De Molina | El pretendiente al revés | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 251, 166 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina El pretendiente al revés


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-246-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 251, 166 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-246-7
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El pretendiente al revés es una de las comedias más destacadas de Tirso de Molina, uno de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro español. La obra combina el análisis psicológico de los personajes con la intriga y el humor, características que son típicas de la comedia española de esta época. La trama se centra en el personaje del Duque, quien posee una personalidad compleja y enigmática, que lo lleva a manipular a los demás personajes con su astucia. Su esposa, que es objeto de su manipulación, es otro personaje muy bien desarrollado, cuyas reacciones y emociones son descritas con gran detalle. Además de la profundidad psicológica de los personajes, la obra también destaca por su utilización de elementos típicos de la comedia villanesca, un subgénero que se caracteriza por su enfoque en las costumbres y los personajes rústicos o populares. Esta combinación de elementos villanescos con la trama de intriga y la profundidad psicológica de los personajes hace de El pretendiente al revés una de las obras más interesantes y complejas de Tirso de Molina.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen el Duque y Leonora.)

Duque Saben los cielos, mi Leonora hermosa,

Si desde que mi esposa te nombraron,

y de dos enlazaron una vida

por verla divertida en otra parte,

quisiera aposentarte de manera

en ella, que no hubiera otra señora,

que no siendo Leonora, la ocupara.

Si un reino, es cosa clara, que se rige

de un solo rey que elige por cabeza,

y la Naturaleza solamente

dio al mundo un Sol ardiente y una Luna;

si en cada cuerpo es una el alma bella,

no es bien que estén en ella dos señores,

ni ocupen dos amores una casa,

como en la esfera escasa de mi pecho.

Diligencias he hecho que no han sido

bastantes al olvido; he intentado

ausentarme, he probado a divertirme,

y para persuadirme al tuyo honesto,

las partes he propuesto que ennoblecen

tu fama, y enriquecen mi ventura.

Tu virtud, tu hermosura, tu nobleza,

la célebre grandeza de tu casa

mi memoria repasa cada día;

mas —¡ay Leonora mía!— que no basta

contra la mala casta de un tirano,

que a todo da de mano, y en mi pecho

de suerte asiento ha hecho, que con todo

alzándose, no hay modo que se aplaque,

si no es que con él saque el alma y vida

que está con él asida, y porque goce

su reino desconoce al propio dueño.

Esto me quita el sueño; que quisiera

un alma darte entera, y no partida.

No sé qué medio impida aqueste daño,

pues contra el desengaño, esposa mía,

crece más cada día. Sólo uno

hallo que es oportuno y provechoso,

si bien dificultoso, pues comienza

la tímida vergüenza a refrenarle

al tiempo de esplicarle y esto pende

de tu amor, si se extiende, Leonor bella,

a tanto, que atropella de los celos

la línea y paralelos, porque estriba

sólo en que el duque viva, que padece.

Si el tuyo te parece que es bastante

a hazana semejante, haréte cierta

de la herida encubierta, que te llama

su médico.

Leonora Quien ama como debe

debajo el yugo leve y amoroso

del matrimonio, esposo, no repara

en cosa, por más cara que parezca;

pues si es bien que se ofrezca al golpe rudo

el brazo, aunque desnudo, cuando mira

que a la cabeza tira y amenaza,

bien es que de esta traza yo pretenda

tu vida y te defienda, pues estriba

mi ser todo en que viva la cabeza,

que la naturaleza en ti me ha dado.

Si el fin de tu cuidado en mí consiste,

no estés, Filipo, triste. Dame cuenta

de la pasión violenta que te abrasa,

y pues tienes en casa la ventura

que dices, ponte en cura, aunque yo muera.

Duque¡Oh mi bien! ¿Quién pudiera para amarte

mejor, desocuparte el alma toda,

que hospeda y acomoda ingratas prendas?

No imagines ni entiendas qué te pido;

que si por su marido ofreció Alceste

la vida, imites este ejemplo extraño,

ni que tan en tu daño mi sosiego

te salga, que en el fuego riguroso,

el amor de tu esposo, como a Evadne

te arroje, porque gane eterna fama;

que ni acero ni llama han de ser medio

que pueda dar remedio a tanta pena.

