De Cervantes Saavedra | La Galatea | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 80, 392 Seiten

Reihe: Narrativa

De Cervantes Saavedra La Galatea


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-715-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 80, 392 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-715-3
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La Primera parte de La Galatea (1585) fue el primer libro que publicó Miguel de Cervantes. Los personajes son pastores que relatan sus penas amorosas en una naturaleza idealizada. La Galatea se compone de seis libros en los cuales se desarrollan una historia principal y cuatro secundarias. La principal refiere los amores de los pastores Elicio y Galatea, a la cual su padre quiere casar con el rico Erastro. Y las secundarias añaden otros episodios amorosos. La novela adopta las convenciones del género, pero ironiza con las relaciones entre los pastores y el entorno geográfico -el río Tajo-. Cervantes prometió escribir una segunda parte, como afirma en la dedicatoria del Persiles, pero nunca fue publicada.

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616). España. Cervantes nació a mediados de 1547, en Alcalá de Henares, como cuarto de los siete hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Después, entre 1551 y 1556, su familia se trasladaría, sucesivamente, a Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde llevarían siempre una vida modesta y no exenta de dificultades. No se conocen referencias claras sobre la infancia y juventud de Cervantes, y tampoco sobre su formación. Es probable que estudiara en los colegios jesuitas de Córdoba y Sevilla, pero no en la universidad. Sí consta su contacto, a partir de 1566, con el catedrático de gramática y retórica Juan López de Hoyos, en Madrid, quien probablemente lo inició en el arte de la poesía y en la cultura renacentista y humanista de la época. Hacia 1569, tras algún lance callejero o de honor en el que debió herir a un tal Antonio de Sigura, Miguel de Cervantes marchó a Roma con la intención, sobre todo, de eludir a la justicia. Allí entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y, poco después, trabajó como soldado en el tercio de Miguel de Moncada. Los motivos de este cambio de ocupación son, todavía hoy, un enigma. Los azares bélicos llevaron a Cervantes a la batalla de Lepanto (1571), a bordo de la galera Marquesa, perteneciente a la escuadra mandada por Juan de Austria. En esta batalla fue herido en la mano izquierda, la cual le quedó inútil. Después, tras unos meses de recuperación en Mesina, volvió a participar en las campañas de Bizerta y Túnez. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, el mismo Cervantes refiere con orgullo su participación en la batalla de Lepanto, así como su herida y la compensación que obtuvo por su valor.
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Primero libro de Galatea


MIENTRAS que al triste, lamentable acento

del mal acorde son del canto mío,

en eco amarga de cansado aliento,

responde el monte, el prado, el llano, el río,

demos al sordo y presuroso viento

las quejas que del pecho ardiente y frío

salen a mi pesar, pidiendo en vano

ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

Crece el humor de mis cansados ojos

las aguas deste río, y deste prado

las variadas flores son abrojos

y espinas que en el alma s’han entrado.

No escucha el alto monte mis enojos,

y el llano de escucharlos se ha cansado;

y así, un pequeño alivio al dolor mío

no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

Creí que el fuego que en el alma enciende

el niño alado, el lazo con que aprieta,

la red sotil con que a los dioses prende

y la furia y rigor de su saeta,

que así ofendiera como a mí me ofende

al subjeto sin par que me subjeta;

mas contra un alma que es de mármol hecha,

la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

Yo sí que al fuego me consumo y quemo,

y al lazo pongo humilde la garganta,

y a la red invisible poco temo,

y el rigor de la flecha no me espanta.

Por esto soy llegado a tal estremo,

a tanto daño, a desventura tanta,

que tengo por mi gloria y mi sosiego

la saeta, la red, el lazo, el fuego.

Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal, cuanto la fortuna y el amor escasos, aunque los discursos del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que se había visto, y en los que su deseo le había puesto, por la incomparable belleza de la sin par Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subido entendimiento, que las discretas damas, en los reales palacios crescidas y al discreto tracto de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parescerla en algo, así en la discreción como en la hermosura. Por los infinitos y ricos dones con que el cielo a Galatea había adornado, fue querida, y con entrañable ahínco amada, de muchos pastores y ganaderos que por las riberas de Tajo su ganado apascentaban; entre los cuales se atrevió a quererla el gallardo Elicio, con tan puro y sincero amor cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.

