de Palencia | Guerra de Granada | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 294, 286 Seiten

Reihe: Historia

de Palencia Guerra de Granada


1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9897-066-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Historia

ISBN: 978-84-9897-066-1
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Guerra de Granada es el libro más célebre de Alonso de Palencia. Es una crónica de la conquista de Granada, último enclave del mundo islámico en España. Escrita, asimismo, en latín, comprende nueve libros, pese a que el proyecto era de diez. Los hechos relatados abarcan desde el año 1490 -recuérdese que la Guerra de Granadallegaba a esa misma fecha- hasta enero de 1492, es decir, hasta la conquista de Granadapor los Reyes Católicos, el día 2 de dicho mes y año. Alonso de Palencia vivió sucesos capitales de orden político, en España y en Italia. Fue gestor y testigo ocular de las negociaciones e intrigas decisivas para las Coronas de Castilla y Aragón. Tan rica experiencia le confiere a su obra una información de primerísima mano. Aunque no exenta de pasión, pero acorde con la realidad de aquella época tan turbulenta. Merece la atención señalar como Alonso de Palencia relata la perversa astucia psicológica de Fernando de Castilla. Fernando estrechó lentamente el cerco en torno a Granada y no dudó en decapitar a los moriscos defensores de las poblaciones cercanas a la ciudad. Mientras que, en otras oportunidades, fue magnánimo, perdonó vidas y respetó las propiedades de éstos.

Alonso Fernández de Palencia (Osma, 1423-1492). España. Alonso de Palencia trabajó para el cardenal Bessarion, fue cronista y secretario de Enrique IV y junto a Gonzalo Fernández de Córdoba encabezó una misión diplomática buscando aliados para el monarca. Era un profundo conocedor de la política y los delirios de su época. Sus libros describen numerosos acontecimientos bélicos, diplomáticos y metafísicos: los hechos de armas en África, la resistencia islámica en España, los juegos y pactos de las distintas fuerzas imperantes y la búsqueda de la 'piedra filosofal', que por entonces obsesionaba a ciertos nobles.
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Libro I


(1480-1481)

Ligera mención de las épocas calamitosas de España. Obstáculos para emprender la guerra de Granada. Toma de Otranto por los turcos. Recuperación de la plaza. Muerte de Mahometo II. Mención del sitio de Rodas. Prodigios. Sucesos de Portugal. Nuevos esponsales de doña Juana (la Beltraneja). Viaje de don Fernando a Cataluña. Sucesos de Galicia. Los reyes en Cataluña. Encarga el rey a Diego de Merlo que hostilice a los granadinos. Merlo y el marqués de Cádiz. Descalabro de los nuestros en Villalonga. Traición concertada por Merlo contra el duque de Medina Sidonia, Recelos del duque y sus quejas. Cumplida satisfacción que le dio la reina. Castigos de los conversos de Sevilla. Peste y hundimientos en la ciudad. Mención de los Arias de Saavedra. Los moros se apoderan de Zahara

Abatido ya ignominiosamente el antiguo poderío de los godos, y cuando los moros extendían sus devastaciones por todo el reino, viéronse detenidos en sus triunfos por Pelayo. Ultimo vástago de las más nobles familias godas, mereció reinar el primero entre los astures, cuyo caudillo había sido en los días de desgracia. Extendiéndose luego el favor de este héroe verdaderamente excepcional, encendió bélico ardimiento en el corazón de sus sucesores. Durante mucho tiempo los cristianos de las Asturias, Vascongadas y Cantabria tuvieron la defensa en su reducido número y en lo abrupto de sus montañas, mientras la muchedumbre de los bárbaros invasores, con la alegría salvaje de los primeros triunfos, iba ocupando con feroz empuje casi todo el llano y sometiendo a su yugo las demás provincias de España. Mas los cristianos, estrechamente unidos por vínculo religioso, consiguieron ir poco a poco rechazando a los feroces muslimes, y recuperar en parte en muchos años lo que ellos conquistaron en breve tiempo. Mientras la defensa de Castilla estuvo encomendada a egregios caudillos, todos los del reino de León, que combatían denodadamente con los moros, encontraban invencible obstáculo en su muchedumbre, que terrible y cruelmente trabajaba por exterminar cuanto antes el nombre cristiano. Pero cuando la hueste leonesa se unió a la castellana, ya aparecieron más poderosos que los moros. Ya no infundían espanto sus numerosos guerreros al puñado de cristianos, y frecuentemente peleaban con fortuna en batalla campal y en campo abierto 4 o 5.000 caballos y pocos más peones de los nuestros contra 50.000 jinetes moros e innumerable cantidad de infantes. Y aunque nuestras discordias retrasaban la recuperación de muchas provincias, sin embargo, poco a poco los enemigos iban cediendo el terreno a los vencedores.

