E-Book, Spanisch, 387 Seiten
Darnton Piratería y edición
1. Auflage 2024
ISBN: 978-607-16-8386-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
El comercio del libro durante la Ilustración
E-Book, Spanisch, 387 Seiten
ISBN: 978-607-16-8386-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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Robert Darnton (Nueva York, 1939) es pionero en el estudio de la historia cultural del libro. Es considerado uno de los mayores expertos en la Francia del siglo XVIII y la cultura de este periodo. Ha sido profesor y catedrático de la Universidad de Princeton y director de la biblioteca de la Universidad de Harvard. El FCE le ha traducido El coloquio de los lectores. Ensayos sobre autores, manuscritos, editores y lectores (2003), El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800 (2006), El diablo en el agua bendita o el arte de la calumnia de Luis XIV a Napoleón (2014) y Un magno tour literario por Francia. El mundo de los libros en vísperas de la Revolución francesa (2022), entre otros.
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INTRODUCCIÓN
“Todo el universo conocido está gobernado únicamente por los libros”, dijo Voltaire rememorando hacia el final de su vida las batallas que había librado contra los prejuicios, la ignorancia y la injusticia.1 La Ilustración fue impulsada de principio a fin por el poder de los libros. Sin embargo, durante el Ancien Régime (Antiguo Régimen) el comercio de libros estuvo sometido a condiciones que hoy serían impensables. No existía la libertad de prensa ni los derechos de autor; no existían las regalías ni la participación de ventas, como tampoco la responsabilidad limitada. Prácticamente no había escritores que vivieran de su pluma y los bancos eran muy escasos. El dinero era también muy escaso y, de hecho, no existía en la forma de documentos legales respaldados por el Estado. ¿Cómo pudieron los libros tener tanta fuerza en esas condiciones?
Este libro intenta explicar su poder mostrando cómo operaba la industria editorial.2 Explora el comportamiento de los editores: sus formas de pensamiento y sus estrategias para traducir el capital intelectual en valor comercial. El poder de los libros reside principalmente en su contenido: el restallido del ingenio de Voltaire, la fuerza pasional de Rousseau, la audacia de los experimentos conceptuales de Diderot han merecido por derecho propio reconocimiento en el corazón de la historia literaria. Pero esa historia no ha reparado como es debido en los intermediarios que llevaron la literatura a los lectores. Los editores desempeñaron un papel decisivo en la coyuntura en la que convergieron las historias literaria, política y económica.
Los historiadores suelen datar en algún momento de la primera mitad del siglo XIX el surgimiento de los editores, a diferencia del de los libreros y los impresores de libros.3 De hecho, los editores proliferaron hacia los años finales del Antiguo Régimen en Francia y en gran parte de Europa occidental; sin embargo, la noción de editor y conceptos afines, como la propiedad intelectual y la piratería, tienen un origen incierto.
En su significado más elemental publicar significa “hacer público”.4 En este sentido podríamos argumentar que los editores han existido desde el primer momento en el que alguien divulgó la palabra sobre cualquier tema. No obstante, el término editor (éditeur, en francés) no se generalizó sino hasta el siglo XIX.5 Si bien, como veremos más adelante, los comerciantes profesionales de libros comenzaron a incorporar la palabra en la década de 1770, el término prevaleciente fue el de librero (libraire).6 La entrada “éditeur” de la Encyclopédie de Diderot se refiere a la noción más antigua de quien prepara un texto para su impresión, un uso más cercano al de editor (editor) que al de publisher (publicador o impresor de libros) en lengua inglesa.
En cuanto a la piratería (contrefaçon, falsificación o publicación falsificada), la Encyclopédie entra en un terreno controvertido.7 Explica que el sustantivo se refiere a la reimpresión de un libro realizada “contra el derecho de un tercero, y en su perjuicio, una edición de un libro que sólo él tiene derecho a imprimir, en virtud de la cesión que el autor le ha hecho de todos sus derechos sobre su trabajo, y el permiso o privilegio del rey”. En ese contexto la piratería plantea la cuestión de la propiedad intelectual, y la Encyclopédie adoptó la postura asumida por el Gremio de libreros de París, en concreto, que el autor tenía derecho de propiedad absoluto de su texto, un derecho semejante al de la propiedad de la tierra, y que podía transferirlo sin impedimentos a un librero para su reproducción y venta.8 El privilegio de un libro simplemente confirmaba un derecho preexistente sujeto a las leyes, no a la voluntad del rey; formulación que, obviamente, era rechazada por la Corona. La entrada del verbo “contrefaire” de la Encyclopédie expresa el mismo concepto de propiedad absoluta, pero después hace una descripción de las actividades de los piratas como aquello que mina ese concepto: “Pero […] hay una verdadera deshonra asociada a este comercio ilícito, porque rompe los lazos más respetables de la sociedad, la confianza y la buena fe en el comercio. Estos daños y esta deshonra sólo se dan en un país sometido a una autoridad común,* porque en las relaciones entre extranjeros el uso parece haber permitido esta injusticia”. En la práctica, entonces, la piratería era más una cuestión de convención social que de normas legales; era una afrenta al honor. Y aun cuando violaba un principio general de justicia, “parecía” ser legítima cuando se llevaba a cabo fuera de la jurisdicción de un país donde se había publicado el libro original. Envuelto en contradicciones e inconsistencias, el incierto y novedoso concepto de propiedad intelectual no era un arma eficaz en contra de la práctica de la piratería.
