E-Book, Spanisch, Band 865, 192 Seiten
Reihe: Colección Popular
Dalton Las historias prohibidas de Pulgarcito
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7728-0
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 865, 192 Seiten
Reihe: Colección Popular
ISBN: 978-607-16-7728-0
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Roque Dalton (San Salvador, 1935- Quezaltepeque, 1975) fue poeta y activista político. Estudió derecho, pero desde joven se dedicó a la literatura y a la lucha social. Su militancia política lo llevó a ser encarcelado en un par de ocasiones (en una de ellas fue condenado a muerte, pero logró fugarse) y a exiliarse en México, Guatemala, Cuba y Checoslovaquia, regresando a su país varias veces de forma clandestina. En 1969 obtuvo el premio Casa de las Américas en Cuba por el que sería su poemario más famoso: Taberna y otros lugares. En 1973 volvió a El Salvador y se integró al Ejército Revolucionario del Pueblo. Fue asesinado por miembros de su propia organización debido a una disputa sectaria llena de calumnias.
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LA GUERRA DE GUERRILLAS EN EL SALVADOR
(Contrapunto)
[Informe del conquistador, don Pedro de Alvarado, a su jefe inmediato superior, don Hernán Cortés, al volver derrotado de su primer intento de someter a los pipiles de Cuzcatlán.]
I
“… Y DESEANDO calar tierra y conocer los secretos de ella
(para que Su Majestad fuese más servido aún y señorease más
territorios)
determiné partir y fui a un pueblo que se dice Atiépar,
donde fui recibido por los señores y naturales del lugar.
Hablaban allí otra lengua y eran otra gente, de por sí.
A la puesta del sol, sin motivo alguno ni propósito aparente,
remanesció todo aquello despoblado y la gente alzada hacia el monte,
donde tampoco se encontró un hombre en él.
Y porque el riñón del invierno no me cogiese e impidiese el camino,
dejelos a aquellos habitantes así y paseme de largo,
llevando con cuidado todo mi fardaje y gente:
mi propósito era calar cien lenguas adelante y después
dar la vuelta sobre ellas y venir pacificando.
El día siguiente partí hacia el pueblo llamado Tacuilula
y los de allí hicieron lo mismo que los de Atiépar:
me rescibieron en paz pero se alzaron para el monte al cabo de una hora.
Y de aquí partí a otro pueblo que se dice Taxisco,
que es muy recio y de mucha gente, pero fui
rescibido igual. Y de ahí fui a otro pueblo llamado Nacendalán,
muy grande, y como comenzase a temer a aquella gente
a quien no acababa de entender,
dejé diez de a caballo en la retaguardia
y otros diez para reforzar la guardia del fardaje y seguí el camino.
Iría a dos o tres leguas de Taxisco
cuando supe que nos había caído atrás mucha gente de guerra,
golpeando
la retaguardia; que me habían matado muchos de los indios amigos y, lo peor,
que me tomaron mucha parte del fardaje y todo el hilado de las ballestas
y el herraje que para la guerra llevaba. Que no se les pudo resistir.
E inmediatamente envié a don Jorge de Alvarado, mi hermano,
con cuarenta o cincuenta de a caballo,
para que persiguiese a los guerreadores y recuperase lo quitado.
Halló mucha gente armada en el campo y tuvo que pelear con ellos
y los desbarató,
pero ninguna cosa de lo perdido se pudo cobrar.
Don Jorge de Alvarado se volvió cuando todos los indios se hubieron alzado
en la sierra.
Desde aquí envié a don Pedro Portocarrero con gente de a pie,
para ver si los podíamos atraer al servicio de Su Majestad,
pero no pudo hacer nada
por la grande espesura de los montes, y así volvió.
Entonces les envié a los alzados mensajeros indios de los mismos naturales,
con requerimientos y mandamientos, apercibiéndoles
que si no venían los haría esclavos. Pero
ni con esto quisieron venir,
ni ellos ni los mensajeros.
Nos aproximamos a un pueblo en nuestra ruta, que se dice Pazaco,
nombre que viene de decir paz, y yo
les mandé a rogar a los de allí que fuesen buenos.
Hallé a la entrada de él los caminos cerrados
y muchas flechas hincadas en tierra
y ya entrando al pueblo vi que un poco de indios
estaban haciendo cuartos a un perro, a manera de sacrificio,
y en ese momento en el interior del pueblo
dieron una gran grita
y vimos mucha gran multitud de gente de infantería y tuvimos
que entrar por ellos, irnos encima de ellos, rompiendo en ellos
hasta que los echamos del pueblo
y por no peligrar salimos de ahí hacia el lugar que se dice Mopicalco
pero fui recibido ni más ni menos que como en los otros, no hallando
persona viva alguna.
Probamos en otro pueblo llamado Acatepeque, pero tampoco hallé a nadie,
antes bien estaba todo despoblado.