Así, en el transcurso de varios siglos, algunos reyes castellanos, que consiguieron preferencia sobre los primeros de León, dilataron sus conquistas hasta los escarpados montes que de oriente a occidente se levantan frente al Mediterráneo, o sea, desde el puerto de Cartagena, en posesión de los nuestros, hasta Cádiz. Esta ciudad, bañada por el Océano y cuyo estrecho separa Europa de África, fue recuperada por casualidad por los españoles en tiempo de Enrique IV, poco inclinado al exterminio de los granadinos, aunque fácilmente hubiera podido someterlos, cuando libre de obstáculos, colmado de riquezas y al frente de numerosa hueste, no sólo se hacía temer de los abatidos moros, sino de muchos príncipes cristianos, como queda expuesto en la Crónica de este rey.

Mas ahora me propongo escribir la guerra que en 1482, octavo del reinado de don Fernando, rey de Castilla, León, Aragón, Sicilia y otras muchas islas, con su mujer, la esclarecida reina doña Isabel, emprendieron contra los granadinos, encerrados, entre el Mediterráneo y los montes. Por este matrimonio don Fernando había obtenido los reinos de León y Castilla, y poco tiempo después, por muerte de su padre, rey de Aragón, Sicilia y Navarra, heredó estos reinos que poseyó con su mujer, excepto el último, perteneciente al heredero entre los nietos del rey don Juan, aun cuando antes de su muerte, y en virtud de convenio de los magnates navarros, por largo tiempo divididos en bandos contrarios, don Fernando, autorizado por su padre, había puesto guarniciones en aquellas fortalezas consideradas como principales defensas para la causa de Navarra, lo cual dio pretexto a las pretensiones de los franceses.

Pero para no desviarme de mi propósito, conviene hacer alguna mención de los motivos que diferían la justa y necesaria guerra contra los granadinos. Desde la muerte del rey don Enrique, don Fernando y doña Isabel habían tenido que luchar con múltiples e insuperables dificultades para combatir contra los moros, mientras don Alfonso de Portugal, contando, además de sus propias fuerzas, con el poder del rey Luis de Francia y el de sus partidarios castellanos, penetró en el riñón de Castilla y se mantuvo durante algún tiempo en el territorio ocupado. Al retirarse al suyo, dejó entre nosotros poderosos gérmenes de futuros trastornos; pero al regresar de Francia, lo crítico, de las circunstancias lo obligó a mirar por su interés y por el de sus reinos y acomodarse a lo pactado por los intermediarios, en cuya virtud, quedando en realidad vencido, parecía haber alcanzado la victoria porque doña Isabel, que mientras su marido visitaba los reinos heredados a la muerte de su padre, se había trasladado a la frontera portuguesa, todo lo pospuso a los conciertos, para evitar los escándalos con que amenazaban los portugueses. Por ello, a pesar de su superioridad, accedió a muchas cosas que de otro modo jamás hubiese aceptado, ni aun a ruegos de adversario más poderoso. Y como poco antes el rey de Francia, buscando el remedio al apurado trance en que lo tenían los alemanes a causa de las tentativas de Maximiliano, hijo del emperador Federico y marido de la primogénita del duque Carlos de Borgoña, hubiese enviado sus embajadores a don Fernando y a doña Isabel para reanudar la antigua alianza que debía consolidarse entre Francia y Castilla, divididas hasta entonces por mutuas y simultáneas rivalidades, parecían ya reconciliados con ellos dos reyes que igualmente y a una les habían combatido.

