E-Book, Spanisch, Band 118, 138 Seiten
Reihe: Teatro
De Cervantes Saavedra La entretenida
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-714-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 118, 138 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-714-6
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Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Cervantes nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Jornada segunda
(Salen Marcela y Dorotea, con una almohadilla, y Cristina.)
Marcela Andas con vergüenza poca,
Cristina, muy inquieta,
y, con puntos de discreta,
das mil puntadas de loca.
Sabed, señora, una cosa:
que, entre las prendas de honor,
es tenida por mejor
la honesta que la hermosa.
Cristina (Aparte.) (Señora me llama. ¡Malo!;
que ya sé por experiencia
que no hay dos dedos de ausencia
desta cortesía a un palo.)
Marcela ¿Qué murmuras, desatada,
maliciosa y atrevida?
CristinaNunca murmuré en mi vida.
Marcela¿Qué dices?
Cristina No digo nada.
¡Tenga el Señor en el cielo
a mi señora la vieja!
MarcelaDesas plegarias te deja.
CristinaPronúncialas mi buen celo.
Si ella fuera viva, sé
que otro gallo me cantara,
y que ninguna no osara
reñirme; no, en buena fe.
¡Tristes de las mozas
a quien trujo el cielo
por casas ajenas
a servir a dueños,
que, entre mil, no salen
cuatro apenas buenos,
que los más son torpes
y de antojos feos!
¿Pues qué, si la triste
acierta a dar celos
al ama, que piensa
que le hace tuerto?
Ajenas ofensas
pagan sus cabellos,
oyen sus oídos
siempre vituperios,
parece la casa
un confuso infierno:
que los celos siempre
fueron vocingleros.
La tierna fregona,
con silencio y miedo,
pasa sus desdichas,
malogra requiebros,
porque jamás llega
a felice puerto
su cargada nave
de malos empleos.
Pero, ya que falte
este detrimento,
sobran los del ama,
que no tienen cuento:
«Ven acá, suciona.
¿Dónde está el pañuelo?
La escoba te hurtaron
y un plato pequeño.
Buen salario ganas;
dél pagarme pienso,
porque despabiles
los ojos y el seso.
Vas, y nunca vuelves,
y tienes bureo
con Sancho en la calle,
con Mingo y con Pedro.
Eres, en fin, pu...
El `ta’ diré quedo,
porque de cristiana
sabes que me precio.»
Otra vez repito,
con cansado aliento,
con lágrimas tristes
y suspiros tiernos:
¡triste de la moza
a quien trujo el cielo
por casas ajenas!
Dorotea Señoras, ¿qué es esto?
Cristinica, amiga,
dime: ¿con qué viento
esta polvareda
has alzado al cielo?
Marcela La desenvoltura
es un viento cierzo
que del rostro ahuyenta
la vergüenza y miedo.
Pero yo haré,
si es que acaso puedo,
si ella no se enmienda,
lo que callar quiero.
([Sale] Quiñones, el paje.)
Quiñones Don Antonio, mi señor,
entra con dos peregrinos.
([Salen] don Antonio, Cardenio, Torrente y Muñoz.)
Don Antonio ¿Vuestros intentos divinos
fueran disculpa al rigor
del no vernos?
Cardenio Así es;
pero yo, señor, holgara
que esta deuda se pagara
de espacio, y fuera después
de mi peregrinación,
que no se puede excusar.
Don Antonio Fácilmente habéis de hallar
en mi voluntad perdón.
Cardenio ¿Es mi señora y mi prima?
Don Antonio La misma.
Cardenio ¡Oh mi señora,
rico archivo donde mora
de la belleza la prima!
No me niegues estos pies,
pues no merezco esas manos.
Dorotea Peregrinos cortesanos
son éstos.
Don Antonio No tan cortés,
señor primo, que mi hermana
está del caso suspensa.
Muñoz (Aparte.) (La traza de lo que él piensa
es más cortés que no sana.)
Marcela Señor, para que me muestre
con el respeto debido
a quien sois, el nombre os pido.
Cardenio Vuestro primo don Silvestre
de Almendárez; vuestro esposo,
o el que lo tiene de ser.
Marcela Mudaré de proceder
con un huésped tan famoso:
los brazos habré de daros,
que no los pies, primo mío.
Muñoz (Aparte.) (Destos principios yo fío
que son más dulces que caros.)
Cardenio No fue huracán el que pudo
desbaratar nuestra flota,
ni torció nuestra derrota
el mar insolente y crudo;
no fue del tope a la quilla
mi pobre navío abierto,
pues he llegado a tal puerto,
y pongo el pie en tal orilla;
no mis riquezas sorbieron
las aguas que las tragaron,
pues más rico me dejaron
con el bien que en vos me dieron.
Hoy se aumenta mi riqueza,
pues con nueva vida y ser,
peregrino llego a ver
la imagen de tu belleza.
([Sale] Ocaña.)
OcañaDesta común alegría
alguna parte quizá
mi tristeza alcanzará,
que está como estar solía.
Desde aquí quiero mirarte,
si es que te dejas mirar,
de mi suerte amargo azar,
de mi bien el todo y parte.
Puesto en aqueste rincón,
como lacayo sin suerte,
veré quizá de mi muerte
alguna resurrección.
Marcela La desventura mayor,
más espantosa y temida,
es la de perder la vida.
Don Antonio Primero es la del honor.
Marcela Así es; y pues vos, primo,
con honra y vida venís,
mal haréis si mal sentís
del mal que por bien yo estimo.
Y en llegar adonde os veis,
habéis de tener por cierto
que habéis arribado a un puerto
adonde restauraréis
las riquezas arrojadas
al mar, siempre codicioso.
Cardenio Tendrá el que fuere tu esposo
las venturas confirmadas.
Torrente ¿Doncella acaso es de casa?
Cristina No soy sino de la calle.
Torrente Eso no; que aquese talle
a los de palacio pasa.
¿Sirve en ella?
Cristina Soy servida.
Torrente La respuesta ha sido aguda.
Ocaña Ten, pulcra, la lengua muda;
no la descosas, perdida.
Torrente ¿El nombre?
Cristina Cristina.
Torrente Bueno;
que es dulce, con ser de rumbo.
¿Túmbase?
Cristina Yo no me tumbo.
Basta; que tiene barreno
el indianazo gascón.
Torrente Yo, señora, como ves,
soy criollo perulés,
aunque tiro a borgoñón.
Don Antonio Reposaréis, primo mío,
y después saber querría
del buen estar de mi...




