E-Book, Spanisch, Band 244, 112 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina El cobarde más valiente
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-202-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 244, 112 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-202-3
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Capítulo II
Cemí estaba sentado en el patio de Upsalón, que está enfrente de la escuela de los abogados, esperando al bedel que repartía las notas de una concretera conocida con el nombre de Legislación Hipotecaria. El curso había terminado y, sin la presencia de Fronesis y de Foción, toda imantación mágica de aquellos lugares se había borrado para Cemí. Las yerbillas de la jardinería, con franjas amarillentas por las quemadas de un junio que extendía sus exigencias sin tregua, no ocultaban el dolor de las tijeras de la poda por imponer un verde sin doblez. Lo lograba apenas, como un caimán muy viejo que enseñase en su lengua un ramito verde. La misma ferocidad del cenital hacía que los amapolones sintiesen algunos pétalos chamuscados y lánguidos, otros parecían marcados con una uña por el negror de la hoguera triunfadora. Por todas partes el agotador desparpajo de la herida de junio.
Cuando el hastío que se ovilla en nosotros está frente a una caja de espacio demasiado grande, las figuras que se deslizan entre ambos se hacen insignificantes e indetenibles. Si la figura logra imponerse al espacio agrandado, vemos cómo nuestro hastío con una lentitud elástica logra atrapar la figura, como si la levantase con el abrir de los párpados más que con el fijarse de la mirada. Como un punto que saliese de su hastío y del arco espacial, logró establecerse, romper su errancia, en una muchacha que se acercaba. Era Lucía, la enamorada amante de Fronesis.
No era la Lucía de otras mañanas. Su rostro se mostraba con más nobleza, como abrumada por una preocupación que se disimula. El verdor de sus ojos se empañaba por una mirada demasiado fija en un espacio vacío, aquel verde picante disminuido por el riego salobre de las lágrimas. Cemí observó de inmediato que Lucía no quería mostrar la verdadera índole de su visita.
Hacía tanto tiempo que no lo veía, que tengo verdaderos deseos de hablar de nuevo con usted —le dijo—. He venido varias veces, he preguntado si sabían por dónde andaba, pero nadie me ha sabido informar. Hoy era el día que menos pensaba encontrarlo, pues es un día sin clases, y ya ve, está sentado en el banco de la espera, pero sin Fronesis y sin Foción —hablaba apresuradamente, como quien dice algo que se trae preparado, pero que al mismo tiempo teme un brusco traspiés en la ilación.
—Hoy hay un baile y lo he venido a buscar para que me lleve, después nos podemos ir de paseo —continuó Lucía. Se desencajaba, hablaba como una ménade y Cemí observó que poco le faltaba para que se echase a llorar. Ya estaba seguro de que Lucía lo había venido a buscar para algo de veras grave. Cemí la tomó de la mano para llevarla a un sitio menos acudido y donde pudiesen hablar con más resguardo. La llevó al parquecito de Alfaro, donde ella acostumbraba a sentarse con Fronesis. Se sentaron los dos, pero antes de que ninguno volviera a hablar, la crisis detenida de Lucía se desbordó, sus sollozos y su llanto rompieron toda inhibición, hasta que la aparición del pañuelo entre sus dedos finos fue la señal de que comenzaba a remansarse.
—Lucía, quiero que tú me digas la verdad de tu visita, el porqué has venido a buscarme. Yo soy amigo de Fronesis, él no está entre nosotros y creo que todo lo que tú le podías decir, me lo puedes decir a mí también. Bien sé yo que a ti no te interesa bailar conmigo, ni mucho menos pasear después del baile. Estabas disimulando, ahora ya no tienes que disimular nada. Dime lo que de verdad quieres decirme.
—Fronesis y yo nos queríamos —le respondió Lucía—, mejor dicho, yo lo quería, si me quería lo debe de responder él. Yo sé que él es muy superior a mí, pero su superioridad nunca me hacía sentir distante, sino por el contrario, atraía con esa superioridad, haciendo que una se sintiera capaz de todo. Cuando yo los oía hablar a los tres, me parecía que yo también hablaba, después llegaba a mi casa y tenía que reírme, no sabía ni de qué habían hablado, pero al día siguiente tenía más deseos de volver a oírlos hablar. Fronesis y yo salíamos, y un día, bueno, un día usted sabe... —Lucía no lograba la expresión para decirlo, entonces se echó a llorar de nuevo—. Pero como esas cosas usted sabe que no paran ahí, un día empecé a sentirme mal y fui al médico. Entonces supe que era un hijo de Fronesis lo que tenía dentro de mí. Yo no sabía qué hacer, ya Fronesis se había marchado. Algunas amigas me aconsejaron la solución que se adopta en tales casos. Pero yo he respetado mucho a Fronesis para tomar esa decisión. Lo que yo quiero y ya se lo voy a decir todo de una vez, es conseguir un pasaje, para marcharme a ver a Fronesis. Además tengo el presentimiento —aquí su voz se ahogó casi— de que si yo no voy a verlo, no lo veré nunca más. No creo que él vuelva y sabe Dios lo que le podrá pasar.
