De Molina | La villana de Vallecas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 275, 180 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina La villana de Vallecas


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-270-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 275, 180 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-270-7
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La villana de Vallecas es una comedia de enredo de Tirso de Molina llena de alusiones a México y a los conflictos y malentendidos que viven quienes llegan a la España del Siglo de Oro provenientes del nuevo mundo, así como a la curiosidad insaciable que despertaba el continente americano. Como en otras comedias de la época, los pretendientes se confunden entre sí y luchan por reconocer y conquistar a la persona deseada. Cabe añadir que La villana de Vallecas destaca por el sutil tratamiento de los personajes femeninos.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen don Gabriel y Cornejo.)

Gabriel No creí jamás, Cornejo,

que tan venturoso fuera.

Cornejo ¡Oh maleta hermosa, esfera

de mi remedio!

Gabriel Ya dejo

pretensiones de soldado,

pues en diez años que he sido

en Flandes, ya entretenido,

ya alférez determinado,

ya señor de una jineta,

no adquirí lo que en un hora

la Fortuna enredadora

me ha dado en una maleta.

Cornejo ¡Lindo trueco!

Gabriel ¡Hermosas barras!

Cornejo No me harto de darles besos.

GabrielTres hay de oro de a mil pesos,

y, entre otras joyas bizarras,

una banda de diamantes,

y de perlas siete vueltas,

con otras muchas que, sueltas,

entre esmeraldas brillantes,

guarda un cofre de carey.

Cornejo Así a la tortuga llaman

las Indias que oro derraman.

GabrielHay un cintillo, que el rey

no sé si mejor le tiene,

fuera de los cabestrillos,

las arracadas y anillos,

donde tanta piedra viene,

que podremos empedrar

toda esta calle con ellas.

Cornejo Pisará Madrid estrellas.

GabrielHay una piedra bezar,

entre otras tres, guarnecida

de oro, mayor que un güevo.

Cornejo Con tales yemas, me atrevo

a no comer en vida

sino huecos, sin la bula.

GabrielDejo otros melindres mil

de nácar, carey, marfil,

con que el interés adula

la codicia de las damas.

En fin, la maleta está

hecha una colmena.

Cornejo Y da

panales del oro que amas.

Mas ya que lo cuentas todo,

¿Por qué olvidas las libranzas?

GabrielPorque estriban en cobranzas,

y es peligroso su modo;

que ni en Sevilla ni aquí

descubrir me atreveré

a quien vienen.

Cornejo ¡Bueno, a fe!

¿No abriste las cartas?

Gabriel Sí;

que, viniendo con cubierta,

cuando de ellas me aproveche,

como otras nuevas les eche,

no habrá quien en ello advierta.

Cornejo Y su dueño descuidado,

¿no es don Pedro de Mendoza?

GabrielDe ese ilustre nombre goza,

según ellas me han mostrado.

Cornejo ¿Tú y todo no te confirmas

con el mismo nombre?

Gabriel En él

trueco el de don Gabriel.

Cornejo Pues si te abonan sus firmas,

y esotro no es conocido,

ni de México salió

otra vez, donde nació,

conforme lo que has leído,

¿no puedo yo en nombre suyo

partir y cobrallo todo

con las cédulas?

Gabriel No es modo,

Cornejo, discreto el tuyo.

¿Tan descuidado ha de ser

el otro, ya que ha perdido

lo que consigo ha traído,

que al instante no ha de hacer

en Sevilla diligencias,

y aquí, para que le entreguen

la plata, por más que aleguen

cartas, ni correspondencias?

¿No ha de tener en Sevilla

quien le conozca de allá?

Cornejo En Sevilla sí tendrá;

pero dúdolo en Castilla.

Y, supuesto que consigo

ha de tener tus papeles,

sin que en eso te desveles,

sirviendo yo de testigo,

puedes hacerle prender

por la muerte que en Amberes

diste al tudesco; y, si quieres

el serafín suyo ver,

con quien a casarse vino,

y te pareciere tal,

no viene el enredo mal.

0 si no, ponte en camino,

y vámonos a Granada,

patria nuestra —que es mejor—

pues con tanto oro, señor,

no tendrás que envidiar nada

a don Antonio de Herrera,

tu hermano, puesto que goza

tal mayorazgo y tal moza.

GabrielBien allá pasar pudiera;

que, en fin, con mis alimentos,

y con cinco mil ducados

que llevo aquí, mis cuidados

dieran fin a pensamientos;

pero a doña Serafina

he visto, Cornejo, ya

y en ella cifrada está

la hermosura peregrina

del mundo.

Cornejo Pues, ¿qué tenemos?

GabrielNo sé. ¡Bravo tentador

es el oro, del Amor!

Cornejo Haz algo con que lloremos.

Gabriel Estas barras y diamantes,

joyas, libranzas, papeles,

a pensamientos crueles

me inclinan.

Cornejo No son Violantes

todos, señor, ni es Valencia

la taimería de Madrid.

Tiemplan allá a lo del Cid;

o pero acá lee la experiencia

cátedra de socarrones,

y nacen en la niñez

jugando en el ajedrez

de enredos y de invenciones

las damas de más estima.

Como has estado en Amberes,

no sabes que las mujeres

tienen su juego de esgrima

en la corte, en cuyo estilo

la que menos sabe, alcanza

diez tretas más que Carranza.

Hieren por el mismo filo,

juegan con espadas negras;

y, a dos idas y venidas,

si señalan las heridas

y con el juego te alegras,

aunque seas un peñasco,

la tía, de armas maestra,

ha de cobrar, como diestra,

primero que toques casco.

Y, apenas dos tretas juega,

cuando, entrando en su socorro

—como hay tantas en el corro

al instante que otro llega—

sale el amante al encuentro,

que se arrima a la pared

y dice: «Vuesa merced

asiente, y entre otro dentro».

Gabriel Que no debe de ser tanto

como se dice.

Cornejo ¿No es juego

de esgrima una calle? y luego

¿no es espada negra un manto

que se remata en medio ojo?

¿zapatilla de esta espada

la maestra examinada?

¿Armella de este cerrojo

no es la tía, que, al instante

que ve que la mano llegas,

y la primer treta juegas,

en medio mete el montante

con un «vaya en hora mala»?

¿No pagas monjil y tocas,

y, apenas el casco tocas,

cuando en entrando en la sala

don Filotimio o don Porro,

asientas, y ella te arrima?

No hay dama en Madrid, ni esgrima,

que esté sin gente en el corro.

Gabriel Eso será con mujeres

comunes; que Serafina

es principal.

Cornejo ¡Peregrina

solución! De cuantas vieres

tendrás aquesta noticia.

En la corte viven todos

de industria, y hasta los codos

cubren aquí su malicia.

Písalos, si contradices

esta común opinión,

y te dirá lo que son

la ofensa de tus narices.

Gabriel Aquí vive nuestra dama.

¡Por Dios, que tengo de vella!

Cornejo ¿Más que ha de tener por ella

mal urdiembre aquesta trama?

Porque el otro, claro está

que ha de venir a buscarla;

y, si en su casa...



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