E-Book, Spanisch, Band 274, 154 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina La vida de Herodes
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-268-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 274, 154 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-268-4
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Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda
(Salen Mariadnes y Herodes, de pastor.)
Mariadnes Deja, pastor, que el Sol sus flechas quiebre
en las hierbas menudas que marchita
y a ese caballo dan fértil pesebre;
y mientras el tirano solicita
mi deshonra y su bárbara venganza
por la ocasión que tu valor le quita,
entre estas sombras que el rigor no alcanza,
y en cuyas hojas leves representa
a los tiempos el viento su mudanza,
premiada tu lealtad tome a su cuenta
principios de favores que te debo,
y porque los asiente, aquí te asienta.
Herodes Afrentaránse de favor tan nuevo
estos cedros y palmas, gran señora,
de la ventaja y dicha que les llevo;
quisieran ellos humillar agora
sus elevadas cumbres y cabezas
para besar tus pies, que el mundo adora.
Mariadnes El campo siempre obliga a las llanezas
que la ambición desprecia, dando silla
a la soberbia hinchada con grandezas;
de aquí a Jerusalén habrá una milla;
siéntate, que de noche entrando en ella
aseguro peligros.
(Siéntase Mariadnes e hinca Herodes la rodilla.)
Herodes La rodilla
hincada, como a imagen de amor bella,
es mejor que te adore agradecido
a mi propicia y venturosa estrella.
Mariadnes Éste es mi gusto, acaba.
(Siéntase Herodes.)
Herodes ¡Que ha podido
mi dicha verme junto al Sol sentado!
Amorosa deidad, perdón os pido.
Mariadnes Agora, pues, que nos convida el prado
a divertir agravios del estío
y dar lícitas treguas al cuidado,
quiero que dejes satisfecho el mío,
que, en mil contradicciones, te prometo,
se quieren persuadir a un desvarío.
Mil cosas he mirado en tu sujeto
tan opuestas y nuevas como extrañas.
Si rústico, ¿cómo eres tan discreto?
No niego yo que a veces las montañas
no fertilice el cielo dando en ellas
al ingenio, al valor y a las hazañas.
Comunes son a todos las estrellas,
y entendimientos hay que entre sayales,
en cuerpos toscos, cubren almas bellas;
pero por más que influyen naturales,
no retóricas lenguas, que consisten
en idiomas de corte artificiales,
los que antíparas toscas cual tú visten,
con palabras groseras satisfacen
a los que en techos míseros asisten;
que aunque es verdad que los ingenios nacen
delicados, tal vez en cualquier parte,
los oradores con el uso se hacen,
o la naturaleza pule el arte.
Tú, pues, sin él, que afrentas la elocuencia
y a Demóstenes puedes compararte,
¿cómo, falto de letras y experiencia,
sutilizas conceptos y palabras
y a Atenas hurtas el lenguaje y ciencia?
Y aunque el misterio a mis enigmas abras,
con respuestas que ignoro y dificulto;
dime si al Sol y al aire riges cabras
y su inclemencia por el monte inculto
los rostros tiraniza, pues los yerra
como si el ver sus rayos fuera insulto.
Si el cultivar la siempre fértil tierra
paga surcos en callos que en las manos
por la dureza imitan a la sierra,
¿cómo injurias afeites cortesanos,
siendo excepción de generales leyes?
¿Tú solamente culto entre villanos?
Manos groseras que al arado y bueyes
acostumbradas el trabajo tuesta,
¿pueden en ti afrentar las de los reyes?
Cara, que a la del Sol adusto opuesta,
jamás huyó el encuentro a sus rigores,
¿compite con la dama más compuesta?
A tu traje desmientes, tus colores,
por más pastor que intentes con negallo
encubrirte entre engaños labradores,
cuando agora la silla del caballo
la sed me hizo dejar de aquella fuente
que de ti murmuraba lo que callo,
y tú, templando del calor ardiente
la furia rigorosa con su risa
bañaste en su cristal manos y frente;
testigo contra ti fue la camisa
que, por el cuello libre del ultraje
con que la encierras en sayal me avisa
no dicen bien las puntas de su encaje
con el buriel hipócrita que aforra
en blanco lino el penitente traje.
Declárame este enigma, si no borra
tu poca confianza en el secreto
lo que te debo; así el cielo socorra
tus esperanzas con dichoso efeto.
Las dudas satisface, di cómo eres,
si rústico pastor, galán discreto.
Herodes Ya que apurar mis pensamientos quieres,
curiosa por saber sucesos míos,
por imitar a las demás mujeres,
oye de la Fortuna desvaríos
que ya que no te admiren, te entretengan,
mientras aquestos árboles sombríos
por huésped bello tu hermosura tengan.
Ya que el sutil ingenio
hijo de esa alma noble,
curioso inquisidor
de celos y de amores,
sacando del sagrado
donde el secreto absconde,
sucesos de mi vida,
discreta los conoce,
sabrás, hermosa infanta,
que el rey del sacro monte
que a Salomón dio cedros
para que el templo corte
y Hiram el mundo llama,
se honra con el nombre
de padre mío, puesto
que injuria estos blasones.
Fertilizó su sangre
en himeneos conformes,
el cielo con tres hijos,
los dos de ellos varones.
Y siendo yo el pequeño,
mis años corresponden
al grado en que he nacido
que en dichas son menores.
Como perdí el derecho
al reino, que dispone
su herencia al mayorazgo,
porque los demás lloren,
mis quejas satisfizo
con darme en fuerzas dobles
para un alma de cera
un corazón de bronce.
Dispúsome a la guerra,
que en ella inclinaciones
dan a segundos hijos
riquezas y opiniones.
Y haciendo alarde al viento
de plumas y atambores,
de galas a Cupido
y a Marte de escuadrones,
salí contra el de Arabia
que, descuidado entonces,
pagaba en verdes años
censo en deleites torpes.
Vencíle, brevemente,
que ahorrando digresiones
no con prolijos cuentos
pretendo que te enojes;
dándole, pues, la muerte,
a su vivir conforme,
di a mis hazañas reinos
y a mi valor renombres.
Y mientras que permito
que afrenten y despojen
tesoros y hermosuras
soldados vencedores,
en una galería
entré, que en artesones
dorados eran suma
del cielo y de sus orbes.
Caía a un jardín bello
por cuyos corredores
jazmines frescos eran
escalas de sus flores.
Colgaban sus paredes
pinceles triunfadores
de la naturaleza,
cuyas ostentaciones
bellezas celebraban,
robaban corazones
y daban almas vivas
alientos y colores.
En medio estaba un cuadro
y en él —no sé cómo ose
pintarle sin su injuria
mi lengua agora torpe—
un fénix de belleza,
poco dije, perdone
la diosa enamorada
que en rosa volvió a Adonis.
Yo sé que si la viera
el dios del cuarto coche
causara nuevos celos
a Clicie y a Leucote;
menospreciara a Onfale,
el que la rueca pone
por el mayor trofeo
de sus trabajos...




