De Molina | Antona García | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 229, 148 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina Antona García


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-119-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 229, 148 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-119-4
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En Antona García Tirso de Molina se refiere a sucesos relacionados con Enrique IV, quien ciñó la corona castellana en 1454, cuando Isabel la Católica apenas tenía tres años. En 1468, el monarca la reconoció heredera al trono en el pacto de los Toros de Guisando, privando de sus derechos sucesorios a su propia hija, la princesa Juana, llamada la Beltraneja, porque se sospechaba que era hija de Enrique Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque. En 1470 Enrique IV desheredó a Isabel y restituyó su condición de heredera a Juana. Esta decisión provocó una sangrienta guerra que se prolongó hasta 1479, en que se firmó el tratado de Alcazobas en el que Portugal reconoció a Isabel como reina de Castilla y se estableció la zona de expansión castellana en la costa atlántica de África. Aquí se escenifican algunos de esos acontecimientos y Antona García es un personaje popular de una dimensión épica comparable a Juana de Arco.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Por una puerta cuatro caballeros, el conde de Penamacor, don Basco, doña María y Juan de Ulloa; por otra cuatro labradores con el pendón de Castilla; los primeros con el de Portugal.)

Ulloa¡Oíd, oíd! ¡Castilla por Alfonso

y doña Juana!

Caballeros ¡Vivan muchos años

rigiendo propios, conquistando extraños!

(Esto se ha de hacer sobre un tablado, alzando tres veces los pendones, con clarines y trompetas.)

Labrador I¡Oíd, oíd! ¡Castilla por Fernando

e Isabel!

Labradores ¡Felices años vivan,

imperios gocen, su laurel reciban!

UlloaLabradores, hombres buenos,

oficiales, que la plebe

de esta ciudad populosa

moráis leales y fieles,

¿qué desbocado furor

os ciega, para que aleves

constituyáis pueblo aparte

y amotinéis tanta gente?

Las ciudades de Castilla

cuando alzan por sus reyes

pendones, a los principios

al regimiento dan siempre

el derecho de esta acción,

y la nobleza es quien tiene

por oficio el aclamar

al príncipe que sucede.

Alférez mayor de Toro

soy, a quien sólo se debe

esta ceremonia ilustre.

¿Quién, pues, se opone a su alférez?

Los nobles en forma y cuerpo

de ciudad festivos vienen

a justificar acciones

de doña Juana, que reine

con su esposo, Alfonso el quinto,

siglos felices y alegres.

Desatinos refrenad,

que bárbaramente os pierden.

Hasta agora ¿quién ha visto

los plebeyos oponerse

a los nobles en alardes

generosos y solemnes?

¿Cómo sabrá el labrador

entre el azada y los bueyes

puntos que el jurisperito

con dificultad entiende?

Comprometed vuestras dudas

en cabeza que os gobierne.

Regimiento tenéis sabio,

vuestro sosiego pretende.

Hombres buenos, reducíos;

y lo que no os pertenece

dejad a quien tiene el cargo.

Alfonso es santo y prudente,

doña Juana hija de Enrique.

Divinas y humanas leyes

en Castilla los amparan.

Labrador INo queremos portugueses.

(Sale doña María Sarmiento.)

María¡Bárbaros, que sin discurso,

con desordenadas leyes,

siendo vulgo desbocado,

no hay persuasión que os enfrene!

¿Qué rústica ceguedad

con descaminos os mueve

a despeñaderos locos

que os pronostican la muerte?

¿Entendéis lo que aplaudís?

¿Conocéis lo que os conviene?

¿Qué derechos estudiasteis?

¿Qué escuela os dio pareceres?

Los surcos del tosco arado,

¿son cláusulas suficientes

que mano rústica escriba

y la aguijada margene?

¿Sabéis quién es don Alfonso;

la justa acción con que viene,

el valor de sus vasallos,

los héroes de quien desciende?

¿Conocéis a doña Juana?

¿Oísteis jamás que hereden

a Castilla, habiendo hijos,

hermanas que los ofenden?

