De Cervantes Saavedra | El cerco de Numancia | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 121, 102 Seiten

Reihe: Teatro

De Cervantes Saavedra El cerco de Numancia


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9953-242-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 121, 102 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-242-4
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En El cerco de Numancia, Miguel de Cervantes pone en escena el sacrificio colectivo ante el asedio del general romano Escipión a Numancia. En esta obra se describe la heroica defensa de Numancia, capital de los celtíberos arévacos. En el asedio de la ciudad los numantinos murieron de hambre antes que rendirse a los romanos de Escipión. La obra culmina con la decisión numantina de no entregar nada ni a nadie al enemigo, suicidándose colectivamente. Esta decisión los dignifica y honra sobre los romanos, a pesar de la muerte y la derrota. Según la crítica, Cervantes mezcló varias fuentes históricas, motivos literarios y dramas ficticios. Así creó esta tragedia alegórica llena de virtudes como el amor, el heroísmo, el patriotismo y algunos valores cristianos. Aquí el hambre parece un personaje más ciñéndose sobre los habitantes de la ciudad acosada. Se añaden además figuras alegóricas que profetizan un futuro glorioso para España. El cerco de Numancia es una obra donde la Providencia parece tener un cometido trascendental.

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Cervantes nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Jornada segunda


(Salen Teógenes, y Caravino, con otros cuatro numantinos, gobernadores de Numancia, y Marquino, hechicero, y siéntanse.)

TeógenesParéceme, varones esforzados,

que en nuestros daños con rigor influyen

los tristes signos y contrarios hados,

pues nuestra fuerza humana disminuyen.

Tiénennos los romanos encerrados

y con cobardes manos nos destruyen;

ni con matar muriendo no hay vengarnos,

ni podemos sin alas escaparnos.

No sólo a vencernos se despiertan

los que habemos vencido veces tantas;

que también españoles se conciertan

con ellos a segar nuestras gargantas.

Tan gran maldad los cielos no consientan;

con rayos hieran las ligeras plantas

que se muestren en daño del amigo,

favoreciendo al pérfido enemigo.

Mirad si imagináis algún remedio

para salir de tanta desventura,

porque este largo y trabajoso asedio

sólo promete presta sepultura.

El ancho foso nos estorba el medio

de probar con las armas la ventura,

aunque a veces valientes, fuertes brazos

rompen mil contrapuestos embarazos.

Caravino¡A Júpiter pluguiera soberano

que nuestra juventud sola se viera

con todo el cruel ejército romano,

adonde el brazo rodear pudiera,

que allí, al valor de la española mano,

la misma muerte poco estorbo hiciera

para dejar de abrir franco camino

a la salud del pueblo numantino!

Mas pues en tales términos nos vemos,

que estamos como damas encerrados,

hagamos todo cuanto hacer podemos

para mostrar los ánimos osados.

A nuestros enemigos convidemos

a singular batalla; que, cansados

de este cerco tan largo, ser podría

quisiesen acabarle por tal vía.

Y cuando este remedio no suceda

a la justa medida del deseo,

otro camino de intentar nos queda,

aunque más trabajoso a lo que creo.

Este foso y muralla que nos veda

el paso al enemigo que allí veo,

en un tropel de noche le rompamos

y por ayuda a los amigos vamos.

Numantino 1 O sea por el foso o por la muerte,

de abrir tenemos paso a nuestra vida;

que es dolor insufrible el de la muerte,

si llega cuando más vive la vida.

Remedio a las miserias es la muerte

si se acrecientan ellas con la vida,

y suele tanto más ser excelente

cuanto se muere más honradamente.

Numantino 2¿Con qué más honra pueden apartarse

de nuestros cuerpos estas almas nuestras

que en las romanas haces arrojarse

y en su daño mover las fuerzas diestras?

Y en la ciudad podrá muy bien quedarse

quien gusta de cobarde dar las muestras;

que yo mi gusto pongo en quedar muerto

en el cerrado foso o campo abierto.

Numantino 3Esta insufrible hambre macilenta

que tanto nos persigue y nos rodea

hace que en vuestro parecer consienta

puesto que temerario y duro sea.

Muriendo, excusar hemos tanta afrenta;

y quien morir de hambre no desea

arrójese conmigo al foso y haga

camino su remedio con la daga.

