de Castro y Bellvís | El Narciso en su opinión | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 104, 144 Seiten

Reihe: Teatro

de Castro y Bellvís El Narciso en su opinión


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-242-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 104, 144 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-242-9
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El Narciso en su opinión es una obra teatral del dramaturgo español Guillén De Castro, uno de los principales exponentes del Siglo de Oro de la literatura española. Esta obra se centra en el retrato de un galán presuntuoso y narcisista, un petimetre que está constantemente absorto en su propia imagen. Es un personaje que se muestra pagado de sí mismo y, en cierto sentido, algo provinciano, siempre pendiente de su espejo y de su presunta capacidad para seducir. La Jornada primera nos introduce a Don Gutierre y su lacayo Tadeo, que en un diálogo humorístico y satírico exponen las frivolidades del protagonista. Gutierre está obsesionado con su apariencia, hasta el punto de que se mete en discusiones con su lacayo sobre su ropa y sus zapatos. Tadeo, por su parte, aprovecha cada oportunidad para burlarse de las manías de su señor, haciendo comentarios mordaces que demuestran la superficialidad de Gutierre. El personaje de Gutierre simboliza el extremo del narcisismo y la obsesión en una sociedad que valora en gran medida las apariencias. Tadeo, con su sarcasmo y su ingenio, actúa como un contrapunto que resalta aún más la vanidad de su amo. Su carácter irónico también sirve para cuestionar la superficialidad y el materialismo que a menudo dominan las relaciones sociales, mostrando que la auténtica sustancia de una persona va más allá de su fachada exterior. Esta obra, en su sencillez, ofrece una crítica aguda de una sociedad obsesionada con las apariencias y pone en tela de juicio los valores que sostienen tales obsesiones. A través de diálogos ingeniosos y personajes bien construidos, Guillén de Castro consigue que el espectador reflexione sobre la vanidad y la futilidad de vivir una vida centrada únicamente en uno mismo. El Narciso en su opinión es una obra que, a pesar de su tono humorístico, plantea cuestiones serias sobre la naturaleza humana y la sociedad. Es un estudio agudo de la vanidad y la presunción, y su relevancia se extiende más allá de la época y el contexto en el que fue escrita. Con esta obra, Guillén de Castro añade otra capa de profundidad a su ya rica y diversa producción literaria, demostrando una vez más su habilidad para explorar los recovecos más oscuros y complejos del alma humana.

Guillén deCastro y Bellvís (Valencia, 1569-Madrid, 1631). España. Fue capitán de caballería, gobernador de Scigliano en Nápoles y en Madrid secretario del marqués de Peñafiel. Muy cercano a Lope de Vega, formó parte de la Academia de los nocturnos, la única academia que publicó en actas los poemas discutidos durante sus reuniones semanales y que radicó en Valencia entre 1591 y 1593. Murió en la pobreza y un tanto olvidado.
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Jornada segunda


(Salen don Pedro y doña Brianda.)

Pedro Brianda, mal te aprovechas

del valor, porque me pones

con dudas en ocasiones

de recelos y sospechas.

No de tu honor, cuyo brío

estriba en tan buen cimiento,

sino de algún pensamiento

que se encuentra con el mío;

resuélvete en escoger

para esposo, de estos dos

el uno.

Brianda ¿Tan presto? ¡Ay, Dios!

¿Cómo, padre, puede ser?

Este nudo indivisible

del casamiento, ¿no es,

ciego en los cuerpos, después

para las almas terrible?

¿No es tan cruel, no es tan fuerte,

que aunque la razón lo pida,

no le desata la vida,

sino le acaba la muerte?

Pues ¿cómo, padre, al compás

de la prisa que hay en ti,

de dos hombres para mí

mirar el que vale más?

¿Podréles ver, por momentos

tan llenos de pesadumbres,

el valor en las costumbres

y el alma en los pensamientos?

¿Podré ver con tal presteza

de cuál se aplica el amor,

mi sangre con más calor,

mi gusto con más terneza?

Mira que es justo.

Pedro No es justo

para quien echa de ver

que en elección de mujer

las más veces yerra el gusto,

y así, esposos escogidos

entre amorosos cuidados,

si no mueren descuidados,

padecen arrepentidos.

Pero cuando elige esposos

la paternal providencia,

en premio de su obediencia,

las más veces son dichosos.

Y tú, a ser más bien mirada,

más humilde, más sujeta,

más prudente, más discreta,

más dócil y más honrada,

porque de ti se tuviera

general satisfacción,

fiaras de mi elección

lo que de la tuya era.

Brianda Tú eres padre y dueño mío,

pero en la mujer ¿no ves

que en esto sólo no es

la libertad desvarío?

De mi esposo...

Pedro Di.

