E-Book, Spanisch, Band 125, 108 Seiten
Reihe: Teatro
De Cervantes Saavedra El trato de Argel
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9816-968-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 125, 108 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9816-968-3
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Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Miguel de Cervantes Saavedra nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Jornada segunda
(Salen Yzuf y Aurelio.)
YsufTrescientos escudos di,
Aurelio, por la doncella.
Esto di al turco, que a ella
alma y vida le rendí;
y es poco, según es bella.
Vendiómela de aburrido,
que dice que no ha podido,
mientras la tuvo en poder,
en ningún modo atraer
al amoroso partido.
Púsela en casa de un moro,
sin osarla traer acá,
y allí está donde ella está
todo mi bien y tesoro,
y la gloria que amor da.
Allí se ve la bondad
junto con la crueldad
mayor que se vio en la tierra;
y juntas, sin hacer guerra,
belleza y honestidad.
No pueden prometimientos
ablandar su duro pecho.
Veme en lágrimas deshecho,
y ofrece siempre a los vientos
cuantos servicios la he hecho.
No echa de ver su ventura,
ni cómo el dolor me apura
poco a poco sospirando;
antes, cuando yo más blando,
entonces ella más dura.
A casa quiero traella
y reclinar en tu mano
mi gozo más soberano:
quizá tú podrás movella,
siendo, como ella, cristiano;
y desde aquí te prometo
que, si conduces a efecto
mi amorosa voluntad,
de darte la libertad
y serte amigo perfecto.
AurelioEn todo lo que quisieres,
he, señor, de complacerte,
por ser tu esclavo y por verte
que melindres de mujeres
te tengan de aquesa suerte.
¿De qué nación es la dama
que te enciende en esa llama
sin mirar a su interés?
YsufEspañola dicen que es.
Aurelio¿Y el nombre?
Ysuf Silvia se llama.
Aurelio¿Silvia? Una Silvia venía
adonde yo cautivé,
y, según que la miré,
no en tanto allá se tenía.
YsufÉsa es: yo la compré.
AurelioSi ella es, yo sé decir
que es hermosa sin mentir,
y que no es tan cruda altiva,
que su condición esquiva
a ninguno hace morir.
Traéla a casa, señor, luego,
y ten las riendas al miedo;
y tú verás, si yo puedo,
cómo a mis manos y ruego
amaina el casto denuedo.
Ysuf Yo voy; y, mientras se ordena
su venida, por estrena
del contento que me has dado,
yo diré a mi renegado
que te quite esa cadena.
(Vase Yzuf y queda Aurelio solo.)
Aurelio¿Qué es esto, cielos? ¿Qué he oído?
¿Es mi Silvia? Silvia es, cierto.
¿Es posible, oh hado incierto,
que he de ver quien me ha tenido
vivo en muerte, en vida muerto?
ésta es mi Silvia, a quien llamo,
a quien quiero y a quien amo
más que a todo lo del suelo.
¡Gracias hago y doy al cielo,
que a los dos ha dado un amo!
Tregua tendrán mis enojos
entre tanta desventura,
pues, por estraña ventura,
vendrán a mirar mis ojos
tu sin igual hermosura.
Y si della está rendido
mi amo, está conocido
que quien la supo mirar
es imposible escapar
de preso o de malherido.
Y, pues que con tales bríos
él descubre sus amores,
si nos vemos, sus dolores
se callarán y los míos
te diré, que son mayores.
Y, mientras pudiere ver
tu hermosura y gentil ser,
templaré mi desconsuelo,
hasta que disponga el cielo
de entrambos lo que ha de ser.
(Vase Aurelio, y Salen mercaderes moros (primero y segundo), y Mamí, soldado cosario. Y luego un pregonero, padre y madre con Francisco y Juan sus dos hijos cautivos.)
Mercader 1 En fin, Aydar, ¿que en Cerdeña
habéis hecho la galima?
MamíSí; y aun no de poca estima,
según se vio en la reseña.
Mercader 2 Dícennos que os dieron caza
de Nápoles las galeras.
MamíSí dieron, mas no de veras,
que el peso las embaraza.
El ladrón que va a hurtar,
para no dar en el lazo,
ha de ir muy sin embarazo
para huir, para alcanzar.
Las galeras de cristianos,
sabed, si no lo sabéis,
que tienen falta de pies
y que no les sobran manos;
y esto lo causa que van
tan llenas de mercancías,
que, si bogasen dos días,
un pontón no tomarán.
Nosotros, a la ligera,
listos, vivos como el fuego,
y, en dándonos caza, luego
pico al viento y ropa fuera,
las obras muertas abajo,
árbol y entena en cru jía,
y así hacemos nuestra vía
contra el viento sin trabajo;
y el soldado más lucido,
el más flaco y más membrudo,
luego se muestra desnudo
y del bogavante asido.
Pero allá tiene la honra
el cristiano en tal extremo,
que asir en un trance el remo
le parece que es deshonra;
y, mientras ellos allá
en sus trece están honrados,
nosotros, dellos cargados,
venimos sin honra acá.
Mercader 1 Esa honra y ese engaño
nunca salga de su pecho,
pues nuestro mayor provecho
nace de su propio daño.
Un mozo de poca edad
destos sardos comprar quiero.
MamíYa los trae el pregonero
vendiendo por la ciudad.
Mercader 2 ¿Hay españoles entre ellos?
MamíSí hay; que también tomamos
una nave, y allí hallamos
hasta viente y cuatro dellos.
(Entra el pregonero, con el padre y la madre y los dos muchachos y un niño de teta a los pechos.)
Pregonero ¿Hay quien compre los perritos,
y el viejo, que es el perrazo,
y la vieja y su embarazo?
Pues, ¡a fe que son bonitos!
Déste me dan ciento y dos;
déste doscientos me dan;
pero no los llevarán.
¡Pasá acá, perrazo, vos!
Francisco ¿Qué es esto, madre? ¿Por dicha
véndennos aquestos moros?
MadreSí, hijo; que sus tesoros
los crece nuestra desdicha.
Pregonero ¿Hay quien a comprar acierte
el niño y la madre junto?
Madre¡Oh amargo y terrible punto,
más terrible que la muerte!
Padre¡Sosegad, señora, el pecho;
que si mi Dios ha ordenado
ponernos en este estado,
él sabe por qué lo ha hecho!
Madre Destos hijos tengo pena,
que no sé por dónde han de ir.
PadreDejad, señora, cumplir
lo que el alto cielo ordena.
Mercader 2 ¿Qué han de dar déste, decí?
PregoneroCiento y dos escudos dan.
Mercader 2¿Por ciento y diez darlo han?
PregoneroNo, si no pasáis de ahí.
Mercader 2 ¿Está sano?
Pregonero Sano está.
(Ábrele la boca.)
Mercader 2Abre; no tengas temor.
Francisco¡No me la saque, señor;
que ella misma se cairá!
Mercader 2 ¿Piensa que sacalle quiero
el rapaz alguna muela?
Francisco¡Paso, señor, no me duela;
tenga, quedo, que me muero!
Mercader 2 Destotro, ¿cuánto dan dél?
PregoneroDoscientos escudos dan.
Mercader 2¿Y por cuánto le darán?
PregoneroTrescientos piden por él.
Mercader 1 Si te compro, ¿serás...




