de Silva | Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 97, 156 Seiten

Reihe: Pensamiento

de Silva Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9816-663-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Francisco María de Silva fue un diplomático y escritor, que ocupó el cargo Director de la Academia de la Historia. Escribió la Década epistolar para ofrecer al público su parecer respecto del estado de las letras en Francia en los años 1779 y 1780. Comienza en la primera carta por señalar que toma como referente la obra de Antoine Sabatier de Castres Les trois siècles de notre littérature, ou Tableau de l'esprit de nos écrivains, depuis de François I, jusqu'en 1772, par ordre alphabetique. La intención de dicha obra, más allá de ofrecer un catálogo alfabético de los principales escritores de la nación, fue defender a la literatura de los filósofos y escritores que no se juzgaban representativos del amor a la religión, a la patria, a las letras y al buen gusto. En ese mismo sentido, Francisco María de Silva hace en Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia una similar interpretación de las letras francesas. A través de sucesivas cartas que componen esta obra presta especial atención a los «filósofos literarios», en particular Rousseau y Voltaire y a los enciclopedistas, de los que ofrece algunas traducciones. Su visión constituye en conjunto un interesante panorama del estado de la poesía, el teatro y de las mujeres literatas francesas siempre desde la visión cómplice que encuentra en el abate Sabatier de Castres.

Pedro Francisco de Silva
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III. París y febrero 16 de 1780


Amigo y Señor: Ya ha visto Vm. el juicio que hace un autor de gran nota de los dos célebres patriarcas de filosofía y literatura: creo puede adherir a este juicio cualquiera que le tenga acompañado de una justa imparcialidad.

Los desbarros de Rousseau merecen compasión: como Calvinista giraba su creencia por un círculo muy distante del centro de la verdad; no debe extrañarse que como filósofo a las orillas del precipicio haya caído en él, suelta la rienda de su fogosa imaginación. Las contradicciones que hacen de semejante desorden, dejan de serlo respecto a este mismo principio, en cuyo supuesto puede asegurarse que Rousseau fue muy consecuente en sus escritos y acciones, y no tuvo la variación y contrariedades que a cada paso se notan en Voltaire.

Uniforme en su conducta, en su modo de pensar y en su modestia, o quizás orgullo (pero orgullo por aquel termino tan particularmente suyo y muy singular en estos tiempos) nunca mudó sistema, jamás alteró su método, siempre siguió la marcha que había tomado, y hasta su muerte misma en la buena edad de cincuenta y dos años, mantuvo las mismas huellas.

Mucha es la diferencia que hallo entre el filósofo de Hermenonville y el de Farney: la pluma de aquél abrasa cuanto corre, pareciéndose a la encendida lava en las irrupciones del Vesubio: no tiene el mismo fuego la pluma de éste. Por eso al mismo tiempo que considero más disculpable a Rousseau, le juzgo más peligroso, mayormente para las personas de talento cultivado. Voltaire lo es más para las superficiales; aquél seduce sin sentirse; en éste se deja percibir la seducción, pero sus decantados talentos, su aplauso casi universal, la circunstancia de considerarle como jefe primario de partido, merece que pongamos alguna mayor atención en su marcha.

Voltaire que desde niño fue católico y que siempre confesó profesar la fe de sus mayores; que nació vasallo de un gran monarca y se preciaba tanto de ser francés, por consecuencia colocado por su suerte en el centro de la verdadera religión, como cristiano, y en el círculo de un tan bien templado gobierno como el de la monarquía francesa; ha sido de los más acérrimos enemigos, primeramente del Catolicismo, y del gobierno monárquico, y después de todo gobierno y toda religión. Dilatado trecho tuvo que ir caminando hacia los grandes errores, que tanto ha procurado propagar, habiendo partido desde el estrecho y legítimo círculo en que se hallaba cuando tomó la pluma, hasta llegar al abismo en que la dejó con la muerte en la muy larga carrera de ochenta y cuatro años.

Parece que aún la hubiera continuado más días, según la feliz constitución de su naturaleza; pero quiso dejar el acomodado y célebre retiro de Farney, para venir a la gran capital de la Francia a gozar de sus triunfos y glorias. Las tuvo, pero no tan completas como le sugerían su demasiada ambición y vanidad. Acostumbrado a mirarse elogiado por un monarca de tanto nombre y concepto como el Rey de Prusia; a verse dichosamente aplaudido por una princesa tan célebre como la Emperatriz de las Rusias, no pudo sostener el revés de no haber tenido el brillante acogimiento que se prometía, y procuró solicitar de su propio príncipe; ni pudo soportar la indiferencia del Emperador en su mansión en París pues siendo un soberano de tan alto mérito, que en sus curiosos y útiles viajes, procuró tomar los más acertados y menudos conocimientos, y supo honrar las ciencias, las buenas letras, las armas, las artes y todos los estados gradual y respectivamente, no apreció ni quiso conocer la persona de este decantado filósofo; golpe que le fue mortal.

Pudieron tener Federico y Catalina algunas razones por donde se creyeron (al modo de decir) obligados a contemporizar con Voltaire, darle el consuelo de mostrarse parciales suyos, o quizás serlo verdaderamente, según la respectiva diferencia de principios o modo de pensar que cabe en los príncipes, como en los particulares. No concurrían las mismas razones o principios en Luis XVI, ni en Josef II, pero el filósofo de Farney no supo sobrellevar las vicisitudes humanas. Quería por entero sus glorias. Todo lo pretendía avasallar, y considerándose como un Alejandro literario, solicitaba dominar todo el orbe y llorar como aquel héroe griego de que no hubiese más mundos.

