E-Book, Spanisch, Band 119, 250 Seiten
Reihe: Narrativa
de Hostos La peregrinación de Bayoán
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9007-644-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 119, 250 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9007-644-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Eugenio María de Hostos
Autoren/Hrsg.
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La peregrinación de Bayoán
A bordo. Octubre 12
¡Otra vez, otra vez!... Oh patria mía, ¡cuántos dolores me cuestas! ¡Apenas sosegado mi corazón, apenas calmadas las agitaciones que la meditación de ese otro mundo me ha causado, y otra vez obligado a abandonarte!
¡Campos, cielo, patria...!
Nunca he sentido las angustias que ahora siento: comprímese mi pecho, retuércese mi corazón, ahógame el vacío. El Luquillo, que siempre se me ha presentado magnífico y azul, está cubierto por nubes de color de muerte, desvanecido en un horizonte oscuro; el campo, que siempre me ha alegrado, me entristece ahora; el cielo ya no me sonríe, el Sol no tiene brillo.
¿Qué desgracias auguráis, Sol, cielo, campos, caprichosa sierra?
¡Y el mar también sombrío! Sus olas me recuerdan el desierto: yo llevo uno conmigo. ¿Por qué me asusta su soledad...?
¡Ah! si pudiera quedarme...!
—Capitán, capitán, ¡quiero quedarme!
La implacable goleta se parece al destino, y no se detendrá.
¡Contemplemos la playa: ella también! Como mi montaña, como mis campos, como todo, huye de mí.
¿Se ha puesto el Sol...? Ha hecho bien: así mis ojos tendrán la misma oscuridad que tiene mi alma.
Octubre 13
¡Alta mar! Ni un punto en el horizonte, ni una cumbre de las montañas de mi patria.
¡Cuánto ha andado la goleta! Si anduviera hoy lo mismo, hoy llegaríamos a Santo Domingo.
¿Qué es esto? ¿Caminamos al norte?
¡Ah! ya me acuerdo: mientras velaba, oí anoche el silbido del viento y el rugido del mar, trueno y estrépito en el cielo, gritos e imprecaciones en el buque.
La tempestad de mi alma me impidió gozar de la del mar.
¡Qué hermoso día!
¿Qué hay en eso de extraño? ¿no han sido siempre de los días más alegres en el cielo los más tristes en mi corazón?
Octubre 15
¡Qué dos días! Oscuridad en el cielo y en mi alma; niebla espesa ante los ojos del cuerpo y del espíritu; silencio dentro y fuera.
Octubre 16
Anoche ganamos lo perdido: navegamos a rumbo, y según el capitán, estamos cerca de tierra.
—Volveremos a verla —se ha dicho mi corazón, y la luz de la alegría ha disipado las nubes: la esperanza me anima: estoy alegre.
Octubre 16; por la tarde
Allá en el límite del horizonte, hay una nube. No me engaño: esa nube es la tierra, es el velo que encubre las costas orientales de la indiana Haití. ¡Qué lenta, pero qué idealmente se levanta el velo! Aquellas líneas son las ondulaciones de los montes, aquel punto saliente de la nube, un promontorio; y la transparencia del cielo y la diafanidad del mar, anuncian a la infeliz Higüey, último albergue de lo sencillos habitantes de la isla, en la feroz persecución de los que, tan indulgentemente, llama la historia valientes invasores.
Desde aquí, de la proa, es desde donde admiro la velocidad de la goleta: rompe la ola, la loa ruge, elévase la quilla, precipítase el agua por debajo, y entonces la quilla se hunde, y deja lejos la ola que quería impedirle el paso.
¡Oh goleta! ¡Si yo fuera como tú y pudiera como tú romper todas las olas que se oponen a mi paso...! Ya hubiera llegado al deseado puerto, y gozaría de la paz que en vano busco.
Pero entre tanto, avanza: ya te quedan pocas olas que romper.
¡Adelante, adelante!
Ya se rasgó la nube: ahí está Santo Domingo.
Y a su izquierda, la isla misteriosa, Amona, jalón central del camino de Mayagüez a Higüey, de Borinquen a Haití.
¿Una lágrima en mis ojos? Es para ti, Borinquen. Mi pensamiento te busca; pero el buque, la costa de tu hermana. Adiós.
Octubre 17
Mi primera mirada ha sido para el cielo: lo he contemplado durante mucho tiempo, y me ha pasmado su semejanza con el alma humana: el Sol lo enciende, y sin embargo hay nubes: ilumina la alegría nuestro espíritu, pero nunca disipa por completo sus celajes. Ayer, al acercarme a esta costa, sentía un contento vivísimo, porque era el primero que gozaba desde que me alejé de mi querida isla, y sin embargo, al recordarla se anubló mi corazón.
Hago un esfuerzo y me animo: de nada me acuerdo, en nada pienso, sino en la encantadora costa que bordeamos, en los puntos de vista que se me presentan, en el valle solitario por donde ahora pasamos, y que con sus palmas, sus ceibas, y el albergue misterioso que allá en su fondo sombrean los mangos, agita en mi cerebro la idea de la paz, que es la ventura.
