E-Book, Spanisch, Band 258, 128 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina La fingida Arcadia
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-210-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 258, 128 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-210-3
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Salen don Felipe, de pastor, y Alejandra.)
Felipe ¿También ella ha dado en eso?
AlejandraEl trato y conversación
varían la condición,
la de mi prima profeso.
Cuando tiene poco seso
el señor, pocos criados
le sirven considerados.
en casa del jugador
todos imitan su humor;
la guerra engendra soldados.
A cierto rey, adulaba
un privado, o necio o loco;
era cojo el rey un poco
y el otro le remedaba,
sano estando, cojo andaba.
Imitaron sus antojos
los demás, y dando de ojos
cuantos iban á palacio
llenaron en breve espacio
toda la corte de cojos.
Provincia hubo, cuya gente
mandó a cada cual, por ley,
por faltar un diente al rey
que se sacase otro diente.
Mueve el objeto presente.
Trata en pastores Lucrecia,
que caballeros desprecia,
después que estos campos mora,
y yo imito a la señora,
ya sea cuerda, ya sea necia.
Esta negra Arcadia ha sido
de Lope, quien la ha encantado.
FelipeLa Arcadia de Lope ha dado
al traste con su sentido.
AlejandraTirso, basta lo fingido.
Yo sé, que aunque jardinero
te vendrá el sayal grosero;
hablando a lo pastoral,
debajo el sayal, hay al.
Felipe¿Qué ha de haber?
Alejandra Un caballero.
Felipe Bien puedo venirlo a ser;
de menos nos hizo Dios.
AlejandraSolos estamos los dos;
ya sabes que la mujer
pierde el seso por saber.
¿Díme quien eres?
Felipe Verá
en la locura que da
Regidero fue mi padre,
si dice verdad mi madre,
y alcalde una Navidá.
Cuando nací, no hubo quien
no dijese a la parida:
«No hay cosa más parecida
en el puebro, al sacristén.»
¡No lo llevó padre bien!
Mas yo que tengo ventura
más que un sobrino de un cura
y soy labrador. ¡Por Dios
que pienso, que a ambos a dos
les soy en cargo la hechura!
(Sale Lucrecia con La Arcadia en la mano.)
Lucrecia (Aparte.) (¿Si hallaré a mi jardinero
retratando entre sus flores
mis esperanzas y amores?)
AlejandraTirso, vos sois caballero.
Aunque el azadón grosero
os dé ejercicios tan llanos,
tenéis muy blancas las manos;
y aunque más disimuléis
los callos que no traéis
son guantes de los villanos.
Lucrecia (Aparte.) (Tirso y Alejandra, están
solos.)
Felipe También tengo yo
mis callos.
Alejandra Aqueso no,
(Tómale una mano.)que ellas os desmentirán.
FelipeEstése queda.
Lucrecia (Aparte.) (Ya van
quilatando mis desvelos
el oro de amor, con celos.)
Alejandra¿Esta es mano labradora
O cortesana y señora?
Lucrecia (Aparte.)(La mano le ha dado, ¡ay cielos!)
Alejandra Aquí mi sospecha vea
engaños que en sayal fundas,
que manos tan vagamundas
más son de ciudad, que aldea.
FelipeComo ha poco que se emplea
en el campo mi labor,
aún no he mudado el color,
Estudiaba para cura,
mas tengo la cholla dura
y quedéme en labrador.
Suelte, que parece mal.
(Sácale una valona con puntas de cuello.)
AlejandraQue os desmienta amor me manda.
¿Dicen bien cambray y randa
con el buriel y el sayal?
Lucrecia (Aparte.)(¿Hay desventura tal?
Don Felipe, al fin, traidor.)
Alejandra¡Qué delicado pastor!
Llámeos el que os considera
dentro holanda, y sayal fuera,
Tirso hipócrita de amor.
Pero Lucrecia está aquí.
Turbado os habéis en vella,
sed cortesano para ella
y labrador para mí,
que, pues andaban así
los pastores de Erimanto,
si Anfriso sois, no me espanto
que estime tanto la vida
de nuestra Arcadia fingida
y que a vos os quiera tanto.
(Vase Alejandra.)
Felipe ¡Lucrecia del alma mía!
Lucrecia¿De vuestra alma? Debe ser
alma, Tirso, de alquiler
con huéspedes cada día.
Quien de españoles se fía
llora engaños como yo;
quien jardineros creyó,
funde en flores su esperanza,
símbolos de la mudanza,
rosas hoy, mañana no.
Felipe Si decís eso, mi bien,
porque aquí Alejandra estaba...
LucreciaA las manos os miraba,
gitana, sus rayas ven.
FelipeSi nos oyérades bien
salieran recelos vanos...
LucreciaSon ladrones los gitanos;
dístesle la mano vos,
y amor que es juez porque es Dios
os cogió el hurto en las manos.
Ya sabéis vos que en la palma
funda el Amor su caudal,
pues se la dan en señal
los que hacen de dos un alma;
con la vuestra el pesar calma
de Alejandra, dadla el sí,
pues darle la mano os vi;
que contra agravios villanos
la venganza es toda manos
y las tendrá para mí.
Felipe Admitid satisfacciones.
LucreciaNo las hay para la vista.
(Sale Carlos.)
CarlosAunque encartado en la lista
de faltas e imperfecciones,
condesa...
Felipe (Aparte.) (No me faltaba
sino aqueste estorbo agora.)
CarlosEn fe que el alma os adora.
(A Lucrecia.)
FelipeYo maravillas sembraba,
que por ser de Amor son de oro,
dio Alejandra en porfiar
que no se habían de lograr.
CarlosDigo que en fe que os adoro,
Lucrecia mía, no quiero
que me desdeñáis creer.
FelipeDijo que no habían de ser
si espuelas de caballero,
que por azules son celos
y por ser espuelas pican.
CarlosMuchos que os aman publican
esperanzas y desvelos,
que porque os darán enfado
con las faltas que escribistes,
discreta los despedistes;
y aunque entre ellos señalado
yo sé que soy preferido.
FelipeDijo, sembrad, jardinero
espuelas de caballero.
Respondíla, yo no he sido
caballero, sí pastor,
ni han de sembrarse en mis eras
flores que son caballeras.
Carlos¡Qué importuno labrador!
¿No echaréis de ver, villano,
que estoy hablando yo aquí?
FelipeComo esto la respondí,
llega y cógeme la mano,
y agarra las maravillas
que encubierta conoció;
pero, aunque las marchitó,
si ella quiere recebillas
bien puede, como no crea
engaños y trampantojos
que tal vez hacen los ojos.
CarlosNo me deis causa que sea
descortés con la condesa,
villano, agora por vos.
LucreciaAndad, Tirso, andad con Dios,
que no es buena disculpa ésa.
Proseguid vuestro ejercicio,
lo que Alejandra os...




