De Molina | La lealtad contra la envidia | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 262, 162 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La lealtad contra la envidia


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9953-228-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-228-8
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La lealtad contra la envidia pertenece a una trilogía dedicada a la familia Pizarro compuesta por las siguiente obras: Todo es dar en una cosa (sobre Francisco Pizarro), Amazonas en las Indias (sobre Gonzalo Pizarro) y La lealtad contra la envidia (sobre Hernando Pizarro). Tirso de Molina vivió algún tiempo en la Hispaniola (actual República Dominicana) y regresó a España en 1618. Su estancia en América inspiró esta serie de obras sobre los conquistadores. La lealtad contra la envidia es una comedia en tres actos. El primer acto se abre en la plaza de toros de Medina del Campo con la llegada del heroico y galán Fernando Pizarro, procedente del Perú, con el objetivo de entregar un botín al rey. La plaza de toros se quema y don Fernando, después de sortear al toro, salva a doña Isabel Mercado, de quien queda enamorado al instante. El segundo acto se inicia con la batalla en Perú. Es un acto marcado por la exaltación bélica y el enardecimiento al imperio español. La hazaña militar y el orgullo de Pizarro se fundamenta en la justificación política-militar del genocidio de los indígenas. El tercer acto se desarrolla en Medina del Campo, ya transcurridos los años. La finalidad de Tirso de Molina en esta última parte es rescatar el buen apellido de los Pizarros y cerrar el ciclo romántico-cortés que se inició en el primer apartado con doña Isabel Mercado.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Tocan a guerra cajas y clarines, batalla dentro y fuera entre indios y españoles. Sale don Fernando con rodela y espada desnuda.)

Fernando ¡Ea, valor de España;

asombro de la envidia,

ésta es, sin ejemplar, única hazaña,

más gloria ha de ganar quien con más lidia!

Trescientos mil y más son los contrarios,

menos somos nosotros de trescientos,

ya están, en ordinarios

asaltos semejantes, los alientos

de vuestro esfuerzo heroico acostumbrados

a ejércitos vencer desbaratados.

(Sale don Gonzalo Pizarro del mismo modo.)

GonzaloAunque la tierra brote más que yerbas

bárbaros atrevidos;

aunque las nubes lluevan multitudes,

sus cervices protervas,

sus arcos presumidos,

trofeo han de ilustrar nuestras virtudes.

Pizarro soy, ¿qué importa

que infinidades vengan,

que en el Cuzco imperial sitiados tengan

trescientos mil a menos de trescientos?

Mil nos caben por uno;

ojalá que añadiera

la fama, por crecernos nuevas famas,

más bárbaros que arenas a Neptuno

en su cerúlea esfera

su piélago, que espumas y que escamas

faltara de esta suerte

papel a las historias,

plumas a las victorias

y vidas que quitar después la muerte.

(Sale don Juan herido en la cabeza.)

JuanLa sangre de esta herida

de modo me acrecienta

el valor, el esfuerzo, los deseos

que a gota cada vida

de idólatras vencer mi fama intenta.

Cuidadoso interés de mis empleos

—¡oh, invicto don Fernando!

¡oh, Gonzalo, blasón de Extremadura!—

mi espada, vuestros hechos envidiando,

os intenta imitar; más ¡qué locura

pretenderme igualar a los bizarros

alientos que hoy he visto en vuestro acero,

si de cuatro Pizarros

soy el menor hermano!

Fernando Y el primero,

en el valor, de todos,

laurel de España, triunfo de los godos.

GonzaloDon Juan ¿estáis herido?

JuanUn dardo arrojadizo en la cabeza

probar ha pretendido

si soy mortal; no es nada.

Fernando Fortaleza,

don Juan, que no acompaña la cordura

no es fortaleza, llámase locura.

Retiraos porque os cure el cirujano.

Juan¿Qué es retirar agora?

GonzaloMirad que os desangráis.

JuanSoy vuestro hermano,

sangre en mis venas suficiente mora;

apretadme este lienzo,

(Apriétansele.)que harta me sobra si con ella venzo.

FernandoHaced, Juan, lo que os digo.

Juan¿Qué cura pueden darme

cuando con tanta suma el enemigo

nos intenta oprimir? ¿Qué han de aplicarme,

si aquí la plaza de armas es botica,

la cama el arrimarse al muro o pica,

y ungüentos contra flechas y lanzadas

enjundias de los muertos que quemadas

y en hilas embebidas

antes crecen que curan las heridas?

