De escándalo en escándalo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 370 Seiten

Reihe: Historia

De escándalo en escándalo

Cómo las revelaciones periodísticas construyeron la opinión pública en México
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-03-1355-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Cómo las revelaciones periodísticas construyeron la opinión pública en México

E-Book, Spanisch, 370 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-607-03-1355-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Este libro examina las causas y consecuencias de algunos de los escándalos políticos más emblemáticos del México de finales del siglo xx. Con fuentes históricas inéditas analiza la influencia que tuvieron los reportajes periodísticos tanto en los imaginarios populares como en los debates internos del gobierno. Para la década de los ochenta, los escándalos políticos de lo más diverso -desde los rumores de esterilización forzada en Ciudad Nezahualcóyotl hasta la censura gubernamental de Los hijos de Sánchez- eran una parte cotidiana de la dieta mediática nacional. Al tratar los casos de malversación, tortura, violencia policial y fraude electoral, entre otros temas, las investigaciones y denuncias terminaron constituyendo un mecanismo importante, aunque impredecible, para la representación política, a la vez que ofrecieron oportunidades colectivas para expresar el descontento popular y forzar en muchas ocasiones a los funcionarios federales a rendir cuentas y a enfrentar ese descontento. La autora expone cómo la circulación de escándalos ventilados por el periodismo tuvo efectos transformadores sobre la cultura política y ciudadana, sobre todo en las grandes ciudades mexicanas. Así, la publicidad de los actos indebidos minó los esfuerzos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) por controlar el discurso público e incluso empujó a muchos altos dirigentes a lidiar con las escisiones internas a contrapelo de las representaciones monolíticas de esa institución política. Al poner el foco en los escándalos de corrupción con mayor repercusión, este libro revela las tensiones entre la libertad de expresión y la (auto)censura ante el temor por la seguridad personal o familiar, pero sobre todo ofrece una radiografía precisa de la esfera pública mexicana y del complejo juego entre la transparencia y el secretismo que la define.

Vanessa Freije es doctora en historia (Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos) y profesora-investigadora de Estudios Internacionales en la Universidad de Washington (Seattle, Estados Unidos). Sus libros y artículos han sido premiados por organizaciones como el American Historical Association, Latin American Studies Association y el Rocky Mountain Council on Latin American Studies.
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1. Lidiar con la Revolución

En el quincuagésimo sexto aniversario de la Revolución Mexicana, la revista Siempre! publicó un editorial que hacía un balance del avance político y económico del país.1 El autor (probablemente el director de Siempre!, José Pagés Llergo) reconocía que los problemas en torno a la carencia de tierra y a la corrupción sindical persistían y señalaba que el PRI mantenía “un tono más democrático en el fondo que en la forma”.2 No obstante deploró la reciente “moda” de “abultar [las] deficiencias y desviaciones” de la Revolución. El editorial fue un magistral ejercicio de disimulo; el autor enumeró las promesas incumplidas del proyecto revolucionario, incluso sin cuestionar la Revolución mexicana. Al dirigirse con cautela a los distintos públicos de Siempre! —funcionarios públicos, estudiantes universitarios e intelectuales de izquierda—, el redactor se apegó al secreto a voces de los defectos de la revolución.

Este capítulo analiza los desafíos y las consecuencias de criticar públicamente a la Revolución Mexicana en los años sesenta. Lo hace mediante la exploración de dos escándalos. El primero comenzó en la prensa regional cuando, en 1963, el reportero yucateco Mario Menéndez Rodríguez develó una enorme estrategia de malversación en las instituciones agrarias de crédito. El segundo escándalo surgió en 1965, a partir de que algunos funcionarios gubernamentales de nivel federal buscaron censurar una controversial obra sobre pobreza urbana intitulada Los hijos de Sánchez, escrita por un antropólogo estadounidense. En ambos casos se produjeron acalorados debates en torno a quién y qué evidencia podían socavar el discurso del avance revolucionario. Los espías del Estado, los funcionarios gubernamentales y los diplomáticos estadounidenses estaban preocupados por la posibilidad de que estos escándalos generaran descontento popular e incluso algún tipo de violencia.

Los funcionarios federales de México habían desarrollado medios sofisticados para dar forma y seguimiento a la cobertura de las noticias nacionales. A principios de los años cincuenta, el presidente Adolfo Ruiz Cortines creó oficinas de comunicación para cada uno de los integrantes del gabinete, con el fin de distribuir boletines de prensa relativos a sus actividades. Durante la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, a mediados de los años sesenta, el seguimiento de prensa se delegó en la Secretaría de Gobernación y los agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS) informaban sobre las actividades de los reporteros.3 Recelosos del creciente activismo laboral y estudiantil que ocurría en los campus y las calles por todo el país, los agentes de la DFS y algunos funcionarios federales temían que los opositores al régimen convirtieran los escándalos en arma para desacreditar al gobierno y movilizar una oposición armada. Entre tanto, los diplomáticos estadounidenses temían una infiltración de Cuba y especulaban con que los escándalos agravarían la agitación entre el campesinado. Los agentes de la DFS, al igual que los diplomáticos de Estados Unidos, sugirieron que, sin vigilancia gubernamental, la prensa fungiría como herramienta de la subversión. En su búsqueda por ocultar aquello que ya era de conocimiento general —que la Revolución no había resuelto los problemas asociados a la pobreza y la falta de tierra—, los gobernantes repararon en el poder del secreto a voces.

