E-Book, Spanisch, Band 130, 192 Seiten
Reihe: Historia
Díaz Rodríguez Camino de perfección
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-535-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 130, 192 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-84-9007-535-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Manuel Díaz Rodríguez nació en Chacao (Miranda) el 28-2-1871 y murió en Nueva York el 23-8-1927. Escritor, médico, periodista y político. Es considerado por muchos estudiosos como uno de los mayores representantes de la prosa modernista hispanoamericana. En 1902 publicó Sangre patricia, un retrato del desarraigo. Tras publicar esta novela y a raíz de la muerte de su padre, Díaz se hace cargo de la hacienda heredada, situada en los alrededores de Chacao. Entre 1903 y 1908 comparte su tiempo entre las labores agrícolas y literarias. Finalmente pone fin a su retiro rural con la publicación de Camino de perfección, libro donde expone la realización de su ideal literario: el ajuste perfecto entre la idea y la palabra. En 1909 dirige el diario El Progresista y es nombrado vicerrector de la Universidad Central de Venezuela. Director de Educación Superior y de Bellas Artes en el Ministerio de Instrucción Pública (1911), ministro de Relaciones Exteriores (1914), Senador por el estado Bolívar (1915) y ministro de Fomento (1916), es nombrado ministro plenipotenciario de Venezuela en Italia (1919-1923). En 1921, publica su última novela, Peregrina o el pozo encantado. Presidente del estado Nueva Esparta (1925) y presidente del estado Sucre (1926), viaja a Nueva York en 1927 para tratarse una afección en la garganta, muriendo en dicha ciudad.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
NUEVAS APUNTACIONES PARA UNA BIOGRAFÍA ESPIRITUAL DE DON PERFECTO CON UN ENSAYO SOBRE LA IDEA DE CIENCIA
Don Perfecto es infinitamente laborioso. Trabaja, y su tarea fluye reposada y continua como de una fuente mágica. También es uniforme y severa. Nada hay, en su labor, de las reticencias, los resaltos y los paréntesis de ocio mortal seguidos de accesos de trabajo frenético y fecundo, que hacen tan sospechosa la en apariencia desacordada labor del genio, sobre todo en el artista. Su obra no padece desigualdad ni intermisiones, porque él es hombre sano, de bien equilibrado temple, y no se precipita ni desmaya nunca.
Ha hecho suya la más aristocrática divisa, ajustándola a su personal predilección, de suene que su vida y su obra caben en este sencillísimo lema: el diccionario por el diccionario. Alrededor de este lema, centro, y núcleo, y razón de su vida, viene a ordenarse lo demás como simple ornamento y accesorio. Lo primero es purificar el diccionario, y estrecharlo con vigilancia rigurosa, para que no dé cabida a la impureza.
No vacila en sacrificar sin distinción las palabras arcaicas, aunque se trate de esas viejas palabras gentiles que no esperan sino un poeta que las descubra y, engarzándolas en la frase o en el verso, con juventud imperecedera las remoce. Rígidas, momificadas en injusta desuetud, siendo sin embargo dignas de la belleza y del canto, semejantes palabras viven en la lengua como esas bellas mujeres dignas de amor, cuya frescura se marchita en la e pera de un galán inútilmente deseado, y de quienes a cada paso nos preguntamos en la vida por qué no fueron cortejadas nunca. Toman, en la gracia crepuscular de su belleza, la pálida significación melancólica de un símbolo ya inútil, como el de una bella religión antigua desamparada por los fieles. Don Perfecto no ve el recóndito parentesco de gracia que une a las mujeres bellas y no amadas en el crepúsculo de la vida con las palabras arcaicas y bellas que, en el musical crepúsculo del habla, conservan como una belleza infecunda su espíritu sonoro. Y aunque lo vea, como él no tiene el humor sentimental, ningún parentesco de gracia le estorba para condenar las voces de arcaico perfume con austera crueldad fría.
Igual encarnizamiento lo mueve en su marcha sobre el rastro del galicismo, que, a la distancia mayor, se le revela por el tufo como a un sabueso. Puede ser un galicismo de esos que a medias lo son, o no lo son en absoluto, sino solo remotamente lo parecen, que él no lo perdona. No acepta que se dé a una palabra, si el diccionario no se la atribuye, la acepción que guarda su equivalencia francesa y que un tiempo fue de entrambas, cuando las dos florecieron con una sola flor en el viejo tronco latino.
Tampoco reconoce al escritor aquel derecho indiscutible, ya por el mismo Horacio reclamado y proclamado, de conceder a las palabras, en vez del sentido recto, uno accidental y metafórico. Ni él malgasta su tiempo en recordar los vocablos en que la acepción metafórica y accidental quedó sin esfuerzo de nadie predominando sobre la antigua hasta hacerse en lo adelante la más válida y corriente.
