De Molina | La venganza de Tamar | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 273, 132 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La venganza de Tamar


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-267-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 273, 132 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-267-7
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La venganza de Tamar forma parte de los dramas religiosos (comedias de santos) escritos por Tirso de Molina, según su interpretación de la Biblia. Los hijos de David, que acaban de volver de la guerra, se preguntan quién sucederá a su anciano padre. La venganza de Tamar relata las disputas entre ellos para sucederle en el trono y la relación incestuosa que tuvo su hija Tamar con uno de sus hermanos.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Sale Amón, vistiéndose, muy melancólico, con ropa y montera, y Eliazer y Jonadab.)

Jonadab No lo aciertas, gran señor,

en levantarte.

Amón Es la cama

potro para la paciencia.

EliazerUn discreto la compara

a los celos.

Amón ¿De qué modo?

EliazerDe la suerte que regalan

cuando pocos, si son muchos,

o causan flaqueza o matan.

AmónBien has dicho. ¡Hola!

Jonadab Señor.

AmónDadle cien escudos.

Eliazer Pagas

como príncipe, no solo

las obras, más las palabras.

Amón¿Qué es esto?

Jonadab Darte aguamanos.

AmónSi con fuego me lavara

pudiera ser que estuviera

mejor, pues me abrasa el agua.

Dime algo que me entretenga.

¿Qué es la causa de que callas

tanto, Eliazer?

Eliazer No sé cómo

darte gusto; ya te enfadas

con que hablando te diviertan,

ya darte música mandas,

ya a los que te hablan despides,

y riñes a quien te canta.

JonadabÉsta tu melancolía

tiene, señor, lastimada

a toda Jerusalén.

EliazerNo hay caballero ni dama

que a costa de alguna parte

de su salud, no comprara

la tuya.

Amón ¿Quiérenme mucho?

EliazerComo a su príncipe.

Amón Basta.

No me habléis más en mujeres.

¡Pluguiera a Dios que se hallara

medio con que conservar

la naturaleza humana

sin haberlas menester!

¿Vino el médico?

Jonadab ¿No mandas

que ninguno te visite?

AmónSi supieran como parlan,

no estuviera enfermo yo.

EliazerNo estudian, señor, palabra;

sangrar y purgar son polos

de su ciencia.

Amón Y su ganancia.

JonadabTodo es seda, ámbar y mulas;

si dos de ellos enviara

a Egipto o Siria, David,

con solas plumas, mataran

más que su ejército todo.

EliazerJuntáronse ayer en casa

de Délbora, seis doctores,

que ha días que está muy mala,

para consultarse entre ellos

la enfermedad, y aplicarla

algún remedio eficaz.

Apartáronse a una sala,

echando la gente de ella;

dióle gana a una criada,

que bastaba ser mujer,

de escuchar lo que trataban;

y cuando tuvo por cierto

que del mal filosofaban,

de la enferma, y experiencias

acerca de él relataran,

oyó preguntar al uno:

«Señor doctor, ¿qué ganancia

sacará vuesa merced

una con otra semana?»

Respondió: «Cincuenta escudos,

con que he comprado una granja,

veinte aranzadas de viñas,

y un soto en que tengo vacas;

pero no me descontenta

el buen gusto de las casas

que tuvo vuesa merced».

Dijo otro: «Son celebradas.

No sé qué hacer del dinero

que gano. ¡Cosa extremada

es ver que, sin ser verdugo

porque matamos nos pagan!».

«Dejan eso —replicó

otro—, y decid de qué traza

os fue en el juego de anoche.»

«Perdí, son suertes voltarias,

pero ¿tenéis muchos libros?»

«Doscientos cuerpos no bastan,

con cuatro dedos de polvo,

que ni ellos hablan palabra

ni yo las que encierran miro.

Ostentación e ignorancia

nos han dado de comer;

más ha de cuatro semanas

que no hojeo, si no son

pechugas de pavos, blancas,

lomos de gazapos tiernos

y con pimienta y naranja,

perdiz, pichón y vaquita

—así a la ternera llaman

los hipócritas al uso—.

Pero lo parlado basta;

vamos a ver nuestra enferma,

que estará muy confiada

en nuestra consulta.» Fueron

y dijo el de mayor barba:

«Lo que se saca de aquí

es que al momento se haga

una fricación de piernas,

y por todas las espaldas

la echen catorce ventosas,

las tres o cuatro sajadas.

Pónganla en el corazón

un socrocio, y fomentada

con manteca de azahar,

tenga en el cielo esperanza

que la consulta de hoy

la ha de dar muy presto sana.»

Diéronles doscientos reales

y volviéronse a su casa

bien medrados de la junta

como te he contado.

Amón Calla,

relator impertinente,

que me atormentas y cansas.

¿Es posible que hables tanto?

Eliazer¿Tú, señor, no me lo mandas?

Si callo, te doy pesar;

en hablando me amenazas.

Dios te de sosiego y gusto.

Amón¿Qué es aquello? ¡Hola! ¿quién canta?

JonadabMúsicos que recibistes

para que sus consonancias

tu melancólico humor

alivien.

Amón ¡Industria vana!

(Cantan desde adentro.)

Músicos«Pajaricos que hacéis al alba

con lisonjas alegre salva,

cantadle a Amón,

que tristezas le quitan la vida

y no sabe si son de amor,

y no sabe si de amor son.»

AmónHola, Eliazer, Jonadab,

¡echadlos por las ventanas!

¡Dadlos muerte! ¡Sepultadlos!

Haciendo ataúd las tablas

de sus necios instrumentos

tendrán sepultura honrada,

como gusanos de seda

en sus capullos.

Jonadab ¡Qué extraña

pasión de melancolía!

Amón¿No imitan en una casa

a su señor los criados?

¿Yo llorando y ellos cantan?

¿Mi enfermedad les alegra?

(Dichos y sale un Maestro de armas.)

EliazerAquí está el maestro de armas

que viene a darte lección.

AmónDadme, pues, la negra espada,

aunque pues se queda en blanco

mi nunca verde esperanza,

mejor que la espada negra

pudiera jugar la blanca.

MaestroVuelva el cielo, gran señor,

los colores a tu cara,

que la tristeza marchita

con la salud que te falta.

AmónRetórico impertinente,

el que es diestro jamás habla;

jugad las armas callando

o no os preciéis de las armas.

MaestroPerdóneme vuestra alteza.

Dije en la lección pasada

que con estas dos posturas

al enemigo se ganan

medio pie de tierra.

Amón Siete,

que son los que a un cuerpo bastan;

cuando os haya muerto a vos,

darán quietud a mis ansias.

(Da tras el Maestro.)

Maestro¿Qué es que hace vuestra alteza?

AmónCastigar vuestra arrogancia.

Necios, el mal que me aflige

siendo de amor, no se saca

con bélicos instrumentos.

Morid todos, pues me matan

invisibles enemigos.

(Corre detrás de todos.)

MaestroHuyamos, mientras se amansa

el frenesí de su furia.

(Huyen todos.)

AmónSi hubiera armas que...



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