De Molina | Amor no teme peligros | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 227, 128 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina Amor no teme peligros


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-111-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 227, 128 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-111-8
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Amor no teme peligros. Tirso de Molina Fragmento de la obra Jornada primera (Salen doña Elena Coronel, con manto, Engracia, sin él, y don Juan de Urrea.) Juan: No has de ir, por vida mía. Elena: ¿Vida y tuya? Toma, Engracia, allá este manto. (Quítaselo.) Juan: ¡Qué gracia! ¡Qué primor! ¡Qué cortesía! Elena: Solo en tu vida se fía mi esperanza, y en su esfera sus alivios considera; que para mí no hay más mal que el recelarte mortal, porque eterno te quisiera. Si a sospechas te provoco, no, mi don Juan, suelto el manto; mas vida que estimo tanto no la jures por tan poco. Juan: Con tantas finezas loco, aunque las adoro y precio, mis méritos menosprecio; porque llego a conocer, mi bien, que no puede ser tan dichoso quien no es necio. Vete, señora, a la mano, favores con tiento tasa, ¿qué Sol que al nacer abrasa ponerse quiere temprano? Lloraré después en vano si no prosigues empeños de tantos primores dueños; que amor que empieza en favores, soberbio con los mayores no se halla con los pequeños. Querer bien por elección y no por razón de estado -que aunque este nombre le han dado no sé que haya en él razón- nunca va en diminución; y asi agora que niño es, en los extremos que ves, don Juan mío, te parece que mucho te favorece. Juzga tú, ¿qué hará después? Como rapaz me desvela y, en fe de recién nacido, cobarde sale del nido, bisoño en amarte vuela. Haz cuenta que va a la escuela y que empieza a deletrear el abecé del amar; porque, en llegando a crecer, si agora aprende a querer, presto enseñará a adorar.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada primera


(Salen doña Elena Coronel, con manto, Engracia, sin él, y don Juan de Urrea.)

JuanNo has de ir, por vida mía.

Elena¿Vida y tuya? Toma, Engracia,

allá este manto.

(Quítaselo.)

Juan ¡Qué gracia!

¡Qué primor! ¡Qué cortesía!

ElenaSólo en tu vida se fía

mi esperanza, y en su esfera

sus alivios considera;

que para mí no hay más mal

que el recelarte mortal,

porque eterno te quisiera.

Si a sospechas te provoco,

no, mi don Juan, suelto el manto;

mas vida que estimo tanto

no la jures por tan poco.

JuanCon tantas finezas loco,

aunque las adoro y precio,

mis méritos menosprecio;

porque llego a conocer,

mi bien, que no puede ser

tan dichoso quien no es necio.

Vete, señora, a la mano,

favores con tiento tasa,

¿qué Sol que al nacer abrasa

ponerse quiere temprano?

Lloraré después en vano

si no prosigues empeños

de tantos primores dueños;

que amor que empieza en favores,

soberbio con los mayores

no se halla con los pequeños.

Querer bien por elección

y no por razón de estado

—que aunque este nombre le han dado

no sé que haya en él razón—

nunca va en diminución;

y asi agora que niño es,

en los extremos que ves,

don Juan mío, te parece

que mucho te favorece.

Juzga tú, ¿qué hará después?

Como rapaz me desvela

y, en fe de recién nacido,

cobarde sale del nido,

bisoño en amarte vuela.

Haz cuenta que va a la escuela

y que empieza a deletrear

el abecé del amar;

porque, en llegando a crecer,

si agora aprende a querer,

presto enseñará a adorar.

JuanLa hermosura y discreción

reina pueden coronarte;

mas, condesa, en esta parte

no ha acertado tu elección.

Si amaras con proporción

lograras tus pensamientos;

pero recela escarmientos

mi mucha desigualdad:

fénix tú de la beldad

y yo sin merecimientos.

¿Qué has visto en mí que te obligue

a tan prodigioso amor?

Noble nací; mas valor,

a quien la dicha no sigue,

en vez de ayudar, persigue.

Mi padre fue el más valido

de un rey poco agradecido;

y bien sabes tú, señora,

que esto de «fue y no es agora»

es desaire aborrecido.

