de Rojas Zorrilla | Sin honra no hay amistad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 336, 172 Seiten

Reihe: Teatro

de Rojas Zorrilla Sin honra no hay amistad


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-783-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 336, 172 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-783-7
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Sin honra no hay amistad es una comedia de honor de Francisco de Rojas Zorrilla. Esta obra se articula alrededor de dos caballeros afectados por la deshonra de sus hermanas: - don Antonio, cuya hermana Inés fue raptada de su casa tiempo atrás por seis desconocidos que actuaban por encargo de un amante oculto. - Y Don Bernardo, cuyo honor está en entredicho por la conducta indecorosa de doña Juana, quien permitió la entrada en la casa de dos admiradores a los que ocultó en sendos cuartos.Entre los enredos de Sin honra no hay amistad se deja entrever lo que don Antonio ignora: don Bernardo es el galán que hizo raptar a doña Inés, a quien trata con desdén pues ya ha conseguido sus favores. Así Inés, se ve impedida de ir a buscar a su hermano, por temor a que mate a su amante y a ella misma.

Francisco de Rojas Zorrilla (Toledo, 1607-Madrid, 1648). España. Hijo de un militar toledano de origen judío, nació el 4 de octubre de 1607. Estudió en Salamanca y luego se trasladó a Madrid, donde vivió el resto de su vida. Fue uno de los poetas preferidos de la corte de Felipe IV. En 1645 obtuvo, por intervención del rey, el hábito de Santiago. Empezó a escribir en 1632, junto a Pérez Montalbán y Calderón de la Barca, la tragedia El monstruo de la fortuna. Más tarde colaboró también con Vélez de Guevara, Mira de Amescua y otros autores. Felipe IV protegió a Rojas y pronto las comedias de éste fueron a palacio; su sátira contra sus colegas fue tan dura al parecer que alguno de los ofendidos o algún matón a sueldo le dio varias cuchilladas que casi lo matan. En 1640, y para el estreno de un nuevo teatro construido con todo lujo, compuso por encargo la comedia Los bandos de Verona. El monarca, satisfecho con el dramaturgo, se empeñó en concederle el hábito de Santiago: las primeras informaciones no probaron ni su hidalguía ni su limpieza de sangre, antes bien, la empañaron; pero una segunda investigación que tuvo por escribano a Quevedo, mereció el placer y fue confirmado en el hábito (1643). En 1644, desolado el monarca por la muerte de su esposa Isabel de Borbón y poco más tarde por la de su hijo, ordenó clausurar los tablados, que no se abrirán ya en vida de Rojas Zorrilla, muerto en Madrid el 23 de enero de 1648.
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Jornada segunda


(Sale don Antonio.)

Don AntonioGracias doy a mi fortuna

que llegué a puerto feliz

después que piloto errado

tormenta de amor corrí.

Gracias a Dios que ya he entrado

en mi casa, y que salí

de aquel riesgo y desta duda,

para que puedan lucir

en los premios del deseo

los logros que merecí.

(Recio.)¿Está don Melchor en casa?

¿Ha entrado en su cuarto?

(Sale don Melchor con un ramillete.)

Don Melchor Sí.

Don AntonioSeáis, don Melchor, bien hallado.

Don MelchorComo os vi tardar, creí

que era preciso volver

a buscaros.

Don Antonio Ya halló el fin

mi esperanza merecida;

ya he llegado a conseguir

al mérito la fortuna,

y el bien al mal.

Don Melchor ¿Qué decís?

Don AntonioQue espero a que me contéis

cómo habéis venido aquí,

qué os pasó con doña Juana,

cómo os pudieron abrir

estando el cuarto cerrado.

Decid, don Melchor.

Don Melchor Oíd:

ya os acordáis que los dos

por un amoroso fin

lidiamos con las dos almas,

vos intentando asistir

al cielo de doña Juana,

yo a idolatrarle gentil.

Y que también es concierto

que en esta amigable lid

prosiga el favorecido,

y que muera el infeliz.

Don AntonioTodo es verdad, don Melchor.

Don MelchorPues amigo...

Don Antonio ¿Qué sentis?

Don MelchorSiento que os cuente sus dichas

quien no os las quiere decir.

Don Antonio¿Qué hay?

Don Melchor Que quiere doña Juana...

Don Antonio¿A quién, don Melchor?

Don Melchor A mí.

Don Antonio¿Cómo lo sabéis?

Don Melchor Si es cierto,

¿vos no habéis de desistir?