¡Magnífico Cibao! Te admiro.
Ya, ni admirar me es permitido: mézclase a la admiración de la atrevida sierra el recuerdo de sus bravos habitantes, vencidos por la astucia y la injusticia, los dos perpetuos vencedores en la historia de los pueblos y de los individuos, y la indignación sofoca mi entusiasmo.
¡Montaña codiciada! Me entristece: recuerdo a tu señor Caonabo, y pensando a un tiempo en su patriotismo heroico y en su muerte de mártir, me niego en silencio que tengan premio en la tierra la abnegación del mártir, el heroísmo del patriota.
¡Tú también me entristeces, ciudad funesta a América! El tiempo castiga los crímenes que el hombre olvida, y tú estás, Santo Domingo, castigada por el tiempo.4 Corazón en tus primeros días de la América arrancada por Colón al Océano, en vez de procurar el olvido feliz de las islas tus hermanas y de tu engendrador el Continente, mandaste a aquellas a tus ociosos verdugos, y al Continente, a aquellos sacrílegos que detuvieron en su magnífica carrera dos nuevos manantiales de civilización y de ventura. Criminal con tu padre y tus hermanas, debías ser ingrata con el único que te quería al venerable genio, infeliz por ser genio y venerable; al infeliz Colón.
Soy injusto contigo, capital de la Española: no fuiste tú quien aherrojó a Colón, fue su propia crueldad. ¿No la cometió, y horrenda, cuando levantó el velo que tan felizmente os ocultaba, a ti, a Guanahaní, a Borinquen, a los ojos de Europa? ¿No la cometió, y funesta, señalándoos con su índice tenaz al ya ciego viejo mundo?
Esa justicia universal, que persigue el delito hasta en el tiempo, en la tumba, hasta en la historia; esa luz invisible, que señala implacable la más ligera mancha, que penetra en las tinieblas que casi nunca tiene el hombre valor para mirar, esa justicia, esa luz, lo castigaron.
La justicia le dijo: Has sido cruel entregando la inocencia a la codicia.
La luz: Siempre alumbraré tu alma para que veas en ella la atrocidad de tu genio, y no te quejes de la ingratitud de que serás juguete.
¡Revelar a los hombres la verdad, y extrañar su ingratitud y su injusticia...!
Si la historia se extraña, es inexperta.
Colón no se extrañó; es su gloria.
Colón acató la justicia, y vio a la luz: no se quejó de nada.
Había en él lo que en el genio hay: propensión al martirio, magnánima sonrisa para la ingratitud.
Meditaste, adivino, en el resultado de tu adivinación; viste que el mundo hacía infeliz al mundo que las tinieblas no habían logrado ocultar a tu mirada, y te culpaste
«Es natural —dijiste— que los hombres me atormenten; les he revelado una verdad: es natural que me persigan; he hecho un bien: es natural que me encadenen... Si hubiera cadenas para el alma, mi alma sería la encadenada. Hay momentos en que creo que la injusticia de los hombres es la revelación de la justicia eterna: he sido cruel con ese mundo que mi espíritu vio tras de los mares: lo he entregado a hombres que no me han imitado, que no han sentido al verlo otro deseo, que el deseo de arrancarle sus tesoros, y he sido castigado: la ingratitud ha sido mi castigo.»
Y el de España, Colón: ¡si tú la vieras...! Si tú la vieras, Colón, tal vez te espantaría el rigor de la justicia. Nación generosa al defenderla, pequeña al combatir la independencia, purga hoy su pasada pequeñez: lo que debió elevarla, la abatió; lo que enriquecerla, la hizo miserable; pequeña, lo que estaba llamado a engrandecerla. Tuvo un momento de gloria, brilló, resplandeció; luego, lo mismo que la hacía temible (esta es la gloria miserable de los pueblos) la hizo decaer: como las llamas, antes de apagarse, destelló: volvió luego a brillar con resplandor magnífico: lo que la había hecho pequeña, la hizo grande, la augusta independencia: sofocó la de América y murió: luchando por la suya resucita.
Está, como los niños, vacilando: día llegará en que pise con firmeza: día llegará en que comprenda sus yerros pasados, y quiera remediarlos: abrirá los ojos y verá; la luz la hará feliz; hará lo que aún no ha hecho: será justa; bajará la cabeza ante el eterno anatema de la historia, buscará con los ojos a América:
—Allí está —se dirá— mi porvenir: —se enmendará; los que llamó sus hijos, volverán como hermanos a la que fue su madre, y reunidos, y respetándose, lograrán su bienestar pasado, y España su perdón.5
Octubre 19. Santo Domingo
Estoy en tierra, y tan cansado de ella como acostumbro a estarlo, cuando en vez de aire puro, respiro el impuro de los pueblos; cuan en vez del libre vagar por campos y montañas, vago, encogido y preocupado, por calles alineadas: son, sin embargo, estas ciudades de América tan distintas de las de Europa; forma tanta parte de ellas la atrevida vegetación que las rodea; son tan pintorescas las colinas, los valles, las vegas; tan varia la luz que...