Brianda ...señor,

a ti no te ha de tocar,

si es flemático, el pesar;

si es colérico, el temor;

si es importuno, el enfado;

si es vicioso, la costumbre;

si es necio, la pesadumbre;

la afrenta, si no es honrado.

Y si el pecho le desama,

tú, señor...

Pedro Di.

Brianda ...¿mal forzoso

has de partir con mi esposo

una mesa y una cama?

Pues si yo he de ser, ¿por qué

quieres elegir por mí,

ni darme prisa?

Pedro ¿Así? ¿Así?

Nunca tal imaginé;

mujer apenas, ¿no veis

lo que entiende y lo que traza?

Atrevidilla rapaza,

¿tanta libertad tenéis?

Pues porque no la tengáis,

elegir y obedecer

dentro de una hora ha de ser;

y advertid que si os tardáis,

haré yo vuestra elección,

con diligencias no malas,

para cortaros las alas

de tan libre corazón.

No repliquéis; ¿hay tal cosa?

¡Hola, hola!, ¿quién pensara

este extremo de esa cara

tan compuesta y vergonzosa?

(Vase.)

Brianda Apenas tiene plumas el avecilla,

cuando pone en los vientos el cuidado;

el más menudo pez del mar salado

suele atreverse a su arenosa orilla.

Deja el monte la tierna cervatilla,

y aunque con su peligro, pace el prado,

las útiles defensas del ganado,

pierde tal vez la mansa corderilla.

Sube al aire la tierra más pesada,

sale de madre el más pequeño río,

el cobarde mayor saca la espada;

la menor esperanza finge brío,

¡y solamente la mujer honrada

tiene sin libertad el albedrío!

(Salen Lucía y el Marqués.)

Lucía Ya de sus negocios trata

el viejo, y puedes entrar.

MarquésCon quejas he de matar

a quien con celos me mata.

¿Eso es posible, señora?

BriandaMarqués, ¡qué atrevimiento!

Marqués¡Que tan mortal tormento

padezca quien te adora!

Brianda ¿Eso dices? ¡Ay, cielos!

MarquésMira mis ojos, que me abrasan celos.

BriandaCuando, perdida y loca,

no hay bien que no me huya,

cuando por causa tuya

tengo el alma en la boca,

que sales tras mis quejas,

¿de mí te ofendes y de mí te quejas?

Quéjate de mi suerte,

que impide tu esperanza

sin temer la mudanza

de quien pide a la muerte

la mayor aspereza que acredite

contigo mi firmeza.

MarquésÁngel del alma hermoso,

¿quién causa en ti ese extremo,

por quien mi muerte temo?

BriandaUn padre riguroso,

que pide, como injusto,

fuerza a la voluntad y ley al gusto.

Sólo una hora le ha dado

de término a mi muerte,

o con rigor más fuerte

resuelto y arrojado,

por esposo importuno

de mis dos primos quiere darme uno.

MarquésDesdichas inhumanas,

yo muero; mas, señora,

¿en esta casa agora

no hay puertas, no hay ventanas?

Si por ellas no puedes,

derribaré a puñadas las paredes,

para que salgas de ella,

o abrasarála el fuego

de...

Brianda Oye, ten sosiego,

escucha.

Marqués ¡Ay, prenda bella!

BriandaY eso en mí, ¿qué sería?

Honra soy de mi padre.

Marqués ¿Y no a la mía?

Menos esta balanza

pesa en tu pensamiento

asida a tu belleza.

¿Esto es fe? ¿Esto valor? ¿Esto firmeza?

BriandaY tal, que en mis acciones

valerme de ella espero;

pero los medios quiero

de sus ejecuciones,

porque sean más buenos,

que de mi calidad desdigan menos.

MarquésYa por ti los estimo,

ya saberlos quería.

BriandaQuiere a doña Mencía

don Gonzalo, mi primo,

tanto, que es cierta cosa

el ser su amante para ser su esposa.

Y si a mi padre engaño

y digo que a él le quiero,

de su fineza espero

suspensión en mi daño,

siendo de él no admitida;

pero al segundo lance soy perdida.

Porque mi padre, ciego

con sus vanos antojos,

con mayores enojos,

en don Gutierre luego

querrá darme un marido,

de mí, por confiado, aborrecido;

y quitarme la vida,

que en ti depositada

tengo, tan desdichada

como favorecida

de tu alma en mis ojos.

MarquésPues ¿qué haremos, mi bien?

Brianda Morir de enojos.

Marqués¡Ay, gloria ya no mía,

ponme en tus brazos bellos,

para que muera en ellos!

Brianda¿Posible no sería

con algún modo extraño

sufrir la pena y suspender el daño?

Marqués¿Cómo, si está el sentido

muerto en el sentimiento?

(Sale Lucía.)

LucíaSeñora, pasos siento.

MarquésVaste, y quedo...



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