de Castro y Bellvís | Comedia de don Quijote de la Mancha | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 110, 148 Seiten

Reihe: Teatro

de Castro y Bellvís Comedia de don Quijote de la Mancha


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-144-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 110, 148 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-144-6
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El valenciano Guillén de Castro, dramaturgo de la escuela lopista, publicó en su Primera y Segunda parte de las comedias de don Guillem de Castro (en 1618 y 1625) dos piezas inspiradas en el Quijote y una en las Novelas Ejemplares. La comedia de Don Quijote de la Mancha, a pesar del título, escenifica solo los capítulos 23 a 36. Se trata de los episodios que tratan los amores de Cardenio, Luscinda, Fernando y Dorotea. En principio, el papel de Don Quijote en esta obra es menor. Sin embargo, Guillén de Castro nos muestra el fruto de su atenta lectura de la primera parte del Quijote, e incorpora los fragmentos más llamativos. El ingenioso hidalgo de Guillén de Castro está también obsesionado por el mundo caballeresco y sufre un desdoblamiento de personalidad. Unos lacayos del Marqués le han apaleado dejándole maltrecho en la Jornada I. Entonces empieza a imaginar que es Valdovinos y a recitar unos versos del Romance viejo del Marqués de Mantua. La escena es calcada del capítulo 5 cervantino. Asimismo, en la Jornada III introduce el episodio de la penitencia en Sierra Morena (capítulo 25 de Cervantes). En él hace a su protagonista lamentar la ausencia de Dulcinea imitando a Amadís convertido en Beltenebros.

Guillén deCastro (Valencia, 1569-Madrid, 1631). España. Fue capitán de caballería, gobernador de Scigliano en Nápoles y en Madrid secretario del marqués de Peñafiel. Muy cercano a Lope de Vega, formó parte de la Academia de los nocturnos, la única academia que publicó en actas los poemas discutidos durante sus reuniones semanales y que radicó en Valencia entre 1591 y 1593. Murió en la pobreza y un tanto olvidado.
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Jornada primera


(Salen Cardenio y Lucinda. Ella vestida en hábito de cazadora, con sus botas y espuelas, y Cardenio como que la ayuda a levantar, habiendo caído de un caballo.)

Lucinda¡Jesús mío!

Cardenio ¡Trance fuerte!

Tente a mí... ¡Cayó el caballo!

LucindaY yo en tus brazos me hallo,

de las manos de la muerte.

Cardenio ¿Qué es esto, señora mía?

Pareciérame, por Dios,

a ser los caballos dos,

que era Faetón que caía.

Verte con tal movimiento

descompuesta y mal segura,

hurtalle al Sol la hermosura

y la ligereza al viento,

conocerte por las señas

de tu traje soberano,

volando por este llano,

trepando por estas peñas,

y antes de hacerse pedazos,

rodando del monte al valle

el caballo, tú dejalle,

para ponerte en mis brazos,

parece sueño; o mejor,

pienso que es tal extrañeza

milagro de tal belleza

por premio de tanto amor.

LucindaAntes ha sido, el hallarte

a librarme de la muerte,

para que el mucho deberte

disculpe al mucho adorarte.

Supe que el Duque salía

a caza, y poco después,

de aquella aldea que ves,

por ser de mi padre, mía,

como algunas veces suelo,

salí al campo sin mi gente,

que halla un amante ausente

en la soledad consuelo,

y desde lejos oí,

según lo que alborotaban,

que seguían o mataban

algún oso o jabalí.

Ycomo no suele haber

hombre cuerdo y a caballo,

no fue posible el estallo

a caballo una mujer,

y más yo, pues que venía

para mejorar de suerte,

viniendo, Cardenio, a verte

como loca de alegría.

Y así, picando el caballo

hacia el latir de los perros,

plumas le puse en los hierros,

y, cuando quise parallo,

calentósele la boca,

mordió el freno, y por tenello

descompúseme el cabello,

llevóse el viento la toca:

de una rienda le tiraba,

por ver si le pararía,

y él como un viento corría,

como un demonio saltaba;

tomó por esta ladera,

y sin torcelle o paralle,

cayó desde el monte al valle,

donde yo también cayera,

a no arrojarme a este lado

sobre tus brazos.

Cardenio Y has sido

ángel del cielo caído,

mas no del cielo arrojado.

LucindaY de todo causa fue...

