De Molina | La santa Juana I | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 270, 168 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La santa Juana I


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-081-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 270, 168 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-081-4
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La trilogía de La Santa Juana pertenece al teatro hagiográfico de Tirso de Molina. Aquí se relatan diferentes episodios de la vida de Santa Juana, desde su conflicto inicial con la vida profana y la religiosa hasta su visión casi epifánica de los sucesos terrenales. La obra tiene además un trasfondo mundano en el que destacan personajes como el emperador Carlos V.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen Juan Vázquez, Juan Mateo y la Santa, llorando.)

Juan De tu humildad y obediencia

jamás, hija, imaginara

mi gusto tal resistencia,

a no mirar en tu cara

de este engaño la experiencia.

Siempre, aunque en vano, creí

que, como en la cera, en ti

mi voluntad se imprimiera,

y que tu sí o tu «no» fuera

solamente mi «no» o «sí».

Mas mi desengaño llega

a ver hoy cuán poco puede

un padre que a su hija ruega,

lo que callando concede

y con ese llanto niega.

¿Tú llorar, cuando ese susto

convertirle en gozo es justo

porque el mío consideras?

¿Tú la hierba del Sol eras

siempre siguiendo mi gusto?

No te espantes si me espanto

en ver esta novedad,

cuando te entristece tanto

opuesta a mi voluntad

con el «no» de un mudo llanto

que es justo mi sentimiento.

MateoSobrina, este casamiento

que os procuramos, los dos

es de la mano de Dios,

y como mi hermano siento

las muestras de ese pesar.

Francisco Loarte es hombre

con quien nos podéis honrar;

mozo, rico, gentilhombre,

y de su casa y solar

ha ennoblecido el valor

el césar nuestro señor;

y pues con su sangre hidalga

quiere Dios que luzga y valga

vuestro estado labrador,

no me parecen discretos

esos extremos.

Juan Verás

si te casas mil efetos

de gusto, y más si me das

hidalgos y nobles nietos.

Yo he dado ya la palabra

a quien en el alma labra

casa en que la tuya viva;

ella también le reciba

y alegre sus puertas abra,

que si más lágrimas gasta

el sentimiento presente

y mis intentos contrasta,

llamaréte inobediente;

yo lo quiero y esto basta.

Alza el rostro.

Santa ¿Cómo puedo

si la carga con que quedo

de la palabra que has dado,

sobre los hombros me ha echado

los peñascos de Toledo?

Darme, padre, la sentencia

de mi muerte, y tus enojos

tienen por inobediencia

que llorando hablen los ojos

cuando calla la paciencia.

Dios la muerte que mandó

darle su padre lloró,

pero no fue inobediente;

pues si Dios la llora y siente,

¿he de ser más fuerte yo?

Juan ¿Casarte es matarte?

Santa Sí,

que si es la libertad vida

y ésa la pierdo por ti,

muerta soy, tú el homicida.

¿Quieres ver si esto es así?

Pues del matrimonio advierte

el nombre, substancia y suerte,

hallarás por testimonio

que si es cruz el matrimonio

el casarse será muerte.

Luego mi muerte publicas

con el estado que a luz

sacas, pues cuando le aplicas,

siendo el matrimonio cruz,

me casas y crucificas.

Fuera de que no es igual

nuestro labrador sayal

con su terciopelo noble,

y la palma con el roble

juntaránse tarde y mal.

Es ligero el elemento

del agua en su propia esfera,

como la pluma o el viento,

pero si le sacan fuera

pesa, porque está violento.

En mi centro estoy, no quiera

quien en él me considera

que mi peso le derribe,

que el pece en el agua vive

y muere sacado fuera.

Yugo llaman los que miran

la vida de los casados

y en sus coyundas suspiran

justamente, pues atados

del tálamo el carro tiran.

Mas, porque no sean mortales

las cargas que tantos males

causan al siglo presente,

para tirar dulcemente

han de ser los dos iguales.

Luego no te escandalices

si me vieres resistir

el yugo fiero que dices

cuando pretendes unir

tan desiguales cervices.

Dame otro mejor estado

que te alivie del cuidado

que suele quitar el seso

de un yerno mozo y travieso,

jugador y mal casado;

que todo esto lo aseguras

con más noble cautiverio

que es el que darme procuras.

Méteme en un monasterio,

donde entre vírgenes puras

se alegrará mi esperanza

si a Dios por su esposo alcanza

y adquirirás nombre eterno.

Padre, éste sí que es buen yerno

sin pobreza, sin mudanza.

En Santo Domingo el Real

tengo una tía; la fama

de este monasterio es tal,

que toda España le llama

paraíso terrenal.

Conmigo ha comunicado

mi tía el dichoso estado

de las monjas que allí viven,

sin dote en él me reciben.

Dulce padre, padre amado,

tío prudente, hoy los dos,

me habéis de dar este nombre,

que no queréis, padre, vos

darme por esposo un hombre

cuando lo quiere ser Dios.

Mateo Casi enternecido estoy;

mil gracias al cielo doy

que tan notable virtud

en tan tierna juventud

ha puesto.

Juan Tu padre soy;

tu remedio he procurado,

no tengo hijos, como ves,

sino a ti; sola has quedado,

nietos quiero que me des,

ya mi palabra he empeñado.

Nunca acostumbro quebrarlas

las veces que llego a darlas,

ni las hijas han de hacer,

Juana, sino obedecer

en llegando a remediarlas.

(Sale Lillo con galas de desposada en un azafate.)

Lillo Desde Madrid a Toledo

con tal presteza he venido,

que pienso que me ha traído

otro artificio o enredo

como el de Juanelo.

Juan ¡Lillo!

LilloSeñor.

Juan ¿Y Francisco Loarte?

LilloMañana de Illescas parte

más ligero que un novillo

cuando le sueltan del coso.

MateoPrestarále amor sus alas.

LilloYo vengo con estas galas

que envía el futuro esposo

a mi sa Juana; un baúl

queda abajo en el patín

donde viene un faldellín

de oro y damasco azul,

que se le puede poner

la mujer de un monseñor;

ropas de todo color,

cuyas colas pueden ser

cola canóniga, o cola

de una cátedra perdida

de primavera florida;

otra entera a la española.

Probómela el sastre a mí,

y aunque con barbas, me estaba

tan pintada, que pensaba

que con la suya nací.

Tanto, que un gato aruñable,

viendo mi tallazo y brío,

dijo enamorado, «mío»,

que fue un requiebro notable.

En fin, tantas galas vienen,

que cual novia se engreía

la mula que las traía.

Parte de ellas se contienen

en este tal canastillo

o azafate; vuesarcé

rompa muchas, porque dé

estrenas al señor Lillo.

Juan Yo, Lillo, os las quiero dar

en nombre de Juana, mi hija;

recibid esta sortija.

LilloDéjete el cielo gozar

y ver choznos que a la puerta

te saquen, y a los reflejos

del Sol dejes...



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