De Montemayor | Los siete libros de la Diana | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 149, 252 Seiten

Reihe: Narrativa

De Montemayor Los siete libros de la Diana


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-845-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 149, 252 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9897-845-2
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Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor, se publicó por vez primera en 1559, aunque las ediciones posteriores ampliaron el texto original. Esta obra tiene como precedente las églogas de Garcilaso de la Vega y la poesía pastoril española. Se distingue por estar escrita en una mezcla de verso y prosa y por unificar diversos «ambientes» en la misma historia. Entre otros, incluye: - el ambiente pastoril, - el sobrenatural, - el urbano - y el morisco.Es significativa la inserción de un nuevo relato, la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, para entretener a los pastores en el palacio de Felismena, al final del libro IV. Esta historia apareció en la segunda edición de la Diana. Aunque se inspira por la Arcadia de  Jacopo Sannazaro , Los siete libros de la Diana de Montemayor es sin duda la primera gran obra de ficción de la prosa pastoril del Renacimiento. Destaca por su trama principal y por las historias entrelazadas y los poemas cantados por sus protagonistas. Fue una de las obras más populares de la ficción moderna no solo en España, sino en el extranjero.

Jorge de Montemayor (Montemôr-o-Velho, c. 1520-Piamonte, c. 1562). Portugal. Fue cantor de la capilla de la infanta María, hermana de Felipe II, y criado de los príncipes de Portugal. Escribió la Epístola a Sá de Miranda (1552-1554) y el Cancionero, o Las obras de George Montemayor, en dos libros (1554). Su libro más conocido es Los siete libros de Diana, primera novela pastoril española, publicada en Valencia en 1558 o 1559, en cuya segunda edición (1561 o 1562) aparece la historia de 'El abencerraje y la hermosa Jarifa'. Jorge de Montemayor combatió en Flandes y murió en un duelo en Italia. Parece haber sido un hombre pendenciero.
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Libro II


Ya los pastores, que por los campos del caudaloso Ezla apacentaban sus ganados, se comenzaban a mostrar cada uno con su rebaño por la orilla de sus cristalinas aguas, tomando el pasto antes que el Sol saliese, y advirtiendo el mejor lugar para después pasar la calorosa siesta, cuando la hermosa pastora Selvagia, por la cuesta que de la aldea bajaba al espeso bosque, venía trayendo delante de sí sus mansas ovejuelas. Y después de haberlas metido entre los árboles bajos y espesos, de que allí había mucha abundancia, y verlas ocupadas en alcanzar las más bajuelas ramas, satisfaciendo la hambre que traían, la pastora se fue derecha a la fuente de los alisos, donde el día antes con los dos pastores había pasado la siesta.

Y como vio el lugar tan aparejado para tristes imaginaciones, se quiso aprovechar del tiempo, sentándose cabe la fuente, cuya agua con la de sus ojos acrecentaba. Y después de haber gran rato imaginado, comenzó a decir:

—Por ventura, Alanio, ¿eres tú aquel cuyos ojos nunca ante los míos vi enjutos de lágrimas? ¿Eres tú el que tantas veces a mis pies vi rendido, pidiéndome con razones amorosas la clemencia de que yo por mi mal usé contigo? Dime pastor, y el más falso que se puede imaginar en la vida: ¿es verdad que me querías para cansarte tan presto de quererme? Debías imaginar que no estaba en más olvidarte yo que en saber que era de ti olvidada; que oficio es de hombres que no tratan los amores como deben tratarse, pensar que lo mismo podrán acabar sus damas consigo que ellos han acabado. Aunque otros vienen a tomarlo por remedio, para que en ellas se acreciente el amor; y otros porque los celos, que las más veces fingen, vengan a sujetar a sus damas, de manera que no sepan ni puedan poner los ojos en otra parte; y los más vienen poco a poco a manifestar lo que de antes fingían, por donde más claramente descubren su deslealtad. Y vienen todos estos extremos a resultar en daño de las tristes, que sin mirar los fines de las cosas nos venimos a aficionar, para jamás dejar de quereros, ni vosotros de pagárnoslo tan mal como tú me pagas lo que te quise y quiero. Así que cuál de estos hayas sido no puedo entenderlo. Y no te espantes que en los casos de desamor entienda poco, quien en los de amor está tan ejercitada. Siempre me mostraste gran honestidad en tus palabras, por donde nunca menos esperé de tus obras. Pensé que en un amor en el cual me dabas a entender que tu deseo no se extendía a querer de mí más que quererme, jamás tuviera fin porque si a otra parte encaminaras tus deseos, no sospechara firmeza en tus amores. ¡Ay triste de mí, que por temprano que vine a entenderte, ha sido para mí tarde! Venid vos acá mi zampoña, y pasaré con vos el tiempo, que si yo con sola vos lo hubiera pasado, fuera de mayor contento para mí.

Y tomando su zampoña, comenzó a cantar la siguiente canción:

«Aguas, que de lo alto de esta sierra

bajáis con tal ruido al hondo valle,

¿por qué no imagináis las que del alma

destilan siempre mis cansados ojos?

y ¿qué es la causa el infelice tiempo5

en que fortuna me robó mi gloria?

Amor me dio esperanza de tal gloria,

que no hay pastora alguna en esta sierra,

que así pensase de alabar el tiempo;

pero después me puso en este valle10

de lágrimas, a do lloran mis ojos,

no ver lo que están viendo los del alma.

