E-Book, Spanisch, Band 251, 166 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina El pretendiente al revés
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-246-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 251, 166 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-246-7
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Salen el Duque y Leonora.)
Duque Saben los cielos, mi Leonora hermosa,
Si desde que mi esposa te nombraron,
y de dos enlazaron una vida
por verla divertida en otra parte,
quisiera aposentarte de manera
en ella, que no hubiera otra señora,
que no siendo Leonora, la ocupara.
Si un reino, es cosa clara, que se rige
de un solo rey que elige por cabeza,
y la Naturaleza solamente
dio al mundo un Sol ardiente y una Luna;
si en cada cuerpo es una el alma bella,
no es bien que estén en ella dos señores,
ni ocupen dos amores una casa,
como en la esfera escasa de mi pecho.
Diligencias he hecho que no han sido
bastantes al olvido; he intentado
ausentarme, he probado a divertirme,
y para persuadirme al tuyo honesto,
las partes he propuesto que ennoblecen
tu fama, y enriquecen mi ventura.
Tu virtud, tu hermosura, tu nobleza,
la célebre grandeza de tu casa
mi memoria repasa cada día;
mas —¡ay Leonora mía!— que no basta
contra la mala casta de un tirano,
que a todo da de mano, y en mi pecho
de suerte asiento ha hecho, que con todo
alzándose, no hay modo que se aplaque,
si no es que con él saque el alma y vida
que está con él asida, y porque goce
su reino desconoce al propio dueño.
Esto me quita el sueño; que quisiera
un alma darte entera, y no partida.
No sé qué medio impida aqueste daño,
pues contra el desengaño, esposa mía,
crece más cada día. Sólo uno
hallo que es oportuno y provechoso,
si bien dificultoso, pues comienza
la tímida vergüenza a refrenarle
al tiempo de esplicarle y esto pende
de tu amor, si se extiende, Leonor bella,
a tanto, que atropella de los celos
la línea y paralelos, porque estriba
sólo en que el duque viva, que padece.
Si el tuyo te parece que es bastante
a hazana semejante, haréte cierta
de la herida encubierta, que te llama
su médico.
Leonora Quien ama como debe
debajo el yugo leve y amoroso
del matrimonio, esposo, no repara
en cosa, por más cara que parezca;
pues si es bien que se ofrezca al golpe rudo
el brazo, aunque desnudo, cuando mira
que a la cabeza tira y amenaza,
bien es que de esta traza yo pretenda
tu vida y te defienda, pues estriba
mi ser todo en que viva la cabeza,
que la naturaleza en ti me ha dado.
Si el fin de tu cuidado en mí consiste,
no estés, Filipo, triste. Dame cuenta
de la pasión violenta que te abrasa,
y pues tienes en casa la ventura
que dices, ponte en cura, aunque yo muera.
Duque¡Oh mi bien! ¿Quién pudiera para amarte
mejor, desocuparte el alma toda,
que hospeda y acomoda ingratas prendas?
No imagines ni entiendas qué te pido;
que si por su marido ofreció Alceste
la vida, imites este ejemplo extraño,
ni que tan en tu daño mi sosiego
te salga, que en el fuego riguroso,
el amor de tu esposo, como a Evadne
te arroje, porque gane eterna fama;
que ni acero ni llama han de ser medio
que pueda dar remedio a tanta pena.
La marquesa Sirena es el tirano
que con violenta mano se retrata
dentro del alma ingrata y homicida
la posesión debida a tu hermosura
tiranizar procura. Ya ha dos años
que con mil desengaños menosprecia
la voluntad que necia permanece,
cuando más me aborrece, más constante.
Ni el verme mozo amante, ni el estado
ilustre que he heredado, y su señora
la llamara, Leonora, ablandar pudo
aquel pecho desnudo de clemencia.
Ni el ver que la potencia, en compañía
del poder, cada día precipita
la razón, si la irrita el menosprecio,
la obligó —¡caso recio!— a ser mi esposa.
Viendo, pues, peligrosa mi esperanza
para tomar venganza y olvidarla,
del alma quise echarla, haciendo dueño
suyo, en tiempo pequeño, a mi Leonora.
Llamóte al fin señora mi Bretaña,
y como te acompaña la belleza
igual a tu nobleza, creí contento
echar del pensamiento al dueño ingrato
que en el alma retrato, pues ausente
de Sirena, y presente tu hermosura,
¿en qué pizarra dura se esculpiera
que no la echara fuera y se borrara?
Ni el Sol de aquesa cara, ni su ausencia,
ni el ver por experiencia ya imposible
mi frenesí terrible, hizo otra cosa
que aumentar más furiosa la cruel llama
que ciega se derrama, y como loca
se sale por la boca. Al fin, Leonora,
viendo de hora en hora alborotada
y ya banderizada el alma mía
que de tu parte cría atrevimiento,
porque el entendimiento te defiende
que conoce y entiende lo que vales,
con armas desiguales la refrena
memoria de Sirena, y de su parte
la voluntad reparte, aunque sin ojos
la vitoria y despojos de mi vida.
Viéndote de vencida y ya olvidada,
porque desengañada te siguiese
la voluntad, y viese juntamente
tu belleza excelente, y la hermosura
de quien mi mal procura, fui por ella
y aquí quise traerla; que un contrario
junto a otro, es ordinario dar más muestra
De la virtud que muestra. De esta suerte
creí, mi bien, que en verte más perfeta
más hermosa y discreta, se enlazara
en ti el alma, y dejara a la marquesa
de quien, aunque le pesa, le atribuye
la ventaja que incluye tu hermosura.
No salí con la cura. Antes creciendo
el fuego en que me enciendo, es ya de suerte
que si no es que la muerte le reporte,
desde que está en la corte a tal estado
me trae, que me ha obligado a que disponga
mi vida, y que la ponga —¡ay Leonor bella!—
en tu mano; que si ella no me sana,
cualquiera cura es vana.
Leonora El cómo aguardo.
Duque¿Creerás que me acobardo y no me atrevo
cuando a decirte pruebo mi locura,
viendo que tu hermosura, entendimiento
y discreción afrento? Leonor mía,
quita mi cobardía. En esta mano
que beso, y por quien gano el bien que espero,
(Bésasela.)poner mi salud quiero. Ansí me veas
libre, porque poseas toda el alma,
que pongas quieta calma a esta tormenta
ni has de estar descontenta ni enojarte.
LeonoraEmpieza a declararte, lisonjero.
DuqueSi me juras primero no hacer caso
de celos, pues me abraso, aunque procuro
olvidar...
Leonora Yo lo juro; ea, acabemos.
DuqueNo te cansen extremos, ten paciencia.
Ya suele la experiencia haber mostrado
causar odio y enfado, si se alcanza
lo que hace la esperanza más perfeto.
Ya sabes que el objeto deseado
suele hacer al cuidado sabio Apéles,
que con varios pinceles, en distinta
color esmalta y pinta con bosquejos
lo que visto de lejos nos asombra,
y siendo vana sombra, nos parece
un Sol que resplandece, una hermosura
que deleitar procura, y nos provoca;
mas si la mano toca la fingida
pintura apetecida, ve el deseo
ser un grosero anjeo, en que afeitado
ni cría yerba el prado, ni la fuente
prosigue su corriente, ni ve, ni habla
la imagen que la tabla representa,
y así lleno de afrenta, busca viva
la que la perspectiva enseña muerta.
Mi voluntad...




