E-Book, Spanisch, Band 229, 148 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina Antona García
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-119-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 229, 148 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-119-4
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Por una puerta cuatro caballeros, el conde de Penamacor, don Basco, doña María y Juan de Ulloa; por otra cuatro labradores con el pendón de Castilla; los primeros con el de Portugal.)
Ulloa¡Oíd, oíd! ¡Castilla por Alfonso
y doña Juana!
Caballeros ¡Vivan muchos años
rigiendo propios, conquistando extraños!
(Esto se ha de hacer sobre un tablado, alzando tres veces los pendones, con clarines y trompetas.)
Labrador I¡Oíd, oíd! ¡Castilla por Fernando
e Isabel!
Labradores ¡Felices años vivan,
imperios gocen, su laurel reciban!
UlloaLabradores, hombres buenos,
oficiales, que la plebe
de esta ciudad populosa
moráis leales y fieles,
¿qué desbocado furor
os ciega, para que aleves
constituyáis pueblo aparte
y amotinéis tanta gente?
Las ciudades de Castilla
cuando alzan por sus reyes
pendones, a los principios
al regimiento dan siempre
el derecho de esta acción,
y la nobleza es quien tiene
por oficio el aclamar
al príncipe que sucede.
Alférez mayor de Toro
soy, a quien sólo se debe
esta ceremonia ilustre.
¿Quién, pues, se opone a su alférez?
Los nobles en forma y cuerpo
de ciudad festivos vienen
a justificar acciones
de doña Juana, que reine
con su esposo, Alfonso el quinto,
siglos felices y alegres.
Desatinos refrenad,
que bárbaramente os pierden.
Hasta agora ¿quién ha visto
los plebeyos oponerse
a los nobles en alardes
generosos y solemnes?
¿Cómo sabrá el labrador
entre el azada y los bueyes
puntos que el jurisperito
con dificultad entiende?
Comprometed vuestras dudas
en cabeza que os gobierne.
Regimiento tenéis sabio,
vuestro sosiego pretende.
Hombres buenos, reducíos;
y lo que no os pertenece
dejad a quien tiene el cargo.
Alfonso es santo y prudente,
doña Juana hija de Enrique.
Divinas y humanas leyes
en Castilla los amparan.
Labrador INo queremos portugueses.
(Sale doña María Sarmiento.)
María¡Bárbaros, que sin discurso,
con desordenadas leyes,
siendo vulgo desbocado,
no hay persuasión que os enfrene!
¿Qué rústica ceguedad
con descaminos os mueve
a despeñaderos locos
que os pronostican la muerte?
¿Entendéis lo que aplaudís?
¿Conocéis lo que os conviene?
¿Qué derechos estudiasteis?
¿Qué escuela os dio pareceres?
Los surcos del tosco arado,
¿son cláusulas suficientes
que mano rústica escriba
y la aguijada margene?
¿Sabéis quién es don Alfonso;
la justa acción con que viene,
el valor de sus vasallos,
los héroes de quien desciende?
¿Conocéis a doña Juana?
¿Oísteis jamás que hereden
a Castilla, habiendo hijos,
hermanas que los ofenden?
Pues escuchad sosegados,
si la razón os convence,
que para acción tan notoria
basta aclamarla mujeres.
La casa de Portugal
del tronco es un ramo verde
de los reyes de Castilla,
y su primero ascendiente,
don Alfonso Magno el sexto,
que al conde Enrique, el valiente,
ilustre en virtud y en armas,
Sol de los sirios franceses,
dio a su hija doña Elvira,
y en dote el condado fértil
de Portugal, hasta entonces
estrecho, pobre y estéril;
mas ya dilatado reino,
tanto, que invencible extiende
su diadema a la Etiopía,
que sus quinas obedece.
Con la sangre de Castilla,
sin ésta, otras doce veces
sus príncipes se casaron.
Siendo esto ansí ¿habrá quien niegue
ser Alfonso castellano
en la sangre, descendiente
por todo un lustro de siglos
de nuestros invictos reyes?
Por sola esta acción pudiera,
a pesar de los rebeldes,
pretender la sucesión
que la malicia divierte.
Vuestra princesa es su esposa;
por hija suya la tiene
Enrique el cuarto, jurada
por los mismos que la venden.
Si a las portuguesas quinas,
con que el cielo favorece
aquel reino, pues bajaron
de sus esferas celestes,
los castillos y leones
se juntan ¿qué imperio puede
contrastarnos? ¿Qué nación
ha de haber que no nos tiemble?
Abrid los apasionados
ojos, pues la verdad vence
nubes de apariencias falsas
que eclipsar su luz se atreven.
Vivan y reinen los dos,
que por diez años prometen
haceros francos y libres,
sin que los de Toro pechen,
Zamora, humilde y leal,
los recibe, y con solemne
demostración los aclama
por sus naturales reyes.
Vuestra vecina es Zamora.
¿Razón será que os afrente
la fe de vuestros vecinos
y que la ventaja os lleven
en la lealtad que blasonan?
La nobleza toda viene
a persuadiros verdades;
permitid que os aconseje.
Las letras los adjudican
el reino, y los más prudentes
de Castilla se conforman
con sus sabios pareceres.
Las armas en su defensa,
si razones no convencen,
a costa de nuestras vidas
mostrar su valor prometen.
Nuestros vecinos sois todos;
derramar el amor teme
sangre de su cara patria.
Unos muros y paredes
nos hospedan; unos frutos
nos sustentan y una gente
república nos conforma,
sólo en esto diferentes.
Vuestra ruina amenazan
vecinos de Toro, cesen
guerras civiles. ¡Alfonso
y su esposa reinen!
Caballeros ¡Reinen!
Labrador ISi los dos nos hacen libres,
deudos, amigos, parientes,
y ha de quedar franca Toro,
necio es quien tal dicha pierde.
Labrador IIJuren, que nos harán francos.
CondeYo os lo juro.
Todos ¡Pues reinen!
(Sale Antona.)
Antona ¿Quién ha de reinar, cobarde,
sino Fernando e Isabel?
Soltad el pendón, que en él
hará mi lealtad alarde.
(Quítasele.)Infame interés aguarde
quien de sus promesas fía;
que si vuestra villanía,
avarienta se rindió
al oro, no al menos yo,
que soy Antona García.
A ellos digo, los de allá,
que porque son caballeros
se precian de argumenteros.
por lo que Alfonso les da.
Sepan que no es tiempo ya
de arguciones, porque es clara
la razón que nos ampara.
Defiéndanlos sus doctores;
que acá somos labradores
y yo no he sido escolara.
Soldemente sé decillos
que no hay ley que el reino dé
a doña Juana; el porqué
pescúdenlo a los corrillos.
No oso yo contradecillos;
voz del puebro es voz de Dios.
Si sois de otro bando vos,
Marihidalga, bachillera,
contradecidlo acá huera
y avendrémonos las dos.
A no dudar de ofender
honras, que acata el respeto,
de doña Juana el defeto
yo vos lo hiciera...




