De Molina | Todo es dar en una cosa | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 287, 158 Seiten

Reihe: Teatro

De Molina Todo es dar en una cosa


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-465-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 287, 158 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-465-7
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Todo es dar en una cosa es una comedia que relata el nacimiento, la infancia y la primera juventud de Francisco Pizarro. La comedia de Tirso de Molina es un entramado dramático en donde prima la defensa de la fama y la honra de la familia Pizarro sobre la elaboración de unos personajes en lucha consigo mismos y con su entorno. Todo es dar en una cosa, es una obra apologética donde los materiales históricos tienen tanta importancia como los ficticios. Unos y otros fueron encaminados a defender la reputación y la gloria de los Pizarro, en los momentos en que sus descendientes organizaban una campaña para conseguir el título de Marqués de las Indias. La trilogía es, sin duda alguna, obra de encargo que Tirso de Molina realizó obedeciendo los intereses de los sucesores de los Pizarro. Todo es dar en una cosa pertenece a una trilogía dedicada a la familia Pizarro, integrada por: - Amazonas en las Indias (sobre Gonzalo Pizarro) - y La lealtad contra la envidia (sobre Hernando Pizarro).Tirso de Molina vivió algún tiempo en la Hispaniola (actual República Dominicana) y regresó a España en 1618. Su estancia en América inspiró esta serie de obras sobre los conquistadores.

Tirso de Molina (Madrid, 1584-Almazán, 1648). España. Su verdadero nombre fue Gabriel Téllez, y nació hacia 1580-84 en Madrid. Su ascendencia no está documentada, y se ha especulado (con poca solidez) sobre la posibilidad de que fuera hijo ilegítimo del duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, uno de los personajes más influyentes en la vida pública del momento. También se cree que sus padres debieron ser sirvientes de los condes de Molina, cuyo apellido adoptaría más tarde Gabriel al ordenarse monje como fray Tirso de Molina. Tras realizar estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde debió conocer a Lope de Vega, Tirso de Molina ingresó en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, en noviembre de 1600, y tomó los hábitos dos meses y medio después, en el monasterio de San Antolín, en la misma ciudad. En 1606 se ordenó sacerdote en Toledo, donde estudió artes y teología. Desde Toledo haría diversos viajes por la Península (Galicia, Salamanca, Lisboa y otras ciudades), con una estancia de dos años (1614-15) en el monasterio de Estercuel, en Aragón. También estuvo en América, y más concretamente en Santo Domingo, entre 1616 y 1618, experiencia que reflejaría en algunas obras. A su regreso, instalado en Madrid, fueron apareciendo sus comedias profanas, mal recibidas por las autoridades eclesiásticas y políticas, que lo apartaron primero a Sevilla y, años después (1625), a Cuenca. Tirso de Molina, que había empezado a divulgar sus obras de teatro hacia 1605 o antes, hubo de esquivar críticas políticas y religiosas respecto a la ligereza y supuesta inmoralidad de muchas de ellas (sobre todo, las sátiras y las comedias), lo que lo obligó a escribir gran parte de sus textos en el anonimato, cosa que hizo tanto en sus encierros de Sevilla y Cuenca. La reclusión en Cuenca se levantó hacia 1626, pasando después a ostentar diversos cargos eclesiásticos en Trujillo, Madrid, Toledo y Cataluña. Durante la estancia de Tirso en Cataluña, al mismo tiempo que escribía su obra literaria, redactó la crónica de su orden, Historia general de la orden de la Merced. Dicho texto le valió que el papa Urbano VIII le concediera el grado de maestro y cronista general de su orden en 1639, pero nuevos enfrentamientos con miembros mercedarios lo condujeron a un nuevo retiro a Cuenca al año siguiente, de donde sólo saldrá, en 1645, con la encomienda del convento mercedario de Soria, retiro en el que pasará sus últimos años. Tirso de Molina murió en la localidad soriana de Almazán en 1648.
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Jornada segunda


(Salen doña Beatriz, doña Margarita, don Martín, don Álvaro y don Francisco.)

Martín La fe de aquel amante,

a pesar de desvelos, tan constante,

Beatriz, que se promete

esperar, tras siete años, otros siete,

que, al fin de tanto día,

mejoren en Raquel burlas de Lía,

mi dicha reconoce,

pues si catorce no, pretendí doce

conquistar resistencias

que premios logran ya, si antes paciencias;

puesto que me aventajo

al hebreo amador, pues su trabajo

mejoró de partido,

que él, en fin, esperó correspondido;

pero en vuestra belleza

leyendo ingratitudes mi firmeza,

tejía entre esperanzas

rigores y Amor —fiel de estas balanzas—

me muestra hoy generoso

que medra al paso que es dificultoso.

FranciscoDon Martín, ya sois dueño

de vuestra pretensión. Tiempo es pequeño,

por largo que parece,

el que consigue aquello que apetece.

Beatriz, cuerda, hace alarde

de que el moral porque produce tarde

sus frutos asegura,

no como el loco almendro en la hermosura

de su ambición tirana,

que madrugando necio, apenas grana.

Ya vos sois, hijo mío,

de don Álvaro primo, en quien confío

sucesión venturosa,

pues una sangre os honra generosa

que propague infinita

sucesión en Beatriz y Margarita.