Kant trató este espinoso problema en su disertación sobre los derechos de autor en la Metafísica de las costumbres (1797). Cuatro años antes había publicado el célebre ensayo que comenzaba con el planteamiento de una pregunta: “¿Qué es la Ilustración?” Esta vez la pregunta lo condujo directamente al tema de la piratería. Kant no consideraba la autoría de un libro como la creación de una propiedad, sino que concebía el libro como la expresión del pensamiento del autor volcado a la escritura mediante el poder de la libertad de expresión. Un librero que recibía del autor un “mandato” para vender un libro de su creación se convertía en un agente que podía representarlo públicamente en su nombre, no en un propietario. Un pirata violaba el derecho de esa representación; robaba las ganancias del editor y, por lo mismo, incurría en un acto “prohibido en materia de derecho”, pero no infringía el derecho natural de la propiedad.9 Si bien este argumento no fue incorporado a los debates sobre los derechos de autor, ilustra la ambigüedad inherente en la forma de entender los libros en una época en la que la piratería desempeñaba un papel crucial en el intercambio de ideas.
Aunque los piratas no eran filósofos y es muy probable que no leyeran a Kant, podían echar mano de ese concepto del libro como expresión de ideas más que como un objeto de propiedad. Al multiplicar el número de ejemplares, podían argumentar, contribuían a la difusión de las ideas, y al difundir las obras de los philosophes, promovían la Ilustración. Un pirata a favor del pensamiento ilustrado, Fortuné Barthélemy de Félice, que producía contrefaçons masivamente en la ciudad suiza de Yverdon, sostenía exactamente ese argumento: “Pero yo concibo los libros desde un punto de vista más noble [que el de considerarlos como artículos mercantiles], porque pienso que los buenos libros no pertenecen a los libreros sino a la humanidad, que necesita ilustrarse y desarrollarse de acuerdo con la virtud […] Todo librero o impresor que recurra a contrefaçons para difundir buenos libros en abundancia y rápidamente merece el reconocimiento de la humanidad”.10
Todos sabían que en la práctica la propiedad literaria no se extendía más allá de las fronteras de cada uno de los países, pero nadie podía hacer nada para impedirlo. En un intento por resolver el problema de la piratería se emprendió una iniciativa a nivel internacional para prohibir las contrefaçons durante las deliberaciones diplomáticas relacionadas con la paz de Aix-la- Chapelle en 1748.11 La propuesta no prosperó; el problema iba más allá de la falta de un consenso universal sobre los derechos de autor. Libros, autoría, edición y piratería eran conceptos ambiguos y sin definiciones precisas a principios de la modernidad europea.
La ambigüedad general propició el desarrollo de una vasta industria de la piratería paralela al comercio legal del ramo editorial; a medida que los editores autorizados producían libros de alta calidad para una élite acaudalada, los piratas florecían buscando ganancias en el sector del mercado con menor poder adquisitivo, en el que un público creciente clamaba por libros baratos. La oposición entre las dos formas de publicar libros derivó en gran parte de un conflicto entre los libreros parisinos y los provinciales. Favorecidos por las políticas centralizadoras del Estado, hacia fines del siglo XVII el Gremio parisino de libreros e impresores conquistó una posición dominante en el mercado. Los miembros del Gremio monopolizaron los privilèges de libros (el equivalente funcional de los derechos de autor; para una explicación de este y otros términos relacionados, véase infra “Notas técnicas: terminología, instituciones y prácticas”) y prácticamente acabaron con las publicaciones de las provincias, excepto en el caso de géneros específicos como obras locales, devocionarios y literatura de cordel o chapbooks.** En 1777, con la promulgación de una serie de reformas en su mayoría ineficaces, el Estado mostró mayor empatía por los editores y los libreros provinciales. Sin embargo, éstos mantuvieron su hostilidad contra los parisinos y, a lo largo del siglo XVIII, obtuvieron cada vez más suministros de las casas editoriales que producían libros franceses desde locaciones estratégicas fuera de las fronteras francesas: lo que...