Cardenio¿Qué, señora?

Lucinda Un devaneo:

querer lograr un deseo.

Cardenio¿Y hasle logrado?

Lucinda No sé.

(Mira Lucinda a una parte y a otra, como que se recata de algo.)

Cardenio ¿Qué miras? ¿Qué sientes?

Lucinda Siento...

Cardenio¿Quién aumenta tu arrebol?

Lucinda(¿Podré fiarme del Sol?

¿Ha de murmurarme el viento?

¿Podré, con vergüenza y miedo,

hablarle, cielos divinos,

a la sombra destos pinos,

si es bastante la de un dedo?)

Cardenio ¿Qué temes que todo abona

tu corazón? Habla y fía.

LucindaEscucha, por vida mía,

y si me turbo, perdona:

Habrá seis años bien hechos,

llenos de tiernos despojos,

que nos declaran los ojos

lo que no cabe en los pechos,

y ha cuatro que quiero hablarte

tan a solas y tan quedo

que de la vergüenza y miedo

excusase alguna parte.

Desta suerte no podía,

si a mi ventana te hablaba,

y así, amando, me animaba,

y temiendo, me encogía,

que baja muy descompuesta

la razón de una ventana,

y parece muy liviana

en no siendo muy honesta.

En mis papeles pudiera

declararte mis cuidados:

mas no son para fiados

de una cosa tan ligera.

Mas pues me da el cielo santo,

por dar alivio a mi pena,

ocasión, que por tan buena

pudiera costarme tanto,

di Cardenio, si es verdad

que cuanto el hombre imagina

con algún fin lo encamina

la fuerza o la voluntad,

si en cuantos tratan de amar,

es el fin el ser maridos,

u otros tratos no admitidos

de quien no los sabe usar.

Como amante el más perfeto

que hay del uno al otro polo,

más constante, sabio y solo,

más solícito y secreto,

viendo en mí correspondencia,

y no dándote los cielos

inconvenientes de celos

con intervalos de ausencia,

y viendo en el alma mía,

ya en ventana, iglesia o coche,

tanto desvelo de noche,

tanto cuidado de día...

¿no has aspirado y tenido

otro fin, otro cuidado,

que de amar y ser amado,

de querer y ser querido?

A lo que pregunto agora,

y me da eternos enojos,

¿con lágrimas en los ojos

me respondiste?

Cardenio Señora,

la duda de esa respuesta,

que agora al alma se atreve,

¡Cuántos suspiros me debe!,

¡cuántas lágrimas me cuesta!,

¡qué de veces han luchado

la honra con el amor!

LucindaDi la causa. (¿Hay tal rigor?)

CardenioPon silencio a ese cuidado,

señora Lucinda hermosa,

deja muerta esa verdad.

Lucinda¿No tengo yo calidad...?

CardenioPara ser de un rey esposa.

Lucinda¿No es mi fama y mi opinión...?

CardenioQue no la iguala ninguna.

Lucinda¿Pues los bienes de fortuna

son tan pocos...?

Cardenio Muchos son.

Lucinda¿Pues...?

Cardenio En mí...

Lucinda ¿Que eres casado?

CardenioNo, señora.

Lucinda ¿Has prometido

casamiento?

Cardenio Ni eso ha sido.

Lucinda¡Di lo que es!

Cardenio Soy desdichado.

Soy honrado, ¡ay, cielo hermoso!

Lucinda¿Eso es falta?

Cardenio Sí, señora:

porque en los tiempos de agora

ningún honrado es dichoso.

Mas oye, señora: pues...

(Sale Dorotea, pastora, huyendo del Marqués, y él tras ella, tiniéndola, y escápase por otra puerta Dorotea.)

DoroteaNo me persigas.

Marqués Espera.

¡Sólo en esto eres ligera!

Dice el Duque de dentro, dando grandes voces:

Duque¡Hijo!

Lucinda ¿Qué es esto?

Duque ¡Marqués!

¡Aquí, aquí! ¡Favor, favor!

Marqués¡Mi padre!

Cardenio El Duque es, sin duda.

Duque¿Por qué la edad no me ayuda,

aunque me ayude el valor?

Cardenio ¡Matóle un oso el caballo!

(Quiere entrar a favorecer al Duque y detiénelo Lucinda, y él se va.)

LucindaTente, Cardenio.

Cardenio No puedo.

MarquésMuerto de...



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