E-Book, Spanisch, Band 287, 158 Seiten
Reihe: Teatro
De Molina Todo es dar en una cosa
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-465-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 287, 158 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9953-465-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Jornada segunda
(Salen doña Beatriz, doña Margarita, don Martín, don Álvaro y don Francisco.)
Martín La fe de aquel amante,
a pesar de desvelos, tan constante,
Beatriz, que se promete
esperar, tras siete años, otros siete,
que, al fin de tanto día,
mejoren en Raquel burlas de Lía,
mi dicha reconoce,
pues si catorce no, pretendí doce
conquistar resistencias
que premios logran ya, si antes paciencias;
puesto que me aventajo
al hebreo amador, pues su trabajo
mejoró de partido,
que él, en fin, esperó correspondido;
pero en vuestra belleza
leyendo ingratitudes mi firmeza,
tejía entre esperanzas
rigores y Amor —fiel de estas balanzas—
me muestra hoy generoso
que medra al paso que es dificultoso.
FranciscoDon Martín, ya sois dueño
de vuestra pretensión. Tiempo es pequeño,
por largo que parece,
el que consigue aquello que apetece.
Beatriz, cuerda, hace alarde
de que el moral porque produce tarde
sus frutos asegura,
no como el loco almendro en la hermosura
de su ambición tirana,
que madrugando necio, apenas grana.
Ya vos sois, hijo mío,
de don Álvaro primo, en quien confío
sucesión venturosa,
pues una sangre os honra generosa
que propague infinita
sucesión en Beatriz y Margarita.
ÁlvaroMi primo y yo mostramos
que en gustos como en deudos conformamos;
pues si amor nos abrasa
nos conduce a su yugo en una casa
y a una misma nobleza
enlazados los dos con la belleza
que en posesión tenemos
de hijos vuestros el nombre merecemos,
con que a trocar venimos
en vínculo de hermanos el de primos.
FranciscoDon Martín ¿cuándo se trata
ausentarse de aquí?
Martín Mi amor dilata
lo mismo que apresura.
Falta a mis padres hago, la hermosura
de mi Beatriz parece
que en hablándola en esto se entristece;
pero perdiendo tanto
y ausente de tal padre, no me espanto.
Ella el término elija
cuando fuere su gusto.
Francisco Ya estáis, hija,
sujeta a nuevo empleo,
digno de las virtudes que en vos veo.
El natural derecho
que hasta aquí tuve en vos, puesto que estrecho,
transfiere poderoso
Amor, que es rey y es dios, en vuestro esposo.
Ya estáis emancipada
de padres y de deudos, y obligada
sólo a los lazos justos
de un tálamo, recíproco en dos gustos.
El vuestro ya no es vuestro;
rendilde al dueño, mi Beatriz, que os muestro,
y pues os quiere tanto,
no entibien llamas suyas vuestro llanto.
(Llorando.)
BeatrizConozco, señor mío,
dichas que medro, y aunque más porfío
refrenar mis enojos,
sin consultar la voluntad los ojos,
dieran con poco acuerdo,
el bien que gano por el bien que pierdo.
FranciscoBeatriz, ya yo adivino
la causa que ocasiona el desatino
de esas lágrimas leves;
no las imputes lo que no las debes,
que no por ausentarte
de tu hermana y de mí, pueden ser parte
a tan rebeldes quejas.
Lloras el ver que a Francisquito dejas;
que como le has criado,
el nombre en ti de madre ha granjeado,
y tú con él contenta,
ni de tomar estado has hecho cuenta,
ni cuando le parieras
amor al que le tienes añadieras.
No me espanto yo de esto,
que el rapaz tiene hechizos, y habías puesto
en él todo tu gusto;
mas ya pasa tu llanto de lo justo.
En doce años no ha sido
posible que cúyo es se haya sabido.
Su madre que afligida
puso a riesgo, por no ser conocida,
su poca edad, sospecho
que debió de morirse, pues no ha hecho
por él las diligencias
que ofreció al ausentarse; ¿a qué inclemencias
no están las hermosuras
sujetas que se creen de travesuras?
Francisco es ya medio hombre
y casi hijo de casa, que hasta el nombre
en vida me ha heredado;
amor le tengo, deja ese cuidado
a mi cuenta, y olvida
adoptiva afición, pues reducida
al que obediencia debes,
no será bien que en la memoria lleves
ocupación que incierta
de servirle y amarle le divierta,
y dispón tu partida
que ha de ser luego.
Margarita Toda despedida
es penosa, y mi hermana,
puesto que reconoce lo que gana,
lo que se deja siente,
que es padre, hermana y patria juntamente.
MartínEa, mi bien, yo espero
serviros tan amante que primero
que entréis en nuestra casa,
si amor en gustos descontentos pasa,
halléis en mí cifrado
el bien que aquí lloráis por malogrado.
ÁlvaroVamos y prevendremos
vuestra jornada.
(Vanse don Álvaro, don Martín y don Francisco. Doña Margarita habla aparte a doña Beatriz.)
Margarita Hermana, esos extremos
si hasta aquí ocasionaban
lágrimas que remedios esperaban,
ya de hoy más serán necios.
Castiga con olvidos menosprecios,
y estima el que esté oculto
de tu amor mal pagado el ciego insulto;
que Francisquito queda
a mi cargo, y en mí tu amor hereda,
porque desde este día
si pierde madre, quedo madre y tía.
(Vase doña Margarita.)
Beatriz No es la pena tan precisa
en los que el remedio ignoran,
cuando las desdichas lloran
lágrimas que esperan risa;
pero si el dolor avisa
que es su cura irremediable,
¿qué pretende el miserable
que llorando desespera?
Más valiera
por no hacer su mal eterno
morirse, pues malogradas
lágrimas desesperadas,
sólo las llora el infierno.
Doce años lloré de olvidos
a eternizarse bastantes.
¿Quien vio en mudanzas amantes
tanto asistir los sentidos?
¡Ay, don Gonzalo! fallidos
los hombres quedan por ti.
Penélope ausente fui;
si tú a Ulises imitaras,
ya tornaras.
Mas ¿ya para qué? Detente,
que tanto imposible en medio
lo que antes fuera remedio,
de hoy más será inconveniente.
(Sale don Gonzalo, de camino.)
Gonzalo Celos, mi Beatriz —no mía,
ajena sí— celos fueron
los que de ti me ausentaron.
Celoso amor desvaría;
mentiras los persuadía,
pesares los engañaron.
Ellos y el amor trocaron
los sentidos,
pues ambos desvanecidos
dan crédito a sus antojos,
amor viviendo a los ojos,
y celos en los oídos.
Mientras mi amor no te veía
pero los celos, mi bien,
oyeron de tu desdén
agravios en apariencia,
difícil me persuadía.
¿Cuándo hicieron buena ausencia
agravios de competencia?
En alabanza
de su dicha y tu mudanza
apretaron los cordeles;
verdugos fueron papeles,
murió en ellos mi esperanza.
Don Álvaro me engañó
engañándose a sí mismo,
propia pasión de los celos.
Heríle porque me hirió
en el alma, y un...




