E-Book, Spanisch, Band 226, 118 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina Amazonas en las Indias
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-108-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 226, 118 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-108-8
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Salen marchando Vaca de Castro con bastón, Francisco Caravajal, don Alonso de Alvarado y Soldados.)
Vaca Este fin tienen traidores,
para escarmentar leales.
Alonso Quien con pensamientos reales
y juveniles ardores
rehusó la cerviz al yugo
blasonando libertalla,
si muriera en la batalla
y no a manos del verdugo,
más dichoso hubiera sido.
Vaca No es segura esa opinión;
pues para la salvación
que don Diego ha conseguido,
según sus demostraciones,
no le diera la milicia
el lugar que la justicia;
por que airados escuadrones,
que el riesgo a los ojos ven
difícil de resistir,
siempre ayudan a morir,
pero nunca a morir bien.
Yo, capitán, no recelo
que de los que sentenciados
padecen, aunque afrentados,
los más asegure el cielo;
mas no a los que en las violencias
marciales muertos quedaron,
porque tarde se hermanaron
venganzas y penitencias.
Caravajal Yo soy de ese parecer;
porque ¿qué se le dará
al cielo, si en gracia va
quien le supo merecer,
de que haya en un palo muerto,
en la guerra o en la cama?
Para el cielo, no hay más fama
que el bien morir.
VacaEso es cierto,
como lo será también
el premiar su majestad
el valor y la lealtad
de los que firmes estén
en su servicio, y yo ahora,
(en su nombre agradecido)
honraré a cuantos han sido
de nuestra parte; no ignora
el noble merecimiento
a fuer de la sangre ingrata.
Todo este imperio de plata,
indios y repartimientos
no pueden satisfacer
lo mucho de estos empeños;
pero llamándoos sus dueños
tendrán menos que temer.
(Sale Trigueros.)
Trigueros Parabienes llega a darte
de la victoria adquirida
Gonzalo Pizarro.
Vaca Pida
triunfos que apetezca Marte,
como el soldado mayor
que ha visto este polo nuevo.
(Sale don Gonzalo, de luto.)
Gonzalo Por muchas razones debo
encarecer el valor,
que hace dichoso este día;
pues el Perú restaurado;
mi hermano, el marqués, vengado;
postrada la tiranía
y premiada la lealtad,
vuelve a ser dueño segundo,
Carlos, de este nuevo mundo,
y debe su majestad,
preciarse de la elección
que ha hecho en vueseñoría,
pues solamente podía
su celo, su discreción,
siendo capitán y juez,
en la campaña, soldado,
y en el tribunal, letrado,
mostrar que suele tal vez,
porque Marte no presuma
enemistades de Apolo,
juntar, un sujeto solo
al laurel la espada y pluma.
Vaca Si yo, señor don Gonzalo,
no hubiera reconocido
emulador advertido,
que a su valor no me igualo,
vuesa merced crea en mí
que nunca le suplicara
que esta empresa me dejara,
hícelo, porque advertí
que llevándose la gloria,
como en las demás ha hecho,
no hubiera yo satisfecho
deseos con la victoria
presente, que a hallarse en ella
quedara mi opinión triste;
porque donde el Sol asiste
¿cómo alumbrará una estrella?
Este luto que ocasiona
el marqués gobernador,
desdice con su color
la fama que le corona;
pues muriendo en la defensa
de su gobierno y su ley,
de su lealtad y su rey,
poco le estima quien piensa
que con tristezas señale
el dolor que manifiesta;
si se vistiera de fiesta,
si la ostentación y gala
publicaran su valor,
mostrara que en trance igual
no vive más el leal
de lo que quiere el traidor.
La cruz que hizo en el postrero
curso de su heroica vida,
sacándola de la herida
que abrió el desleal acero,
autorizó la que al pecho
el César Carlos le puso,
pues católico dispuso
en las conquistas que ha hecho
el laurel que eterno gana;
que, en quien triunfos apetece,
más noble la cruz parece
de sangre, que la de grana.
Vivo, imitó a Dios humano,
pues con doce compañeros,
conquistadores primeros
de este orbe nuevo cristiano,
mil leguas rindió al bautismo;
y porque del propio modo
pudiese imitarle en todo
quiso morir con él mismo.
Pues la envidia, en su venganza
sin que eclipsase su luz
le dio en su sangre la cruz
y en su Dios la semejanza.
Si esta verdad, pues, advierte
vuesa merced, ¿de qué fruto
será que le agravie el luto?
Envidie el leal su muerte
y festéjela bizarro
quien su valor acredita,
pues el marqués resucita
en don Gonzalo Pizarro.
Caravajal ¡Vive Dios! que es eminente
vueseñoría, señor,
en todo: predicador,
capitán y presidente.
Úselo —¡cuerpo de tal!—
predique, hará maravillas,
y ahorraráse de capillas
el Perú.
Vaca Caravajal,
vos habláis como soldado,
mezclando burlas y veras;
sabéis abatir hileras
y ordenar un campo armado.
Esta victoria se os debe
y está a mi cargo el premialla.
Vuestro acero en la batalla,
mientras osado se atreve
a los riesgos ¿no predica?
Sí, que las grandes acciones
también sirven de sermones
cuando el valor las practica.
Con sus hechos, cada cual,
el crédito pierde o cobra;
bien predica quien bien obra,
pero mal quien obra mal;
y porque saber deseo
la prodigiosa jornada,
puesto que no afortunada,
de la canela y os veo,
como en las armas bizarro,
en la paz entretenido,
que nos la contéis os pido,
pues triunfos de tal Pizarro
justo es que los celebremos.
Caravajal Si hazañas púlpitos son,
y a mí me toca el sermón,
obediencia, y prediquemos.
Deseoso de ensanchar
la cesárea monarquía
de España, el marqués Pizarro
renunció, asistiendo en Lima,
en don Gonzalo el gobierno
de Quito, cuyas provincias
eran el límite entonces
de las cristianas conquistas.
Dióle quinientos soldados
de la gente más lucida,
que alistó, para estos orbes,
el valor y la codicia.
Con ellos, pues, y su esfuerzo
hacia el oriente encamina
cuatro mil indios armados,
y alegres con la noticia
de que pasadas las sierras,
a las márgenes y orillas
del monarca de las aguas,
de esa undosa hidropesía
que tantos Nilos se sorbe
y por mil leguas desliza
piélagos de inmensidades
potable su oro en almíbar.
Marañón le dan por nombre;
perdone vueseñoría,
si excedo ponderador;
porque ahora no se estiman
discursos en canto llano
mientras no se...




