E-Book, Spanisch, Band 162, 162 Seiten
Reihe: Teatro
De Larra El arte de conspirar
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-047-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 162, 162 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-047-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Mariano José de Larra (Madrid, 1809-Madrid, 1837), España. Hijo de un médico del ejército francés, en 1813 tuvo que huir con su familia a ese país tras la retirada de las fuerzas bonapartistas expulsadas de la península. Como dato sorprendente cabe decir que a su regreso a España apenas hablaba castellano. Estudió en el colegio de los escolapios de Madrid, después con los jesuitas y más tarde derecho en Valladolid. Siendo muy joven se enamoró de una amante de su padre y este incidente marcó su vida. En 1829 se casó con Josefa Wetoret, la unión resultó también un fracaso. Las relaciones adúlteras que mantuvo con Dolores Armijo se reflejan en el drama Macías (1834) y en la novela histórica El doncel de don Enrique el Doliente (1834), inspiradas en la leyenda de un trovador medieval ejecutado por el marido de su amante. Trabajó, además, en los periódicos El Español, El Redactor General y El Mundo y se interesó por la política. Aunque fue diputado, no ocupó su escaño debido a la disolución de las Cortes. Larra se suicidó el 13 de febrero de 1837, tras un encuentro con Dolores Armijo.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Acto II
Tienda de Berton Burkenstaf. En el fondo puertas vidrieras que dan a la calle, y delante de las cuales se ven piezas de telas de muestra. A la izquierda una hermosa escalera que conduce a sus almacenes. Debajo de la escalera la puerta de un sótano. Al mismo lado un mostrador pequeño; y detrás libros de caja y de muestras. A la derecha géneros, y una puerta que da a lo interior de la casa.
Escena I
Berton, Marta
(Berton está delante de su mostrador, y su mujer en pie a su lado, con varias cartas en la mano.)
MartaHe aquí pedidos para Lubek y para Altona... quince piezas de raso y otras tantas de tafetán.
Berton(Con impaciencia.) Bien, mujer, bien.
MartaY cartas de nuestros corresponsales, a las cuales es preciso responder.
BertonYa ves que ahora estoy ocupado.
MartaTambién es preciso escribir a ese rico tapicero de Hamburgo.
Berton(Irritado.) ¡A un tapicero!
Marta¡Toma! uno de nuestros mejores parroquianos.
BertonEscribir a un tapicero... precisamente cuando estoy ocupado en escribir a una reina.
Marta¡Tú!
Berton¡A la reina-madre! una petición que la dirijo en nombre del comercio, porque es de saber que la reina-madre no me puede negar cosa alguna. Si hubieras visto, mujer, cómo me ha recibido esta mañana, y a qué altura me hallo con ella.
Marta¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?
Berton¿Qué bienes, eh? Se conoce que no eres más que una simple mujer, y una mujer simple; una tendera que no entiende el cristus de los negocios ¿Qué bienes? ¡Oiga! Crédito, favor, consideración... seré un hombre de influencia en mi barrio, en la ciudad, en el estado... algo, en fin, algo.
Marta¿Y todo para qué? ¡Para ser proveedor con real privilegio de la corona! ¡No puedes vivir sin dictados, sin títulos! no has tenido nunca otros sueños ni otros deseos.
BertonDéjame en paz... ¡Cabalmente!... se trata de ser proveedor de la corona. (A media voz.) Se trata, señora Burkenstaf, de ser prevoste del comercio, y ¿quién sabe? hasta burgomaestre de la ciudad de Copenhague... Sí, señor, lo he dicho, que para eso y para más hay favor... ¡Eh! con la popularidad de que gozo y con la protección de la corte... ¡Uy!
Escena II
Juan, Berton, Marta
Juan(Con géneros debajo del brazo.) Aquí estoy, señor... Vengo de casa de la baronesa de Molke.
Berton(Bruscamente.) Y bien, ¿qué me importa? ¿qué quieres?
JuanNo quiere el terciopelo negro; le quiere verde. Y me ha dicho que se alegraría de que pudieseis llevarle vos mismo las muestras.
Berton¡Mal rayo! Verán ustedes como tengo que abandonar mis negocios... Verdad es que la baronesa de Molke es mujer de corte... Irás allá, mujer; estas son incumbencias tuyas.
JuanAdemás traigo aquí...
Berton¡Otra vez! no acabará nunca.
Juan(Enseñándole un saco.) El dinero de las veinticinco varas de tafetán...
Berton(Cogiendo el saco.) ¡Voto va! Cuidado que da vergüenza tener uno que ocuparse en esos pormenores. (Devolviéndole el saco.) Lleva esto arriba a mi cajero, y que me dejen todos en paz. (Se pone de nuevo a escribir.) Sí, señora... a Vuestra Majestad es a quien...
Juan(Pasando a la derecha, y sopesando el saco.) Da vergüenza, ¿eh? no tanto; muchas vergüenzas como esta quisiera yo pasar.
Marta(Deteniéndole.) Oiga usted, señor Juan. Me parece que ha echado usted bastante tiempo para dos tristes comisiones que tenía que desempeñar.
Juan(¡Ah, maldita!... ésta está en todo; no es como el amo.) (Alto.) Os diré, señora; es que me he detenido un rato por las calles para oír lo que se decía en algunos corrillos.
Marta¿Y a propósito de qué?...
JuanPardiez, no sé... a propósito de un decreto del rey.
