E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Cyrulnik Las almas heridas
Edición anterior publicada en Gedisa Editorial
ISBN: 978-84-254-5276-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Las huellas de la infancia, la necesidad del relato y los mecanismos de la memoria
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
ISBN: 978-84-254-5276-5
Verlag: Herder Editorial
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Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) es uno de los grandes referentes de la psicología moderna. Neuropsiquiatra, psicoanalista y etólogo de formación, es considerado uno de los padres de la resiliencia. Es profesor de la Universidad de Toulon en Francia, profesor asociado en la Universidad de Mons en Bélgica y responsable de un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon. Ha publicado numerosos libros que fueron traducidos a diversas lenguas.
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Prólogo
Al fondo del desván, una extraña cartera de colegial. La reconocí gracias al asa de cuerda que yo mismo había fabricado cuando la original se rompió. Es curioso experimentar placer al encontrar un objeto viejo. Había vivido siete años con esa cartera gastada. Aquel compañero de infancia evocaba un no sé qué: algo de tristeza y belleza.
Yo acababa de asumir la responsabilidad de un centro psiquiátrico de poscura1 en Revest, cerca de Tolón. Un único médico para setenta camas, así se hacía en 1970. Había pasado por Sannois para saludar a Dora, la hermana de mi madre que me acogió después de la guerra. Fue entonces cuando me encontré vagando por el desván, ya ni recuerdo por qué.
Desempolvé la vieja cartera con mucha ternura y al abrirla descubrí un estuche de lápices, de plumas estilográficas y un compás. Un tesoro de memoria. También había dos o tres redacciones de esas que nos hacían hacer en aquella época, en 1948. Una de ellas preguntaba: «¿Qué quieres ser de mayor?». Me divertía pensar en la respuesta que estaba a punto de leer, esperando las palabras «bombero», «explorador» o «doctor», cuando vi, estupefacto, que quería ser psiquiatra. Tenía once años. Lo había olvidado por completo.
¿Cómo es esto posible? ¿Cómo podía yo preocuparme por la locura y desear curarla, en una época en la que yo estaba entrando dolorosamente en la existencia? ¿Dónde había oído esta palabra, pronunciada en aquel entorno en el que, desesperadamente, buscaba recuperar un poco la alegría de vivir?
De muy joven yo ya era como un viejecito. La guerra me había obligado a preguntarme cosas que normalmente no interesan a los niños: «¿Por qué han hecho desaparecer a mis padres? ¿Por qué han querido matarme? Quizás haya cometido un crimen, pero no sé cuál». En mi lenguaje interior, no cesaba de contarme a mí mismo un relato lancinante que no podía expresar. Repasaba la escena de mi arresto, una noche, cuando hombres armados rodearon mi cama, linterna en una mano, revólver en la otra y gafas de sol en la oscuridad, para arramblar con un niño de seis años. En el corredor, algunos soldados alemanes casi firmes. En la calle, camiones abarrotados de gente; junto a la acera, dos Citroën esperaban para llevarnos. Id a contar eso y veréis qué cara pone la gente.
¿Cómo explicar que no tuve miedo, que me pareció interesante mi arresto y que, más adelante, estuve orgulloso de haberme podido escapar? Me desconcertaban los adultos que me protegían explicándome que yo era un niño peligroso. Me sentía desorientado ante los soldados que debían matarme y que me hablaban amablemente mientras me mostraban la foto de su hijo pequeño.
¿Cómo entender esto? Era apasionante, era terrible. No veía a mi alrededor más que un mundo de adultos confusos, amables y peligrosos. En una situación así, debía callar para no morir. Sentía en mí un enigma dramático y cautivador por algo que le condenaba a uno a muerte debido a la palabra «judío», cuyo significado yo no conocía.
Quizás era esto a lo que se le llamaba «locura»: un mundo increíble donde los adultos incoherentes me protegían, me insultaban, me querían y me mataban. Era, en la mente de los otros, algo que yo mismo no sabía, y este enigma me perturbaba, delicioso e inquietante. Para dominar ese mundo y no morir, era preciso comprender. Esa era mi única libertad. Niño en esas condiciones, creí que la psiquiatría, ciencia del alma, podía explicar la locura del nazismo y la incoherencia de la gente que me quería sufriendo. La necesidad de volver coherente ese caos afectivo, social e intelectual, me hizo psiquiatra desde mi infancia.
A mi alrededor, se explicaba la guerra y el inmenso crimen de los nazis afirmando que Hitler era sifilítico. Esta enfermedad lo había vuelto loco y como él era el «Führer», tenía el poder de dirigir los ejércitos e inducir pensamientos locos en la mente de la gente que debía matarnos para obedecerle. Esta explicación tenía la ventaja de despreciar a aquel que nos había despreciado, como si se pensara: «Tiene una vergonzosa enfermedad que le roe el cerebro y eso explica las locuras que ha ordenado». Los progresos médicos de los años 1950 estructuraban los relatos culturales, dando argumentos fáciles para explicar la locura social del nazismo. Un poco más tarde, durante los años 1960, cuando el psicoanálisis empezó a participar en los debates culturales, se afirmó que Hitler era histérico, y cuando la psiquiatría aportó su grano de arena, se dijo que era paranoico. Después, en el año 1970, el descubrimiento de la alteración de las neuronas motrices de la base del cerebro en la enfermedad de Parkinson explicó el temblor de la mano izquierda que Hitler escondía detrás de su espalda, y eso fue suficiente para explicar las decisiones de un hombre cuya demencia había provocado la Guerra Mundial.
