De Molina | La celosa de sí misma | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 255, 156 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La celosa de sí misma


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-193-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 255, 156 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-193-9
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La celosa de sí misma es una de las mejores comedias de intriga escritas por Tirso de Molina. A partir de los celos, Tirso desarrolla uno de sus más interesantes personajes femeninos. El personaje con enorme capacidad imaginativa y cierta herencia del 'curioso impertinente' se convierte en su propio rival por el amor de un galán que resulta ser, a la vez, deseado y rechazado. La celosa de sí misma fue escrita por Tirso de Molina hacia 1621, cuando regresaba a Madrid, su ciudad, tras una larga ausencia, y, para su sorpresa se encontró con una urbe modernizada y sobre todo con la magnífica Plaza Mayor, 'construida como por ensalmo, durante su ausencia, de orden de Felipe III, por su arquitecto Gómez de Moya, discípulo de Juan de Herrera -herreriana es la fachada posterior de nuestra Catedral- en el brevísimo término de dos años...'

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen doña Magdalena, de luto bizarro, y Quiñones.)

Magdalena ¿Qué sacas de encarecer

la dicha que he conseguido

en que esposa venga a ser

del primero que he querido,

y que llegue a merecer

las partes que en don Melchor

rindieron mi voluntad

su gentileza, valor,

talle, liberalidad,

discreción, gracia y amor?

Pues todas ésas, Quiñones,

si fueron ponderaciones

primero de mi afición,

ya de mis recelos son

sospechosas ocasiones.

Quiñones No me espanto. Todo aquello

Que está en ajeno poder,

tiene el gusto por más bello,

y el valor suele perder,

en llegando a poseello.

Juzgaste ayer a tu esposo

por prenda ajena; y así

te pareció más hermoso.

Viene a ser tu dueño aquí,

y júzgasle ya enfadoso.

Efímera es tu afición:

toda ayer ponderación

y hoy desdén toda y mudanza.

¿Quién vio morir la esperanza

antes de la posesión?

¿Es posible que tan presto

aborreces lo que amabas?

No en balde luto te has puesto

por los deseos que acabas

de enterrar.

Magdalena No estás en esto

de amar, Quiñones, tan diestra,

que los peligros rehúses

que el yugo conyugal muestra.

Y así no es mucho que acuses

mi amor, si no eres maestra.

De suerte a don Melchor quiero

después que a esta casa vino,

que si me agradó primero,

mi amor es ya desatino,

pues sin él, morir espero.

Mas, ¿con qué seguridad

rendiré mi voluntad

a quien, con tan fácil fe,

la primer mujer que ve

triunfa de su voluntad?

Hombre que a darme la mano

viene aquí desde León

y es tan mudable y liviano

que a la primera ocasión,

liberal y cortesano,

a un manto rinde despojos

y a una mano el alma ofrece.

¿No quieres que me dé enojos

quien así se desvanece?

Y sin penetrar sus ojos

lo que, por no ver, ignora,

se suspende y enamora,

exagera, sutiliza,

y palabras autoriza,

pues con escudos las dora.

¿Qué satisfacción dará

a quien por dueño le espera?

¿O quién me asegurará

de voluntad tan ligera,

que, desposado, no hará

lo mismo con cuantas mire,

y yo con él mal casada,

quejas al alma retire,

llore mi hacienda gastada,

y sus mudanzas suspire?

Quiñones ¡Pues siendo tú quien despierta

su voluntad, y encubierta

diste causa a sus desvelos!,

¿de quién puedes formar celos?

MagdalenaDe mí misma. Y está cierta

que si le amé forastero,

doméstico y dueño ya,

dudo, al paso que le quiero.

QuiñonesPues bien, ¿qué remedio da

tu amor?

Magdalena Cumplir lo primero

mi palabra en la Vitoria,

y ver si en ella me aguarda.

QuiñonesNo tendrá de ti memoria;

que tu presencia gallarda,

siendo a sus ojos notoria,

borrará la primer copia

que vio tapada e impropia,

pues se enamoró en bosquejo,

y mudando de consejo,

te olvidará por ti propia.

Magdalena Eso, pues, quiero probar.

QuiñonesPues ¿para qué te vestiste

de luto?

Magdalena Para mostrar,

en señal de que estoy triste,

la color de mi pesar.

Todos estos son ardides

de mi amor.

Quiñones ¿No puedo yo

saberlos?

Magdalena Si los impides,

dándome consejos, no;

mas sí, si a mi amor te mides.

Quiñones ¿Pues agora dudas de eso?

MagdalenaQue estoy loca, te confieso.

Pongan el coche.

Quiñones Ya está

a la puerta.

Magdalena Importará

para el fin de este suceso,

ya que en este tema doy,

que a casa de doña Juana,

a quien el pésame voy

a dar de su muerta hermana,

mientras que con ella estoy,

hagas llevarme una silla

y un escudero alquilados.

QuiñonesHartos hay en esta villa.

MagdalenaDespués sabrás mis cuidados.

Quiñones¿Y agora no?

Magdalena Maravilla

fuera, siendo tú mujer,

no morirte por saber.

Amor, que en todo es astuto,

me ha vestido de este luto,

porque si me llega a ver

hablando con don Melchor

mi hermano o padre, no entienda

por el vestido mi amor

secreto, y con él se ofenda.

Quiñones¡Lo que previne el temor!

Magdalena Por lo mismo iré también

en silla desconocida.

QuiñonesTodo lo dispones bien.

MagdalenaTénmela allí apercebida,

y tus albricias prevén

si don Melchor no me espera

donde ayer me prometió.

QuiñonesDios lo haga de esa manera.

MagdalenaNo soy tan dichosa yo.

QuiñonesTú has dado en gentil quimera.

(Vanse las dos. Salen don Melchor y Ventura.)

Ventura ¿Es posible que haya amor,

que la hermosura divina

de tal dama menosprecie

por una mujer enigma,

por una mano aruñante,

que con blancura postiza,

a pura muda y salvado,

sus mudanzas pronostica?

¿Sin haberla visto un ojo,

sin saber si es vieja o niña,

nari-judaizante o chata,

desdentada o boquichica?

¡Que en cáscara te enamores!

¡Que bien del espejo digas,

sin ver no más que la tapa!

¡De una dama en alcancía!

¡De la tumba por el paño!

¡De la toca por la lista!

¡Del pastelón por la hojaldre!

¡De la sota por la pinta!

¡De la espada por la vaina!

MelchorEa, ensarta boberías,

eslabona disparates,

y frialdades bufoniza;

que yo he de esperarla aquí.

VenturaY de veras, ¿imaginas

que ha de tornar la bolsona?

MelchorTú verás presto cumplida

la palabra que me dio.

VenturaComo oliscara la ninfa

otro bolsillo preñado

de doradas gollorías,

sí hiciera... ¿Mas no te agrada

doña Magdalena?

Melchor Es... fría.

No me la nombres, Ventura,

que tengo el alma rendida

a la gallarda encubierta;

y si a la mano divina

la hermosura corresponde

del rostro, como adivina

el alma que nunca miente,

mi dichosa suerte estima.

VenturaY si fuese, como creo,

en lugar de Raquel, Lía,

con el un ojo estrellado,

y con el otro en tortilla,

los labios de azul turquí,

cubriendo dientes de alquimia,

jalbegado el frontispicio

a fuer de pastelería,

y como universidad

rotuladas las mejillas,

¿qué has de hacer?

Melchor Cuando eso,

que supongo que es...



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