Darío | Los raros | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 125, 111 Seiten

Reihe: Historia

Darío Los raros


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9007-323-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 125, 111 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-84-9007-323-0
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Los raros (1896) es un libro de ensayos y perfiles que Rubén Darío dedicó a autores contemporáneos suyos, o anteriores, portadores de su misma estética.Eran, más que 'raros', extraños, novedosos, habían venido para proponer lo que el poeta nicaragüense quería: crear una sensibilidad distinta. Poe, Martí, Lugones, Gómez Carrillo entre otros son diseccionados por Darío.

Rubén Darío (Metapa, 1867-León, 1916). Nicaragua. De verdadero nombre Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío nació el 18 de enero de 1867, en la pequeña aldea nicaragüense de Metapa. Sólo un mes después, la familia se trasladó a León (Nicaragua), sin mejorar allí apenas su precaria situación económica. De ascendencia española e indígena, Rubén recibió en gran parte su primera educación en casa de un tío abuelo suyo, el coronel Ramírez y Bernarda Sarmiento. En 1881, acabados los estudios en León, y habiendo publicado ya algunos poemas con el apellido Darío (nombre de pila de un antepasado), Rubén marchó a El Salvador, donde trabó amistad con el poeta Francisco Gavidia y avanzó en sus descubrimientos poéticos. En 1883 regresó a Nicaragua, donde trabajó en la Biblioteca Nacional de Managua y en la secretaría del presidente Adán Cárdenas. Animado por algunos amigos, en 1886 viajará a Santiago de Chile, colaborando allí en los periódicos chilenos y publicando sus primeros libros. Rubén tuvo dificultades para conectar al principio con los círculos literarios e intelectuales chilenos, pero tras obtener el primer premio en un concurso de poesía exaltadora de los próceres chilenos, su nombre comenzó a ser bien recibido. Sin duda, aquel libro fue compuesto con la intención de salir del anonimato, ya que Darío trabajaba por entonces en su poesía innovadora y modernista, cuya piedra miliar será el libro de prosa y poesía Azul, de 1888, en el que se detectan remotas resonancias becquerianas. Con el tiempo su reconocimiento como primer representante de la nueva poesía se hizo extenso y sus relaciones se ampliaron a los círculos más influyentes, tanto en lo literario como en lo político (fue amigo del presidente Balmaceda). En su breve regreso a Nicaragua, en 1889 (tras la muerte de su padre, meses antes), Darío conocerá a Rafaela Contreras, con la que contraerá matrimonio civil en El Salvador. Después vendrán cortas estancias en Guatemala, Costa Rica y su país natal, hasta que el Gobierno nicaragüense lo envía a España como representante en el IV Centenario del descubrimiento de América, lo que le dio la oportunidad de conocer a numeroso literatos españoles. Fallecida su esposa en 1893, Rubén se casará al año siguiente con un amor de juventud, Rosario Murillo; dicho matrimonio está envuelto de misterio debido a la reputación de dicha mujer y a los manejos que quizá llevó a cabo su hermano para materializar la boda. Sea como fuere, Rubén Darío es ya un respetado hombre público en toda Latinoamérica, y ese mismo año será nombrado cónsul de Colombia en Panamá y Buenos Aires, realizando después viajes a Nueva York, donde conoció a José Martí, y a París, donde se encuentró con uno de sus maestros, el poeta Verlaine.
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EL ARTE EN SILENCIO


No se ha hecho mucho comentario sobre L’Art en silence, de Camilo Mauclair, como era natural. ¡El Arte en silencio, en el país del ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor; un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual, en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración. No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más generosa.

«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social. Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados. Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros, no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la juventud.»

En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas de ensueños —«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»— este rumbo hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser escuchado? Él ha agrupado en este sano volumen a varios artistas aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales. Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops, entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes, conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre Jules Laforgue y Auguste Rodin.

Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego por el espíritu trascendentalmente comprensivo y seductor de Stephane Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u oscuros, se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura estética del comentarista.

Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso, como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus floraciones, libres de oscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata, místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y Whitman profético, como un interrogador del porvenir».

De Flaubert —ese vasto espectáculo— presenta una nueva perspectiva. La suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus rasgos esenciales». Y las demostraciones son llevadas por medio de la amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de método.

Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña la gloria, «el Sol de los muertos», con su dorada luz?

La simbólica representación está en la gráfica idea de Félicien Rops: el arpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza, facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso maestro, que a través del silencio, fue hacia la inmortalidad. Una frase de madame Perier en su Vida de Pascal, sirve de epígrafe al ensayo afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de misterio: «Nous n’ avons su toutes ces choses qu’ apres sa morte».

La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no razona, la embrolladora disertación de mas de un pseudodiscípulo.

Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior. «Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era, ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada. Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeúnte encantador que no ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba “hanté” por su misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto, recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares. Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba dormida ya en la pacífica belleza de una muerte armoniosa.» Decid si no es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su través el alma melancólica del malogrado animador de Bruges la muerta. Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy Dhurmer.

Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales escritores de este país.

He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas notas, como sobre Léon Daudet.

La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato, así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas —artistas en silencio— como Puvis y Felician1 Rops, Gustave Moreau y Besnard,...



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