La marquesa Sirena es el tirano

que con violenta mano se retrata

dentro del alma ingrata y homicida

la posesión debida a tu hermosura

tiranizar procura. Ya ha dos años

que con mil desengaños menosprecia

la voluntad que necia permanece,

cuando más me aborrece, más constante.

Ni el verme mozo amante, ni el estado

ilustre que he heredado, y su señora

la llamara, Leonora, ablandar pudo

aquel pecho desnudo de clemencia.

Ni el ver que la potencia, en compañía

del poder, cada día precipita

la razón, si la irrita el menosprecio,

la obligó —¡caso recio!— a ser mi esposa.

Viendo, pues, peligrosa mi esperanza

para tomar venganza y olvidarla,

del alma quise echarla, haciendo dueño

suyo, en tiempo pequeño, a mi Leonora.

Llamóte al fin señora mi Bretaña,

y como te acompaña la belleza

igual a tu nobleza, creí contento

echar del pensamiento al dueño ingrato

que en el alma retrato, pues ausente

de Sirena, y presente tu hermosura,

¿en qué pizarra dura se esculpiera

que no la echara fuera y se borrara?

Ni el Sol de aquesa cara, ni su ausencia,

ni el ver por experiencia ya imposible

mi frenesí terrible, hizo otra cosa

que aumentar más furiosa la cruel llama

que ciega se derrama, y como loca

se sale por la boca. Al fin, Leonora,

viendo de hora en hora alborotada

y ya banderizada el alma mía

que de tu parte cría atrevimiento,

porque el entendimiento te defiende

que conoce y entiende lo que vales,

con armas desiguales la refrena

memoria de Sirena, y de su parte

la voluntad reparte, aunque sin ojos

la vitoria y despojos de mi vida.

Viéndote de vencida y ya olvidada,

porque desengañada te siguiese

la voluntad, y viese juntamente

tu belleza excelente, y la hermosura

de quien mi mal procura, fui por ella

y aquí quise traerla; que un contrario

junto a otro, es ordinario dar más muestra

De la virtud que muestra. De esta suerte

creí, mi bien, que en verte más perfeta

más hermosa y discreta, se enlazara

en ti el alma, y dejara a la marquesa

de quien, aunque le pesa, le atribuye

la ventaja que incluye tu hermosura.

No salí con la cura. Antes creciendo

el fuego en que me enciendo, es ya de suerte

que si no es que la muerte le reporte,

desde que está en la corte a tal estado

me trae, que me ha obligado a que disponga

mi vida, y que la ponga —¡ay Leonor bella!—

en tu mano; que si ella no me sana,

cualquiera cura es vana.

Leonora El cómo aguardo.

Duque¿Creerás que me acobardo y no me atrevo

cuando a decirte pruebo mi locura,

viendo que tu hermosura, entendimiento

y discreción afrento? Leonor mía,

quita mi cobardía. En esta mano

que beso, y por quien gano el bien que espero,

(Bésasela.)poner mi salud quiero. Ansí me veas

libre, porque poseas toda el alma,

que pongas quieta calma a esta tormenta

ni has de estar descontenta ni enojarte.

LeonoraEmpieza a declararte, lisonjero.

DuqueSi me juras primero no hacer caso

de celos, pues me abraso, aunque procuro

olvidar...

Leonora Yo lo juro; ea, acabemos.

DuqueNo te cansen extremos, ten paciencia.

Ya suele la experiencia haber mostrado

causar odio y enfado, si se alcanza

lo que hace la esperanza más perfeto.

Ya sabes que el objeto deseado

suele hacer al cuidado sabio Apéles,

que con varios pinceles, en distinta

color esmalta y pinta con bosquejos

lo que visto de lejos nos asombra,

y siendo vana sombra, nos parece

un Sol que resplandece, una hermosura

que deleitar procura, y nos provoca;

mas si la mano toca la fingida

pintura apetecida, ve el deseo

ser un grosero anjeo, en que afeitado

ni cría yerba el prado, ni la fuente

prosigue su corriente, ni ve, ni habla

la imagen que la tabla representa,

y así lleno de afrenta, busca viva

la que la perspectiva enseña muerta.

Mi voluntad...



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