E-Book, Spanisch, Band 98, 518 Seiten
Reihe: 100xUNO
De Lubac Paradoja y misterio de la Iglesia
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-444-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Y La Iglesia en la crisis actual
E-Book, Spanisch, Band 98, 518 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-444-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Henri de Lubac (1896-1991), miembro de la Compañía de Jesús desde 1913, fue ordenado sacerdote en 1927. Fue profesor de Teología fundamental y de Historia de las religiones en las Facultades Católicas de Lyon, y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas (Institut de France). Fue perito del concilio Vaticano II, participando desde sus inicios en la Comisión preparatoria. Posteriormente fue miembro de la Comisión Teológica Internacional. Juan Pablo II lo creó cardenal en 1983.
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I. Paradoja y misterio de la Iglesia
En la reflexión que va haciendo durante su existencia todo cristiano sobre la Iglesia, quizás le convenga de vez en cuando (sobre todo si se trata de un teólogo) interrumpir los estudios críticos, los análisis sociológicos, las exégesis, las teorías, las discusiones, en una palabra toda la actividad propia de una teología concienzuda e inquisitiva, para dirigir una tranquila mirada contemplativa al objeto de su estudio, una mirada más cercana a aquello que una antigua y venerable tradición designaba precisamente con el nombre de «teología». Quizás le resulte útil, e incluso necesario, ya que en el fondo el alfa y la omega de este inmenso objeto se resume en una sola palabra: misterio. De Ecclesiæ misterio [Sobre el misterio de la Iglesia]: tal es —como se sabe— el título adoptado para el primer capítulo de la reciente constitución conciliar Lumen gentium. No obstante, para poder llegar hasta ese punto, empezaremos con un paso más modesto. Antes de contemplar el misterio de la Iglesia, vamos a meditar su paradoja.
El lenguaje y la sensibilidad peculiar de esta meditación quizás no les resulten habituales a muchos de nuestros hermanos no católicos; si este libro cae en sus manos, les pediría que la considerasen pacientemente como un simple testimonio.
En efecto, ¡qué realidad tan paradójica es la Iglesia, en todos sus aspectos y contrastes! ¡Cuántas imágenes de la misma, tan opuestas entre sí, nos presenta la historia! Durante los veinte siglos de su existencia, ¡cuántos cambios se han verificado en su actitud, cuán distinto desarrollo nos presenta, cuántas transformaciones, cuántas metamorfosis! E incluso en la actualidad, y a pesar de las nuevas condiciones de un mundo que tiende a uniformarse, ¡cuánta distancia, y a veces qué inmenso abismo —sin llegar a hablar de las separaciones nacidas de una ruptura— entre las comunidades cristianas de las diversas poblaciones, en su mentalidad, en su manera de vivir y de concebir su fe! Más todavía, dentro del mismo tiempo y en el mismo lugar, ¿no vemos a veces a grupos y a individuos que, a pesar de apelar todos ellos a la Iglesia con la misma energía y de declarar que la sirven con denodada fidelidad, se encuentran en una radical oposición entre sí? Las cosas han llegado hasta el punto de que un buen observador ha podido sostener recientemente que la profesión de fe católica, lejos de ser un principio de unidad, parecía ser más bien un principio de división.
La Iglesia… incluso cuando yo intento verla por mí mismo, ¿dónde la podré encontrar? ¿Con qué rasgos podré dibujar su rostro? Todos esos elementos, carentes de armonía entre sí, pero que le pertenecen a ella por entero, ¿serán capaces de retratar su figura? Sí, estoy seguro de ello: ella es complexio oppositorum. Pero también es cierto que, a primera vista, este choque entre las partes opposita me oculta la unidad de la complexio. ¿Acaso dependerá esto de que voy observando sucesivamente los distintos matices? ¿No será más bien que estos matices son incompatibles entre sí? Se me dice que la Iglesia es santa, pero yo la veo llena de pecadores. Se me dice que su misión es liberar a los hombres de las preocupaciones terrenas, recordándoles su vocación eterna, pero yo la veo continuamente ocupada en las cosas de la tierra, en los asuntos temporales, como si quisiese instalarse confortablemente en ellos para siempre. Me aseguran que es universal, abierta como la inteligencia y la caridad divina, pero me doy cuenta muchas veces de que sus miembros, por una especie de fatalidad, se repliegan tímidamente en grupos cerrados, como hacen todos los demás humanos. Afirman que es inmutable, la única que permanece por encima de todos los avatares de la historia, pero he aquí que con frecuencia, ante nuestros propios ojos, desconcierta a muchos de sus fieles con sus repentinas y bruscas ansias de renovación…
Sí, paradoja de la Iglesia. No se trata de un juego inútil de retórica. Paradoja de una Iglesia hecha para una humanidad paradójica y que a veces se adapta demasiado a ella. La Iglesia se ha desposado con todas las características humanas, con todas sus maneras complejas y sus incongruencias, con todas las contradicciones infinitas que hay en el hombre. Lo podemos ir comprobando siglo tras siglo, y los especialistas de la crítica y del panfleto —¡una ralea siempre proliferante!— pueden sentirse ufanos de ello. Desde las primeras generaciones cristianas, cuando apenas se habían traspasado los límites de la vieja Jerusalén, la Iglesia reflejaba ya en su rostro las miserias de la humanidad común.