Pero sobre el dificilísimo arreglo de los asuntos de Cataluña, que exigían la presencia de don Fernando, en aquellos mismos días conmovió profundamente a los príncipes cristianos la terrible noticia de la toma de Otranto por los turcos, que, saliendo con su armada del puerto de Salona, cayeron repentinamente sobre la ciudad al amanecer del 28 de julio de 1480, y en el mismo día entraron en la población, degollaron o empalaron cruelmente a todos los habitantes, a excepción de los jóvenes de ambos sexos; extendieron sus correrías hasta el monte Gárgano; abarrotaron las naves con más de 13.000 cautivos, y después de transportar a las costas de Dalmacia el inmenso botín cogido, dejaron la ciudad fuertemente guarnecida. También se hubieran apoderado de Brindisi a no encontrar a su poderosa guarnición pronta a rechazar la repentina acometida. Y si en aquella ocasión hubiesen arribado a las costas de Sicilia, de fijo hubieran logrado establecerse más sólidamente y causar a los nuestros más daño, porque los habitantes, poco ejercitados en la guerra, no podían, a la sazón, oponer la menor resistencia al enemigo, desprovistos de armamento, enervados por la molicie, faltos de todo lo necesario para la defensa de las fortalezas y, lo que era más peligroso, sin caudillos experimentados para empeñar combates. A estas desventajas se añadía que para procurarse medios de defensa tenían que acudir a su rey don Fernando de Castilla, a cuya majestad rendían preferente acatamiento, y para llegar a su presencia los embajadores de Sicilia tenían que vencer y arrostrar graves peligros en aquel aprieto, e inminente riesgo de exterminio en la navegación desde sus costas hasta los últimos confines de España.

La ocupación de Otranto durante catorce meses, amenazando a los italianos todos con el cautiverio y la extirpación de la religión católica, libró de todos estos peligros a aquéllos insulares. No hallaron estos males resistencia alguna en el esfuerzo de los italianos, ni siquiera se vio la debida solicitud para acudir a evitar el peligro, porque muchos príncipes italianos se alegraban de tener por vengadores a los turcos, con tal de ver ante todo vencido por el sultán Mahometo a don Fernando, rey de Nápoles, primo del de Castilla. Si por accidente algunos le habían prestado auxilio poco tiempo antes contra ciertos rebeldes, en aquella ocasión o se lo negaron en absoluto o se lo dieron remisamente. Terrible y gravísimo fue el trance mientras por aquella victoria intentó extender su poderío y subyugar a Italia, el más noble de los reinos. Don Fernando, en tanto, se esforzaba por oponer al enemigo cuantas fuerzas podía reunir. Resuelto a mantenerse en Nápoles, sacaba de allí como de un arsenal las tropas y pertrechos necesarios para recuperar a Otranto, empresa encomendada a su primogénito, el príncipe de Capua don Alfonso. Al mismo tiempo enviaba embajadores y solicitaba vivamente por cartas a todos los príncipes de la cristiandad en demanda de pronto socorro si deseaban conservar el honor y la paz de sus respectivos Estados, porque Mahomet Bey, además del exterminio de la religión cristiana, se proponía el de todos los príncipes de las naciones católicas. Exigía, por tanto, la causa de todos el esfuerzo común, y era poderoso estímulo para lograrle la insolente arrogancia y el desprecio de los fieles con que se veía al Turco hacer de Otranto un campamento en la Pulla, desde donde tripulando con jinetes moros su armada pudiese devastar y ocupar las provincias italianas, asestando así rudo golpe al cristianismo. Este peligro trataba él de conjurar, por ser el primero con quien tendría...



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