Mientras tanto, los periodistas y los académicos de élite que daban algún tipo de seguimiento a las coberturas informativas que exponían la pobreza urbana y el abandono rural pensaban que su intermediación directa mejoraría las vidas de los pobres. La gente común y corriente también encontró maneras de hacer que los escándalos operaran a su favor. Los líderes campesinos yucatecos utilizaron las revelaciones en torno a la corrupción en el campo para animar sus movilizaciones. Los lectores urbanos de clase media participaban de la cobertura de la prensa en mesas redondas en el entorno universitario y mediante cartas al director de algún medio impreso, cuestionando o ampliando la información publicada. Estas interacciones subrayan la desigual relación entre periodistas, los objetos de sus coberturas y los lectores, pero de todos modos muestran que el interés en los escándalos iba más allá de las élites políticas y creaba nuevos públicos cuyas metas diferían.

“Los judas de la Revolución”

El periodismo de denuncia más beligerante comenzó fuera de la Ciudad de México, en regiones donde las revelaciones periodísticas acusaban directamente a algunos individuos por alguna irregularidad. Los periódicos locales y regionales recibían menos préstamos, pagos y papel periódico del gobierno federal, cuestión que los dejaba en situación de mayor precariedad financiera. Al mismo tiempo, una menor vigilancia y un menor financiamiento federales se traducían en un mayor margen para emprender coberturas noticiosas disidentes. Diarios pequeños como Acción en la ciudad de Chihuahua o El Chapulín en la ciudad de Oaxaca operaban fundamentalmente como empresas sin fines de lucro y atendían las preocupaciones de los movimientos civiles. Incluso empresas comerciales como la cadena conservadora de “los Soles”, de vez en cuando cubría temas tabú, como algún fraude electoral, aunque lo hacían para extorsionar a funcionarios de gobierno más que por un sentido cívico. Al mismo tiempo, los diarios de gran formato de la Ciudad de México por lo general eran leales al gobierno federal, que, a su vez, mantenía las operaciones de los diarios a flote con papel periódico subsidiado y créditos. Las secretarías de gobierno complementaban los bajos salarios de los periodistas con pagos bimestrales (conocidos como “igualas”) a aquellos reporteros que cubrieran sus actividades. Para mediados de la década de 1960, los columnistas políticos más prominentes podían percibir hasta el doble de su salario mensual (unos cuatro mil pesos) por este tipo de pagos y, para la década de 1970, los reporteros promedio podían esperar un pago mínimo mensual de 750 pesos.4 Los reporteros de algunas fuentes también hacían rendir el dinero corrigiendo pruebas para algún impresor y redactando artículos encargados por algún político, tareas que les podían redituar hasta mil pesos.5 Estos lazos materiales crearon una relación simbiótica entre la prensa y los funcionarios de gobierno, y alentaron a que reporteros y directores se autocensuraran.

La mayor preocupación de los espías del Estado era dar seguimiento a los medios de la Ciudad de México. Empero, en 1963, una serie de artículos publicados en Mérida les llamó la atención. Menéndez Rodríguez, quien dirigía El Diario de Yucatán, publicó unos artículos que exhibían y acusaban a ciertos funcionarios agrarios de enriquecerse a costa de los campesinos mayas que trabajaban en los campos de agave.6 El periódico se encontraba entre los de mayores ventas del país en el ámbito regional y en general tenía un tono opositor, a menudo colocándose del lado de los intereses de empresas y terratenientes conservadores.7 Al explorar algunos problemas persistentes en el campo, Menéndez Rodríguez, entonces de 26 años, sugirió que la reforma agraria posrevolucionaria no había logrado mejorar las condiciones de los campesinos indígenas.

Tales evaluaciones por sí mismas no amenazaban al orden político. Las élites gobernantes y los espías del Estado reconocían en privado los problemas de corrupción oficial y empobrecimiento rural, pero le ocultaban al público su franqueza. Más bien limitaban sus críticas a las conversaciones privadas, memorandos internos y boletines políticos. Por ejemplo, desde su creación en 1948, el boletín informativo Buró de Investigación Política discutía abiertamente las metas incumplidas de la Revolución, pero etiquetaba esa sección como “confidencial”.8 El boletín supuestamente secreto circulaba entre miles de suscriptores. El Buró de Investigación Política, al igual que el editorial del que hablé al comienzo del capítulo, subrayaba cómo las fronteras entre la información secreta y la pública no siempre se trazaban con claridad.

Para 1964, el candidato presidencial del PRI, Gustavo Díaz Ordaz, declaró de manera abierta, durante su campaña, que “el campesino” representaba uno de los retos más urgentes que México enfrentaba.9 Se refirió a los agricultores de subsistencia, quienes, en los años sesenta, representaban la mayor parte de los migrantes que abandonaban el campo, económicamente deprimido, en busca de oportunidades de empleo en las ciudades.10 El Programa Bracero México-Estados Unidos, un acuerdo conjunto entre ambas naciones sobre mano de obra agrícola, firmado durante la Segunda Guerra Mundial, había terminado ese mismo año, lo que profundizaba la preocupación de que una mayor cantidad de trabajadores agrícolas volviera a México en busca de empleo. Una vez en la presidencia, Díaz Ordaz prometió “frenar el éxodo de la mano de obra rural a las zonas urbanas” atendiendo el desempleo rural.11 Sugirió que el desarrollo de México dependía de hacer efectiva la reforma agraria, de modo que los campesinos permanecieran en el campo y siguieran produciendo alimento para las ciudades. La intención de sus aseveraciones era anticiparse a la crítica, pero los funcionarios de gobierno reconocían que dar a conocer los abusos cometidos por los terratenientes y las instituciones agrarias...



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