de Nogales Méndez | Memorias I | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 279, 162 Seiten

Reihe: Historia

de Nogales Méndez Memorias I


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9007-503-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 279, 162 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-84-9007-503-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En las Memorias de Rafael de Nogales Méndez (1879-1937) se cuentan las aventuras que vivió en numerosos países, describiendo con deleite a sus amigos, relaciones, actividades y costumbres. Pero lo más conmovedor del texto, desde un punto de vista literario, es el posicionamiento de su voz narrativa. Al inicio de sus Memorias hace una distinción entre el aventurero y el caballero andante. «El primero es un iletrado pedante, o socialmente un caballero ocioso, fuera de combate, que no posee una carrera en particular y que siempre está buscando ingeniosamente el modo de hacer dinero, lo que para él es primordial y digno de cualquier culto, aun cuando fuese asesinato, deshonor. En cambio, el caballero es: ...un caballero de nacimiento. Para toda voluntaria o desinteresada acción audaz tiene un gesto elegante. Y cual Quijote andante, empieza a narrarnos su aventuras...» Las Memorias de Rafael de Nogales Méndez son los libros de aventuras de un soldado, viajero y luchador contra distintas dictaduras y gobiernos. En ellos hay información sobre su vida, sus luchas políticas, su participación en: - la guerra hispanoamericana en Cuba, - en Santo Domingo, - Haití, - China, - Alaska, - la revolución mexicanay su amistad con César Augusto Sandino. Haciendo honor a su lema: «cuando veas una guerra buena, alístate para combatir en ella».

Pedro Rafael Inchauspe Méndez, conocido como Rafael de Nogales Méndez (San Cristóbal, Estado Táchira, 14 de octubre de 1877 - Panamá, 10 de julio de 1936) fue un militar, escritor y aventurero venezolano.
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I. Un caballero andante

Ante todo debo aclarar que no intento escribir una autobiografía. Solo quiero referirme a las tantas cosas que me han sucedido y cómo he logrado burlar el peligro. No trato de hacer un análisis de mi vida —he vivido tan demasiado ocupado que no le encuentro razones a la solemnidad—. He vivido en acción, empleando el poder de pensamiento que los dioses juzgaron conveniente otorgarme para un dinamismo permanente y no propiamente para contemplaciones. Por lo tanto, perdonadme o agradecedme si este libro es apenas un incompleto informe de hacia-donde-vamos-nosotros, cuya respuesta siempre queda en un interrogante.

El término caballero andante me ha sido dado a través de mi temeraria vida y me satisface el pensar que mis amigos lo han empleado más que yo mismo. Hay naturalmente bastante diferencia entre un caballero andante y un aventurero, pero puedo también permitirme dar mis puntos de vista al respecto. El aventurero, es decir, el moderno Lansquenete o Condotiero, es regularmente un iletrado pedante, o socialmente un caballero ocioso, fuera de combate, que no posee una carrera en particular y que siempre está buscando ingeniosamente el modo de hacer dinero, lo que para él es primordial y digno de cualquier culto, aun cuando fuese asesinato, deshonor y todas esas otras ceremonias y rituales de la gran religión de Swag. Un caballero andante es algo más. Es por lo regular un caballero de nacimiento. Para toda voluntaria o desinteresada acción audaz tiene un gesto elegante. A menudo es un soldado de carrera demasiado digno como para vender su espada al mejor postor pero superimpaciente para esperar que la guerra lo siga en sus solares. No puede esperarla, la busca, la crea, la inventa y la dirige. No odia sino el orín en su armadura o una disposición pacífica en su alma. Sale al mundo a romper lanzas por sus ideales; el más fuerte de todos está incorporado en la vieja romántica frase: actuar o morir. Para algunos hombres no actuar es morir, morir de desagradable muerte espiritual.

De esa horrible muerte he estado huyendo toda mi vida, pero he estado como doce veces en garras de la otra, tal vez la más común y de cierto la más popular, la muerte física, que indiscriminadamente está sujeta a la acción de aguijones como balas, neumonía e indigestión. Durante mi vida he peleado bajo muchas banderas y bajo muchas lunas, incluyendo la media Luna de Islam. Me he considerado un ciudadano del mundo en todos los lugares del orbe en que alguna cosa se proyectaba. Un dictador que derrocar. Un ejército de patriotas que organizar y dirigir. Una utopía de oro que sobrellevar. Una ballena que harponear. Una injusticia política que señalar para presentarla desnuda al mundo. En medio de todo ello he sostenido un solo propósito: la liberación de mi país, Venezuela, de la tiranía que lo agobia. Pese a mis esfuerzos, los acontecimientos se mueven allí muy lentamente. Los grandes días se retardan en la inescrutable calma del histórico proceso y mientras tanto el tiempo pasa y hay que hacer algo... Mientras llega esa hora continuaré en permanente actividad. Dios quiera que la experiencia de mis años de lucha pueda concentrarla con fuerza en ese esperado acontecimiento.

Ya sean relámpagos fugaces de un minuto los que hayan contribuido a conformar mi vida como caballero andante, solo el más grande y el más puro parece interesante en este libro: mi ancestro. No es tal vez muy difícil tener antepasados románticos en un país romántico. Yo los tuve. La impaciencia explotó a través de mi linaje desde los días de la conquista, cuando el capitán conquistador don Diego de Méndez ayudó a plantar la cruz en el Nuevo Mundo, constituyendo el más soñador, peligroso y audaz imperio que el círculo solar jamás haya visto. Esta misma impaciencia, siglos después, ayudó a disolver este legítimo imperio, cuando mi abuelo, coronel don Pedro Luis de Inchauspe, luchó bajo la bandera de Bolívar. Fue el mismo incentivo familiar el que me llevó a luchar contra esta revolución de drama roto, contra los estúpidos y bárbaros despotismos que han hecho aflorar como semilla esta prematura libertad, fuera de un rico pero descuidado suelo. He combatido en muchas de nuestras repúblicas, contra las fuerzas tiranas que por un siglo han pisoteado los sueños del Libertador.