Marta¿Y qué decreto?
Berton(Con aire importante desde el mostrador.) No sabéis eso vosotros; el decreto que se ha publicado esta mañana, y que toda la autoridad real a Estruansé.
JuanTanto vale; maldito si lo entiendo; lo que sé es que se hablaba con calor, que la cosa se iba animando... y Dios sabe si tendremos ruido.
Berton(Con aire importante.) Seguramente; el caso es grave.
Juan(Con alegría.) ¿De veras, eh?
Marta(A Juan.) ¿Y eso qué te importa a ti?
Juan¡Vaya! me da gusto; porque cuando hay ruido, se cierran las tiendas, no se hace nada: día de asueto: y para los mancebos de las tiendas es un domingo más en la semana; ¡y luego da gozo correr las calles gritando lo que gritan los demás!
Marta¡Gritando! ¿qué?
Juan¡Qué sé yo! ¡pero se grita!
MartaBasta. Sube, y quédate arriba: hoy no saldrás del almacén.
Juan(Yéndose.) ¡Voto va! en esta casa no puede uno sacar partido de nada.
Marta(Volviéndose y viendo a Berton, que entretanto ha tomado su sombrero.) ¡Oiga! y tú, que estabas tan ocupado, ¿adónde vas?
BertonVoy a ver qué es eso.
Marta¿Tú también?
Berton¡Está bueno! ¡Pues no tiene miedo ya!, ¡las mujeres son el diablo! Mujer, no tengas cuidado; no voy más que a ver lo que pasa, a meterme entre los corrillos de los descontentos, y soltar cuatro expresiones de peso en favor de la reina-madre.
Marta¿De la reina-madre? ¿Y qué diablos de falta te hace a ti su protección? Cuando uno tiene dinero en sus arcas, no necesita uno, de la protección de nadie; se ríe uno de los grandes señores; es uno libre, independiente; es uno rey en su casa; estate en la tuya... tu obligación está en tu almacén.
Berton¿Es decir, que no sirvo sino para medir terciopelo? ¿es decir, que tú tienes en poco el comercio?
Marta¿Yo tener en poco el comercio? ¡yo, que creo que es la profesión más útil al estado, y la causa de su riqueza y de su prosperidad! yo en fin, que no conozco nada más apreciable que un comerciante que es comerciante. Pero si él mismo se avergüenza de su profesión, si abandona su mostrador por andar corriendo antesalas, eso ya es otra cosa... y cuando dices necedades como palaciego, ¡maldito si puedo apreciarte como comerciante!
Berton¡Magnífico, señora Burkenstaf! ¡Brava arenga! Desde que la señora condesa Estruansé gobierna a su marido, cada mujer del reino se cree con derecho a gobernar el suyo... Y vos, que tanto despreciáis la corte, pudierais dejar de imitar sus usos.
Marta¡Vaya, vaya! olvida a la corte, como ella te tiene olvidado a ti, y acuérdate más de lo que te rodea. ¿Estás ya cansado de ser feliz? ¿No tienes un comercio que prospera, amigos que te estiman, una mujer que te reconviene, pero que te ama, un hijo que todo el mundo nos envidiaría, que es nuestro orgullo, nuestra gloria, nuestro porvenir?
Berton¡Ah! Si tomas ahora ese capítulo por tu cuenta...
MartaSí, señor... esa es mi ambición, mi asunto de estado... no me importa lo que pasa en casa del vecino. ¿Qué se me da a mí de que el rey tenga un favorito, o de que no le tenga; que mande este o aquel otro ambicioso? Lo que importa saber es si mi casa está arreglada, si mi marido está bueno, si mi hijo es feliz; yo no pienso más que en vosotros y en vuestro bienestar; ese es mi deber. Cumpla cada uno con el suyo... y como dice el refrán: Zapatero, a tus zapatos... ¡eso es!
Berton(Impaciente.) ¿Y quién te dice lo contrario?
MartaTú, que a cada momento me haces temblar por nuestra tranquilidad, siempre metido en discusiones políticas con todos los que a la tienda concurren, hablando de todo lo que se hace y de lo que se deja por hacer; tú, a quien tus ideas de ambición han hecho descuidar el trato de nuestros mejores amigos de Michelson, por ejemplo, que te ha convidado tantas veces inútilmente a ir a pasar unos días con él al campo.
Berton¿Y qué quieres? ¡Michelson! ¡Michelson! un mercader de paños que no es nadie en el estado... porque, al fin, vamos a ver, ¿qué es?
MartaEs nuestro amigo; pero ¡ya se ve! tú necesitas grandeza, brillo, oropel. Por esa loca ambición no quisiste que se quedase nuestro hijo con nosotros, donde hubiera estado perfectamente, sino que te empeñaste en que había de entrar en la secretaría de un gran señor, de donde no ha sacado más que disgustos, que tiene todavía la delicadeza de ocultarnos.
Berton¡Cómo! ¿es posible? ¡mi hijo! ¡mi hijo único es desgraciado!
Marta¿Y no lo has echado de ver? ¿ni siquiera lo has sospechado?
BertonEsos son asuntos domésticos... ¡yo no me meto en eso! ¿para qué estás tú aquí? ¡Yo estoy siempre abrumado de negocios!... ¿Y qué quiere? ¿qué necesita? ¿Dinero? Pregúntale cuánto... o más bien... toma... ahí tienes la...




