De Molina | La ninfa del cielo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 266, 132 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La ninfa del cielo


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-238-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 266, 132 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-238-7
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En La Ninfa del cielo Tirso de Molina muestra un gran dominio de la estructura dramática, y numerosas reminiscencias bíblicas en el estilo. La penetración psicológica de Tirso de Molina, que sabe ahondar en las ocultas pasiones humanas -sus monólogos son auténticas muestras del autoanálisis de sus personajes-, se eleva aquí al plano conceptual y abstracto para mostrarnos, con viva plasticidad, una lucha de las potencias del alma. El argumento de la obra, según Tirso ha sido extraído de los Ejemplos morales, de Blosio, tiene cierta influencia del tema del bandolerismo femenino, propio del teatro profano y usual en la escuela de Lope de Vega.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen Carlos y la duquesa Diana.)

Diana ¡Tristeza sin ocasión!

Llámela vueseñoría

natural melancolía.

CarlosDuquesa, tenéis razón;

triste sin causa me siento.

Diana¿Cuándo vos serlo soléis,

si no es, duque, que lo estéis

de algún nuevo pensamiento?

Siempre la melancolía

es efeto natural,

y desde el principio mal

que con la sangre se cría.

Ésta es imaginación,

no propia naturaleza;

Llamadla, duque, tristeza

que habrá tenido ocasión.

Carlos Tristeza o melancolía,

yo estoy sin gusto.

Diana Será

de alguno nuevo.

Carlos Ya está

cansada vueseñoría.

(Vase Carlos.)

Diana La que llega a cansar a su marido

no ha menester en las celosas flechas

averiguar testigos de sospechas,

ni hacer linces los ojos ni el oído.

Ni importará sacar contra su olvido

de Amor las paces una vez deshechas,

con suspiros, con lágrimas y endechas,

agua del alma y fuego del sentido.

Excusar de él querellas me parece;

haga su curso Amor, que es apetito,

y aquello que le privan apetece,

que si estrecharle a celos solicito

es prisión en que más se ensoberbece,

y añadirá a un delito otro delito.

(Sale Roberto.)

Roberto Aquí la duquesa está.

Siempre que por no encontrarla

determino barajarla

más veces la encuentro.

Diana Ya

viene en su busca Roberto,

y de encontrarme le pesa;

RobertoYa me [ha] visto la duquesa.

Diana (Aparte.)(¿Habrán hecho algún concierto

para sus melancolías?)

Roberto¿No estaba, señora, aquí

el duque, mi señor?

Diana Sí,

Roberto. ¿Qué le querías?

Roberto Yo, servir a su excelencia;

llamóme, y vine a buscarle.

Diana¿Adónde quieres llevarle?

¿Hay nueva dama en Cosencia?

¿Ha venido fruta nueva

a la corte a que llevar

al duque, que en el lugar

antes que nadie la prueba?

¿Tráesle recado o papel

de alguna impresa que alcanzas?

¿Hay ya nuevas esperanzas?

¿Muéstrase menos cruel?

¿Dice que hablará esta noche

al duque, cuando dormido

esté el padre o el marido?

¿Quiere joyas, pide coche?

¿Qué tenemos?

Roberto Vueselencia

hacerme merced solía.

Diana¡Qué gentil hipocresía!

Ya me falta la paciencia.

¿Qué merced os he de hacer,

si sé que sois su alcahuete?

RobertoQue a vueselencia respete

siempre forzoso ha de ser;

pero miente el lisonjero,

vueselencia me perdone,

que de envidia mal me pone

con quien agradar espero

más que al duque mi señor,

porque ven que en su privanza

tanto mi ventura alcanza.

Antigua plaga y rigor

de criados a señores,

que en viendo alguna ocasión,

como no los oigan, son

lisonjeros y habladores.

No tienen penas pequeñas,

por los chismes que engendraron,

los primeros que inventaron

los escuderos y dueñas.

¡Mal haya tan mala gente,

aunque entre con ellos yo!

Diana¿Cuándo, Roberto, se vio

condenarse el delincuente

sino es dándole tormento?

RobertoEsos músicos cobardes

hacen en palacio alardes,

sin él, de culpas de viento.

Diana Roberto, lo que yo veo

no lo he menester oir.

Roberto¿Qué es lo que quiere decir

vuecelencia?

Diana Que deseo

que al duque no divertáis;

que sé que os sirve la caza

de estratagema y de traza

para lo que deseáis,

y que sabéis, con achaque

de socorrer un neblí,

perderos los dos, y ansí,

sin que otro ninguno os saque

de rastro en más de seis días

donde más gusto tenéis,

libres os entretenéis

a costa de penas mías.

Esto y otras cosas sé,

aquí y fuera del lugar,

que se pueden remediar,

o yo las remediaré.

Roberto Mire vueselencia bien

que me está tratando mal;

que al duque le soy leal

y a vueselencia también;

que más que a mí no es razón

dar crédito a aduladores;

mas ya es plaga en los señores

la primera información.

Diana Esto sé de cierta ciencia.

Procurad vos que se impida,

que os haré quitar la vida

por vida de su excelencia.

(Vase la duquesa Diana.)

Roberto ¡Oh, palacio cruel, casa encantada,

laberinto de engaños y de antojos,

adonde todo es lengua, todo es ojos;

cualquier cosa es mucho y todo es nada.

Galera donde rema gente honrada

y anda la envidia en vela haciendo enojos;

hospital de incurables, que a hombres cojos

das siempre una esperanza por posada.

Calma del tiempo, sueño de los días;

pues son viento las pagas de tus gajes;

vano manjar de camaleones buches.

Sean tus escuderos chirimías;

órganos tus lacayos y tus pajes;

tus dueñas y doncellas sacabuches.

(Sale Carlos.)

Carlos Pues, Roberto, ¿dónde vas?

RobertoA pedirle a vueselencia,

para dejarle, licencia.

Carlos¿Qué dices?

Roberto No pienso más

servirle en toda mi vida.

Más quiero estarme en mi casa

que aguardar la dicha escasa

de una esperanza perdida.

No lo pasaré muy bien;

mas con mi pobre caudal

vendré a hallarme en menos mal

y más dichoso también,

que me basta el no servir

y la quietud por riqueza.

CarlosVaguidos traes de cabeza;

gana me das de reír,

y en el estado en que estoy

no es pequeña maravilla.

RobertoRico con una escudilla

como el filósofo voy,

que le pareció después

que le sobraba advirtiendo

uno que estaba bebiendo

con la mano.

Carlos No me des

más pesadumbres, Roberto,

pues sabes que nadie alcanza

conmigo mayor privanza.

RobertoQue me haces mercedes, cierto;

pero es con grande embarazo,

que quien sirve a señor ya

casado es como el que está

malo del hígado y bazo;

que lo que aprovecha al uno

suele hacer al otro daño.

CarlosHa sido el ejemplo extraño.

RobertoPues yo no seré importuno

en aplicar el ejemplo.

CarlosYa estoy aguardando, di.

RobertoEn mi señora y en ti

bazo e hígado contemplo.

Tú eres el hígado, y ella

ha de ser por fuerza el bazo;

remedios de agrado trazo

ayudado de mi estrella,

de entretener y servirte,

y el bazo, que es mi señora,

sospechas y celos...



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