Ya en esta vía, don Perfecto es implacable. Su deber más rudimentario de guardián de la lengua se lo exige. Si no, ¿cómo oponerse a los diablos modernistas que están convirtiendo el castellano en pura algarabía y jerigonza? ¿Cómo oponerse a las desmedidas presunciones de esos pobres diablos? ¿No pretenden haber devuelto al habla, que estaba según ellos en chochez y estagnación, como vieja doncella paralítica, la libertad, el ritmo y la gracia del movimiento? ¿No dicen de sí mismos que trajeron al idioma calor, belleza y música? No es posible sino siendo implacable combatir tan insolentes pretensiones. Y, por tanto, don Perfecto es implacable. Cuantos crímenes contra el habla se cometen, al modernista los imputa. Es modernista quienquiera no hace versos como sus versos, ni prosa como su prosa. Lo descubre, sobre todo, en lo que él ha designado con el nombre de manía del estilo, o estilismo. Generalmente, esa extraña manía consiste en trabajar con un ramo de orgullo, aspirando a imprimir la personalidad en un estilo propio, escribiendo sin idioteces ni muletillas, de suerte que la voz más fina y certera encaje en la imagen más bella y justa, y todas las palabras queden en tal guisa dispuestas, que cada cual, sin perjuicio de las otras, venga a su tiempo a exhalar en la frase o en el verso la recóndita música de su alma. A la manía del estilo, o estilismo, don Perfecto opone su propio sano y bien equilibrado estilo muy académico, especie de angosto camino gris tirado a cordel entre sauces cuya pálida verdura se va poco a poco disipando y fundiendo en el color discreto del camino. En su estilo no caben, como en el de los modernistas, cosas ligeras. Está hecho de toda eternidad hondo y sesudo para cosas de peso, y si difícilmente fluye y corre es por lo grávido. Cuando él escribe o dice manía del estilismo, expresa oscuramente la opinión de que esos pobres diablos de modernistas, para dar con su estilo, sudan sobre las páginas día y noche. No enciende que una bella escritura pueda ser la espontánea flor de un temperamento. Y la facilidad preciosa y preciosista de un Gautier le suena a leyenda o engaño.
A veces cree hallar el secreto de las literaturas nuevas en ciertas palabras cuyo empleo supone él que es exclusivo de los modernistas, porque toda vía no acierta a deslindar bien a estos autores de los otros, y por lo pronto se atiene a tildar de modernistas a cuantos le desconciertan y confunden con el estilo o las ideas. Desde luego, los modernistas, en esta clasificación hecha así por don Perfecto, son innumerables: tantos hay que le desconciertan o confunden. Ya en un sabio escolio arremete contra la voz prestancia, porque le parece modernista. La rechaza, cuando se pretende con ella aludir, como se hace con la equivalente francesa, a la buena presencia o figura. No piensa en la voz latina que a las dos voces, francesa y castellana, sirve de abolengo. Ni tampoco halla excusas para emplear el vocablo español con la misma acepción de su equivalente francés, en el fondo convencional del discurso, hecho en toda lengua de lugares comunes cosmopolitas, como aquel viejo lugar común por el cual establecen corrientemente los hombres, aunque a cada paso la desmienta la vida, una relación estrecha entre lo que se llama un buen parecer, o una hermosa figura, o un impecable decorum y la excelencia del ánima. Ya acomete a un indudable neologismo, y en su acometividad luce, conservándose impávido, lo impetuoso de los grandes carniceros. Pero otras veces pierde toda serenidad frente al más inocuo neologismo. ¿En su odio a éste, y por mera vanidad, no llegó una vez, atacando la cómoda aunque bárbara voz de turista, a inventar la fantasía truculenta de vestir como a uno del hampa, no sé si de arlequín o de torero, al grave de Alonso Quijano, al caballero divino cuya locura destella sobre el juicio reposado y trivial del vulgo corriente de los hombres? No se le cegara el espíritu con el furor del combate, y don Perfecto vería cómo la aparición del neologismo no obedece al simple capricho de ninguno. El neologismo viene siempre o casi siempre a la luz, no solicitado por el capricho del escritor, sino extraído por el tosco anzuelo del hierro de la necesidad; y la necesidad cuando sale de pesca y arroja y sumerge el anzuelo, no se cura de si éste cayó en fuente bárbara o en una límpidamente castiza. Puede en general decirse que todo neologismo, si se excluyen por supuesto los que son torpes balbuceos de hombres ignorantes de su habla, surge a designar una cosa nueva, o una relación nueva de las cosas. Además de huir de un feo rapto de furor siempre nocivo, don Perfecto no habría cometido el pecado de vestir como a un belitre a don Quijote, si se hubiera puesto a reflexionar por un instante en que la voz turista expresa cosa nueva o relación nueva de cosas, que es un modo nuevo de viajar especialísimo de nuestros días y en absoluto desconocido de otras épocas.
¿Por qué don Perfecto se ensaña contra este malaventurado neologismo? En realidad no es mejor ni peor que cualquiera otro, que uno cualquiera de esos innúmeros vocablos nuevos malsonantes y bárbaros, nacidos a compás de la multiplicación y difusión de la ciencia. Pero él no habla de estos últimos, porque le sería difícil negar de muchos de ellos que son necesarios, y él no abaja a conceder que sea nunca necesario el neologismo. Ya he dicho que él tiene candideces pueriles que dan a su carácter un suave tono ingenuo. En su lucha sin cuartel contra el neologismo, él mismo, viéndolo bien, !o está cometiendo a cada paso. Escribe, creyéndolos de cepa clásica pura, vocablos que fueron repugnantes neologismos en la gloriosa lengua de Quevedo, Tirso y Lope. Da a ciertas palabras una determinada acepción, sin sospechar que esas mismas palabras en el habla del siglo de oro tuvieron una acepción muy distinta. Cuando escribe civil o civilidad, no recuerda cómo esos vocablos en la pluma de Lope, Tirso y Quevedo tenían siempre significación de cosa baja, mientras hoy, al contrario, significan siempre cosa pulida, honesta y noble.
Así, el solo andar del tiempo convierte un grosero neologismo en voz preclara, y modifica las más viejas voces linajudas, ya en la forma, ya en la esencia Y pudiera suponerse que, de caer don Perfecto en la cuenta de esa ineludible acción de los años, dudara de su obra. Pero no es posible: para suponerlo, es necesario no conocer a este hombre, que avanza en la vida como avanza en la batalla un soldado impertérrito. Su entereza de trabajador no consiente la carcoma de la duda. Cosas más graves le acaecen que ni someramente...




