E-Book, Spanisch, Band 64, 158 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
de Haro La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-1339-346-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 64, 158 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
ISBN: 978-84-1339-346-9
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Nacido en Madrid en 1965, Fernando de Haro es Licenciado en Derecho y en Ciencias de la Información y Doctor en Periodismo. Es codirector de La Tarde de Cope. Es director y editor de www.paginasdigital.es. Está al frente de la productora N Medio con la que produce y dirige documentales. Fue redactor de las revistas Nueva empresa y redactor de informativos de Canal+. Trabajó en la puesta en marcha de CNN+, donde fue presentador y editor .Ha sido profesor de la Universidad Carlos III, de la University at Albany-SUNY y de la Universidad Francisco de Vitoria. Con Ediciones Encuentro ha publicado varios libros, entre ellos Coptos, viaje al encuentro de los mártires de Egipto (2015) y El islam en el siglo XXI. Entrevista a Samir Khalil Samir (2017).
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Capítulo II - El arranque del XXI: crisis económica, terrorismo y refugiados
El mundo curvado, del que hablamos en el primer capítulo, no ha cambiado su forma de un modo tranquilo. El comienzo del siglo XXI ha sido bastante traumático. La crisis que se inició en 2008 ha sido denominada por muchos como la Gran Recesión, una sacudida semejante a la que se produjo en 1929. Los atentados de las Torres Gemelas (2001) y los ataques en Madrid (2004), lejos de convertirse en hechos aislados, dieron paso a una nueva forma de terrorismo alentado por el Daesh, con un califato con capital en Mosul y la atracción de muchos jóvenes occidentales que han visto en el yihadismo una forma de llenar el vacío de sus vidas. He tenido ocasión de vivir muy de cerca la frustración de los anhelos de la Primavera Árabe y el terrorismo territorial del Daesh porque desde 2015 he viajado a las zonas del conflicto (Egipto, Iraq y Siria) y he asistido a los grandes movimientos de refugiados (Líbano) que se producían a consecuencia de la guerra. La gran crisis europea de los refugiados ha puesto de manifiesto la debilidad de una cultura. Crisis, terrorismo y migrantes han marcado el comienzo de este siglo.
Repensar el Estado, repensar el mercado
Recuerdo a la perfección el lugar, la hora, el mes, y el día, en el que leía la primera crónica en la prensa escrita sobre la crisis de la subprime. Era agosto de 2008, en un prado de un pueblo de Cantabria, cuando ya solo se distinguían las letras impresas a la luz de una farola del alumbrado público. Durante mucho tiempo fui redactor económico de una gran cadena de noticias y la curiosidad por entender qué estaba pasando en este campo siempre me ha acompañado. Han pasado ya algo más de diez años de la quiebra de Lehman Brothers, diez años de estallido de la crisis que cambió definitivamente nuestras vidas. ¿Cuándo se equivocaron las autoridades estadounidenses? ¿Su error fue dejar quebrar a Lehman y no rescatarlo como habían hecho antes con Bear Stearns y harían luego con JP Morgan? ¿Se equivocó George Bush y su equipo al corregir su credo liberal y adoptar una intervención no vista hasta el momento? La discusión no se ha terminado todavía. Se cometió una injusticia porque se utilizó el dinero de todos para rescatar bancos quebrados por la codicia de algunos. ¿Era necesario asumir una gran injusticia, el riesgo moral de acciones canallas (el «envasado» de hipotecas basura), para salvar el bien de todos?
Las preguntas persisten, pero al menos, una década después, hay algunas respuestas. Hay economistas liberales para los que el error no fue dejar caer Lehman Brothers. La equivocación habría sido que el presidente de la Reserva Federal, Bernanke, y el secretario del Tesoro, Paulson, pidieran al Congreso un paquete por valor de setecientos mil millones de dólares para el rescate del sistema financiero. En realidad la quiebra de Lehman fue una excepción. El Gobierno de Estados Unidos ha gastado mucho dinero en mantener a flote su sistema bancario. Los bancos fueron rescatados y también fueron rescatados en parte los ciudadanos con la política de compra de bonos por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Comprar bonos significa meter más dinero en el sistema, lo que facilita el consumo y la creación de empleo.
La crisis de hace diez años no fue como la del 29 porque hubo una intervención decidida del Estado a través de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo (este último lo hizo tarde porque hasta la llegada de Draghi los europeos estuvimos atenazados por el tabú antiinflacionista de los alemanes). Afortunadamente, al frente de la Reserva Federal estaba entonces Bernanke que había estudiado los errores cometidos en el 29 y apostó desde el principio por una política monetaria expansiva de tipos de interés negativos y de compra de activos. Toda la munición disponible y más, inventando nuevos instrumentos, para meter mucha liquidez en el sistema. Era necesario que corriera el dinero.
Pero en Europa, a partir de 2010, Alemania dicta las conocidas recetas de austeridad que enfrían la recuperación. Y señala a Grecia, España, Italia y Portugal como los responsables de lo sucedido. Como si el país de Merkel no hubiera sido también responsable de la fiesta irresponsable. Los países del sur de Europa gastamos más de lo que teníamos porque los ahorradores alemanes hicieron llegar su dinero a las tierras soleadas, buscando unos rendimientos que a todas luces eran desmedidos.
