E-Book, Spanisch, Band 2, 310 Seiten
Reihe: Kingcaid Billionaires
Delaney Consumida por ti
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-65-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 2, 310 Seiten
Reihe: Kingcaid Billionaires
ISBN: 978-84-10070-65-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Tracie Delaney es una autora «All Star» de Kindle Unlimited con más de veinticinco novelas de romance contemporáneo que escribe desde su despacho en el gélido noroeste de Inglaterra. Antes, el despacho era un garaje, pero necesitaba un lugar tranquilo para escribir, así que se lo robó a su pobre y afligido marido, que todavía sigue lamentándose por haber terminado en el cobertizo. Lectora ávida desde que tiene uso de razón, Tracie era además un trasto de pequeña. Solía trepar por los árboles con sus queridos libros de Enid Blyton para leer durante horas, y regresaba a casa solo cuando estaba a punto de oscurecer con el culo dormido y unas cuantas astillas clavadas. Los libros de Tracie suelen contar con mujeres que demuestran que la verdadera fuerza se manifiesta de maneras distintas, y con machos alfa que dan mucha guerra (¡aunque la acaban perdiendo!). Por las noches, le gusta acurrucarse en el sofá con sus dos westies, Murphy y Cooper, y hacer maratones de series de Netflix. Es posible que haya vino de por medio. Consumida por ti es la segunda novela de Tracie en Phoebe tras el arrollador éxito de Cautivada por ti en 2024.
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1
Gia
Nota mental: mira por dónde andas
Tenía todo un arsenal de talentos en mi caja de herramientas interna: era una chef fabulosa, una hija magnífica, una hermana genial para mi hermano pequeño, Roberto, tenía la firme creencia de que iba a conocer a Christian Bale e iba a casarme con él —el hecho de que ya estuviera casado era un problema que todavía no había conseguido resolver— y, además, según mis amantes, era toda una fiera en la cama.
La única habilidad que todavía no había conseguido dominar era la puntualidad.
Lancé el despertador contra la pared y salté de la cama. El sonido de un martillo neumático me taladró el cerebro de camino al baño, y aportaba un rastro de destrucción como el de un tornado a mi despertar . No podía llegar tarde al trabajo otra vez ese mismo mes. A la tercera, Freddo, el jefe de cocina del restaurante donde trabajaba, me echaría la bronca del siglo, o peor.
—No deberías haber salido anoche, idiota —murmuré mientras me secaba el pelo y trataba de abotonarme al mismo tiempo los pantalones.
¿Cuándo iba a aprender? Salir de fiesta la noche antes de un turno de mañana era una idea terrible, y, aun así, cuando mi amigo Ben me llamó y me restregó por la nariz la posibilidad de conocer a su nuevo novio y además de aparecer en la lista de invitados de Paradise Lounge, una nueva discoteca de moda en el Village, fui incapaz de negarme. A ver, podría haberme negado, no es que me fuera imposible decir que no… Es solo que me gustaba divertirme, nada más. La vida estaba para disfrutarla.
Me lo había enseñado mi hermano pequeño. Cada uno de los días de mi vida. Por causas ajenas a él, había tenido que enfrentarse a desafíos hercúleos, pero lo había hecho con una valentía que inspiró a todos los que lo rodeaban.
Le envié un mensaje a Lorenzo, mi compañero de trabajo, para pedirle —o más bien rogarle— que me cubriera las espaldas. Metí un plátano en mi mochila, cerré la puerta de mi apartamento de un portazo y bajé corriendo los cinco pisos de mi edificio hasta llegar a la calle.
El tren estaba atestado de trabajadores que iban a Manhattan desde donde yo vivía, en Brooklyn. Era uno de los principales motivos por los que prefería el último turno. Para el de la comida y el primero de la cena tenía que lidiar con todos los trabajadores que iban de camino al centro, y luego de vuelta a casa. Era una mierda por partida doble en el mismo día.
Me cobijé en una esquina y me tragué el plátano, maldiciendo por no haber cogido también algo de beber del frigorífico. Media hora más tarde salí a la calle y me topé con un aire espeso y húmedo, a pesar de ser tan temprano. Solo estábamos a diez de junio, y ya estaba harta del verano. El otoño era mi estación favorita del año, cuando las hojas se ponían naranjas y doradas, los turistas se largaban cagando leches por donde habían venido y el duro invierno todavía estaba lo suficientemente lejos como para convencerme a mí misma de que ese año nunca llegaría.
La cola de clientes que esperaban ser atendidos en mi deli favorito no era demasiado larga, y como Freddo iba a estar igual de cabreado tanto si llegaba quince minutos más tarde como veinte, me puse a esperar. Pedí un zumo de naranja, la máxima cura para la resaca —al menos para mí—, y un sándwich de ensalada de pollo con pan de centeno para comer. A veces comía en el restaurante, pero mis caderas solo necesitaban un mínimo de pasta para alcanzar unas proporciones que solo podrían solucionarse mediante una intervención dolorosa. Las dietas me ponían de mal humor, lo que era el principal motivo por el que, en cuanto pasaba de dos kilos del peso que me había impuesto, trataba de reprimir mis genes italianos que me exigían comer todo lo que tuviera a la vista. Al menos, durante unos días.
Quité la tapa de plástico del vaso de zumo y me bebí la mitad de golpe antes de salir siquiera a la calle. Comprobé el reloj: ya llegaba quince minutos tarde.
Mierda. Será mejor que corra.
