De Molina | Averígüelo Vargas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 230, 160 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina Averígüelo Vargas


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-129-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 230, 160 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-129-3
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La expresión «Averígüelo Vargas» se utiliza para dar a entender la suprema dificultad de averiguar, de conocer la explicación o los motivos de algo. Su origen proviene de que la reina Isabel la Católica escribía esta frase en los informes refiriéndose a su alcalde don Francisco de Vargas Mejía. Con esta frase como telón de fondo, Tirso de Molina construye una historia ambientada en un mundo cortesano. Averígüelo Vargas es una historia teatral con trasfondo histórico, en este caso la historia de Francisco Vargas. Francisco de Vargas era un personaje muy famoso en la corte de los Reyes Católicos. Era el encargado de enterarse e informar a la reina Isabel de todo lo que sucedía en la corte. También de las quejas o pretensiones de los cortesanos. Tan eficaz era don Francisco de Vargas Mejía en investigar lo que se le ordenaba, que la reina Isabel y el monarca Felipe II terminaron por convertir el encargo que siempre le hacían en una rúbrica: «Averígüelo Vargas», sinónimo de cúmplase.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen don Dionís y don Duarte.)

Duarte Don Dionís, parece sueño.

Dionís¿Quién, don Duarte, creyera

que tal privanza tuviera,

de un principio tan pequeño,

un hombre venido ayer,

no sé de dónde, sin prenda

de valor, fama o hacienda,

pues aun de quien le dio el ser

está la corte ignorante?

DuarteSola una cosa en favor

de que es hombre de valor

le abona.

Dionís ¿Y es?

Duarte Que el infante

le apoye: clara señal

que es noble, pues él le ampara;

que el infante no agraviara

la sangre de Portugal,

de quien es tan honrador,

dando alas a un forastero,

si no fuera caballero.

DionísAlgún oculto valor

encierra, que por agora

debe de importar callalle.

DuarteÉl merece por el talle

con que la corte enamora,

por el noble proceder

que con los títulos tiene,

por la humildad con que viene

a darnos a conocer

cuán ajeno de ambición

al rey y al infante obliga

a que en su aumento prosiga,

y por la conversación

apacible con que alcanza

renombre su juventud,

que envidiemos su virtud

y alabemos su privanza.

Mas ¿sabéis lo que concluyo

del amor con que el señor

infante le hace favor?

Que debe ser hijo suyo.

Dionís ¡Pluguiera a Dios! Sosegara

mi amoroso frenesí,

si eso, amigo, fuera ansí;

porque la sospecha avara

que tengo de que la infanta

le quiere bien, es ya tal,

que temo querelle mal.

Duarte¿Celos tenéis?

Dionís ¿Qué os espanta,

si cuando solos se ven,

por las lenguas de los ojos,

a costa de mis enojos,

dicen que se quieren bien?

Por Dios, que me pesaría

de que fuésemos los dos

enemigos, y por Dios,

que si la loca porfía

crece, siendo su interés

en mi daño, que sospecho

que le ha de hacer mal provecho.

DuarteYo he de averiguar quién es

don Ramiro.

Dionís ¿De qué modo?

DuarteSu criado sale al paso,

que es hombre de poco vaso,

y presto lo dirá todo;

propiedad de un ignorante,

combatido de malicias.

DionísPedidme el alma en albricias,

si es padre suyo el infante.

(Sale Tabaco [sin ver a los caballeros].)

Tabaco Después acá que enredado

en aqueste enjugador

voy, sin ser predicador,

de dos púlpitos cargado,

es tanta la presunción

que de estas quimeras saco,

que no he de ser más Tabaco,

o le he de echar el tacón

de un «don»; que no es mal ensayo

que «don Tabaco» me nombren,

aunque los dones se asombren

de haber hecho un «don» lacayo.

Mas tantos los dones son

que aun las campanas los dan,

pues si tañe el sacristán,

pronuncia «dan, dan, don, don».

Y si dan «don», desde hoy quiero

un don, aunque sea trabajo;

que un «don» dado de un badajo

bien está en un majadero.

Duarte Hola; ¿oís?

Tabaco ¿Quién es la «hola»?

Hablad como habéis de hablar;

que aunque la corte sea mar,

no tengo yo de ser ola.

Don Tabaco es mi apellido,

porque en estas ocasiones

la poesía y los dones

a tanta baja han venido

que hay ya dones al soslayo,

y de agujas y banquetas

levanta Apolo poetas,

como dones de un lacayo.

Y en mí no es el «don» postizo;

que un don Tabaco es de honrar,

por ser su antiguo solar

narices con romadizo.

Dionís Humor tenéis.

Tabaco Ya lo veis;

soy hombre de humos y humor.

DuarteEscuchad. Vuestro señor

¿de dónde es, si lo sabéis?

Tabaco Su nombre se soleniza.

Dionís¿Es caballero?

Tabaco Eso infiero,

pues de puro caballero,

nació en la caballeriza.

Duarte Dejad burlas tan pesadas.

TabacoEn su sangre hay encomiendas.

Dionís¿Y es hombre de prendas?

Tabaco ¿Prendas?

Algunas tiene empeñadas.

Dionís Prendas de nobleza llamo.

TabacoNo lo entendí, perdonad.

Dionís¿Es hombre de calidad?

TabacoSí, es muy cálido mi amo;

que ansí lo dijo un dotor.

DuarteO vos sois un gran bellaco

o un gran tonto.

Tabaco Soy Tabaco,

que es uno y otro, señor.

(Vase.)

Dionís El rey sale.

Duarte Extraordinario

favor hace a don Ramiro.

Siempre a su lado le miro;

hale hecho su secretario,

y dándole peticiones

viene.

Dionís Su presencia es tal,

que muestra ser principal.

DuarteDe sus nobles intenciones

se colige la nobleza

con que al cielo se levanta;

mas como no ame a la infanta,

sea quien fuere.

(Sale el Rey recibiendo peticiones de don Ramiro, doña Felipa, don Pedro, acompañamiento.)

Ramiro Vuestra alteza

de modo me favorece,

que de mí mismo me admiro

envidioso.

Rey Don Ramiro,

honrar a quien lo merece

es obligación de un rey,

que a los pechos del consejo

de un infante sabio y viejo,

su valor tiene por ley.

Alcaide de Santarén

sois.

Ramiro Tus pies quiero besar.

ReyBlasón de un rey es el dar;

pero más lo es el dar bien.

PedroLos pies beso a vuestra alteza

por la merced que Ramiro

recibe.

Rey En él y en vos miro

todo el valor y nobleza.

¿Hay más peticiones?

Ramiro Ésta

en que el conde don Dionís

os suplica que de Avís,

pues su lealtad manifiesta

sus méritos, la encomienda

le deis mayor, que está vaca.

[A don Dionís.]

Duarte(De vos habla.)

Dionís (A plaza saca

su valor, aunque pretenda

encubrirse.)

Rey ¿Qué valdrá

esa encomienda mayor?

PedroDiez mil ducados, señor,

de renta.

Rey Bien se empleará,

don Ramiro, en vuestro pecho.

Traedla, y dará más luz

en tales pechos tal cruz,

y yo estaré satisfecho.

El comendador mayor

os llamen desde hoy de Avís.

RamiroPreténdela don Dionís

y la merece mejor.

Suplícoos, príncipe augusto,

me hagáis a mí esta merced.

ReyVuestra es la encomienda, haced

de ella lo que os diere gusto.

[A don...



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