FernandoDon Juan, vuestra persona

importa al César más que mil soldados,

añadid este imperio a su corona;

los ímpetus con tiento sazonados,

pintan a las hazañas la obediencia,

que no hay victorias donde no hay prudencia.

Retiraos a curar.

(Sale don Gonzalo Vivero.)

Vivero Pizarros fuertes,

guardad para ocasión más acertada

las vidas que amenazan vuestras muertes,

si hoy no hacéis una bella retirada.

El Inca rebelado, de la sierra

que en los Andes el paso al viento cierra,

marcha con tres ejércitos, y en ellos

cuando contar su multitud intenta

se pierde la aritmética en la cuenta.

La fortaleza que del Cuzco asilo

de todo el orbe asombro,

avergonzó pirámides al Nilo,

y como Atlante al cielo arrima el hombro,

ganó el bárbaro fiero.

Doscientos mil la guardan y presidían;

trescientos sois, no más, y aunque os envidian

los nueve de la Fama, vuestro acero

intentará imposibles contra tantos

ocasionando la piedad a llantos.

FernandoVivero valeroso,

¿ése es consejo digno de la fama

que vuestro pecho alienta generoso?

¿Que huyamos, nos decís, cuando nos llama

sangre española, varonil denuedo?

¿Vos de Castilla sois? ¿Vos sois de Olmedo?

¿Qué recelo el valor os descamina?

Acordaos que en Medina

tuvisteis las victorias, que ganaron

los que este imperio al César conquistaron,

por deslucida hazaña,

y el blasonar España,

vencer gentes desnudas y sin ropa,

cuando lo sospechábades, de estopa.

¿Cómo, pues, en tal lance —¡oh gran Vivero!—

si son de estopa los teméis de acero?

ViveroYo, don Fernando ilustre,

no temo, no recelo, no rehúso,

dar a mi patria lustre,

desde que el cielo y la amistad me puso

a vuestro invicto lado,

y en la milicia soy vuestro soldado.

Un año ha, que el gobierno

del Cuzco moderáis. ¡Ojalá eterno

en vos se perpetuara!

Un año también ha, que el indio ciego

ni en pérdida repara

ni sabe descansar, pues Troya al fuego

de sus flechas, de noche, arrojadizas

ya la que fue ciudad, yace cenizas.

Cuántas veces la Luna,

recién nacida en plateada cuna,

nos la muestra el mes nueva,

rebelde el Inca su fortuna prueba

y granizando de esas formidables

sierras, que el cielo intiman obeliscos,

llueven diluvios, bárbaros sus riscos,

de gentes, si en la suma innumerables,

en su tesón constaiites, de tal suerte,

que lo menos que temen es la muerte.

Diga la Fama la atención, la envidia

si mientras vuestro brazo vence y lidia,

yo inseparable a vuestro airoso lado

me podré blasonar vuestro soldado.

Luego no es temor éste, es experiencia

que me supo enseñar vuestra prudencia.

FernandoValeroso Vivero,

sabio argüis y peleáis guerrero.

Mas cuando se aventura

la fama, el retirarse no es cordura.

El marqués don Francisco, que está en Lima,

me fió esta ciudad y está a mi cargo;

si después del peligro y sitio largo

que un año hemos sufrido,

el Inca ve, que de temor infame,

a Lima hemos huido,

¿qué maravilla que después derrame

arrogancias, y haciéndose insolentes

los indios, se prevengan,

y el ánimo español en poco tengan,

con que añadiendo al daño inconvenientes

y haciéndose la empresa más terrible

restaurarla después nos sea imposible?

¡No hermanos, no Vivero!

¡Morir por la honra y por la fe primero!

JuanEso es lo que yo digo.

¡Al asalto, famoso don Fernando,

crezca en la multitud nuestro enemigo,

no en la fortuna que te está adulando!

¡Volvamos a ganar la fortaleza!

Todos¡Al asalto, al asalto!

Fernandoésa es fineza de Extremadura sola.

¡Al asalto, señores,

que si hasta aquí triunfantes vencedores,

la Fortuna esta vez es española!

Don Juan, en la cabeza una celada

ampare vuestra vida.

JuanDolerá con su estorbo más la herida,

¡Al arma, al arma amigos!

¡Hazañas de unos y otros sean testigos

del esfuerzo invencible castellano!

FernandoHállenos el marqués, aunque es mi...



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