De Cervantes Saavedra | La entretenida | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 118, 138 Seiten

Reihe: Teatro

De Cervantes Saavedra La entretenida


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-714-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 118, 138 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-714-6
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La entretenida es una típica comedia de capa y espada de Miguel de Cervantes. Fragmento de la obra  Jornada primera   (Salen Ocaña, lacayo, con un mandil y harnero, y Cristina, fregona.)   Ocaña: Mi sora Cristina, denmos.   Cristina: ¿Qué hemos de dar, mi so Ocaña?   Ocaña: Dar en dulce, no en huraña, ni en tan amargos extremos.   Cristina: ¿Querría el sor que anduviese de pa y vereda contino?   Ocaña: No hay quien ande ese camino que algún gusto no interese.   Cristina: Siempre la melancolía fue de la muerte parienta, y en la vida alegre asienta el hablar de argentería. Motes, cuentos, chistes, dichos, pensamientos regalados, muy buenos para pensados, y mejores para dichos. 

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Cervantes nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Jornada segunda


(Salen Marcela y Dorotea, con una almohadilla, y Cristina.)

Marcela Andas con vergüenza poca,

Cristina, muy inquieta,

y, con puntos de discreta,

das mil puntadas de loca.

Sabed, señora, una cosa:

que, entre las prendas de honor,

es tenida por mejor

la honesta que la hermosa.

Cristina (Aparte.) (Señora me llama. ¡Malo!;

que ya sé por experiencia

que no hay dos dedos de ausencia

desta cortesía a un palo.)

Marcela ¿Qué murmuras, desatada,

maliciosa y atrevida?

CristinaNunca murmuré en mi vida.

Marcela¿Qué dices?

Cristina No digo nada.

¡Tenga el Señor en el cielo

a mi señora la vieja!

MarcelaDesas plegarias te deja.

CristinaPronúncialas mi buen celo.

Si ella fuera viva, sé

que otro gallo me cantara,

y que ninguna no osara

reñirme; no, en buena fe.

¡Tristes de las mozas

a quien trujo el cielo

por casas ajenas

a servir a dueños,

que, entre mil, no salen

cuatro apenas buenos,

que los más son torpes

y de antojos feos!

¿Pues qué, si la triste

acierta a dar celos

al ama, que piensa

que le hace tuerto?

Ajenas ofensas

pagan sus cabellos,

oyen sus oídos

siempre vituperios,

parece la casa

un confuso infierno:

que los celos siempre

fueron vocingleros.

La tierna fregona,

con silencio y miedo,

pasa sus desdichas,

malogra requiebros,

porque jamás llega

a felice puerto

su cargada nave

de malos empleos.

Pero, ya que falte

este detrimento,

sobran los del ama,

que no tienen cuento:

«Ven acá, suciona.

¿Dónde está el pañuelo?

La escoba te hurtaron

y un plato pequeño.

Buen salario ganas;

dél pagarme pienso,

porque despabiles

los ojos y el seso.

Vas, y nunca vuelves,

y tienes bureo

con Sancho en la calle,

con Mingo y con Pedro.

Eres, en fin, pu...

El `ta’ diré quedo,

porque de cristiana

sabes que me precio.»

Otra vez repito,

con cansado aliento,

con lágrimas tristes

y suspiros tiernos:

¡triste de la moza

a quien trujo el cielo

por casas ajenas!

Dorotea Señoras, ¿qué es esto?

Cristinica, amiga,

dime: ¿con qué viento

esta polvareda

has alzado al cielo?

Marcela La desenvoltura

es un viento cierzo

que del rostro ahuyenta

la vergüenza y miedo.

Pero yo haré,

si es que acaso puedo,

si ella no se enmienda,

lo que callar quiero.

([Sale] Quiñones, el paje.)

Quiñones Don Antonio, mi señor,

entra con dos peregrinos.

([Salen] don Antonio, Cardenio, Torrente y Muñoz.)

Don Antonio ¿Vuestros intentos divinos

fueran disculpa al rigor

del no vernos?

Cardenio Así es;

pero yo, señor, holgara

que esta deuda se pagara

de espacio, y fuera después

de mi peregrinación,

que no se puede excusar.

Don Antonio Fácilmente habéis de hallar

en mi voluntad perdón.

Cardenio ¿Es mi señora y mi prima?

Don Antonio La misma.

Cardenio ¡Oh mi señora,

rico archivo donde mora

de la belleza la prima!

No me niegues estos pies,

pues no merezco esas manos.

Dorotea Peregrinos cortesanos

son éstos.

Don Antonio No tan cortés,

señor primo, que mi hermana

está del caso suspensa.

Muñoz (Aparte.) (La traza de lo que él piensa

es más cortés que no sana.)

Marcela Señor, para que me muestre

con el respeto debido

a quien sois, el nombre os pido.

Cardenio Vuestro primo don Silvestre

de Almendárez; vuestro esposo,

o el que lo tiene de ser.

Marcela Mudaré de proceder

con un huésped tan famoso:

los brazos habré de daros,

que no los pies, primo mío.

Muñoz (Aparte.) (Destos principios yo fío

que son más dulces que caros.)

Cardenio No fue huracán el que pudo

desbaratar nuestra flota,

ni torció nuestra derrota

el mar insolente y crudo;

no fue del tope a la quilla

mi pobre navío abierto,

pues he llegado a tal puerto,

y pongo el pie en tal orilla;

no mis riquezas sorbieron

las aguas que las tragaron,

pues más rico me dejaron

con el bien que en vos me dieron.

Hoy se aumenta mi riqueza,

pues con nueva vida y ser,

peregrino llego a ver

la imagen de tu belleza.

([Sale] Ocaña.)

OcañaDesta común alegría

alguna parte quizá

mi tristeza alcanzará,

que está como estar solía.

Desde aquí quiero mirarte,

si es que te dejas mirar,

de mi suerte amargo azar,

de mi bien el todo y parte.

Puesto en aqueste rincón,

como lacayo sin suerte,

veré quizá de mi muerte

alguna resurrección.

Marcela La desventura mayor,

más espantosa y temida,

es la de perder la vida.

Don Antonio Primero es la del honor.

Marcela Así es; y pues vos, primo,

con honra y vida venís,

mal haréis si mal sentís

del mal que por bien yo estimo.

Y en llegar adonde os veis,

habéis de tener por cierto

que habéis arribado a un puerto

adonde restauraréis

las riquezas arrojadas

al mar, siempre codicioso.

Cardenio Tendrá el que fuere tu esposo

las venturas confirmadas.

Torrente ¿Doncella acaso es de casa?

Cristina No soy sino de la calle.

Torrente Eso no; que aquese talle

a los de palacio pasa.

¿Sirve en ella?

Cristina Soy servida.

Torrente La respuesta ha sido aguda.

Ocaña Ten, pulcra, la lengua muda;

no la descosas, perdida.

Torrente ¿El nombre?

Cristina Cristina.

Torrente Bueno;

que es dulce, con ser de rumbo.

¿Túmbase?

Cristina Yo no me tumbo.

Basta; que tiene barreno

el indianazo gascón.

Torrente Yo, señora, como ves,

soy criollo perulés,

aunque tiro a borgoñón.

Don Antonio Reposaréis, primo mío,

y después saber querría

del buen estar de mi...



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