Don Pedro el cuarto —el cruel,

le ha intitulado Aragón,

mas no yo, que este blasón

no es en los vasallos fiel—,

don Pedro, pues, cifró en él

de su favor el exceso;

pero imitó en su suceso

a los más que se le igualan;

que los privados resbalan

oprimidos con el peso.

Quitóle vida y estados;

que la Fortuna y los reyes

siguen unas mismas leyes

con sabios y con privados.

Heredé solos cuidados

que a mi desdicha añadieron

lisonjeros que subieron

por mi padre a la privanza

y, después, en mi mudanza

aun pésame no me dieron.

Don Jaime, conde de Urgel,

conmigo solo propicio

me recibió en su servicio,

librando mi suerte en él.

Digno es que ciña el laurel

de Roma su heroica frente,

del rey cercano pariente

y los dos ínclitos nietos

del cuarto Alfonso, respetos

con que a su sombra me aliente.

Este es todo mi caudal,

bellísima Elena mía:

yo el crepúsculo, tú el día;

tu sangre de estirpe real,

condesa de Belrosal,

tu renombre Coronel,

tan generosa por él

que hizo el valor que te abona

de tu «Coronel» corona

digna del sacro laurel.

Mide agora, hermoso dueño,

mis prendas con las que tienes.

Verás cuán grade me vienes.

Despreciarásme pequeño.

Pesaráte del empeño

que en mi amor te descamina.

Estimarásme divina

y enseñará mi escarmiento;

que todo lo que es violento

por sí mismo se arruina.

Elena Lección nueva al Amor das.

Sabré por ella a lo menos

que quien se presume menos

es digno de amarse más.

Ocasionándome vas

a creer, cuando atropellas

tus prendas, que por tenellas

enajenadas te humillas,

o que das en deslucillas

por no deshacerte de ellas.

Disminuye calidades,

que ponderando las mías

con esas hipocresías

a mi fuego fuego añades.

Soberbias tus humildades,

temiendo mi ingratitud,

me enseñan en tu inquietud

que a pesar de ese artificio,

ni toda soberbia es vicio

ni toda humildad virtud.

Si es tu sangre casi real,

bien ves, por más que te abajes,

que, cuando no me aventajes,

en nobleza eres mi igual.

¿De la hacienda haces caudal,

don Juan mío? Compre y venda

Amor vil, y ponga tienda;

que el noble que a reinar viene

ni Consejo de Indias tiene

ni vio al Consejo de Hacienda.

Sirve al infante de Urgel,

digno de mayor corona,

y pues tus prendas abona,

déjame que aprenda de él,

no de don Pedro el cruel,

la noble satisfacción

de la discreta afición

con que su pecho te fía;

o, pues que culpas la mía,

culpa también su elección.

JuanTu entendimiento es de suerte

que la victoria he de darte.

Vivo, amores, de adorarte;

fuerza es que tiemble el perderte.

No por eso has de ofenderte,

que todo desconfiado

duda del dichoso estado

en que le encumbra el favor,

y con celos nunca Amor

fue bien acondicionado.

Pacífico siglo goza

Aragón por la blandura

de nuestro rey, que procura

cortejar a Zaragoza.

Sigue la nobleza moza

su apacible inclinación,

que de las musas patrón

entre ejercicios diversos

se deleita con los versos

y ampara su profesión.

Una comedia que ha escrito

el primero rey don Juan,

en los conceptos galán

y en el asunto erudito.

Sazona hoy el apetito

del gusto, que en las sentencias,

consonancias y cadencias

se alegra de la poesía;

que el alma es toda harmonía,

y búscanla sus potencias.

Seis títulos y señores

la representan; tres damas

de la reina encienden llamas

en laberintos de amores;

el Buen Retiro —entre flores

con que al Ebro el cristal bebe—

da el teatro en que se atreve

hurtar a Plauto y Terencio

aplausos con que al silencio

admiraciones renueve.

Perder por mí fiestas tales

será fineza indiscreta

pues, siendo rey el poeta,

traza y versos serán reales;

tu vista aumente sus sales,

aunque has de dar ocasión

a que pierda su sazón

porque, ¿quién ha de tener,

si una vez te llega a ver,

en la comedia atención?

Elena ¿Para qué siembras enojos

que broten después agravios,

si me permiten tus labios

lo que me niegan tus...



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