E-Book, Spanisch, Band 120, 346 Seiten
Reihe: Historia
de la Cruz La Inundación castálida
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-776-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 120, 346 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-84-9953-776-4
Verlag: Linkgua
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Sor Juana Inés de la Cruz (San Miguel de Nepantla, 1651-Ciudad de México, 1695). México. Su nombre seglar fue Juana Inés de Asbaje Ramírez, y nació el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel de Nepantla, cerca de Amecameca (en el actual estado de México), de padre vasco y madre mexicana, de origen andaluz. Su padre, el capitán Pedro Manuel de Asbaje, tuvo tres hijos naturales con Isabel Ramírez y murió en 1669. Su madre se casó después con Diego Ruiz Lozano, tuvo otros tres hijos y falleció en 1678. Ya a temprana edad, Juana Inés se entregó a la lectura y, como ella misma escribiría después, se le 'encendió el deseo de saber'. Hacia 1660 fue enviada a vivir con unos familiares a Ciudad de México. Gracias a la extensa biblioteca de su abuelo materno, Juana Inés pudo leer a los escritores culteranos barrocos españoles y a los clásicos griegos y latinos, pero también aprendió la lengua indígena náhuatl y estudió latín. A los catorce o quince años de edad fue dama de la marquesa de Mancera en el palacio del virrey, donde, además de por su gran belleza, fue admirada ya por su locuacidad y sus conocimientos. Debió escribir sus primeros textos hacia los doce años de edad, aunque sólo los escritos a partir de los dieciséis o diecisiete años presentan un pleno concepto literario. Juana Inés, que había mostrado tempranos deseos de estudiar en la universidad, y ante las dificultades que ello suponía para una mujer, acabó optando (por motivos no del todo diáfanos) por ingresar en el convento carmelita de Santa Teresa la Antigua, en 1667; dos años después, debido a la extrema austeridad de las carmelitas, cambió sus votos por los de las jerónimas y vivió en el convento de San Jerónimo. Desde allí siguió en contacto con virreinas, virreyes y personajes de la cultura del México colonial, participando en diversas manifestaciones literarias, teatrales y musicales. La peculiaridad de esta monja escritora es que, junto a sus textos religiosos, dejó una abundante y sorprendente producción de prosa y poesía profana, mucha de ella de tono amoroso y, por momentos, hasta erótico. Su hambre de saber la llevó a profundizar en la teología, terreno reservado entonces a los hombres; pero ella se entregó como autodidacta también a ello, como a todo lo que emprendió. No se sabe aún cómo, en 1690, comenzó a difundirse un escrito suyo en el que expresaba brillantemente ideas teologales, y especialmente sobre el amor humano y el divino. El obispo publicó entonces aquel escrito, precedido de un prólogo de él mismo a modo de respuesta admonitoria, y que iba firmado con el seudónimo de sor Filotea de la Cruz; se trata de la llamada Carta atenagórica. Pero, sor Juana Inés respondió en una larga carta (Respuesta a sor Filotea de la Cruz), en la que argumenta que el saber no debería estar vetado a la mujer, aportando numerosos ejemplos bíblicos y de la historia de la cristiandad en que las mujeres han contribuido al desarrollo humano y espiritual. Es probable que este gesto no sentara bien en las instancias eclesiásticas, y que fuera el motivo de que la obligaran a vender sus útiles científicos, sus instrumentos musicales y casi toda su biblioteca ('quita pesares', como ella la llamaba), para dedicar después el dinero que obtuviera a la caridad.
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Romance
Discurre con ingenuidad ingeniosa sobre la pasión de los celos. Muestra que su desorden es senda única para hallar el amor, y contradice un problema de don Josef Montoro, uno de los más célebres poetas de este siglo
Si es causa amor productivo
de diversidad de afectos,
que con producirlos todos,
se perficiona a sí mesmo;
y si el uno de los más5
naturales son los celos,
¿cómo sin tenerlos puede
el amor estar perfecto?
Son ellos, de que hay amor
el signo más manifiesto,10
como la humedad del agua
y como el humo del fuego.
No son, que dicen, de amor
bastardos hijos groseros,
sino legítimos, claros15
sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
pues sólo pueden dar ellos
auténticos testimonios
de que es amor verdadero.20
Porque la fineza, que es
de ordinario el tesorero
a quien remite las pagas
amor, de sus libramientos,
¿cuántas veces, motivada25
de otros impulsos diversos,
ejecuta por de amor,
decretos del galanteo?
El cariño, ¿cuántas veces
por dulce entretenimiento30
fingiendo quilates, crece
la mitad del justo precio?
¿Y cuántas más, el discurso,
por ostentarse discreto,
acredita por de amor35
partos del entendimiento?
¿Cuántas veces hemos visto
disfrazada en rendimientos
a la propia conveniencia,
a la tema o al empeño?40
Sólo los celos ignoran
fábricas de fingimientos,
que como son locos, tienen
propiedad de verdaderos.
