de León / García | De los nombres de Cristo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 21, 254 Seiten

Reihe: Religión

de León / García De los nombres de Cristo


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-035-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Religión

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Fray Luis de León empezó a escribir en 1572 De los nombres de Cristo, y la terminó en 1585.Esta obra muestra su idea definitiva de los temas que esbozó en sus poemas en forma de diálogo ciceroniano donde se comentan las diversas interpretaciones de los nombres que se dan a Cristo en la Biblia. Este texto es considerado un ejemplo máximo de la mejor prosa castellana.

Fray Luis de León (Belmonte, 1527-Madrigal de las Altas Torres, 1591). España. Aunque nació en Belmonte (Cuenca), Luis de León se trasladó pronto a Madrid y, después, a Valladolid, debido a los traslados de su padre, noble que ejercía de abogado y consejero real. En estas ciudades inició su formación, y a los catorce años ingresó en el convento de San Agustín, en Salamanca, tomando votos de dicha orden en 1544. La vida de fray Luis de León transcurrió a partir de entonces en esta ciudad, donde se doctoró en teología, se graduó como catedrático (1560) y participó plenamente en la vida universitaria, así como en la defensa del castellano como lengua académica (hasta entonces la tradición casi prohibía el empleo de otras lenguas que no fueran las clásicas). Consiguió pronto ganar varias oposiciones académicas, y su vehemencia a la hora de expresar sus ideas le debió valer más de un enfrentamiento con algunas personalidades intelectuales eclesiásticas, incluso dentro de su propia orden. Una de estas disputas tuvo que ver con su defensa del texto hebreo de la Biblia, cuestión que, en los dogmáticos tiempos de contrarreforma que corrían, era casi una violación del concilio de Trento, el cual ordenaba atenerse en todo a la traducción en latín de las Sagradas Escrituras elaborada por san Jerónimo (la Vulgata). El interés de fray Luis de León en la versión hebrea de la Biblia se cifraba en cambio en su gran valor como texto de mayor antigüedad y, por lo tanto, más fiel al original; pero esta filiación hebraica y su talante innovador en lo teológico le acarrearon dificultades y acusaciones cercanas a la herejía. También encontró problemas debido a su traducción comentada al castellano del Cantar de los cantares, que no llegó a publicarse pero que circuló en ámbitos universitarios. Como consecuencia del acoso y derribo ejercido por sus enemigos, fray Luis de León sufrió cautiverio entre marzo de 1572 y diciembre de 1576. Privado de libertad, así como de libros, fray Luis de León escribió su Exposición del Libro de Job, con finales de capítulo versificados a modo de resumen. Quizá éste era un anuncio de su definitiva decantación por la poesía, la cual vino acompañada, tras su absolución, por la recuperación triunfal de la cátedra. De este episodio han quedado dos inmortales recuerdos: el primero es su décima 'Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado...' y la segunda la famosa frase 'Decíamos ayer...', que se le atribuye como apertura de sus clases tras cinco años de haber estado apartado y prisionero de la Inquisición. Tras su rehabilitación, fray Luis de León ganó nuevas cátedras, la última de las cuales fue la de Biblia, en 1579, y también tuvo nuevas denuncias inquisitoriales en su contra, que no prosperaron. En el momento de su muerte, acaecida el 14 de agosto de 1591, se encontraba redactando una biografía de santa Teresa de Ávila, cuya obra había revisado para su publicación. Sus restos fueron enterrados en la Universidad de Salamanca, a la que dedicó prácticamente toda su vida.
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INTRODUCCIÓN


Introdúcese en el asunto con la idea de un coloquio que tuvieron tres amigos en una casa de recreo

Era por el mes de junio, a las vueltas de la fiesta de San Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios, cuando Marcelo, el uno de los que digo —que así le quiero llamar con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré a los demás—, después de una carrera tan larga como es la de un año en la vida que allí se vive, se retiró, como a puerto sabroso, a la soledad de una granja que, como V. M. sabe, tiene mi monasterio en la ribera del Tormes; y fuéronse con él, por hacerle compañía y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al culto divino lo que se le debía, todos tres juntos se salieron de la casa a la huerta que se hace delante de ella.

Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y, sobre todo, la hora y la sazón. Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor; y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una pequeña fuente, en ciertos asientos.

Nace la fuente de la cuesta que tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte; y corriendo y estropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca de ellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca. Así que, asentándose, y callando por un pequeño tiempo, después de sentados, Sabino, que así me place llamar al que de los tres era el más mozo, mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así:

—Algunos hay a quien la vista del campo los enmudece; y debe de ser condición de espíritus de entendimiento profundo; mas yo, como los pájaros, en viendo lo verde, deseo o cantar o hablar.

—Bien entiendo por qué lo decís —respondió al punto Marcelo—; y no es alteza de entendimiento, como dais a entender por lisonjearme o por consolarme, sino cualidad de edad y humores diferentes, que nos predominan, y se despiertan con esta vista, en vos de sangre y en mí de melancolía. Mas sepamos —dice— de Juliano —que éste será el nombre del tercero— si es pájaro también o si es otro metal.

—No soy siempre de uno mismo —respondió Juliano—, aunque ahora al humor de Sabino me inclino algo más. Y pues él no puede ahora razonar consigo mismo mirando la belleza del campo y la grandeza del cielo, bien será que nos diga su gusto acerca de lo que podremos hablar.

Entonces Sabino, sacando del seno un papel escrito y no muy grande:

—Aquí —dice— está mi deseo y mi esperanza. Marcelo, que reconoció luego el papel, porque estaba escrito de su mano, dijo, vuelto a Sabino y riéndose:

—No os atormentará mucho el deseo a lo menos, Sabino pues tan en la mano tenéis la esperanza, ni aun deben ser ni lo uno ni lo otro muy ricos, pues se encierran en un tan pequeño papel.

—Si fueren pobres —dijo Sabino—, menos causa tendréis para no satisfacerme en una cosa tan pobre.

—¿En qué manera —respondió Marcelo— o qué parte soy yo para satisfacer vuestro deseo, o qué deseo es el que decís?

Entonces Sabino, desplegando el papel, leyó el título, que decía: De los Nombres de Cristo; y no leyó más. Y dijo luego: Por cierto caso hallé hoy este papel, que es de Marcelo, adonde, como parece, tiene apuntados algunos de los Nombres con que Cristo es llamado en la Sagrada Escritura, y los lugares de ella donde es llamado así. Y como le vi, me puso codicia de oírle algo sobre aqueste argumento, y por eso dije que mi deseo estaba en este papel. Y está en él mi esperanza también, porque, como parece de él, éste es argumento en que Marcelo ha puesto su estudio y cuidado, y argumento que le debe tener en la lengua; y así no podrá decirnos ahora lo que suele decir cuando se excusa, si le obligamos a hablar, que le tomamos desapercibido. Por manera que, pues le falta esta excusa y el tiempo es nuestro, y el día santo y la sazón tan a propósito de pláticas semejantes, no nos será dificultoso el rendir a Marcelo, si vos, Juliano, me favorecéis.

—En ninguna cosa me hallaréis más a vuestro lado, Sabino —respondió Juliano.

Y dichas y respondidas muchas cosas en este propósito, porque Marcelo se excusaba mucho, o, a lo menos, pedía que tomase Juliano su parte y dijese también; y quedando asentado que a su tiempo, cuando pareciese, o si pareciese ser menester, Juliano haría su oficio. Marcelo, vuelto a Sabino, dijo así:

—Pues el papel ha sido el despertador de esta plática, bien será que él mismo nos sea la guía en ella. Id leyendo, Sabino, en él; y de lo que en él estuviese y conforme a su orden, así iremos diciendo, si no os parece otra cosa.

—Antes nos parece lo mismo —respondieron como a una Sabino y Juliano.