En tanta soledad, ¿qué hace un alma,

que en fin llego a saber qué cosa es gloria,

o adónde volveré mis tristes ojos,15

si el prado, el bosque, el monte, el soto, y sierra,

la arboleda, y fuentes de este valle,

no hacen olvidar tan dulce tiempo?

¿Quién nunca imaginó que fuera el tiempo

verdugo tan cruel para mi alma;20

o qué fortuna me apartó de un valle,

que toda cosa en él me daba gloria?

Hasta el hambriento lobo que a la sierra

subía era agradable ante mis ojos.

Mas ¿qué podrán fortuna ver los ojos,25

que veían su pastor en algún tiempo

bajar con sus corderos de una sierra,

cuya memoria siempre está en mi alma?

¡Oh fortuna enemiga de mi gloria,

cómo me cansa este enfadoso valle! 30

Mas ¿cuándo tan ameno y fresco valle

no es agradable a mis cansados ojos,

ni en él puedo hallar contento, o gloria,

ni espero ya tenerle en algún tiempo?

Ved en qué extremo debe estar mi alma.35

¡Oh quién volviese a aquella dulce sierra!

¡Oh alta sierra, ameno y fresco valle

do descanso mi alma, y estos ojos!

Decid, ¿verme algún tiempo en tanta gloria?»

A este tiempo Silvano estaba con su ganado entre unos mirtos que cerca de la fuente había, metido en sus tristes imaginaciones, y cuando la voz de Selvagia oyó, despierta como de un sueño, y muy atento estuvo a los versos que cantaba. Pues como este pastor fuese tan mal tratado de amor, y tan desfavorecido de Diana, mil veces la pasión le hacía salir de seso, de manera que hoy daba en decir mal de amor, mañana en alabarle; un día en estar ledo, y otro en estar más triste que todos los tristes; hoy en decir mal de mujeres, mañana en encarecerlas sobre todas las cosas. Y así vivía el triste una vida que sería gran trabajo darla a entender, y más a personas libres. Pues habiendo oído el dulce canto de Selvagia, y salido de sus tristes imaginaciones, tomó su rabel, y comenzó a cantar lo siguiente:

«Cansado está de oírme el claro río,

el valle y soto tengo importunados;

y están de oír mis quejas, ¡oh amor mío!,

alisos, hayas, olmos ya cansados.

Invierno, primavera, otoño, estío,5

con lágrimas regando estos collados,

estoy a causa tuya, ¡oh cruda fiera!

¿No habría en esa boca un no siquiera?

De libre me hiciste ser cautivo,

de hombre de razón, quien no la siente;10

quisísteme hacer de muerto vivo,

y allí de vivo, muerto en continente.

De afable me hiciste ser esquivo,

de conversable aborrecer la gente;

solía tener ojos y estoy ciego;15

hombre de carne fui, ya soy de fuego.

¿Qué es esto corazón, no estáis cansado?,

¿aún hay más que llorar, decid, ojos míos?,

mi alma, ¿no bastaba el mal pasado?,

lágrimas, ¿aún hacéis crecer los ríos?20

Entendimiento, ¿vos no estáis turbado?,

sentido, ¿no os turbaron sus desvíos?,

pues, ¿cómo entiendo, lloro, veo y siento,

si todo lo ha gastado ya el tormento?

Quien hizo a mi pastora, ¡ay perdido!,25

aquel cabello de oro, y no dorado,

el rostro de cristal tan escogido,

la boca de un rubí muy extremado,

el cuello de alabastro y el sentido

muy más que otra ninguna levantado,30

¿por qué su corazón no hizo ante

de cera, que de mármol y diamante?

Un día estoy conforme a mi fortuna,

y al mal que me ha causado mi Diana,

el otro el mal me aflige e importuna,35

cruel la llamo, fiera e inhumana.

Y así no hay en mi mal orden alguna,

lo que hoy afirmo, niégolo mañana;

todo es así, y paso así una vida,

que presto vean mis ojos consumida.»40

Cuando la hermosa Selvagia en la voz conoció al pastor Silvano, se fue luego a él, y recibiéndose los dos con palabras de grande amistad se asentaron a la sombra de un espeso mirto que en medio dejaba un pequeño pradecillo, más agradable por las doradas flores de que estaba matizado de lo que sus tristes pensamientos pudieran desear. Y Silvano comenzó a hablar de esta manera:

—No sin grandísima compasión se debe considerar, hermosa Selvagia, la diversidad de tantos y tan desusados infortunios como suceden a los tristes que queremos bien. Mas entre todos ellos ninguno me parece que tanto se debe temer, como aquel que sucede después de haberse visto la persona en un buen estado. Y esto, como tú ayer me decías, nunca llegué a saberlo por experiencia. Mas como la vida que paso es tan ajena de descanso, y tan entregada a tristezas, infinitas veces estoy buscando invenciones para engañar el gusto. Para lo cual me vengo a imaginar muy querido de mi señora, y sin abrir mano de esta imaginación me estoy todo lo que puedo; pero después que llego a la verdad de mi estado, quedo tan confuso que no sé decirlo, porque sin yo quererlo me viene a faltar la paciencia. Y pues la imaginación no es cosa que se pueda sufrir, ved ¿qué haría la verdad?

Selvagia le respondió:

—Quisiera yo, Silvano, estar libre de esta pasión, para saber hablar en ella como en tal materia sería menester; que no quieras mayor señal de ser el amor mucho o poco, la pasión pequeña o grande, que oírla decir al que la siente. Porque nunca pasión bien sentida pudo ser bien manifestada con la lengua del que la padece: así que estando yo tan...



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