E-Book, Spanisch, Band 255, 156 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina La celosa de sí misma
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-193-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 255, 156 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-193-9
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Salen doña Magdalena, de luto bizarro, y Quiñones.)
Magdalena ¿Qué sacas de encarecer
la dicha que he conseguido
en que esposa venga a ser
del primero que he querido,
y que llegue a merecer
las partes que en don Melchor
rindieron mi voluntad
su gentileza, valor,
talle, liberalidad,
discreción, gracia y amor?
Pues todas ésas, Quiñones,
si fueron ponderaciones
primero de mi afición,
ya de mis recelos son
sospechosas ocasiones.
Quiñones No me espanto. Todo aquello
Que está en ajeno poder,
tiene el gusto por más bello,
y el valor suele perder,
en llegando a poseello.
Juzgaste ayer a tu esposo
por prenda ajena; y así
te pareció más hermoso.
Viene a ser tu dueño aquí,
y júzgasle ya enfadoso.
Efímera es tu afición:
toda ayer ponderación
y hoy desdén toda y mudanza.
¿Quién vio morir la esperanza
antes de la posesión?
¿Es posible que tan presto
aborreces lo que amabas?
No en balde luto te has puesto
por los deseos que acabas
de enterrar.
Magdalena No estás en esto
de amar, Quiñones, tan diestra,
que los peligros rehúses
que el yugo conyugal muestra.
Y así no es mucho que acuses
mi amor, si no eres maestra.
De suerte a don Melchor quiero
después que a esta casa vino,
que si me agradó primero,
mi amor es ya desatino,
pues sin él, morir espero.
Mas, ¿con qué seguridad
rendiré mi voluntad
a quien, con tan fácil fe,
la primer mujer que ve
triunfa de su voluntad?
Hombre que a darme la mano
viene aquí desde León
y es tan mudable y liviano
que a la primera ocasión,
liberal y cortesano,
a un manto rinde despojos
y a una mano el alma ofrece.
¿No quieres que me dé enojos
quien así se desvanece?
Y sin penetrar sus ojos
lo que, por no ver, ignora,
se suspende y enamora,
exagera, sutiliza,
y palabras autoriza,
pues con escudos las dora.
¿Qué satisfacción dará
a quien por dueño le espera?
¿O quién me asegurará
de voluntad tan ligera,
que, desposado, no hará
lo mismo con cuantas mire,
y yo con él mal casada,
quejas al alma retire,
llore mi hacienda gastada,
y sus mudanzas suspire?
Quiñones ¡Pues siendo tú quien despierta
su voluntad, y encubierta
diste causa a sus desvelos!,
¿de quién puedes formar celos?
MagdalenaDe mí misma. Y está cierta
que si le amé forastero,
doméstico y dueño ya,
dudo, al paso que le quiero.
QuiñonesPues bien, ¿qué remedio da
tu amor?
Magdalena Cumplir lo primero
mi palabra en la Vitoria,
y ver si en ella me aguarda.
QuiñonesNo tendrá de ti memoria;
que tu presencia gallarda,
siendo a sus ojos notoria,
borrará la primer copia
que vio tapada e impropia,
pues se enamoró en bosquejo,
y mudando de consejo,
te olvidará por ti propia.
Magdalena Eso, pues, quiero probar.
QuiñonesPues ¿para qué te vestiste
de luto?
Magdalena Para mostrar,
en señal de que estoy triste,
la color de mi pesar.
Todos estos son ardides
de mi amor.
Quiñones ¿No puedo yo
saberlos?
Magdalena Si los impides,
dándome consejos, no;
mas sí, si a mi amor te mides.
Quiñones ¿Pues agora dudas de eso?
MagdalenaQue estoy loca, te confieso.
Pongan el coche.
Quiñones Ya está
a la puerta.
Magdalena Importará
para el fin de este suceso,
ya que en este tema doy,
que a casa de doña Juana,
a quien el pésame voy
a dar de su muerta hermana,
mientras que con ella estoy,
hagas llevarme una silla
y un escudero alquilados.
QuiñonesHartos hay en esta villa.
MagdalenaDespués sabrás mis cuidados.
Quiñones¿Y agora no?
Magdalena Maravilla
fuera, siendo tú mujer,
no morirte por saber.
Amor, que en todo es astuto,
me ha vestido de este luto,
porque si me llega a ver
hablando con don Melchor
mi hermano o padre, no entienda
por el vestido mi amor
secreto, y con él se ofenda.
Quiñones¡Lo que previne el temor!
Magdalena Por lo mismo iré también
en silla desconocida.
QuiñonesTodo lo dispones bien.
MagdalenaTénmela allí apercebida,
y tus albricias prevén
si don Melchor no me espera
donde ayer me prometió.
QuiñonesDios lo haga de esa manera.
MagdalenaNo soy tan dichosa yo.
QuiñonesTú has dado en gentil quimera.
(Vanse las dos. Salen don Melchor y Ventura.)
Ventura ¿Es posible que haya amor,
que la hermosura divina
de tal dama menosprecie
por una mujer enigma,
por una mano aruñante,
que con blancura postiza,
a pura muda y salvado,
sus mudanzas pronostica?
¿Sin haberla visto un ojo,
sin saber si es vieja o niña,
nari-judaizante o chata,
desdentada o boquichica?
¡Que en cáscara te enamores!
¡Que bien del espejo digas,
sin ver no más que la tapa!
¡De una dama en alcancía!
¡De la tumba por el paño!
¡De la toca por la lista!
¡Del pastelón por la hojaldre!
¡De la sota por la pinta!
¡De la espada por la vaina!
MelchorEa, ensarta boberías,
eslabona disparates,
y frialdades bufoniza;
que yo he de esperarla aquí.
VenturaY de veras, ¿imaginas
que ha de tornar la bolsona?
MelchorTú verás presto cumplida
la palabra que me dio.
VenturaComo oliscara la ninfa
otro bolsillo preñado
de doradas gollorías,
sí hiciera... ¿Mas no te agrada
doña Magdalena?
Melchor Es... fría.
No me la nombres, Ventura,
que tengo el alma rendida
a la gallarda encubierta;
y si a la mano divina
la hermosura corresponde
del rostro, como adivina
el alma que nunca miente,
mi dichosa suerte estima.
VenturaY si fuese, como creo,
en lugar de Raquel, Lía,
con el un ojo estrellado,
y con el otro en tortilla,
los labios de azul turquí,
cubriendo dientes de alquimia,
jalbegado el frontispicio
a fuer de pastelería,
y como universidad
rotuladas las mejillas,
¿qué has de hacer?
Melchor Cuando eso,
que supongo que es...