Los gritos que ellos dan son45
sin dictamen de su dueño,
no ilaciones del discurso,
sino abortos del tormento.
Como de razón carecen,
carecen del instrumento50
de fingir, que aquesto sólo
es en lo irracional, bueno.
Desbocados ejercitan
contra sí el furor violento,
y no hay quien quiera en su daño55
mentir, sino en su provecho.
Del frenético, que fuera
de su natural acuerdo
se despedaza, no hay quien
juzgue que finge el extremo.60
En prueba de esta verdad
mírense cuantos ejemplos,
en bibliotecas de siglos,
guarda el archivo del tiempo:
A Dido fingió el troyano,65
mintió a Ariadna, Teseo;
ofendió a Minos, Pasife
y engañaba a Marte, Venus.
Semíramis mató a Nino,
Elena deshonró al griego,70
Jasón agravió a Medea
y dejó a Olimpia, Vireno.
Bersabé engañaba a Urías,
Dalida al caudillo hebreo,
Jael a Sísara horrible,75
Judit a Holofernes fiero.
Estos y otros que mostraban
tener amor sin tenerlo
todos fingieron amor,
mas ninguno fingió celos.80
Porque aquél puede fingirse
con otro color, mas éstos
son la prueba del amor
y la prueba de sí mesmos.
Si ellos no tienen más padre85
que el amor, luego son ellos
sus más naturales hijos
y más legítimos dueños.
Las demás demostraciones,
por más que finas las vemos,90
no pueden no mirar a amor
sino a otros varios respectos.
Ellos solos se han con él
como la causa y efecto.
¿Hay celos?, luego hay amor;95
¿hay amor?, luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
son el delirio más cierto,
que, como están sin sentido,
publican lo más secreto.100
El que no los siente, amando,
del indicio más pequeño,
en tranquilidad de tibio
goza bonanzas de necio;
que asegurarse en las dichas105
solamente puede hacerlo
la villana confianza
del propio merecimiento.
Bien sé que, tal vez furiosos,
suelen pasar desatentos110
a profanar de lo amado
osadamente el respeto;
mas no es esto esencia suya,
sino un accidente anexo
que tal vez los acompaña115
y tal vez deja de hacerlo.
Mas doy que siempre aun debiera
el más soberano objeto
por la prueba de lo fino,
perdonarles lo grosero.120
Mas no es, vuelvo a repetir,
preciso, que el pensamiento
pase a ofender del decoro
los sagrados privilegios.
Para tener celos basta125
sólo el temor de tenerlos,
que ya está sintiendo el daño
quien está sintiendo el riesgo.
Temer yo que haya quien quiera
festejar a quien festejo,130
aspirar a mi fortuna
y solicitar mi empleo,
no es ofender lo que adoro,
antes es un alto aprecio
de pensar que deben todos135
adorar lo que yo quiero.
Y éste es un dolor preciso,
por más que divino el dueño
asegure en confianzas
prerrogativas de exento.140
Decir que éste no es cuidado
que llegue a desasosiego,
podrá decirlo la boca
mas no comprobarlo el pecho.
Persuadirme a que es lisonja145
amar lo que yo apetezco,
aprobarme la elección
y calificar mi empleo;
a quien tal tiene a lisonja
nunca le falte este obsequio:150
que yo juzgo que aquí sólo
son duros los lisonjeros,
pues sólo fuera a poder
contenerse estos afectos
en la línea del aplauso155
o en el coto del cortejo.
¿Pero quién con tal medida
les podrá tener el freno
que no rompan, desbocados,
el alacrán del consejo?160
Y aunque ellos en sí no pasen
el término de lo cuerdo,
¿quién lo podrá persuadir
a quien los mira con miedo?
Aplaudir lo que yo estimo,165
bien puede ser sin intento
segundo, ¿mas quién podrá
tener mis temores quedos?
Quien tiene enemigos suelen
decir que no tenga sueño;170
¿pues cómo ha de sosegarse
el que los tiene tan ciertos?
Quien en frontera enemiga
descuidado ocupa el lecho,
sólo parece que quiere175
ser, del contrario, trofeo.
Aunque inaccesible sea
el blanco, si los flecheros
son muchos, ¿quién asegura
que alguno no tenga acierto?180
Quien se alienta a competirme,
aun en menores empeños,
es un dogal que compone
mis ahogos de su aliento;
pues, ¿qué será el que pretende185
excederme los afectos,
mejorarme las finezas
y aventajar los deseos;
quién quiere usurpar mis dichas,
quién quiere ganarme el premio190
y quién en galas del alma
quiere quedar más bien puesto;
quién para su exaltación
procura mi abatimiento
y quiere comprar sus glorias195
a costa de mis desprecios;
quién pretende con los suyos
deslucir mis sentimientos,
que en los desaires del alma
es el más sensible duelo?200
Al que este dolor no llega
al más...