Empecé a trotar, esquivando tanto a trabajadores como a turistas. El sudor me empezó a correr entre los pechos, y el pelo húmedo se me pegó a la frente. No estaba hecha para correr. Tenía demasiadas curvas y las tetas demasiado grandes, de esas que podían dejarte el ojo morado aunque estuvieran embutidas en sujetadores de deporte de máxima sujeción.
Me llegó un mensaje al móvil. Seguro que era Lorenzo diciéndome que me diera prisa, o para darme la mala noticia de que Freddo ya había llegado al restaurante y que mis esfuerzos por evitar que me despidiera habían caído en saco roto. Metí la mano en el bolso. Sí. Era de Lorenzo. Lo abrí para responder y…
—Ay.
Me choqué contra un muro de piedra. Lo que me quedaba de zumo salió disparado del vaso y bañó al pobre desgraciado que llevaba una camisa antes blanca e impoluta, un traje azul marino impecable y un gesto amenazador digno de un luchador de la ufc durante un cara a cara antes del combate.
—Mierda. Joder, lo siento. —Meneé la mano delante de él como si pudiera limpiarle la camisa por arte de magia.
—Sí que deberías sentirlo. —Me apartó las manos de un manotazo, como cuando uno espanta a una avispa con la que ya no tiene más paciencia—. ¿Por qué coño no miras por dónde vas?
—¿Es que no te gusta el naranja? —Sonreí de oreja a oreja, con la esperanza de apaciguarlo—. O sea, el naranja y el azul combinan muy bien, ¿lo sabías? A lo mejor puedes empezar una nueva moda.
—No estarás hablando en serio. —Hizo una mueca todavía peor—. ¿Acaso has visto esto?
Se señaló a sí mismo, como si me hiciera falta un letrero que me indicara dónde estaba la mancha naranja enorme que estaba empezando a secarse ya con el calor del sol mañanero.
Entrecerré los ojos.
—He dicho que lo siento.
—Si no estuvieras tan ocupada comprobando la cantidad de likes de tu última publicación en Instagram, no te habrías chocado conmigo y, por tanto, no haría falta que te disculparas. Y yo no tendría que llegar a una reunión importante con estas pintas.
¿Instagram? Vale, le había permitido estar enfadado conmigo hasta ese momento. El accidente había sido culpa mía por completo, pero, venga ya, que solo era una camisa. Se limpiaba con facilidad. No hacía falta que siguiera despotricando como si hubiera mutilado a un cachorro o algo así.
Tampoco es que fuera a mutilar a ningún cachorro. Dios, solo de pensarlo me ponía enferma.
Céntrate, Gia.
De alguna manera, logré sacar mi lado americano simpático, proveniente de mi padre, en vez del peleón italiano, de mi madre, y mantuve un tono calmado.
Bien por mí.
—Te pagaré la tintorería.
—¿Crees que… que… este desastre naranja en la camisa se puede limpiar? No seas ridícula.
Rechiné los dientes. Vale, ya era suficiente.
Lo siento, papá, pero ha llegado el momento de que mis raíces milanesas asuman las riendas.
—Mira, gilipollas: solo es una puñetera camisa, y tampoco es que sea demasiado interesante. Me he disculpado, pero tú has decidido seguir portándote como un imbécil en vez de aceptar mi disculpa. Y ahora, si me perdonas, tengo cosas mucho más importantes que hacer que quedarme aquí escuchándote.
Me largué al trabajo furiosa, totalmente lista para enfrentarme a Freddo después de lo de Don Gilipollas. Me colé en el restaurante por la puerta del personal y guardé la mochila en mi taquilla con la sangre todavía casi en punto de ebullición. De verdad, ¿tanto les costaba a algunas personas dejarlo pasar y enviar la factura de la tintorería, o el precio de una camisa nueva?
La puerta se abrió detrás de mí y me di la vuelta.
—Joder, Lorenzo, qué susto me has dado. ¿Ha llegado ya Freddo?
—Te has escapado por los pelos. —Lorenzo cogió mi gorro de chef y mi chaquetilla de la percha y me los echó encima, y un mechón de pelo oscuro se escapó de su propio gorro al hacerlo—. Cámbiate y entra en la cocina antes de que se entere de que has llegado tarde. Otra vez. —Sonrió y no reaccionó en absoluto cuando le saqué la lengua.
Me abroché los botones de la chaquetilla, metí mi espesa y larga melena en una redecilla y me puse el gorro antes de ir a la cocina. Lorenzo había dispuesto mi mesa de preparaciones con las verduras que tenía que preparar para el servicio de la comida. Me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla.
—Amigo mío, eres un ángel.
—Tú harías lo mismo por mí. Nosotros, los trabajadores, debemos apoyarnos. —Me dio un codazo—. ¿Verdad?
—Tienes razón.
Empecé a trocear los pimientos rojos y amarillos mientras le contaba a Lorenzo el altercado con el trajeado de la mañana. Se echó a reír, tal y como pensaba que haría.
—Pobrecito. Empapado en zumo de naranja y, encima, una italiana va y le echa la bronca, todo antes de las nueve de la mañana.
—Pobrecito y una mierda. Una lástima que me hubiera bebido la mitad del zumo. Se merecía que se lo hubiera echado todo encima.
—Me encantaría ser una mosca en la pared de su oficina para escucharle contar su versión de la historia.
—Bah. Seguro que suelta algún «estúpida» por aquí o por allá, además de un «zorra» o dos. Parecía de los que tienen prejuicios contra las mujeres.
Lorenzo se...