Estas explicaciones no explicaban nada, pero aportaban una forma verbal en una sociedad cartesiana que, al constatar un fenómeno de locura, como la guerra o el racismo, debía encontrarle una causa loca, tomada de los estereotipos que recitaba la cultura del momento. Nos creíamos esas palabras y eso nos convenía, ya que así podíamos explicar lo incomprensible gracias a una idea simple y, por lo tanto, abusiva. Hoy en día, en un contexto científico en el que la neuroimagen descubre las alteraciones cerebrales y psicológicas provocadas por todas las formas de maltrato (psíquico, sexual, verbal y afectivo), aún encontramos a autores que explican que el nazismo existió porque el pequeño Adolf recibió unas zurras.
Las ideas simples son claras, lástima que sean falsas. Las causalidades lineales no existen casi nunca. Son un conjunto de fuerzas heterogéneas las que convergen para provocar un efecto o atenuarlo. Algunos se sienten cómodos en un pensamiento sistémico que da la palabra a disciplinas distintas y asociadas. A otros les irrita, pues prefieren explicaciones lineales que aportan certidumbre: «El nazismo se explica por la sífilis de Hitler», dicen quienes sobrevaloran la medicina. «De ninguna manera —responden los amantes de las teorías económicas—, es el capitalismo el que ha provocado el nazismo». «Por supuesto que no —replican algunas feministas—, el nazismo es la culminación del machismo». Todos le sacan partido a su antojo, pero la realidad cambiante no puede reducirse a una fórmula simple.
El fracaso de mi infancia me enseñó que el Diablo y Dios no están en conflicto el uno con el otro. Yo llegué a creer que eran amigos cuando un soldado alemán en uniforme negro, en la sinagoga de Burdeos transformada en prisión, vino amablemente a mostrarme las fotos de su hijo pequeño. O cuando una monja se negó a abrir la puerta del convento mientras un coche militar alemán me perseguía. Recuerdo su toca en el resquicio del portón entreabierto, recuerdo que gritaba: «¡No quiero a este niño aquí, es peligroso!». Al mismo tiempo, otros sacerdotes arriesgaban sus vidas para salvar a niños a quienes no conocían. Hace unos meses, me encontré con un médico que había trabajado con el doctor Mengele, en Auschwitz, mientras este realizaba sus experimentos médicos terroríficos e inútiles. Hacía constar la educación, la corrección y la gran humanidad del verdugo. Los azares de la vida me han permitido establecer relaciones afectuosas con funcionarios que trabajaron con Maurice Papon. Ellos hablaban de su excelente educación, de su gran cultura y del placer que sentían por haber podido colaborar con aquel hombre cuya firma condenó a muerte a más de 1 600 personas, a sabiendas de que eran inocentes. Es demasiado fácil pensar que solo los monstruos son capaces de cometer actos monstruosos.
Me decía que, al fin y al cabo, el Diablo había sido un ángel y que Dios había permitido Auschwitz. La historia de mi vida me daba modelos que me impedían el extremismo, la explicación por una sola causa, blanco o negro, el bien o el mal, el Diablo o Dios. Estas herramientas del pensamiento me parecían abusivas, casi una caricatura. Yo prefería los matices que había conocido en mi infancia, aunque parecieran ilógicos. Y como necesitaba comprender para salvarme, tenía que llegar a ser psiquiatra y así recuperar un poco de libertad.
La historia de mi infancia me había orientado hacia la elección de la psiquiatría, o más bien hacia la idea que yo me hacía de ella. Creo que pasa algo parecido con toda elección teórica. Las abstracciones no surgen de lo real, sino que dan forma verbal a nuestros deseos sobre el mundo. La coherencia teórica nos tranquiliza dándonos una visión clara y una conducta a seguir. Pero otra historia de vida habría dado coherencia a otra teoría. Ninguna teoría puede ser totalmente explicativa, salvo las que tienen pretensiones totalitarias. Un joven psiquiatra elige una teoría biológica del psiquismo, antes que toda la experiencia de la existencia, porque su historia lo ha hecho sensible a esa representación. Otra experiencia habría despertado su curiosidad por los efectos psíquicos de la relación; y un tercero, preferirá las explicaciones sociales o espirituales. En cada caso, la teoría aporta una verdad parcialmente verdadera y totalmente falsa. El drama empieza cuando uno, convencido de ser el único poseedor de la verdad, toma las armas para imponérsela a los otros.
Setenta años más tarde, entendí que la psiquiatría jamás podría explicar el nazismo. En mi viaje para explorar el...




