De Molina | Amazonas en las Indias | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 226, 118 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina Amazonas en las Indias


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-108-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 226, 118 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-108-8
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Amazonas en las Indias es una extraña pieza inspirada en la conquista y evangelización de los indígenas de América. Pertenece a la trilogía dedicada a la familia Pizarro que comprende las piezas: Todo es dar una cosa (sobre Francisco), Amazonas en las Indias (sobre Gonzalo) y La lealtad contra la envidia (sobre Hernando). Tirso de Molina vivió algún tiempo en la Hispaniola (actual República Dominicana) y regresó a España en 1618. Su estancia en América inspiró esta serie de obras sobre los conquistadores.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen marchando Vaca de Castro con bastón, Francisco Caravajal, don Alonso de Alvarado y Soldados.)

Vaca Este fin tienen traidores,

para escarmentar leales.

Alonso Quien con pensamientos reales

y juveniles ardores

rehusó la cerviz al yugo

blasonando libertalla,

si muriera en la batalla

y no a manos del verdugo,

más dichoso hubiera sido.

Vaca No es segura esa opinión;

pues para la salvación

que don Diego ha conseguido,

según sus demostraciones,

no le diera la milicia

el lugar que la justicia;

por que airados escuadrones,

que el riesgo a los ojos ven

difícil de resistir,

siempre ayudan a morir,

pero nunca a morir bien.

Yo, capitán, no recelo

que de los que sentenciados

padecen, aunque afrentados,

los más asegure el cielo;

mas no a los que en las violencias

marciales muertos quedaron,

porque tarde se hermanaron

venganzas y penitencias.

Caravajal Yo soy de ese parecer;

porque ¿qué se le dará

al cielo, si en gracia va

quien le supo merecer,

de que haya en un palo muerto,

en la guerra o en la cama?

Para el cielo, no hay más fama

que el bien morir.

VacaEso es cierto,

como lo será también

el premiar su majestad

el valor y la lealtad

de los que firmes estén

en su servicio, y yo ahora,

(en su nombre agradecido)

honraré a cuantos han sido

de nuestra parte; no ignora

el noble merecimiento

a fuer de la sangre ingrata.

Todo este imperio de plata,

indios y repartimientos

no pueden satisfacer

lo mucho de estos empeños;

pero llamándoos sus dueños

tendrán menos que temer.

(Sale Trigueros.)

Trigueros Parabienes llega a darte

de la victoria adquirida

Gonzalo Pizarro.

Vaca Pida

triunfos que apetezca Marte,

como el soldado mayor

que ha visto este polo nuevo.

(Sale don Gonzalo, de luto.)

Gonzalo Por muchas razones debo

encarecer el valor,

que hace dichoso este día;

pues el Perú restaurado;

mi hermano, el marqués, vengado;

postrada la tiranía

y premiada la lealtad,

vuelve a ser dueño segundo,

Carlos, de este nuevo mundo,

y debe su majestad,

preciarse de la elección

que ha hecho en vueseñoría,

pues solamente podía

su celo, su discreción,

siendo capitán y juez,

en la campaña, soldado,

y en el tribunal, letrado,

mostrar que suele tal vez,

porque Marte no presuma

enemistades de Apolo,

juntar, un sujeto solo

al laurel la espada y pluma.

Vaca Si yo, señor don Gonzalo,

no hubiera reconocido

emulador advertido,

que a su valor no me igualo,

vuesa merced crea en mí

que nunca le suplicara

que esta empresa me dejara,

hícelo, porque advertí

que llevándose la gloria,

como en las demás ha hecho,

no hubiera yo satisfecho

deseos con la victoria

presente, que a hallarse en ella

quedara mi opinión triste;

porque donde el Sol asiste

¿cómo alumbrará una estrella?

Este luto que ocasiona

el marqués gobernador,

desdice con su color

la fama que le corona;

pues muriendo en la defensa

de su gobierno y su ley,

de su lealtad y su rey,

poco le estima quien piensa

que con tristezas señale

el dolor que manifiesta;

si se vistiera de fiesta,

si la ostentación y gala

publicaran su valor,

mostrara que en trance igual

no vive más el leal

de lo que quiere el traidor.

La cruz que hizo en el postrero

curso de su heroica vida,

sacándola de la herida

que abrió el desleal acero,

autorizó la que al pecho

el César Carlos le puso,

pues católico dispuso

en las conquistas que ha hecho

el laurel que eterno gana;

que, en quien triunfos apetece,

más noble la cruz parece

de sangre, que la de grana.

Vivo, imitó a Dios humano,

pues con doce compañeros,

conquistadores primeros

de este orbe nuevo cristiano,

mil leguas rindió al bautismo;

y porque del propio modo

pudiese imitarle en todo

quiso morir con él mismo.

Pues la envidia, en su venganza

sin que eclipsase su luz

le dio en su sangre la cruz

y en su Dios la semejanza.

Si esta verdad, pues, advierte

vuesa merced, ¿de qué fruto

será que le agravie el luto?

Envidie el leal su muerte

y festéjela bizarro

quien su valor acredita,

pues el marqués resucita

en don Gonzalo Pizarro.

Caravajal ¡Vive Dios! que es eminente

vueseñoría, señor,

en todo: predicador,

capitán y presidente.

Úselo —¡cuerpo de tal!—

predique, hará maravillas,

y ahorraráse de capillas

el Perú.

Vaca Caravajal,

vos habláis como soldado,

mezclando burlas y veras;

sabéis abatir hileras

y ordenar un campo armado.

Esta victoria se os debe

y está a mi cargo el premialla.

Vuestro acero en la batalla,

mientras osado se atreve

a los riesgos ¿no predica?

Sí, que las grandes acciones

también sirven de sermones

cuando el valor las practica.

Con sus hechos, cada cual,

el crédito pierde o cobra;

bien predica quien bien obra,

pero mal quien obra mal;

y porque saber deseo

la prodigiosa jornada,

puesto que no afortunada,

de la canela y os veo,

como en las armas bizarro,

en la paz entretenido,

que nos la contéis os pido,

pues triunfos de tal Pizarro

justo es que los celebremos.

Caravajal Si hazañas púlpitos son,

y a mí me toca el sermón,

obediencia, y prediquemos.

Deseoso de ensanchar

la cesárea monarquía

de España, el marqués Pizarro

renunció, asistiendo en Lima,

en don Gonzalo el gobierno

de Quito, cuyas provincias

eran el límite entonces

de las cristianas conquistas.

Dióle quinientos soldados

de la gente más lucida,

que alistó, para estos orbes,

el valor y la codicia.

Con ellos, pues, y su esfuerzo

hacia el oriente encamina

cuatro mil indios armados,

y alegres con la noticia

de que pasadas las sierras,

a las márgenes y orillas

del monarca de las aguas,

de esa undosa hidropesía

que tantos Nilos se sorbe

y por mil leguas desliza

piélagos de inmensidades

potable su oro en almíbar.

Marañón le dan por nombre;

perdone vueseñoría,

si excedo ponderador;

porque ahora no se estiman

discursos en canto llano

mientras no se...



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