Heredamos no solo por la sangre sino también por el ambiente que capta y conserva las virtudes plasmadas por las mentes e instintos de las generaciones que las han desarrollado fuera de su destino. Yo crecí en Europa y salí para Alemania a la edad de siete años pero no puedo olvidar nunca ni nunca podré estar libre del recuerdo de mis días de infancia en mi tierra, bajo la exuberante riqueza de los trópicos de Sudamérica, donde la tierra marcha resuelta al cielo, plasmándose en éste todos sus salvajes decorados que mueren diluidos en las desnudas rocas y cumbres cubiertas de nieve, brillando cual enormes joyas en la profusa luz estelar de las cercanas nubes.

Soñaba con la fuente de mármol en el centro del patio, siempre colmada de manojos de claveles rojos que plenaban el aire de una intensa fragancia. Añoraba la columnata interna de los corredores de la mansión ancestral donde todos los cuartos daban hacia la severa intimidad del patio, símbolo de la holganza y tradición estrictamente guardadas. Solía pasar horas y horas esperando que estas mil y una noches se tornasen verdad —si es que alguna vez fueron pura ilusión— en este raro jardín, bajo el cielo iluminado por la Luna. Y caminando tras esta increíble paz estaba la vaga premonición del peligro, el destino de miles de hogares amenazados por la criminal actividad de gobernantes despiadados, entre la incertidumbre del futuro y la inseguridad de la dicha. Pienso que fui alejado por el azar de este conjunto florido, de este compendio de sangre y miedo para librarme de su contaminación. Esto no ocurrió demasiado pronto. Mi sangre lo reconoció, lo captó y se rebeló... Mientras tanto las ruedas de mi destino iban dando vueltas lentamente hasta que finalmente me forjaron en lo que soy: un caballero andante.

El Casino de Macuto, lo más concurrido en el verano en Venezuela, estaba profusamente iluminado. Algunas de las más bellas debutantes de nuestra Caracas elegante, vestidas a la última moda de París y apuestos caballeros, tanto civiles como militares, se deslizaban suavemente sobre el repulido piso de mármol del patio central. Silueteadas bajo el claro lunar o semidormidas misteriosamente en las sombras proyectadas por las parpadeantes lámparas, majestuosas palmares y pálidas rosas de Castilla, parecían escuchar en suspenso el rítmico rasguear de las guitarras y el retumbar de las olas en la distante playa.

Acabo de cumplir veinte años. Es la primera vez que me encuentro en mi hogar, Venezuela, después de una ausencia de trece años, desde que mis padres me llevaron a educar a Europa. He retornado a Caracas, nuestra ciudad capital, hace apenas tres meses, hablando el español con fuerte acento alemán —razón por la cual el presidente Cipriano Castro, dictador de Venezuela, me miró con cierto aire despectivo durante una recepción en el palacio de Miraflores, luego de espetarle mi parecer sobre el modo como estaba intimidando y torturando al infeliz e indefenso pueblo de mi país. Mi altanería y franca amenaza de que lo atacaría en la primera oportunidad encolerizó a Castro de tal manera que ordenó inmediatamente mi arresto. Afortunadamente el oficial que me sirvió de custodia era mi amigo y me dio la contraseña.

Creí primero que me estaba tomando el pelo, pero cuando uno de mis primos vino corriendo a avisarme, mientras me encontraba en un delicioso tête-à-tête en el jardín con una encantadora dama, que todo el casino estaba rodeado por la policía y que dichos personajes estaban detrás de mi cabeza, pensé que era conveniente escurrirme, por un tiempo, a lo menos.

Escudándome tras el espeso follaje de algunos laureles pude arribar a la playa donde llamé a un solitario pescador, cuyo minúsculo cayuco o encubridora canoa estaba meciéndose suavemente sobre la marejada enjoyada de Luna. Cuando le pedí que me condujera rápidamente al vapor volandero francés, cuyas luces brillaban a la distancia, fuera del muelle de La Guaira, enfáticamente se negó. Pero cuando lo puse en la encrucijada de escoger entre seis tiros o un billete de diez dólares cambió de parecer y me llevó en su pequeño cayuco hasta el vapor, en donde inmediatamente asegurado en el camarote me dejé ver lo menos posible hasta que estuvimos en alta mar.

Una semana después nuestro vapor atracó en el muelle de Puerto Plata, república Dominicana. Después de despedirme del capitán y de la oficialidad, desembarqué sin sombrero, con el ánimo de comprarme una decente indumentaria. Todavía andaba con mi tuxedo y mis zapatos de charol.

De repente un joven surgió entre la multitud de turistas que estaban observando nuestra llegada saludándome cordialmente. Era un dominicano que había conocido en Londres el año anterior. Luego que le hube explicado lo que me pasaba me presentó a un caballero alto, de buena presencia que parecía ansioso de conocerme. Era el general Mon Cáceres, gobernador de la provincia de El Cibao y futuro presidente de Santo Domingo. Nada menos que quien dos años antes había disparado contra el presidente Ulises Heuraux, liberando así a la República Dominicana del hombre que la había aterrorizado por muchos luengos años.

Mon Cáceres me invitó a ser su huésped, invitación que desde luego acepté, ya que él era todo un señor, dotado de un gran...



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