E-Book, Spanisch, Band 32, 160 Seiten
Reihe: Teatro
de Rojas Zorrilla Los bandos de Verona
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-776-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 32, 160 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-776-9
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Francisco de Rojas Zorrilla (Toledo, 1607-Madrid, 1648). España. Hijo de un militar toledano de origen judío, nació el 4 de octubre de 1607. Estudió en Salamanca y luego se trasladó a Madrid, donde vivió el resto de su vida. Fue uno de los poetas preferidos de la corte de Felipe IV. En 1645 obtuvo, por intervención del rey, el hábito de Santiago. Empezó a escribir en 1632, junto a Pérez Montalbán y Calderón de la Barca, la tragedia El monstruo de la fortuna. Más tarde colaboró también con Vélez de Guevara, Mira de Amescua y otros autores. Felipe IV protegió a Rojas y pronto las comedias de éste fueron a palacio; su sátira contra sus colegas fue tan dura al parecer que alguno de los ofendidos o algún matón a sueldo le dio varias cuchilladas que casi lo matan. En 1640, y para el estreno de un nuevo teatro construido con todo lujo, compuso por encargo la comedia Los bandos de Verona. El monarca, satisfecho con el dramaturgo, se empeñó en concederle el hábito de Santiago: las primeras informaciones no probaron ni su hidalguía ni su limpieza de sangre, antes bien, la empañaron; pero una segunda investigación que tuvo por escribano a Quevedo, mereció el placer y fue confirmado en el hábito (1643). En 1644, desolado el monarca por la muerte de su esposa Isabel de Borbón y poco más tarde por la de su hijo, ordenó clausurar los tablados, que no se abrirán ya en vida de Rojas Zorrilla, muerto en Madrid el 23 de enero de 1648.
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Jornada primera
(Salen Julia, Elena, Esperanza y Leonor.)
Elena¿Lloras mi Julia?
Julia Sí, Elena.
ElenaTempla el llanto a tus enojos.
JuliaDos nubes hay en mis ojos
que ha congelado una pena.
ElenaLluevan, pues, y tu dolor
mengüe, si alivio le das.
JuliaAntes cuanto lloro más,
se hace la lluvia mayor.
Elena¿Di, cómo?
Julia Mira la nube
preñada de exhalaciones,
que a penetrar las regiones
del aire diáfano sube.
que si del rayo el calor
le hace derretir la nieve,
de aquello mismo que llueve
va naciendo otro vapor.
Mira un río a su albedrío
que al mar se va a despeñar,
y por sus venas el mar
le vuelve a hacer que sea río.
Iguales hoy los enojos
son del mal que me condena,
una lloro, y otra pena
vuelve a congelar mis ojos.
Despeño el corriente frío
de mis mejillas al mar,
y este mar vuelve a prestar
caudales de plata al río.
¿Pues qué importará en rigor
despeñar corriente igual,
si río logro un caudal,
y nube abrazo un vapor?
ElenaA visitarte he venido
por templarte esos enojos,
y habla mi voz con tus ojos
y aun no me escucha tu oído;
que tienes razón confieso;
di tu mal, y no lo llores:
yo también siento dolores
y no los lloro por eso:
dime tu pena también.
JuliaDeclárame tu dolor.
Elena¿Tú qué lloras?
Julia Un amor;
¿tú qué sientes?
Elena Un desdén.
JuliaQuerida soy, y mi vida
de imposibles adolece.
ElenaMayor mi desdicha crece,
pues quiero y no soy querida.
JuliaMi amante y dueño sabrás
que me quiere más que a sí.
ElenaMi amante me quiere a mí
de cumplimiento no más.
JuliaComo a mi amante lograra
hoy fuera mi amor dichoso.
ElenaQuisiérame a mí mi esposo,
y mas que no le gozara.
JuliaQue no le amas tanto creo.
ElenaTibio está tu antiguo ardor.
JuliaEsa es tema y no es amor.
ElenaÉse no es más de un deseo.
JuliaMal le sabes definir.
ElenaQue es imagino en rigor
mala urbanidad de amor
el querer por conseguir.
JuliaQuien no aspira a merecer
no quiere.