No se hace muy compatible esta superioridad tan ambicionada con el sistema general suyo y de todo su partido: sistema que se reduce a dos puntos, igualdad y libertad civil y religiosa. Sobre esta última parte se ha escrito mucho, sobre la primera se ha hablado menos porque es enteramente absurda. No es posible la igualdad en los hombres. Para esto era indispensable que hubiese igualdad en las fuerzas, en la hermosura, o perfecciones personales en los talentos; y que se experimentase en los bienes o dones de fortuna. En la naturaleza misma existen sus diferencias. Esta desigualdad debe producir las infinitas que conocemos, y no puede subsistir el mundo sin ellas y sin jerarquías.

No es preciso ir más arriba para sentar este principio. La igualdad física, en cuanto criatura humana, es cosa que desde nuestra infancia la sabemos muy bien, sin más libros que el catecismo. Todos somos hermanos, hijos de Adán, todos iguales en nacer y morir, todos polvo, y en polvo nos convertiremos. De la igualdad moral no podemos menos de reírnos a carcajada, y de las necias sutilezas y quimeras de semejantes sueños, tratados con énfasis, hinchazón y toda gravedad y magisterio.

Hay personas que desgraciadamente seducidas de los sofismas y paradojas de estos alucinados filósofos, por cuatro libretes que han leído, se hacen insoportables en la sociedad. Si sirven algún decente empleo que la casualidad, o su mérito les proporcionó, le ejercen con indecible dureza, ajando aquellas gentes que le son o juzgan inferiores, al mismo tiempo que no pueden sufrir superior alguno, y malogran con su genio otras regulares prendas que les asisten.

Muy humillada quedaría su altivez si reflexionase cada uno de éstos, que más superiores tiene como hombre físico entre millones de almas, que como hombre moral según la clase mediana suya entre centenares o miles de personas a quienes debe respetar. Éste es el carácter de los llamados filósofos y de los infelices que alucinan con su doctrina. Pretenden sacudir toda subordinación ellos mismos, y quieren imponerla a los demás. Se erigen en magistrados públicos de todas las naciones, y procuran someterlas a sus leyes.

Gracias a la divina Providencia, todos sus esfuerzos son inútiles. La verdad penetra por entre el velo con que la cubre la común malicia humana; pero semejantes entes apenas la perciben, o la quieren confesar, tapándose los ojos con la mano que les lleva su propio orgullo, para cegarse.

Mucho me detendría, si hubiese de entrar en materia sobre un circunstanciado análisis del carácter de Voltaire y sus secuaces. Puede Vm. contentarse con lo que ha visto en la traducción remitida y con lo que le iré indicando según me venga a la pluma en la continuación de estos borrones, que me persuado merezcan el agrado de Vm. y aprobación de los amigos a quienes quiera comunicarlos.

Entre los perseguidos por Voltaire, uno de los que a pesar suyo ha dejado más nombre y concepto, es Juan Baptista Rousseau, que murió retirado en Bruselas el año de 1741 a los sesenta y seis de su edad. No escribió mucho, pero tan sublime, particularmente en la poesía lírica, que mereció el nombre de Grande. La envidia de Voltaire se ha esforzado con sus invectivas a arrancarle aquel glorioso epíteto; sus hechuras le han ayudado, pero el público sabe a qué ha de atenerse. Solamente puede hacer minorar el honor de semejante epíteto en el vulgo la casualidad de que poco después de las excelentes poesías de este Píndaro francés, parecieron en el público las obras del célebre filósofo de quien tengo hablado, Juan Jacobo Rousseau, tan dignamente famoso en la república literaria. Aunque no debe confundirse el respectivo mérito y debida fama de ambos autores del propio apellido, esta circunstancia no ha dejado de causar alguna material equivocación al vulgo, no distinguiendo que el epíteto de Grande solamente le corresponde al Rousseau Juan Baptista como poeta lírico.

Otro autor de los más acérrimamente perseguidos de Voltaire fue Maupertuis, de la Academia francesa y de la de las ciencias de París y Berlín, que murió en Bale el año de 1759 a los sesenta y dos de su edad; tan buen filósofo como hábil literato; alternativamente geómetra, astrónomo, naturalista y moralista; siempre fue un escritor instructivo, útil y agradable. Voltaire había sido su amigo y aun su adulador. Sobrevinieron después las notorias diferencias de cuyas resultas salió Voltaire de Berlín: quedó Maupertuis presidente de aquella Academia, y convirtió aquél su amistad en un odio y rencor implacable que ha hecho bastante ruido en el inagotable piélago de las quimeras literarias. Maupertuis se mostró siempre filosofo, su moderación hace grande honor a las letras, como también el conjunto de sus prendas sociables.

Yo he tenido la satisfacción de tratarle y conocer que el verdadero grande hombre debe sentar su mérito sobre la sólida basa de hombre de bien. Entre nuestros sabios son un buen ejemplo y apoyo de este principio Feijoo, Sarmiento, Montiano, Iriarte, don Jorge Juan, que nombro sin agraviar a otros, porque les he tratado y ya han muerto. En fin, la memoria de Maupertuis, a pesar de sus adversarios, conserva la más distinguida reputación.

No ha sido tan feliz el diarista Freron, que murió en París año de 1776 a los cincuenta y siete de su edad, y cuya vida fue una continua pelea. Aunque su...



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