Numantino 4Primero que vengáis al trance duro

de esta resolución que habéis tomado,

paréceme ser bien que desde el muro

nuestro fiero enemigo sea avisado,

diciéndole que dé campo seguro

a un numantino y a otro su soldado

y que la muerte de una sea sentencia

que acabe nuestra antigua diferencia.

Son los romanos tan soberbia gente

que luego aceptarán este partido;

y si lo aceptan, creo firmemente

que nuestro amargo daño ha fenecido,

pues está un numantino aquí presente

cuyo valor me tiene persuadido

que él solo contra tres de los romanos

quitará la victoria de las manos.

También será acertado que Marquino,

pues es un agorero tan famoso,

mire qué estrella o qué planeta o signo

nos amenaza a muerte o fin honroso,

o si se puede hallar algún camino

que nos pueda mostrar si del dudoso

cerco cruel do estamos oprimidos

saldremos vencedores o vencidos.

También primero encargo que se haga

a Júpiter solemne sacrificio,

de quien podremos esperar la paga

harto mayor que nuestro beneficio.

Cúrese luego la profunda llaga

del arraigado acostumbrado vicio.

Quizá con esto mudará de intento

el hado esquivo, y nos dará contento.

Para morir, jamás le falta tiempo

al que quiere morir desesperado.

Siempre seremos a sazón y a tiempo

para mostrar muriendo el pecho osado;

mas, porque no se pase en balde el tiempo,

mirad si os cuadra lo que he demandado,

y, si no os parece, dad un modo

que mejor venga y que convenga a todo.

MarquinoEsa razón que muestran tus razones

es aprobada del intento mío.

Háganse sacrificios y oblaciones

y póngase en efecto el desafío;

que yo no perderé las ocasiones

de mostrar de mi ciencia el poderío.

Yo os sacaré del hondo centro oscuro

quien nos declare el bien, el mal futuro.

TeógenesYo desde aquí me ofrezco, si os parece

que puede de mi esfuerzo algo fiarse,

de salir a esta duda que se ofrece

si por ventura viene a efectuarse.

CaravinoMás honra tu valor claro merece.

Bien pueden de tu esfuerzo confiarse

más difíciles cosas, y aun mayores,

por ser el que es mejor de los mejores.

Y pues tú ocupas el lugar primero

de la honra y valor con causa justa,

yo, que en todo me cuento por postrero,

quiero ser el heraldo de esta justa.

Numantino 1Pues yo con todo el pueblo me prefiero

hacer de los que Júpiter más gusta,

que son los sacrificios y oblaciones,

si van con enmendados corazones.

Numantino 2Vámonos, y con presta diligencia

hagamos cuanto aquí propuesto habemos,

antes que la pestífera dolencia

de la hambre nos ponga en los extremos.

Si tiene el cielo dada la sentencia

de que en este rigor fiero acabemos,

revóquela, si acaso lo merece

la presta enmienda que Numancia ofrece.

(Vanse y salen Marandro, y Leonicio, numantinos.)

LeonicioMarandro amigo, ¿dó vas,

o hacia dó mueves el pie?

MarandroSi yo mismo no lo sé,

tampoco tú lo sabrás.

Leonicio¡Cómo te saca de seso

tu amoroso pensamiento!

MarandroAntes, después que le siento,

tengo más razón y peso.

LeonicioEso ya está averiguado;

que el que sirviere al amor,

ha de ser por su dolor

con razón muy más pesado.

Marandro De malicia o de agudeza

no escapa lo que dijiste.

LeonicioTú mi agudeza entendiste;

mas yo entendí tu simpleza.

Marandro ¿Qué simpleza? ¿Querer bien?

LeonicioSi al querer no se le mide

como la razón lo pide,

con cuándo, cómo, y a quién.

Marandro ¿Reglas quiés poner a amor?

LeonicioLa razón puede ponellas.

MarandroRazonables serán ellas,

mas no de mucho primor.

LeonicioEn la amorosa porfía

a razón no hay conocella.

MarandroAmor no va contra ella,

aunque de ella se desvía.

Leonicio¿No es ir contra la razón,

siendo tú tan buen soldado,

andar tan enamorado

en tan extraña ocasión?

Al tiempo que del dios...



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