosos», como el juego del fular. Sí, el suicidio afecta también a los más pequeños, los niños, los preadolescentes.
Elegir a Boris Cyrulnik para desbrozar este tema complejo resultaba obvio. Por sus trabajos como Les vilains canards (Los patitos feos, Barcelona, Gedisa, 2001), Parler d’amour au bord du gouffre (Hablar de amor al borde del abismo) o Un merveilleux malheur (Una maravillosa desgracia), él era la persona ideal para abordar lo que no es sino dolor, para tratar de prevenir esta catástrofe y curar a las familias que han conocido un drama semejante. Soy una privilegiada por haber podido encontrarme con este hombre brillante, cultivado, humanista, sabio, que encarna una forma de amor universal. Su sola presencia, sus palabras calman los sufrimientos. No fue para mí una sorpresa sino un honor que aceptara trabajar sobre este tema a cambio de nada. En una sociedad de egoístas, un hombre ha sabido demostrar que había que tener esperanzas.
La idea de publicar un informe encargado por la ministra de la Juventud en una gran editorial como Odile Jacob, con una muy amplia difusión, mostraba una voluntad deliberada y fuerte de decir que todos podemos ser algún día actores de la prevención del suicidio si sabemos leer y traducir los indicadores, los signos del mal que nuestros niños dejan entrever. Como lo escribe Boris Cyrulnik, si una colleja puede empujar a un niño a un acto mortal, otra puede preservarlo de él. Estoy convencida de que la lectura de este libro notable permitirá salvar vidas.
Estoy convencida también de que este trabajo era vital para prevenir el sufrimiento de los niños que, por desesperación, a falta de ser escuchados por los adultos, actúan de forma arriesgada (juegos peligrosos, cruzar la calle corriendo...) hasta llegar al previsible accidente fatal. Ya que si bien se suelen contar menos de cincuenta suicidios de niños por año, este dato bruto no revela en absoluto el malestar de los niños. Las tentativas de suicidio, las ideas suicidas, las conductas suicidas, por ejemplo, no se contabilizan, cuando son muy numerosas. El 40 % de los niños piensa en la muerte, por sentirse ansiosos y desgraciados.
El trabajo inédito realizado por Boris Cyrulnik mediante un abordaje pluridisciplinar, recurriendo tanto a la neurobiología, la bioquímica y la psicología como a otras disciplinas, nos ilustra, nos permite comprender que los factores de fragilidad se determinan muy tempranamente, en las últimas semanas del embarazo. La misma audacia que encontramos en el método, la encontramos igualmente en las soluciones propuestas para superar el sufrimiento de estos niños, cuyo origen es a menudo traumático y se remonta a la primera infancia, incluso in utero.
Las propuestas formuladas por Boris Cyrulnik, enriquecidas por sus múltiples estratos, nos dan esperanza. Las pistas que nos aporta se refieren tanto a la calidad de las formaciones recibidas en la primera infancia como a la creación de lugares de escucha, así como el retorno a una cultura de los clubes en los barrios.... Todas estas medidas son realizables a corto y medio plazo. Lejos de exigir medios financieros considerables, dependen sólo de nuestra voluntad de considerar de forma sistémica una realidad terrorífica. De modo que todos nosotros podemos, desde ahora, ser actores en la prevención del suicidio de los niños. El amor, el afecto, los lazos familiares, la escucha de los adultos, pueden constituir protecciones eficaces y científicamente demostradas frente al suicidio. Creo que el mensaje más importante que tenemos que extraer del notable trabajo realizado por Boris Cyrulnik, con independencia de su rigor científico y de su humanidad, es que la historia nunca está escrita.
Jeannette Bougrab
Secretaria de Estado
encargada de la Juventud
y de la Vida Asociativa
en Francia
1. Apego y sociedades
¿Cómo saber?
Cuando un niño se da muerte, ¿se trata de un suicidio? El asesinato de sí mismo no es cosa fácil de pensar. Cada época, cada cultura, ha interpretado de un modo distinto este hecho: tolerado por Platón, condenado por Aristóteles, valorizado por la Antigüedad romana, vivamente estigmatizado por la cristiandad y otros monoteísmos, pecado mortal para la Iglesia, que torturaba los cuerpos de los suicidados, y sabiduría, según Erasmo, de quienes se dan la muerte por estar hastiados de la vida.
Hasta el Siglo de las Luces el suicidio no llegó a ser tema de debate. Jean-Jacques Rousseau defiende el derecho a librarse de la vida, mientras que los curas se empeñan en hacer de ello un tabú.1 Por supuesto, fue Émile Durkheim, el fundador de la sociología, quien planteó el problema en términos actuales: «El suicidio es únicamente un problema social»,2 algo que para un psicólogo no es falso pero sí muy insuficiente.
Este fenómeno es todavía más difícil de observar y comprender cuando se trata de un niño. ¿Cómo concebir que un pequeño de 5 a 12 años de edad se mate, se dé muerte, lleve a cabo un homicidio de sí mismo, un autoasesinato...? No sé ni cómo decirlo.
Cuando un preadolescente se da muerte, ¿qué es lo que se da? ¿Opta por un final de vida irremediable o una violencia autodestructiva, como aquellos niños que se golpean la cabeza contra el suelo, se muerden o se arañan el rostro? ¿Quiere tan sólo dar lástima a quienes le rodean? ¿Sufre de una voluntad impulsiva de aliviarse de una tensión emocional insoportable? Todas estas emociones distintas pueden darse. De cualquier modo, para un adulto es difícil pensar lo impensable, comprender este gesto irremediable.
No vamos a buscar la causa capaz de explicar todo suicidio: un determinante biológico o, por el contrario, una causa social, una...