Siguiendo mi propósito, partí para otro pueblo que se dice Acaxual,
donde bate la Mar del Sur en él,
y ya que llegaba a media legua del poblado
vi los campos llenos de gente guerrera de él, con sus plumajes y
sus divisas y con sus armas defensivas y ofensivas, en la mitad de un llano,
frente a la Mar del Sur, donde me estaban esperando.
Y llegué de ellos hasta un tiro de ballesta y allí me estuve quedo
hasta que acabó de llegar mi gente
y desque la tuve junta
me fui obra de medio tiro de ballesta contra la gente de guerra, pero en ellos
no hubo ningún movimiento o alteración, por lo que comprendí
que ellos se me querían acoger en el monte cercano.
Entonces mandé que retrocediese toda mi gente,
que éramos ciento de a caballo y ciento cincuenta peones
y obra de cinco a seis mil indios amigos nuestros,
y cuando lo hacíamos fue tan grande el placer que hubieron los enemigos
que nos persiguieron todos gritando, hasta llegar a las colas de
nuestros caballos
y sus flechas que lanzaban caían más adelante de nuestros
delanteros
y cada momento avanzábamos todos ganando el llano, ya todo
era llano para ellos y para nosotros. Y cuando habíamos
retraído un cuarto de legua y ellos siguiéndonos,
y estábamos adonde a cada uno le habrían de valer sólo las manos
y no el huir,
di vuelta sobre ellos con toda la gente y rompimos por ellos,
y fue tan grande el destrozo que en ellos hicimos
que en poco tiempo no había ninguno vivo,
porque venían tan armados que el que caía al suelo no se podía levantar
por sus corseletes de algodón de tres dedos hasta en los pies
y sus flechas y lanzas muy largas. En cuanto se caían
nuestra gente de a pie los mataba a todos.
En este encuentro me hirieron muchos españoles y a mí con ellos.
Me dieron un flechazo que me pasaron la pierna
y entró la flecha en la silla de montar, quedando yo
clavado al caballo, y de la cual herida
quedé lisiado,
que me quedó una pierna más corta que la otra bien cuatro dedos.
En este Acaxual me fue forzado quedarnos cinco días por curarnos
y al cabo de ellos, partí para otro pueblo llamado Tacuxcalco.
Primero envié por corredores del campo a don Pedro Portocarrero y otros compañeros,
los cuales prendieron a dos espías que dijeron
cómo adelante estaban esperándonos
muchas gentes de guerra, de Tacuxcalco y otros comarcanos.
A la sazón se nos juntó Gonzalo de Alvarado, mi hermano, con
cuarenta de a caballo:
él iba a la delantera por lo malo que me traía la herida.
Cabalgando como podía fui a reconocer al enemigo para poder dar la orden
de cómo mejor se acometiese.
Visto y reconocido, envié a Gómez de Alvarado, mi hermano,
que acometiese con veinte de a caballo por la mano izquierda
y a Jorge de Alvarado, mi hermano, para que rompiese con todos los demás
por el medio de la gente, la cual
vista ya desde lejos era para espantar
porque tenían los más lanzas de treinta palmos, todas enarboladas.
Y yo me puse en un cerro para ver qué pasaba y qué hacían los míos
y vi que llegaron los españoles hasta un juego de herrón de los indios
y que ni los indios huían ni los españoles acometían
y yo estuve espantado por aquellos indios que así osaban esperar.
Los españoles no los acometían
porque pensaban que el prado que se hacía entre los unos y los otros era ciénaga,
pero después que vieron que estaba terso y bueno
rompieron por el medio a los indios y los desbarataron
y los fueron persiguiendo hasta una legua lejos del pueblo
en donde les hicieron gran matanza y castigo.
Y como los pueblos de adelante vieron que en campo abierto los desbaratábamos,
determinaron alzarse [al monte] y dejarnos los pueblos.
En este pueblo de Tacuxcalco holgué dos días y al cabo de ellos
me fui
para un pueblo que se dice Miaguaclán y también los de allí
se fueron al monte como los otros.
Y me fui a otro pueblo que se dice Atehuán y de allí
me enviaron los señores de Cuzcatlán sus mensajeros
para dar desde ya obediencia a Sus Majestades
enviando a decir que ellos querían ser sus vasallos y ser buenos.
Yo recibí las nuevas pensando que no me mentirían como los otros
y llegando que llegué a esta ciudad de Cuzcatlán
me recibieron muchos indios,
pero mientras nos aposentábamos todo el pueblo se alzó,
no quedó hombre de ellos en el pueblo, pues todos
se fueron a las sierras.
Al ver esto,
yo envié a mis mensajeros a los señores de aquí,
para decirles que no fuesen malos,
que mirasen que ya habían dado obediencia a Su Majestad y a mí en su nombre,
que yo no les iba a hacer la guerra ni a tomarles lo suyo, sino
atraerlos al servicio de Dios Nuestro Señor y de...




