E-Book, Spanisch, Band 121, 102 Seiten
Reihe: Teatro
De Cervantes Saavedra El cerco de Numancia
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9953-242-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 121, 102 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-242-4
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Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Cervantes nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Jornada segunda
(Salen Teógenes, y Caravino, con otros cuatro numantinos, gobernadores de Numancia, y Marquino, hechicero, y siéntanse.)
TeógenesParéceme, varones esforzados,
que en nuestros daños con rigor influyen
los tristes signos y contrarios hados,
pues nuestra fuerza humana disminuyen.
Tiénennos los romanos encerrados
y con cobardes manos nos destruyen;
ni con matar muriendo no hay vengarnos,
ni podemos sin alas escaparnos.
No sólo a vencernos se despiertan
los que habemos vencido veces tantas;
que también españoles se conciertan
con ellos a segar nuestras gargantas.
Tan gran maldad los cielos no consientan;
con rayos hieran las ligeras plantas
que se muestren en daño del amigo,
favoreciendo al pérfido enemigo.
Mirad si imagináis algún remedio
para salir de tanta desventura,
porque este largo y trabajoso asedio
sólo promete presta sepultura.
El ancho foso nos estorba el medio
de probar con las armas la ventura,
aunque a veces valientes, fuertes brazos
rompen mil contrapuestos embarazos.
Caravino¡A Júpiter pluguiera soberano
que nuestra juventud sola se viera
con todo el cruel ejército romano,
adonde el brazo rodear pudiera,
que allí, al valor de la española mano,
la misma muerte poco estorbo hiciera
para dejar de abrir franco camino
a la salud del pueblo numantino!
Mas pues en tales términos nos vemos,
que estamos como damas encerrados,
hagamos todo cuanto hacer podemos
para mostrar los ánimos osados.
A nuestros enemigos convidemos
a singular batalla; que, cansados
de este cerco tan largo, ser podría
quisiesen acabarle por tal vía.
Y cuando este remedio no suceda
a la justa medida del deseo,
otro camino de intentar nos queda,
aunque más trabajoso a lo que creo.
Este foso y muralla que nos veda
el paso al enemigo que allí veo,
en un tropel de noche le rompamos
y por ayuda a los amigos vamos.
Numantino 1 O sea por el foso o por la muerte,
de abrir tenemos paso a nuestra vida;
que es dolor insufrible el de la muerte,
si llega cuando más vive la vida.
Remedio a las miserias es la muerte
si se acrecientan ellas con la vida,
y suele tanto más ser excelente
cuanto se muere más honradamente.
Numantino 2¿Con qué más honra pueden apartarse
de nuestros cuerpos estas almas nuestras
que en las romanas haces arrojarse
y en su daño mover las fuerzas diestras?
Y en la ciudad podrá muy bien quedarse
quien gusta de cobarde dar las muestras;
que yo mi gusto pongo en quedar muerto
en el cerrado foso o campo abierto.
Numantino 3Esta insufrible hambre macilenta
que tanto nos persigue y nos rodea
hace que en vuestro parecer consienta
puesto que temerario y duro sea.
Muriendo, excusar hemos tanta afrenta;
y quien morir de hambre no desea
arrójese conmigo al foso y haga
camino su remedio con la daga.
Numantino 4Primero que vengáis al trance duro
de esta resolución que habéis tomado,
paréceme ser bien que desde el muro
nuestro fiero enemigo sea avisado,
diciéndole que dé campo seguro
a un numantino y a otro su soldado
y que la muerte de una sea sentencia
que acabe nuestra antigua diferencia.
Son los romanos tan soberbia gente
que luego aceptarán este partido;
y si lo aceptan, creo firmemente
que nuestro amargo daño ha fenecido,
pues está un numantino aquí presente
cuyo valor me tiene persuadido
que él solo contra tres de los romanos
quitará la victoria de las manos.
También será acertado que Marquino,
pues es un agorero tan famoso,
mire qué estrella o qué planeta o signo
nos amenaza a muerte o fin honroso,
o si se puede hallar algún camino
que nos pueda mostrar si del dudoso
cerco cruel do estamos oprimidos
saldremos vencedores o vencidos.
También primero encargo que se haga
a Júpiter solemne sacrificio,
de quien podremos esperar la paga
harto mayor que nuestro beneficio.
Cúrese luego la profunda llaga
del arraigado acostumbrado vicio.
Quizá con esto mudará de intento
el hado esquivo, y nos dará contento.
Para morir, jamás le falta tiempo
al que quiere morir desesperado.
Siempre seremos a sazón y a tiempo
para mostrar muriendo el pecho osado;
mas, porque no se pase en balde el tiempo,
mirad si os cuadra lo que he demandado,
y, si no os parece, dad un modo
que mejor venga y que convenga a todo.
MarquinoEsa razón que muestran tus razones
es aprobada del intento mío.
Háganse sacrificios y oblaciones
y póngase en efecto el desafío;
que yo no perderé las ocasiones
de mostrar de mi ciencia el poderío.
Yo os sacaré del hondo centro oscuro
quien nos declare el bien, el mal futuro.
TeógenesYo desde aquí me ofrezco, si os parece
que puede de mi esfuerzo algo fiarse,
de salir a esta duda que se ofrece
si por ventura viene a efectuarse.
CaravinoMás honra tu valor claro merece.
Bien pueden de tu esfuerzo confiarse
más difíciles cosas, y aun mayores,
por ser el que es mejor de los mejores.
Y pues tú ocupas el lugar primero
de la honra y valor con causa justa,
yo, que en todo me cuento por postrero,
quiero ser el heraldo de esta justa.
Numantino 1Pues yo con todo el pueblo me prefiero
hacer de los que Júpiter más gusta,
que son los sacrificios y oblaciones,
si van con enmendados corazones.
Numantino 2Vámonos, y con presta diligencia
hagamos cuanto aquí propuesto habemos,
antes que la pestífera dolencia
de la hambre nos ponga en los extremos.
Si tiene el cielo dada la sentencia
de que en este rigor fiero acabemos,
revóquela, si acaso lo merece
la presta enmienda que Numancia ofrece.
(Vanse y salen Marandro, y Leonicio, numantinos.)
LeonicioMarandro amigo, ¿dó vas,
o hacia dó mueves el pie?
MarandroSi yo mismo no lo sé,
tampoco tú lo sabrás.
Leonicio¡Cómo te saca de seso
tu amoroso pensamiento!
MarandroAntes, después que le siento,
tengo más razón y peso.
LeonicioEso ya está averiguado;
que el que sirviere al amor,
ha de ser por su dolor
con razón muy más pesado.
Marandro De malicia o de agudeza
no escapa lo que dijiste.
LeonicioTú mi agudeza entendiste;
mas yo entendí tu simpleza.
Marandro ¿Qué simpleza? ¿Querer bien?
LeonicioSi al querer no se le mide
como la razón lo pide,
con cuándo, cómo, y a quién.
Marandro ¿Reglas quiés poner a amor?
LeonicioLa razón puede ponellas.
MarandroRazonables serán ellas,
mas no de mucho primor.
LeonicioEn la amorosa porfía
a razón no hay conocella.
MarandroAmor no va contra ella,
aunque de ella se desvía.
Leonicio¿No es ir contra la razón,
siendo tú tan buen soldado,
andar tan enamorado
en tan extraña ocasión?
Al tiempo que del dios...