De Galatea no se entiende que aborresciese a Elicio, ni menos que le amase; porque a veces, casi como convencida y obligada a los muchos servicios de Elicio, con algún honesto favor le subía al cielo; y otras veces, sin tener cuenta con esto, de tal manera le desdeñaba que el enamorado pastor la suerte de su estado apenas conoscía. No eran las buenas partes y virtudes de Elicio para aborrecerse, ni la hermosura, gracia y bondad de Galatea para no amarse. Por lo uno, Galatea no desechaba de todo punto a Elicio; por lo otro, Elicio no podía, ni debía, ni quería olvidar a Galatea. Parescíale a Galatea que, pues Elicio con tanto miramiento de su honra la amaba, que sería demasiada ingratitud no pagarle con algún honesto favor sus honestos pensamientos. Imaginábase Elicio que, pues Galatea no desdeñaba sus servicios, que tendrían buen suceso sus deseos. Y cuando estas imaginaciones le aviva[ba]n la esperanza, hallábase tan contento y atrevido, que mil veces quiso descubrir a Galatea lo que con tanta dificultad encubría. Pero la discreción de Galatea conoscía bien, en los movimientos del rostro, lo que Elicio en el alma traía; y tal el suyo mostraba, que al enamorado pastor se le helaban las palabras en la boca, y quedábase solamente con el gusto de aquel primer movimiento, por parescerle que a la honestidad de Galatea se le hacía agravio en tratarle de cosas que en alguna manera pudiesen tener sombra de no ser tan honestas que la misma honestidad en ella[s] se transformase.

Con estos altibajos de su vida, la pasaba el pastor tan mala que a veces tuviera por bien el mal de perderla, a trueco de no sentir el que le causaba no acabarla. Y así, un día, puesta la consideración en la variedad de sus pensamientos, hallándose en medio de un deleitoso prado, convidado de la soledad y del murmurio de un deleitoso arroyuelo que por el llano corría, sacando de su zurrón un polido rabel, al son del cual sus querellas con el cielo cantando comunicaba, con voz en estremo buena, cantó los siguientes versos:

Amoroso pensamiento,

si te precias de ser mío,

camina con tan buen tiento

que ni te humille el desvío

ni ensoberbezca el contento.

Ten un medio —si se acierta

a tenerse en tal porfía—:

no huyas el alegría,

ni menos cierres la puerta

al llanto que amor envía.

Si quieres que de mi vida

no se acabe la carrera,

no la lleves tan corrida

ni subas do no se espera

sino muerte en la caída.

Esa vana presumpción

en dos cosas parará:

la una, en tu perdición;

la otra, en que pagará

tus deudas el corazón.

Dél naciste, y en naciendo,

pecaste, y págalo él;

huyes dél, y si pretendo

recogerte un poco en él,

ni te alcanzo ni te entiendo.

Ese vuelo peligroso

con que te subes al cielo,

si no fueres venturoso,

ha de poner por el suelo

mi descanso y tu reposo.

Dirás que quien bien se emplea

y se ofrece a la ventura,

que no es posible que sea

del tal juzgado a locura

el brío de que se arrea.

Y que, en tan alta ocasión,

es gloria que par no tiene

tener tanta presumpción,

cuanto más si le conviene

al alma y al corazón.

Yo lo tengo así entendido,

mas quiero desengañarte;

que es señal ser atrevido

tener de amor menos parte

qu’el humilde y encogido.

Subes tras una beldad

que no puede ser mayor:

no entiendo tu calidad,

que puedas tener amor

con tanta desigualdad.

Que si el pensamiento mira

un subjeto levantado,

contémplalo y se retira,

por no ser caso acertado

poner tan alta la mira.

Cuanto más, que el amor nasce

junto con la confïanza,

y en ella [se] ceba y pace;

y, en faltando la esperanza,

como niebla se deshace.

Pues tú, que vees tan distante

el medio del fin que quieres,

sin esperanza y constante,

si en el camino murieres,

morirás como ignorante.

Pero no se te dé nada,

que en esta empresa amorosa,

do la causa es sublimada,

el morir es vida honrosa;

la pena, gloria estremada.

No dejara tan presto el agradable canto el enamorado Elicio, si no sonaran a su derecha mano las voces de Erastro, que con el rebaño de sus cabras hacia el lugar donde él estaba se venía. Era Erastro un rústico ganadero, pero no le valió tanto su rústica y selvática suerte que defendiese que de su robusto pecho el blando amor no tomase entera posesión, haciéndole querer más que a su vida a la hermosa Galatea, a la cual sus querellas, cuando ocasión se le ofrecía, declaraba. Y, aunque rústico, era, como verdadero enamorado, en las cosas del amor tan discreto que, cuando en ellas hablaba, parecía que el mesmo amor se las mostraba y por su lengua las profería; pero, con todo eso, puesto que de Galatea eran escuchadas, eran en aquella cuenta tenidas en que las cosas de burla se tienen. No le daba a Elicio pena la competencia de Erastro, porque entendía del ingenio de Galatea que a cosas más altas la inclinaba. Antes tenía lástima y envidia a Erastro: lástima, en ver que al fin amaba, y en parte donde era imposible coger el fruto de sus deseos; envidia, por parescerle que quizá no era tal su entendimiento, que diese lugar al alma a que sintiese los desdenes o favores de Galatea, de suerte, o que los unos le acabasen, o los otros lo enloqueciesen.

Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y ánimo merescía: a quién llamaba León, a quién Gavilán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados, con el mover las cabezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro adonde de Elicio fue...



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