Pues escuchad sosegados,

si la razón os convence,

que para acción tan notoria

basta aclamarla mujeres.

La casa de Portugal

del tronco es un ramo verde

de los reyes de Castilla,

y su primero ascendiente,

don Alfonso Magno el sexto,

que al conde Enrique, el valiente,

ilustre en virtud y en armas,

Sol de los sirios franceses,

dio a su hija doña Elvira,

y en dote el condado fértil

de Portugal, hasta entonces

estrecho, pobre y estéril;

mas ya dilatado reino,

tanto, que invencible extiende

su diadema a la Etiopía,

que sus quinas obedece.

Con la sangre de Castilla,

sin ésta, otras doce veces

sus príncipes se casaron.

Siendo esto ansí ¿habrá quien niegue

ser Alfonso castellano

en la sangre, descendiente

por todo un lustro de siglos

de nuestros invictos reyes?

Por sola esta acción pudiera,

a pesar de los rebeldes,

pretender la sucesión

que la malicia divierte.

Vuestra princesa es su esposa;

por hija suya la tiene

Enrique el cuarto, jurada

por los mismos que la venden.

Si a las portuguesas quinas,

con que el cielo favorece

aquel reino, pues bajaron

de sus esferas celestes,

los castillos y leones

se juntan ¿qué imperio puede

contrastarnos? ¿Qué nación

ha de haber que no nos tiemble?

Abrid los apasionados

ojos, pues la verdad vence

nubes de apariencias falsas

que eclipsar su luz se atreven.

Vivan y reinen los dos,

que por diez años prometen

haceros francos y libres,

sin que los de Toro pechen,

Zamora, humilde y leal,

los recibe, y con solemne

demostración los aclama

por sus naturales reyes.

Vuestra vecina es Zamora.

¿Razón será que os afrente

la fe de vuestros vecinos

y que la ventaja os lleven

en la lealtad que blasonan?

La nobleza toda viene

a persuadiros verdades;

permitid que os aconseje.

Las letras los adjudican

el reino, y los más prudentes

de Castilla se conforman

con sus sabios pareceres.

Las armas en su defensa,

si razones no convencen,

a costa de nuestras vidas

mostrar su valor prometen.

Nuestros vecinos sois todos;

derramar el amor teme

sangre de su cara patria.

Unos muros y paredes

nos hospedan; unos frutos

nos sustentan y una gente

república nos conforma,

sólo en esto diferentes.

Vuestra ruina amenazan

vecinos de Toro, cesen

guerras civiles. ¡Alfonso

y su esposa reinen!

Caballeros ¡Reinen!

Labrador ISi los dos nos hacen libres,

deudos, amigos, parientes,

y ha de quedar franca Toro,

necio es quien tal dicha pierde.

Labrador IIJuren, que nos harán francos.

CondeYo os lo juro.

Todos ¡Pues reinen!

(Sale Antona.)

Antona ¿Quién ha de reinar, cobarde,

sino Fernando e Isabel?

Soltad el pendón, que en él

hará mi lealtad alarde.

(Quítasele.)Infame interés aguarde

quien de sus promesas fía;

que si vuestra villanía,

avarienta se rindió

al oro, no al menos yo,

que soy Antona García.

A ellos digo, los de allá,

que porque son caballeros

se precian de argumenteros.

por lo que Alfonso les da.

Sepan que no es tiempo ya

de arguciones, porque es clara

la razón que nos ampara.

Defiéndanlos sus doctores;

que acá somos labradores

y yo no he sido escolara.

Soldemente sé decillos

que no hay ley que el reino dé

a doña Juana; el porqué

pescúdenlo a los corrillos.

No oso yo contradecillos;

voz del puebro es voz de Dios.

Si sois de otro bando vos,

Marihidalga, bachillera,

contradecidlo acá huera

y avendrémonos las dos.

A no dudar de ofender

honras, que acata el respeto,

de doña Juana el defeto

yo vos lo hiciera...



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