Cemí y Foción, tenían también ese presentimiento. Ahora Lucía decía desde el puente de la cópula y desde el embrión que le crecía a criatura, que ella olfateaba también eso, que la vida de Fronesis había pasado de una seguridad inconmovible a una situación rara, indescifrable y cargada de acechanzas.
Cemí sintió que lo recorría un temblor como un hechizo. Sentía la nobleza enloquecida de Lucía al acercarse a él, cómo se le había querido entregar antes que decirle nada, pero cómo su misma ingenuidad la había descubierto. Sintió la fuerza de transfiguración que hay en cada persona como un potencial desconocido que actúa con una lucidez inmediata, casi transparentándose.
—Mañana te llevaré el dinero a tu casa para que te embarques—. Cemí pensó de inmediato en el padre de Foción, el médico enloquecido. Sabía que entre los dos resolverían el viaje de Lucía. (Al día siguiente, Foción casi temblando, le entregó el dinero.) Lucía lo miró con una inapreciable rapidez a la cara y le contestó: Ojalá que Dios haga que te lo agradezca siempre.
Con la misma rapidez que le miró la cara, le apretó la mano para despedirse. Lucía había alcanzado una gracia, la de transportarse a grandes distancias para dar el testimonio de la semilla.
En ese momento surgió el bedel con el papelucho que traía la calificación de su examen. La cara del viejo era alegre y socarrona. A Cemí le pareció que los botones de la chaqueta del bedel relucían como clavos de oro. Abrió el papel, decía: Sobresaliente.
Cemí se sintió recorrido por una alegría que crecía incesantemente en su interior, muy pocas veces volvería a sentir esa creciente levadura. Le pareció que un dios desconocido le entregaba la nota de su conducta con Lucía. Cuando miró el papel que como propina deslizaba en la mano del bedel, asomó un risueño escarabajo de esmeralda.
Aquella noche soñó con Fronesis, que caminaba en la medianoche por una calleja que parecía del Cairo. Su andar era sereno, venía de una conversación con amigos y se dirigía a dormir en su casa. Su serenidad era como si caminara ya dentro del sueño. Empezó a perseguirlo un demonio siniestro. Y delante iba otro diablejo, pasándose el cuchillo de la punta del rabo a las manos, después hacía como que clavaba el cuchillo en las paredes. El que iba delante se acercaba a Fronesis, pero éste ni se ocupaba de su presencia. Entraba y salía el cuchillo del cuerpo de Fronesis, pero éste seguía como caminando dentro de su sueño, sin alterar el rostro ni el ritmo de la marcha. Hablaban después aparte los dos diablejos y se veían entrelazando los rabos. Los dos grotescos comenzaron a bisbisearse en el oído. Fronesis había llegado a su casa, introducía la llave en la cerradura. Uno de los demonios llevaba en su mano el escarabajo de esmeralda que Cemí había puesto en la mano del bedel. Pero el escarabajo se retorcía como un kris malayo. El diablejo tocó la llave con el escarabajo cuchillo ondulado y la llave saltó así hasta la esquina, comenzando a irradiar. Después hundió el escarabajo en el cuello de Fronesis. La risueña cabeza del cuchillo ondulado se veía en su vaivén sobre la herida. Fronesis, recostado en la pared, iba descendiendo con la lentitud de la sangre en el agua. Al final, el escarabajo montaba sobre la llave irradiante como si fuese un palo de escoba.
Durante varios días, el café de la esquina de la casa de Fronesis en París estaba apagado. Sus parroquianos miedosos ni se asomaban por las vidrieras, ni preguntaban a los dueños por la suerte del cafetín. En una barriada parisina, el cierre de un café se extiende como un duelo silencioso. La gente allí teje el tiempo a su manera, ganso atolondrado, y transporta la tarde y la noche como una columna arrastrada con un jadeo que no se logra disimular. El que todas las noches va a uno de esos cafés, si tiene que quedarse en su casa, mece su balance en el balcón rompiendo el mimbre y el baldosado, cae en el vacío sin fin como un elefante de papel. Desde que se cerró el café donde Fronesis hacía su única comida del día, llevaba a su casa algunos fiambres, de paseo adquiría empanadas, algunos pastelillos, quesos y así pasaba esos primeros días sin café de barrio, oyendo música de radio y leyendo. Antes de irse a comer a otro restaurante, quería esperar algunos días para ver si lo abrían de nuevo. Fronesis causaba siempre la impresión de cierta noble despreocupación, era en extremo meticuloso para iniciar aventuras que sabía terminaban por anclarse en la costumbre. Necesitaba de muchos informes y cuidados para cambiar de restaurante como los hubiera necesitado para cambiar la hora del baño o la extensión de su siesta o de sitio, vecinería, parroquianos fijos, transeúntes, dueños, historial, años de servicio. Sabía la fuerza del escudo de...