La solución no llegó al Viejo Continente hasta que en 2012 Draghi dijera aquello de «haré todo lo posible por sostener el euro». El gobernador del Banco Central Europeo corregía la posición de sus predecesores y adoptaba, con años de retraso, la política monetaria que había salvado a los Estados Unidos de la Gran Recesión: tipos de interés negativos, y más tarde un ambicioso programa de Quantitative Easing (compra de deuda pública). Toda la munición posible para incrementar la liquidez y solucionar los problemas de los balances bancarios. Atrás quedaba el miedo de los alemanes a una subida de los precios por un exceso de demanda.
Difícilmente la burbuja hubiera crecido tanto sin la desregulación del sistema financiero. No le hubiera sido tan fácil a las finanzas de la codicia convertir, a través de la titulización, deudas fallidas en productos de inversión aparentemente convenientes y rentables. No se distinguían de los que estaban relacionados con la economía productiva. El sistema financiero inventó herramientas diabólicas para multiplicar un fraude que las instituciones públicas debían haber detectado y prohibido. Pero la soberanía de los supervisores había desaparecido en un mercado global. Todo ello mientras se teorizaba sobre las falsas virtudes liberales, esas que, por arte de magia, convierten el egoísmo privado en un bien público. Tras la caída de Lehman descubrimos que no hay mercados perfectos, capaces de autorregularse y de proporcionarnos una transparencia que nos haga libres. Dejado a su inercia, el mercado es víctima de la codicia y se olvida de que las finanzas deben estar al servicio de la economía real, del trabajo de la gente.
Hace treinta años se libró la batalla contra un exceso de inflación, contra la excesiva intervención del Estado, contra el poder desmedido de los sindicatos. La lucha tuvo sentido. Pero las medidas que triunfaron entonces, sobre todo las relativas a la liberación del mercado y a la desregulación financiera, explican en parte la crisis de 2008. La religión comunista se sustituyó por el sueño de los «mercados eficientes». La teoría económica que se formuló bajo ese nombre se alimentaba del viejo mito de un mercado perfecto, capaz de transformar el egoísmo individual en bien común. La globalización y el desarrollo tecnológico permitían un manejo de la información extraordinario. Todo era transparente: los desajustes se corregían solos. Teníamos tantos datos como necesitábamos para generar, de modo casi automático, la eficiencia.
Y el monstruo creció. Y se desarrolló un sistema financiero capaz de devorar a la economía real desde dentro.
No había más remedio que evitar quiebras como la de Lehman. Fue necesario rescatar parte del sistema financiero estadounidense, rescatar a Portugal, a Grecia, a Irlanda, a las Cajas de Ahorro españolas… no hubo más remedio que rescatar muchas cosas. La crisis destruyó un sistema social más igualitario, pero sobre todo destruyó la confianza: puso al descubierto que el mercado y el Estado están desnudos.
Ahora sabemos que no puede haber más sociedad si no hay un Estado fuerte (que no invasivo), si no hay mejor Estado, un Estado para la sociedad. Hace falta mejor Estado para que haya más sociedad. La globalización de los mercados es irreversible, pero ha adquirido una autonomía que puede devorar la libertad y la prosperidad. Necesita contrapesos adecuados. Al hablar de Estado no hay que pensar en las viejas formas. Una mayor consistencia del Estado no es necesariamente peligrosa. Un Estado más fuerte no tiene por qué intervenir directamente, puede dar protagonismo a la sociedad para que lo haga. En Atenas se consideraba «idiota» al que no participaba en la vida de la ciudad. Un Estado fuerte, inteligentemente concebido y dirigido, facilita esa participación.
Se trata, pues, de superar el lema «más sociedad menos Estado» que se utilizó en los años noventa para reivindicar mayor protagonismo de la sociedad civil en el espacio público. Ahora ya se antoja una fórmula demasiado simple, un eslogan que quizás haya sido superado por las nuevas circunstancias. Hace veinticinco años, cuando todavía estaban muy vivos en la memoria los regímenes marxistas que habían dominado Europa, existía una lógica preocupación por restarle peso al Estado. Había que frenar su pretensión de ser el único protagonista tanto en la gestión de los servicios públicos como en la «gestación del buen ciudadano». El Estado debía proporcionar estabilidad jurídica y constitucional, facilitar la prosperidad económica, renunciar a cualquier labor educadora y dar paso a los cuerpos intermedios. Es una reivindicación que sigue siendo justa pero necesita ser matizada y completada. La globalización, los efectos negativos de la desregularización —que explican buena parte la crisis— han puesto de manifiesto hasta qué punto es necesario repensar la relación entre sociedad y Estado.
El eslogan «más sociedad menos Estado» puede interpretarse en clave liberal, y de hecho, eso es lo que ha sucedido en no pocas ocasiones durante los últimos años con consecuencias negativas que están a la vista de todos. En España, de...