Elena Engañada estás,
antes quiere mucho más
la que quiere por querer,
y este amor goce renombre
que estrella ha infundido bella.
JuliaEso es amar una estrella
y esotro es amar un hombre.
ElenaCon verle está mi pasión
con templanza y sin enojos.
JuliaEso es halagar los ojos
y enojar el corazón.
ElenaTú no sientes mi desdén.
JuliaTú no sabes mi pasión.
ElenaJulia, tú tienes razón.
JuliaElena, tú dices bien.
ElenaSalga en palabras veloz
a declararse mi agravio.
JuliaUse mi pena del labio,
logre mi queja la voz.
ElenaDecirte mi mal quisiera.
JuliaOye mi dolor ahora.
ElenaSalte allá fuera, Leonora.
JuliaEsperanza, vete fuera.
(Vanse las criadas.)Ya sabes que esta ciudad
de Verona, en civil guerra
cuatro años ha padecido
la prolija competencia
de dos antiguas familias
que la dan lustre y nobleza.
Montescos y Capeletes,
en cuyas cenizas muertas
de no apagados del odio
y de cubiertos en ella,
por memoria o por reliquia
algunos carbones queman.
ElenaYa sé todo lo que dices,
y que la amistad estrecha
que en las dos se ha conformado,
aunque en linajes opuestas
nos ha unido tan iguales,
que excepción damos violenta
desta regla de la ira
siendo, del hado a la fuerza,
tú del árbol Capelete,
yo de la rama Montesca.
JuliaFue el principio destos bandos
una inútil academia
en que justaron un día
el valor y la destreza.
Tu padre Otavio Romeo
(a cuya anciana experiencia
Verona debió más lauros
que Roma triunfos a César)
mantenedor de un torneo,
vibrando en la mano diestra
contra su competidor
asta de pino ligera,
por la visera una astilla
halló la entrada tan cierta
(que a veces hace el acaso
mucho más que la destreza),
que dio la muerte a mi hermano
Luis Capelet, sin que hubiera
quien achacase a su enojo
de aquella muerte una seña;
mas como la sangre es fuego,
sopló el dolor la materia
de la envidia, que fue siempre
una hipócrita pavesa
que está ardiendo como viva
y humeando como muerta;
y todos los Capeletes
cobrar la venganza intentan
en tu noble padre anciano,
que entre valores envuelta
rindió la vida, dejando
póstuma otra vida nueva
que nació de aquella muerte,
porque toda Italia sepa
que las canas de los nobles
(bien que embotadas parezcan)
cobran más seguros filos
si se aguzan en la ofensa.
Tu hermano Alejandro, entonces
la espada indigna soberbia
en venganza de su padre,
con tanta ira, que apenas
logró del primer amago
la satisfacción primera
cuando todos los Montescos
sus parciales, aprovechan
la ira más que el valor,
y con saña torpe y ciega
no perdonan Capelete
que de su espada sangrienta
no sea ejemplo de sí
y escarmiento de otro sea.
Anciano en quien florecieron
canas de cien primaveras,
dio por fruto los corales
que maduraba en sus venas,
tierno infante que en la cuna
se adormeció a la querencia
del arrullo, a su inocente
noble sangre se gorjea:
llegó la saña a los templos,
la voz regiones penetra;
¡vivan los Montescos! dicen
los unos, los otros ¡mueran!
Capelete allí agoniza;
un Montesco allí pelea
con la muerte; el alarido
se escucha, mas no la queja;
cayose aquel edificio,
a titubear otro empieza,
y son puntales del flaco
los que del caído cuelgan.
Da el hijo voces al padre,
la madre al hijo lamenta,
y con ser tan grande el daño
aun es mayor la sospecha.
Llega Alejandro a mi casa,
y tan indignado llega
a dar la muerte a mi padre,
que no hallándole, se venga
en los criados, y entrando
más adentro, no reserva
pintado halcón, que las aves
descubre en ruda floresta;
maniatado bruto, a quien
regaló mano grosera;
temporal ave, que canta
en la infancia de la selva;
y llegando hasta una cuadra
donde mis pestañas negras
iban ensartando el llanto
que se quejaba...