ÁlvaroMi primo y yo mostramos

que en gustos como en deudos conformamos;

pues si amor nos abrasa

nos conduce a su yugo en una casa

y a una misma nobleza

enlazados los dos con la belleza

que en posesión tenemos

de hijos vuestros el nombre merecemos,

con que a trocar venimos

en vínculo de hermanos el de primos.

FranciscoDon Martín ¿cuándo se trata

ausentarse de aquí?

Martín Mi amor dilata

lo mismo que apresura.

Falta a mis padres hago, la hermosura

de mi Beatriz parece

que en hablándola en esto se entristece;

pero perdiendo tanto

y ausente de tal padre, no me espanto.

Ella el término elija

cuando fuere su gusto.

Francisco Ya estáis, hija,

sujeta a nuevo empleo,

digno de las virtudes que en vos veo.

El natural derecho

que hasta aquí tuve en vos, puesto que estrecho,

transfiere poderoso

Amor, que es rey y es dios, en vuestro esposo.

Ya estáis emancipada

de padres y de deudos, y obligada

sólo a los lazos justos

de un tálamo, recíproco en dos gustos.

El vuestro ya no es vuestro;

rendilde al dueño, mi Beatriz, que os muestro,

y pues os quiere tanto,

no entibien llamas suyas vuestro llanto.

(Llorando.)

BeatrizConozco, señor mío,

dichas que medro, y aunque más porfío

refrenar mis enojos,

sin consultar la voluntad los ojos,

dieran con poco acuerdo,

el bien que gano por el bien que pierdo.

FranciscoBeatriz, ya yo adivino

la causa que ocasiona el desatino

de esas lágrimas leves;

no las imputes lo que no las debes,

que no por ausentarte

de tu hermana y de mí, pueden ser parte

a tan rebeldes quejas.

Lloras el ver que a Francisquito dejas;

que como le has criado,

el nombre en ti de madre ha granjeado,

y tú con él contenta,

ni de tomar estado has hecho cuenta,

ni cuando le parieras

amor al que le tienes añadieras.

No me espanto yo de esto,

que el rapaz tiene hechizos, y habías puesto

en él todo tu gusto;

mas ya pasa tu llanto de lo justo.

En doce años no ha sido

posible que cúyo es se haya sabido.

Su madre que afligida

puso a riesgo, por no ser conocida,

su poca edad, sospecho

que debió de morirse, pues no ha hecho

por él las diligencias

que ofreció al ausentarse; ¿a qué inclemencias

no están las hermosuras

sujetas que se creen de travesuras?

Francisco es ya medio hombre

y casi hijo de casa, que hasta el nombre

en vida me ha heredado;

amor le tengo, deja ese cuidado

a mi cuenta, y olvida

adoptiva afición, pues reducida

al que obediencia debes,

no será bien que en la memoria lleves

ocupación que incierta

de servirle y amarle le divierta,

y dispón tu partida

que ha de ser luego.

Margarita Toda despedida

es penosa, y mi hermana,

puesto que reconoce lo que gana,

lo que se deja siente,

que es padre, hermana y patria juntamente.

MartínEa, mi bien, yo espero

serviros tan amante que primero

que entréis en nuestra casa,

si amor en gustos descontentos pasa,

halléis en mí cifrado

el bien que aquí lloráis por malogrado.

ÁlvaroVamos y prevendremos

vuestra jornada.

(Vanse don Álvaro, don Martín y don Francisco. Doña Margarita habla aparte a doña Beatriz.)

Margarita Hermana, esos extremos

si hasta aquí ocasionaban

lágrimas que remedios esperaban,

ya de hoy más serán necios.

Castiga con olvidos menosprecios,

y estima el que esté oculto

de tu amor mal pagado el ciego insulto;

que Francisquito queda

a mi cargo, y en mí tu amor hereda,

porque desde este día

si pierde madre, quedo madre y tía.

(Vase doña Margarita.)

Beatriz No es la pena tan precisa

en los que el remedio ignoran,

cuando las desdichas lloran

lágrimas que esperan risa;

pero si el dolor avisa

que es su cura irremediable,

¿qué pretende el miserable

que llorando desespera?

Más valiera

por no hacer su mal eterno

morirse, pues malogradas

lágrimas desesperadas,

sólo las llora el infierno.

Doce años lloré de olvidos

a eternizarse bastantes.

¿Quien vio en mudanzas amantes

tanto asistir los sentidos?

¡Ay, don Gonzalo! fallidos

los hombres quedan por ti.

Penélope ausente fui;

si tú a Ulises imitaras,

ya tornaras.

Mas ¿ya para qué? Detente,

que tanto imposible en medio

lo que antes fuera remedio,

de hoy más será inconveniente.

(Sale don Gonzalo, de camino.)

Gonzalo Celos, mi Beatriz —no mía,

ajena sí— celos fueron

los que de ti me ausentaron.

Celoso amor desvaría;

mentiras los persuadía,

pesares los engañaron.

Ellos y el amor trocaron

los sentidos,

pues ambos desvanecidos

dan crédito a sus antojos,

amor viviendo a los ojos,

y celos en los oídos.

Mientras mi amor no te veía

pero los celos, mi bien,

oyeron de tu desdén

agravios en apariencia,

difícil me persuadía.

¿Cuándo hicieron buena ausencia

agravios de competencia?

En alabanza

de su dicha y tu mudanza

apretaron los cordeles;

verdugos fueron papeles,

murió en ellos mi esperanza.

Don Álvaro me engañó

engañándose a sí mismo,

propia pasión de los celos.

Heríle porque me hirió

en el alma, y un...



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