Pero fijemos más detenidamente nuestra mirada. Procuremos pasar por encima de las apariencias demasiado gruesas. Sacudamos la ilusión cuantitativa que oculta siempre lo esencial. Porque lo esencial jamás se halla en el número ni en las apariencias primeras. Y entonces descubriremos la paradoja propia de la Iglesia, una paradoja que servirá para que podamos introducirnos en su misterio.
La Iglesia es humana y divina; se nos ha dado desde arriba y procede de abajo. Los hombres que la componen resisten con todo el peso de su naturaleza herida y torpe a la vida que ella se esfuerza en inyectarles. La Iglesia se vuelve hacia el pasado, recogiéndose en el recuerdo de todo aquello que ella misma sabe que contiene y que jamás podrá pasar, pero al mismo tiempo abre sus brazos al porvenir, exaltándose en la esperanza de una consumación inefable que ningún signo sensible es capaz de dejar entrever. Destinada, en su forma presente, a desaparecer por completo, como «la figura de este mundo», también está destinada a permanecer para siempre en la medida de su propia esencia, a partir del día en que ella se manifieste tal cual es. Múltiple y multiforme, es sin embargo una, con la unidad más activa y exigente. Es un pueblo, es una inmensa turba anónima, y sin embargo —¿cómo podríamos encontrar otra palabra?— es el ser más personal. Católica, esto es, universal, quiere que sus miembros se abran a todos, y no obstante no es plenamente Iglesia más que cuando se recoge en la intimidad de su vida interior y en el silencio de la adoración. Es humilde y majestuosa. Asegura que integra toda cultura y que eleva en sí todos los valores, y al mismo tiempo quiere ser el hogar de los pequeños, de los pobres, de la muchedumbre siempre simple y miserable. No cesa un solo instante —porque entonces moriría, y es inmortal— de contemplar a Aquel que es a la vez el crucificado y el resucitado, varón de dolores y Señor de la gloria, el vencido del mundo y el Salvador del mundo, su esposo cubierto de sangre y su maestro triunfante, con su gran corazón abierto e infinitamente secreto, en donde ella recibió su existencia y en donde recoge, en cada instante de su historia, la vida que nos quiere comunicar a todos.
¿Cómo podremos comprender a esta Iglesia? ¿Cómo podremos captarla? Cuanto más intentan acomodarse a ella nuestras miradas, más hemos de descartar sus representaciones engañosas y más brilla ante nuestros ojos su verdad profunda. Y, por eso mismo, más difícil nos resulta su definición. Y si le pedimos que sea ella misma la que nos dé su definición, he aquí que nos habla con una profusión de imágenes, sacadas de su vieja Biblia, de las que sabemos bien que no son unas sencillas ilustraciones pedagógicas, sino alusiones a una realidad que seguirá siendo siempre indescifrable, en su punto focal, para nuestra inteligencia natural. Sí, incluso cuando ella nos acaba de responder con un redoblado esfuerzo de claridad lógica y precisa, como nunca lo había hecho hasta entonces, en la constitución Lumen gentium, si nos ponemos a meditar sobre ella, nos hundimos en un misterio cuya oscuridad no se disipa jamás.
No obstante, nuestra mirada no se ha engañado. Nos ha revelado algo, por encima de toda reflexión, pero que nos confirma la reflexión. Este algo podemos resumirlo en una sola palabra, la más sencilla, la más humana, la primera de todas las palabras: la Iglesia es nuestra madre. Sí, la Iglesia, toda la Iglesia, la de las generaciones pasadas que me han transmitido su vida, sus enseñanzas, sus ejemplos, sus costumbres, su amor, y la Iglesia de hoy: toda la Iglesia, no solamente la Iglesia oficial, o la Iglesia docente, o como decimos ahora, la Iglesia jerárquica, la que tiene las llaves que el Señor le confió, sino en un sentido más amplio y más sencillo, la «Iglesia viviente», la que trabaja y reza, la que obra y se recoge, la que se acuerda y busca; la Iglesia que cree, que espera y que ama; la que, en las mil situaciones de la existencia, va tejiendo entre sus miembros vínculos visibles e invisibles; la Iglesia de los humildes, tan cercanos a Cristo: todo este ejército secreto, reclutado por doquier, que se perpetúa incluso en épocas de decadencia, que se consagra, que se sacrifica, sin pensar en revoluciones ni incluso en reformas, que asciende incesantemente por la pendiente de nuestra pesada naturaleza, que atestigua hasta en el silencio la fecundidad siempre viva del evangelio y la presencia actual del reino entre nosotros. Todo eso sin distinción es la Iglesia entera, ese inmenso rebaño del pueblo cristiano, aunque muchos de sus miembros no tengan conciencia del sacerdocio real que poseen y de la comunidad fraternal que entre todos forman. Pues bien, en esa comunidad yo encuentro mi sostén, mi fuerza y mi alegría. Esa Iglesia es mi madre. Y así es como empecé a conocerla primero en las rodillas de mi madre carnal. Y así es como la he ido reconociendo cada vez mejor a través de todas las etapas de mi peregrinación, a través de acontecimientos y...