Luego Sabino, poniendo los ojos en el escrito, con clara y moderada voz leyó así: [DE LOS NOMBRES EN GENERAL] [Explícase la naturaleza del nombre, qué oficio tiene, por qué fin se introdujo y en qué manera se suele poner] «Los nombres que en la Escritura se dan a Cristo son muchos, así como son muchas sus virtudes y oficios, pero los principales son diez, en los cuales se encierran y, como reducidos se recogen los demás, y los diez son éstos».

—Primero que vengamos a eso —dijo Marcelo alargando la mano hacia Sabino, para que se detuviese convendrá que digamos algunas cosas que se presuponen a ello—; y convendrá que tomemos el salto, como dicen, de más atrás, y que guiando el agua de su primer nacimiento, tratemos qué cosa es esto que llamamos nombre, y qué oficio tiene y por qué fin se introdujo y en qué manera se suele poner; y aun antes de todo esto hay otro principio.

—¿Qué otro principio —dijo Juliano— hay que sea primero que el ser de lo que se trata, y la declaración de ello breve, que la Escuela llama definición?

—Que como los que quieren hacerse a la vela —respondió Marcelo— y meterse en la mar antes que desplieguen los lienzos, vueltos al favor del cielo, le piden viaje seguro, así ahora en el principio de una semejante jornada, yo por mí, o por mejor decir, todos para mí, pidamos a Ese mismo, de quien hemos de hablar, sentidos y palabras cuales convienen para hablar de Él. Porque, si las cosas menores, no sólo acabarlas no podemos bien, mas ni emprenderlas tampoco, sin que Dios particularmente nos favorezca, ¿quién podrá decir de Cristo y de cosas tan altas como son las que encierran los Nombre de Cristo, si no fuere alentado con la fuerza de su espíritu?

Por lo cual, desconfiando de nosotros mismos y confesando la insuficiencia de nuestro saber, y como derrocando por el suelo los corazones, supliquemos con humildad a esta divina Luz que nos amanezca, quiero decir, que envíe en mi alma los rayos de su resplandor y la alumbre, para que en esto que quiere decir de Él, sienta lo que es digno de Él; y para que lo que en esta manera sintiere, lo publique por la lengua en la forma que debe.

Porque, Señor, sin Ti, ¿quién podrá hablar como es justo de Ti? O ¿quién no se perderá, en el inmenso océano de tus excelencias metido, si Tú mismo no le guías al puerto? Luce pues, ¡oh solo verdadero Sol!, en mi alma, y luce con tan grande abundancia de luz, que con el rayo de ella juntamente y mi voluntad encendida te ame, y mi entendimiento esclarecido te vea, y enriquecida mi boca te hable y pregone, si no como eres del todo a lo menos como puedes de nosotros ser entendido, y sólo a fin de que Tú seas glorioso y ensalzado en todo tiempo y de todos.

Y, dicho esto, calló, y los otros dos quedaron suspensos y atentos mirándole; y luego tornó a comenzar en esta manera:

—El nombre, si habemos de decirlo en pocas palabras, es una palabra breve que se substituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo. O nombre es aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que ello tiene, sino en el ser que da nuestra boca y entendimiento.

Porque se ha de entender que la perfección de todas las cosas, y señaladamente de aquellas que son capaces de entendimiento y razón, consiste en que cada una de ellas tenga en sí a todos las otras y en que, siendo una, sea todas cuanto le fuere posible; porque en esto se avecina a Dios, que en sí lo contiene todo. Y cuanto más en esto creciere, tanto se allegará más a Él, haciéndosele semejante.

La cual semejanza es, si conviene decirlo así, el pío general de todas las cosas, y el fin y como el blanco adonde envían sus deseos todas las criaturas.

Consiste, pues, la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que por esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos, y todos y cada uno de ellos teniendo el ser mío, se abrace y eslabone toda esta máquina del universo, y se reduzca a unidad la muchedumbre de sus diferencias; y quedando no mezcladas, se mezclen; y permaneciendo muchas, no lo sean; y para que, extendiéndose y como desplegándose delante los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo. Lo cual es avecindarse la criatura a Dios, de quien mana, que en tres personas es una esencia, y en infinito número de excelencias no comprensibles, una...



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