Don AntonioSi es cierto, desistiré.

Don Melchor¿Yo no he de lograrla?

Don Antonio Sí.

¿Pues cómo os premió?

Don Melchor Atended.

Don AntonioYa os escucho, proseguid.

Don MelchorQuedé en el cuarto que visteis

tan conmigo y tan sin mi,

que el valor me vio animar

y el amor me vio morir;

pasé desde aquella cuadra

a un oculto camarín,

desde él a una verde reja,

a quien con verde buril

labró hiedra cuidadosa,

trepando lasciva a unir,

o al olmo recién vestido

o al desnudo rebellín;

y por sus frondosas ramas

la vista encargué a un jardín

que hijo segundo heredo

flores libres del Abril;

vi a doña Juana, mi amante,

y vuestra amante, lucir

tanto, que entre reinas flores

vino a ser la emperatriz.

Cortando azucenas blancas

la contemplé discurrir,

más bella que cuando el Sol

asiste en nuestro Cenit;

Y como es la azucena

la flor de lis, advertí,

que era flor de lis su mano,

procurando corregir

a cárcel de un ramillete

azucenas mil a mil.

Prendió su mano con ellas,

y fue el error más feliz,

porque el azucena es

mano del alba, a quien vi

en cinco hojas, cinco dedos,

y aquí con igual matiz

su mano era de cinco hojas

de azucena o flor de lis.

Rosa y jazmín se trocaron

sus colores al sentir

a mi dueño, que flor reina

preceptos puso al jardín,

vistiose de blanco ella,

cubriose él de carmesí,

la rosa de desmayada

y de corrido el jazmín.

Moviéronse algunas flores,

y púseme a discurrir

cómo sin fuerza del viento

se mueven aquí y allí.

Y era, que como mi dueño,

a quien un alma rendí,

era flor de residencia

de su rey, el año Abril,

temiendo que se averigüe

lo que han sabido fingir

de mentirosas fragancias

temblaban dentro de sí.

A una cristalina fuente

puso el labio de carmín,

y bullicioso el cristal

procuraba derretir

la nieve, y antes la nieve

helaba al cristal sutil.

Apagar también quería

el fuego en que me encendí

de sus mejillas y labios;

mas no pudo conseguir

de los dos ningún efecto,

quedando en tan nueva lid

su nieve, cristal de roca,

más purificada así;

labios y mejillas, grana

de mas purpúreo matiz,

y el agua competidora,

bien que enemigo civil,

de corrida se paró,

si antes corrió a competir.

Por entre las verdes hiedras

a la voz introducí

a que repitiese el nombre

de mi hermoso serafín.

Mandó su oído a sus ojos

que mirasen hacia mí,

y al procurarla diamante

la averigüé de rubí.

Piadoso sed, dueño mío,

(la dije), al verme morir;

no matéis con la hermosura

si con la gala rendís.

Éste que por fin oculto

padecer quiere y sufrir,

logre de vuestros favores

el más venturoso fin.

—Calla (me dijo a este ruego),

que ya no están para oír

a tus razones mis ansias

ocioso dura el ardid

de mis desdenes, que sienten

a tu amor dentro de sí,

cuando al trato de tus ruegos

me la has venido a rendir,

y pues no cabe en mi lengua

mi pasión, salgan aquí

destiladas de mis ojos

lágrimas que reprimí

y esto no me dijo, cuando

le vieras contribuir

al clavel, rey de sus labios,

derretido un Potosí;

y como sus blancas perlas

bajaban de mil en mil,

se estorbaron en sus labios,

tanto, que al verlas creí

que eran sus lágrimas dientes,

pues no hubo que distinguir

entre sus lágrimas perlas,

y entre sus dientes marfil;

estas escogidas flores

del verde ameno pensil

dejó en mi mano su mano;

amante las admití,

y de hallarlas me admiró

entre azules alelís,

si olorosas al nacer,

alas fragantes al morir.

Llamola en esto su hermano

y vínome luego a abrir

con la llave una criada;

del cuarto oculto salí

llegué a casa, hállote en ella,

y quísete referir

a intercesión de tu ruego

toda mi dicha, y así

bien, pueden ya tus deseos

desta empresa desistir;

mi amante premia mi amor,

no te ha preferido a ti,

no pueden mentir sus ojos,

ni el favor puede mentir;

por ti, vive Dios, me pesa,

más que me alegro por mí

pero, pues eres mi amigo,

tú serás el adalid

que me corrija la senda

del camino que...



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